Los alcaldables y sus respectivas clacas

En cierta ocasión, siendo todavía un niño, mi hermano se puso a aplaudir en misa. Le pareció apropiado celebrar el sermón del sacerdote de ese modo y lo que ocurrió a continuación todavía sigue grabado en su memoria: nuestra madre le arreó tal colleja que todos los feligreses se giraron. Ese día aprendió -y yo también- que hay lugares en los que se debe guardar silencio siempre y en todo momento. Y no fue ésta la única ocasión en la que presencié un acontecimiento de la misma naturaleza. Porque, mucho tiempo después, estando en el gallinero del Congreso, mi mujer se levantó para aplaudir cierto discurso pronunciado por su político preferido, causando tal estupefacción entre los diputados que un ujier corrió hasta donde nos encontrábamos para ordenarnos que respetáramos las normas del hemiciclo.

Cuento estas dos anécdotas porque ayer, durante la sesión constitutiva de la corporación municipal, tuve la sensación de que no estaría de más contratar a un ujier para que pusiera orden en este tipo de actos. Y es que la cantidad de aplausos, abucheos, vítores, consignas y cuchicheos que se oyeron a lo largo de la ceremonia harían que mi madre se pusiera morada a collejas. Pero vivimos en Cataluña y, claro, los sentimientos están tan a flor de piel que la gente no puede -o no quiere- contenerse. Y hay que comprenderlo.

El primer aplauso inundó el Saló de Cent cuando Joaquim Forn accedió a la sala. La Guardia Urbana, ataviada con el uniforme de gala, entró solemne en la sala y, tras ella, la alcaldesa Ada Colau y el resto de candidatos y regidores del nuevo Consistorio, entre los que se encontraba el político que hace dos días abandonó Soto del Real para instalarse en Brians 2 y poder asistir de ese modo a la investidura que ayer se celebraba. Los primeros que le vieron fueron sus familiares, que ocupaban la fila trece del recinto -la última de todas- y que le lanzaron besos desde su bancada. Y a continuación el resto de la concurrencia reparó en su presencia, levantando un aplauso que inmediatamente fue acompañado por cánticos de «Llibertat!» y por algún que otro cartel donde podía leerse la palabra Unitat. Sólo hubo una voz discordante en la sala: la de una mujer enjoyada que, mientras unos pedían «Llibertat!», se puso a gritar «¡Democracia!». Algunos minutos después, cuando Josep Bou hizo su discurso, esta señora se puso a aplaudir entusiasmada.

El resto del acto fue una concatenación de aplausos, gritos y abucheos tan constante que, la verdad, daba un poco de vergüenza reparar en la falta de respeto hacia la solemnidad que un acto de esa naturaleza sin duda merece. A medida que avanzaba la constitución del órgano de gobierno municipal, se aplaudió la mera mención del nombre del candidato de Junts per Catalunya, el elogio que el propio Forn regaló a un Xavier Trias que a punto estuvo de romper a llorar -era su último día como candidato a la alcaldía-, la aceptación de la derrota por parte de Ernest Maragall en su turno de palabra y el agradecimiento que Ada Colau dedicó a sus familiares -muchos presentes en la sala- por la paciencia mostrada durante los cuatro años de desgaste personal que acumula. Y los que le quedan...

El resto de candidatos también tuvieron su dosis de aplausos, pero hay que reconocer que resultaron un tanto amargos. Porque, si las palabras de Manuel Valls recordando a Forn que en España no hay presos políticos recibieron el apoyo de una parte del público, también merecieron algunos abucheos que, la verdad, hicieron que el Saló de Cent pareciera antes un patio de colegio que el lugar donde se decide el futuro de Barcelona. Algo parecido ocurrió con Josep Bou, cuyo entusiasta «¡Viva España!» sólo provocó el aplauso de la señora enjoyada y unas risillas que recorrieron la sala como un golpe de viento. En cuanto a Jaume Collboni, cuyo discurso fue más largo que un día sin pan, basta decir que se ganó a una parte de la platea cuando afeó a los partidos independentistas que rechazaran su pacto con Ada Colau y que dejó al respetable congelado cuando, en mitad de su discurso, lanzó una pregunta que en verdad era un dardo envenenado: «¿Acaso el presidente de la Generalitat ganó las últimas elecciones en Cataluña?».

Pese a la falta de respeto a la institución que el público mostró en todo momento, no puede negarse que los políticos estuvieron a la altura de las circunstancias, incluso cuando Ada Colau hizo aquello que todos habían soñado en alguna ocasión: levantar la vara de mando y colocarse ante la prensa gráfica. La sesión de fotos duró bastante y, como me aburría, me entretuve buscando en Todocolección alguna vara de esas. Resultó interesante descubrir que, en ese portal para coleccionistas, se pueden comprar las que pertenecieron a jueces, a militares y hasta a algún alcalde de segunda fila, pero ninguna que haya estado en posesión del máximo responsable del Ayuntamiento de Barcelona. Y es que esas no las sueltan ni sus herederos. De hecho, mientras echaba un vistazo a la página, se me ocurrió pensar que durante los últimos días se ha dicho que a Ada Colau sólo le interesa el 'trono de hierro' y que, para obtenerlo, ha vendido su alma al diablo. Pero sólo hacía falta fijarse en el modo en que los otros candidatos miraban la vara de mando que la alcaldesa sostenía para comprender que el problema no está en la silla, sino en un objeto cuyos orígenes se remontan a ese garrote con el que alguien golpeó por primera vez a sus rivales. Un garrote, sí. Como los que dibujaba Goya en sus pinturas más españolas.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña, el 17 de junio de 2019).