El asesino, la mantis y el niño que comía fósforos

 

Cuando era pequeño, Daniel Vázquez Sallés se comía las cabezas de las cerillas. Quería ser fosforescente, así que, junto a un amigo de la infancia, se encaramaba al tejado, alzaba la vista a las estrellas y engullía en silencio. «Nuestra intención era que los extraterrestres vieran nuestros cuerpos luminiscentes y bajaran a rescatarnos», recuerda ahora. «Deseábamos que nos llevaran con ellos, que nos alejaran de nuestras realidades, que nos ayudaran a desaparecer».

El tema de la fuga -o de la doble vida, que es otro tipo de evasión- asoma en casi todas las novelas de Vázquez Sallés. En Flores negras para Roddick (Plaza & Janés, 2003), un ex espía se reinsertaba en la sociedad bajo la identidad de un chef; en La fiesta ha terminado (RBA, 2009), una mujer abandonaba a su familia para empezar de cero; y en su nuevo título, Lena (Alrevés), un hombre oculta que, cuando sale por la puerta de casa, se transforma en asesino a sueldo de prestigio internacional. «En todos mis libros hay un personaje con una vida secreta. Supongo que esa obsesión proviene del deseo inherente a la condición humana de romper con la rutina, de conocer otras realidades, de evadirnos con la ficción».

Para construir a su protagonista (cuyo nombre es Martín y cuyo alias es Knopfler), Vázquez Sallés se documentó sobre la personalidad y metodología de los asesinos a sueldo contemporáneos, pero también se apoyó en casos reales como el de Richard Kuklinski, un profesional a quien las familias del crimen neoyorquino encargaban sus trabajitos y a quien la policía le calculaba 200 o 300 asesinatos, algunos de los cuales correspondieron a personas elegidas al azar, para perfeccionar su técnica.

En la novela de Vázquez Sallés, el personaje principal sólo menciona 30 muertes, pero no es que no necesita más para convertirse en el principal ejecutor de una organización de la que nadie sabe nada (y mejor así).

Pero Lena es nombre de mujer y, en este caso, de femme fatale. Daniel Vázquez Sallés asegura que ha escrito una novela de amor, aun cuando asume sin problemas que la prensa especializada la encuadrará en el género negro. Elena Cohen (Lena) es una escritora que tiene como norma vital no relacionarse con quienes carezcan de una vida susceptible de ser transformada en literatura, motivo por el cual sólo se acercará al protagonista cuando descubra su trabajo e intuya una buena historia. «El lector no llega a saber nada sobre Lena. Intuye que es una mujer obsesionada con el mundillo literario, con la figura del padre, con la imposibilidad de amar... Pero lo único que importa es su condición de mantis religiosa, capaz de hacer lo que sea para sobrevivir».

Así pues, Daniel Vázquez Sallés regresa a las librerías con una novela que continúa reflexionando sobre el deseo de ser otro, sobre la necesidad de ocultar la auténtica personalidad y sobre la importancia de escapar de nuestra rutina. En otras palabras, una novela que habla de quienes comen cerillas. «Cuando era pequeño, vivía obsesionado con la idea de que volvieran a encerrar a mi padre [Manuel Vázquez Montalbán]. Ya había estado en la cárcel una vez y en casa temíamos que un golpe de Estado lo mandara de nuevo a prisión. Por eso, cuando cogíamos las maletas y salíamos de vacaciones, yo era feliz. En el extranjero nadie podía detenerle ni llevárselo a ningún sitio. En el extranjero nadie podía hacernos daño». La huida, a veces, es la salvación.

(Publicado en El Mundo, el 11 de marzo de 2018).