Las personas que nos ayudaron

SE VA muriendo la gente y nada podemos hacer para evitarlo. A mediados de mayo le llegó la hora al escritor, editor, crítico, actor y traductor Mihály Dés, y el mundillo cultural barcelonés lamentó su desaparición de un modo sincero. Se había marchado uno de los últimos defensores de un tipo de periodismo que ya no existe, un hombre que lo arriesgó todo para fundar una revista que hablara de la otra literatura, una persona que dio la primera oportunidad a algunas de las voces más contundentes de las nuevas narrativas española y catalana. Se murió el húngaro que creó la revista Lateral y todos nos hemos quedado un poco huérfanos.

Los escritores guardamos en nuestro corazón el nombre de quienes confiaron en nosotros cuando nadie nos prestaba atención. En mi caso, hubo cuatro personas fundamentales en mis años de formación: Pepe Ribas, José Luis Morante, Sergio Gaspar y Mihály Dés. Recuerdo el día que conocí a este húngaro afincado en Barcelona desde 1986. Yo había enviado un relato a la redacción de Lateral para que valoraran su posible publicación en el medio, y su director no tardó ni una semana en contestarme. Me telefoneó para decirme que el cuento le había encantado y me invitó a pasar «en cualquier momento» por su despacho. Lo hice al día siguiente.

Mihály Dés era un hombre atractivo que siempre sonreía, que siempre te daba ánimos, que siempre te instaba a apuntar alto. Se interesó por mis aspiraciones literarias como nunca antes lo había hecho nadie, e incluso llegó a decirme que mis relatos le recordaban a los que él mismo escribía cuando tenía mis veinticinco años. Después me tendió la mano, me dijo que Lateral siempre estaría abierta a mis textos y me acompañó hasta la puerta, dejándome con la sensación de que había conocido a alguien que no sólo me respetaba como persona y como periodista, sino también como escritor. Era la primera vez que algo así me ocurría. Era un sueño hecho realidad.

No es habitual encontrar a un hombre de letras que trate a los noveles con la misma cortesía que a los veteranos. Es algo que no suele ocurrir en este mundillo donde la arrogancia, la pedantería y el desprecio a menudo lo ensucian todo. Pero Mihály Dés estaba por encima de esos vicios y atendía a los aspirantes como si fueran personalidades ya consagradas. Y tanta atención les prestaba que acabó dando su primera oportunidad a muchos de los escritores que hoy levantan a la crítica. Fue él quien puso el foco sobre el talento de Mathias Enard, quien entrevistó a Roberto Bolaño cuando casi nadie le leía, quien hizo un hueco en los medios a personajes hoy fundamentales en la cultura española como Claudio López de Lamadrid, Ignacio Echevarría o Guillem Martínez, quien dio su primer trabajo serio a algunos de los chavales que luego serían grandes autores, como Robert Juan-Cantavella, Eloy Fernández-Porta, Jorge Carrión, Use Lahoz, Gabriela Wiener y Jaime Rodríguez Z., entre otros.

Pero un día Mihály Dés decidió prestarse atención a sí mismo. Regresó a Hungría para convertirse en escritor y, superados los sesenta años, reapareció con una novela bajo el brazo. Se titulaba Barroco en Budapest y se me ocurre que tardó tanto tiempo en ponerse a escribirla porque no encontró a nadie que le apoyara cuando tenía veinte años. Aquel húngaro hizo con todos nosotros lo que nadie había hecho con él, apoyarnos, y ahora sólo nos queda mirar al cielo y darle de nuevo las gracias.

(Artículo publicado en El Mundo Catalunya el 02 de junio de 2017).