Elogio del quiosco

 En la esquina de la Travessera de les Corts con la Gran Via de Carles III había, hace ya muchos años, un quiosco regentado por un hombre malcarado, grosero y evidentemente alcohólico al que, pese a todo, yo tenía gran afecto. Fue él quien me introdujo en el mundo de los cómics alternativos y todavía conservo las colecciones de Creepy, CIMOC y 1984 que construí gracias a sus consejos. Guardo un estupendo recuerdo de aquel individuo, aún cuando soy consciente de que se aprovechaba de mi inocencia. Y es que algunas tardes, al verme regresar del colegio, me pedía que me quedara a cargo de su quiosco mientras él se bebía no sé cuántos cubatas en el bar de enfrente. Lo hacía en muchas ocasiones, en demasiadas, en tantas que mi madre andaban con la mosca detrás de la oreja. Pero reconozco que, durante aquellas horas al mando de su quiosco, me sentía el rey del mundo. Porque yo era el chico que repartía la cultura en el barrio.

Años después, cuando ya vivía emancipado en el barrio de Gràcia, trabé una buena amistad con la quiosquera de la Plaça de Rovira i Trias. A ella le extrañaba que yo comprara un periódico distinto cada día y, en cierta ocasión, me preguntó a qué se debía mi frecuente cambio de ideología. Le expliqué que yo adquiría la prensa dependiendo de los suplementos culturales que cada diario regalaba a lo largo de la semana, y a partir de aquel momento, cuando aquella mujer me veía aproximarme, cogía el ejemplar de turno, me lo entregaba y me comentaba los artículos que más le habían interesado. A veces, estas conversaciones se prolongaban durante toda la tarde.

Actualmente, en el Eixample izquierdo, vuelvo a tener un quiosquero de referencia. Su establecimiento no luce ni la mitad de cabeceras que las vendidas por sus colegas de antaño, pero presenta unos souvenirs que hacen las delicias de los turistas. A veces lo miro apesadumbrado, pensando que me encuentro ante un profesional en vías de extinción, e intercambio opiniones sobre las noticias con el convencimiento de que quedan pocos hombres que lean tanta prensa como quienes la venden. Por desgracia, nuestras charlas siempre se ven interrumpidas por algún foráneo que quiere comprar un refresco de cola, una reproducción de la Sagrada Familia o incluso un paraguas con los colores del Barça.

En los últimos cinco años, tres de cada diez quioscos españoles han echado el cierre. En Barcelona, han pasado de 399 a 289 en ese mismo periodo de tiempo. En las ciudades pequeñas, estos puntos de venta sobreviven gracias a la prensa provincial, que suele traer un tipo de información a la que internet todavía no llega, pero en las capitales importantes la caída de la prensa en papel ha sido tan espectacular que los periódicos apenas distribuyen el 50 por ciento de los ejemplares que repartían hace una década.

Los quioscos de Barcelona se han convertido en bazares porque vivimos en una ciudad de servicios y porque la sociedad avanza feliz hacia la incultura. Hace algún tiempo, el Ayuntamiento les permitía vender un 80 por ciento de productos editoriales y un 20 por ciento de atípicos, pero hoy, ante la caída de la prensa tradicional y el aumento del turismo, la proporción ha variado hasta el 60-40. Es evidente que llegará el día en que los quioscos desaparezcan y lo más triste es que, seguramente, nosotros seremos testigos. Entonces recordaremos a los hombres y mujeres que nos vendían los periódicos y diremos: «Ay, qué tiempos aquellos».

(Publicado en El Mundo Cataluña, el 4 de julio de 2017)