Los hombres que no abrazan a sus hijos: panorámica de la literatura viril

Al principio de todo, cuando la literatura apenas era un proceso en construcción y, por tanto, cuando todavía no se habían fijado los arquetipos a los que los escritores habrían de agarrarse durante los siglos posteriores, Homero esbozó dos modelos de virilidad. Uno lo encarnaba Héctor, el héroe que escuchaba a las mujeres; otro, Aquiles, el guerrero que se adoraba a sí mismo. En una de las escenas más conmovedoras de la Ilíada, el primero se acerca al hijo que Andrómaca le ha dado y lo observa en silencio. Lógicamente, el niño se asusta ante la armadura que asoma por el cielo de su cuna y rompe a llorar, reacción que incita al padre a sacarse el casco, mostrar su rostro desnudo y, cogiendo al bebé con ambas manos, elevarlo por encima de su cabeza para rogar a los dioses que lo conviertan en un hombre más justo y más valiente que él. Como comenta Luigi Zoja en su ensayo El gesto de Héctor (Taurus), esta acción supuso una revolución en la época, ya que, hasta ese momento, los padres veían a sus hijos como seres inferiores, fardos que debían arrastrar durante años, molestias que las mujeres traían al mundo sin que nadie se lo hubiera pedido.

Héctor fue el primer héroe que antepuso el bienestar de su descendiente al suyo propio, convirtiéndose de este modo en el paradigma del hombre tierno, protector e inteligente. Pero ese modelo de masculinidad apenas habría de durar unas escenas. Porque, algunas estrofas después, Aquiles se enfrenta al príncipe en combate y no sólo lo derrita clavándole una lanza en el cuello, sino que además ata su cadáver a un carruaje y los arrastra por la arena ante la mirada atónita de los troyanos. Es el triunfo del hombre violento sobre el hombre sensible. Del puño sobre la caricia. De lo masculino sobre lo femenino.

Homero marcó el camino –los héroes serán agresivos o no serán– y los escritores posteriores siguieron la senda marcada por el padre. Aquiles representa la virilidad que continúa apareciendo en la épica contemporánea, y aunque algunos autores han tratado de ensalzar a Héctor, la literatura sobre la masculinidad sigue empeñada en dibujar al héroe como un hombre dotado de tres características: coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad. Tanto es así que, como han recalcado en varias ocasiones las escritoras Laura Freixas y Luna Miguel, prácticamente no existen novelas escritas por hombres en las que el tema central sea el embarazo de sus parejas, las tareas del hogar o la rutina fuera del ámbito laboral. Estas situaciones tan habituales en la vida de cualquier varón no encuentran su correlato en la literatura occidental, siendo las grandes gestas –entendidas en cualquiera de sus acepciones– los argumentos que predominan en la narrativa escrita por varones.

Atendiendo a las tres características antes citadas –coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad–, se puede señalar a algunos autores que han incidido cuando menos en alguna de las mismas, y nada mejor para hacerlo que empezando por Philip Roth, escritor de quien algunos críticos llegaron a decir que nadie entendía a los hombres como él. Salta a la vista que se trata de una afirmación arriesgada, habida cuenta de que lo normal es que los lectores no se identifiquen con la sexualidad desaforada que muestran sus personajes. Sin embargo, a lo largo de las últimas décadas no han faltado (supuestos) especialistas que se han atrevido a afirmar que sus novelas reflejan una especie de anhelo que domina secretamente a todos los varones: tener sexo a todas horas. El propio autor defendió en varias ocasiones que las contradicciones de los judíos y la ‘furia erótica’ de los perturbados eran los ejes vertebradores de sus obras, algo que quedó demostrado en El mal de Portnoy (1969), novela protagonizada por un masturbador compulsivo que cuenta a su psiquiatra sus aventuras amorosas. Se trata del título más importante de Roth y, si el puritanismo que nos invade no lo impide, su eco resonará en la literatura universal durante mucho tiempo.

Otro escritor que ha sido señalado como representante de eso que podríamos llamar ‘literatura de la virilidad’ es David Vann. De sus novelas se ha dicho que muestran al hombre enfrentándose a la Naturaleza y, acaso más importante, a su propia familia. Sus novelas Sukkwan Island (Alfabia, 2010) y Caribou Island (Mondadori, 2011) causaron una auténtica conmoción entre una crítica especializada que, hasta ese momento, concebía el ‘nature writing’ como una actividad literaria más volcada hacia la reflexión que hacia la acción, pero que se levantó de la butaca cuando aquel alaskeño apareció en escena con unos argumentos que planteaban la relación del hombre con el entorno salvaje tal que si fuera la batalla de un único espartano contra todas las huestes de Jerjes I. Además, en aquel entonces todavía resonaban en nuestras cabezas los párrafos de Salir a robar caballos (Bruguera, 2007), una novela de Per Petterson en la que el bosque era el elemento hostil en el que los hombres debían sobrevivir. Curiosamente, desde hace algunos años, y sobre todo gracias a la labor de editoriales como Errata Naturae, estamos asistiendo, cuando menos en España, a una transformación del ‘nature writing’ por la cual se rescata la obra de mujeres que también disfrutaron enfrentándose a la Naturaleza. Este fenómeno, iniciado años atrás por autoras como Annie Dillard (Una temporada en Tinker Creek, Errata Naturae, 2017), Sue Hubbell (Un año en los bosques, Errata Naturae, 2016) o Alice Herdan–Zuckmayer (Una granja en las Green Mountains, Periférica, 2018), ha dado la vuelta al género, rompiendo la idea de que lo salvaje es territorio masculino.

En lo tocante a la escena bélica, ocurre algo similar. Si hasta ahora concebíamos la guerra como un territorio estrictamente masculino, la irrupción de cineastas como Katherine Bigelow o de escritoras como Shani Boianjiu ha demostrado que las armas no son exclusiva de ellos y que, si hasta el momento eran los hombres quienes contaban este tipo de historias, se debía antes a las dificultades que ellas encontraban a la hora de acceder al universo castrense que a la falta de ganas de hacerlo. Con todo, y volviendo al asunto de la virilidad, es evidente que la narrativa bélica cuenta con una lista de autores interminable. De hecho, se podría afirmar que la literatura nació en un campo de batalla –recordemos a Homero– y que jamás lo ha abandonado. Pero, puestos a elegir un autor, ninguno como Tim O’Brien, cuya novela –o quizá libro de relatos– Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama, 1993) se ha convertido en un clásico contemporáneo. O’Brien ya había escrito algunos libros en los que narraba sus experiencias como soldado en Vietnam, pero en este volumen decidió explicar esas mismas situaciones a través de la ficción, es decir, alteró su propia biografía con la intención de construir una historia que transmitiera las mismas verdades que él descubrió durante su temporada en los arrozales del país asiático. Posteriormente, Phil Klay haría algo similar con Nuevo destino(Literatura Random House, 2015), otra compilación de relatos con Irak como telón de fondo que mereció en National Book Award, amén de ser públicamente recomendado por el mismísimo Barack Obama.

En el terreno de la violencia, y dejando de lado el género negro, no cabe duda de que el gran autor contemporáneo es Donald Ray Pollock. Su novela El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) hizo que ese autor desconocido –empezó a publicar superados los cincuenta años– se convirtiera en un escritor de prestigio internacional, algo sumamente difícil si se valora que la temática de dicha obra era, simple y llanamente, el Mal. El libro es un conjunto de historias ambientadas en un Ohio absolutamente sumido en la pobreza material y espiritual por el que pasea un personaje que, por así decirlo, sólo tiene un objetivo en la vida: vengarse del mundo. Y lo hará con una crueldad tan extrema que, gracias al estilo aplicado por el autor, recuerda a la Ira de Dios o, mejor dicho, del Diablo. Se ha repetido hasta la saciedad que Donald Ray Pollock es el escalón lógico en la evolución literaria tras el éxito de Cormac McCarthy, pero la afirmación no resulta acertada por un único motivo: los personajes del primero carecen de cualquier tipo de código moral, mientras que los del segundo, aun pudiendo no coincidir con la nuestra, se rigen por una ética muy concreta.

Ahora bien, sería injusto afirmar que la ‘literatura de la virilidad’ pone el foco única y exclusivamente sobre la violencia o la sexualidad. De hecho, existen infinidad de ejemplos en los que la masculinidad no se manifiesta a través de esos instintos básicos y en los que, de alguna forma, se pretende encontrar un modelo de hombre que recupere la esencia de ese otro arquetipo creado por Homero, es decir, el del modelo representado por aquel Héctor que, además de escuchar a las mujeres, amaba a sus hijos. Por citar sólo a dos, mencionaremos a William Kotzwinkle y a Kent Haruf. El primero publicó El nadador en el mar secreto (Navona, 2014), una novela en la que se narra el nacimiento de un hijo muerto con una sobriedad pasmosa. De hecho, esta parquedad en lo tocante al discurso sentimental podría hacernos pensar en la ‘frialdad en las emociones’ de la que hablábamos antes, pero sería un error, ya que Kotzwinkle convierte la contención poética en un ejercicio emocional mucho más contundente que el más desgarrado de los lamentos. En cuanto a Haruf, sólo se puede decir que muestra la virilidad desde la única perspectiva que debería importarnos: la de los hombres que, habiendo llegado a cierta edad, saben que no tienen que demostrar nada. Y es que su novela Nosotros en la noche, en la que narra el romance entre dos ancianos que se conocen de toda la vida, desprende tanta belleza que no habrá lector, varón o hembra, que no sueñe con llegar a la vejez con la misma capacidad de seguir amando que sus protagonistas. Toda una lección de auténtica masculinidad.

(Publicado en CTXT, el 16 de julio de 2018).