Vacaciones de autónomo

QUEDA POCO para que agosto irrumpa en el calendario y los autónomos ya estamos temblando. No sabemos si los contables de las distintas empresas para las que trabajamos se irán de vacaciones antes de firmar la orden de pago por los servicios prestados o si, ¡milagro bendito!, antes de abandonar la oficina tendrán la bondad de darle a la tecla que ordena el ingreso del dinero que se nos debe. No sabemos qué harán este año. Tampoco lo supimos el pasado.

Ahora mismo, tres millones de españoles están rezando para que esos administrativos con nómina y paga doble se acuerden de ellos antes de cerrar la maleta, coger un avión y largarse a algún destino donde los mojitos, las sombrillas y las bachatas les alegrarán la vida. Hincamos la rodilla en el suelo, juntamos las manos y elevamos una plegaria conscientes de que, a tenor de lo ocurrido los anteriores veranos, nuestras peticiones caerán en saco roto. Porque, hasta la fecha, Dios se ha comportado como un directivo que nos considera un hatajo de ateos.

Por norma general, las empresas no pagan a sus subcontratados en agosto. Los contables cierran la ventanilla y encienden un puro, olvidando que hay tres millones de personas cuyos hijos verán su veraneo recortado por la incapacidad de esos señores para hacer las cosas como es debido. Y es que los contables pagan dependiendo del día en que empiezan sus propias vacaciones, que son las únicas que les importan. Quiero decir que, si una empresa tiene por costumbre cumplir con sus obligaciones fiscales el día diez de cada mes, y si el responsable de realizar las transferencias empieza su asueto el día nueve, los autónomos estamos jodidos. Instalaremos una piscina hinchable en la terraza de casa, pediremos a nuestros caseros que esperen un poco y diremos a nuestros hijos que este año tampoco verán a sus amigos.

Aunque esta situación es extensible a todos los autónomos, yo conozco principalmente la profesión del periodismo, así que hablaré de lo que nos ocurre a los plumillas cuando, cercano ya el mes de agosto, intuimos que este año tampoco cobraremos. A nosotros se nos exige que entreguemos los artículos sin retrasarnos ni un segundo, dado que los periódicos y las revistas no pueden llegar a los kioscos más tarde de lo previsto, y sin embargo no solemos detectar la misma puntualidad a la hora de pagar nuestras colaboraciones. Y esta situación se multiplica cuando llega agosto.

Conozco infinidad de periodistas que se han acostumbrado a esta situación y que, cuando arranca la primavera, empiezan a ahorrar con la única intención de sobrevivir en verano. Después, cuando llega septiembre, cobran el mes en curso y el atrasado, pero este consuelo no compensa el suplicio de soportar el calor sobre el asfalto. La resignación es ya parte del oficio, es cierto, pero si a unos nos exigen puntualidad, no estaría de más que hicieran lo mismo los otros.

Este año agosto arrancará en jueves y cabe suponer que los contables empezarán sus vacaciones al día siguiente. Si echamos la vista atrás y vemos lo que ocurrió otros años con un calendario similar, podemos dar por sentado que no cobraremos. Los contables se instalarán en sus casas de veraneo y limpiarán su conciencia alegando que la culpa es del programa informático que gestiona los pagos, que ellos no pueden cambiar el sistema con el que opera su empresa, que a fin de cuentas son unos mandados sin capacidad para tomar decisiones. Y, desde el soponcio que nos provocará la canícula, los autónomos volveremos a tragarnos el sapo mientras deseamos con todas las fuerzas que les pique una medusa en el culo.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña, 12 de julio de 2019).