El Premi Crexells

LA POLÉMICA en torno a la 47º edición del Premi Crexells ha dejado algunos flecos que convendría peinar. A mediados de la semana pasada, los miembros del jurado decidieron añadir, «por respeto a los aspirantes», cuatro obras a las siete seleccionadas por un escasísimo porcentaje de socios del Ateneu Barcelonès y de usuarios de los clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona. La comisión alegó que la participación había sido tan insuficiente que habían quedado excluidos algunos títulos de indudable calidad y, en una decisión cuando menos discutible, optó por reintroducir en la selección unas obras previamente descartadas.

Ante semejante alteración de las bases, la escritora Tina Vallès anunció la retirada de su novela, gesto que fue inmediatamente secundado por el resto de candidatos. Un día después, la vicepresidenta primera del Ateneu Barcelonès, Gemma Calvet, renunció a su cargo por «discrepancias en la gestión de la crisis Crexells y por otras discrepancias anteriores con la junta», y la institución suspendió la convocatoria del premio, anunciando que abriría «un proceso de reflexión que permita mantener el prestigio del decano de los premios catalanes».

Hasta aquí, la información. Y ahora, lo otro.

El jurado consideró que la participación popular había dejado fuera obras de gran valor. De acuerdo. Pero, ¿cómo tuvo lugar dicha participación? Soy conductor de tres clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona y, en consecuencia, cada año recibo el encargo de solicitar a los usuarios que voten por uno de los títulos de la lista de aspirantes al Crexells. Dicha lista me suele ser entregada entre 15 y 30 días antes de la fecha acordada para el fin de la selección, lo cual implica exigir a los miembros de los clubes -lectores normales y corrientes, sin ningún vínculo profesional con el sector- que tomen una decisión en un tiempo récord. En la presente edición, se dio un mes para valorar 33 títulos.

Lógicamente, los lectores siempre se han mostrado indignados con esta metodología. Y lo han hecho por varios motivos: uno, no se les concede el tiempo necesario para leer; dos, no se les suministran los libros; y, tres, no se les indica el criterio a seguir. Esto hace que, salvo rarísimas excepciones, los usuarios se nieguen a votar. Debo reconocer que siempre me he sentido orgulloso de aquellos clubes que, según expresiones usadas por sus propios integrantes, rechazan tomar partido en semejante broma. A fin de cuentas, las bibliotecas son la base de la pirámide sobre la que se levanta parte de la industria editorial y, al defender el placer de la lectura por encima de cualquier otra consideración, sus usuarios son los encargados de mantener viva la llama de la cultura. Digámoslo claro: ellos siguen viendo la literatura como algo vinculado al comportamiento moral y se entristecen cuando detectan cualquier atisbo de desidia en un mundillo que todavía les hace vibrar.

Cuento todo esto porque no me parece correcto que el Ateneu Barcelonès alegue que el voto popular ha minusvalorado novelas de gran valor. Y no me parece lícito porque, primero, es un insulto a los lectores de verdad, ya que se da a entender que no saben elegir; segundo, porque se falta a la verdad al no aclarar que, si la gente no votó, fue porque ni se les suministró los libros ni se les dio tiempo para leerlos; y, tercero, porque se descarga sobre sus consciencias una responsabilidad que ni merecen ni tienen por qué aguantar.

(Publicado en El Mundo, el 04 de junio de 2018).