El último mecánico

Hubo un tiempo, allá por la década de los 50, en que, para comprar una máquina de escribir, se tenía que enviar una carta a la Olivetti y esperar cuatro, cinco o hasta seis meses para recogerla en las oficinas que la empresa italiana había abierto en la plaza de les Glòries. En realidad, el proceso era el mismo que habrían de soportar quienes, ya en los 60, aspiraron a un Seat 600. Y es que la fabricación de ambos objetos era, aun cuando pueda no parecerlo, igual de compleja. Incluso hay quien dice que más la del primero.

«Cada máquina de escribir tiene una media de cinco mil piezas diminutas que encajan entre sí con una perfección milimétrica», aclara Manel Brillas, uno de los últimos mecánicos de máquinas de escribir que queda en Barcelona. A principios de los 80, este hombre tenía un millar de clientes al mes; hoy, cuando los ordenadores lo inundan todo, apenas entran tres o cuatro nostálgicos en el taller de Hostafrancs que en la actualidad regenta su hijo: Adam Brillas.

De hecho, el día en que nos concede esta entrevista, hay una Remington Remette en la mesa giratoria sobre la que este hombre trabajó desde los 15 hasta los 65 años. La ha traído una escritora catalana afincada en Andorra de quien no nos da el nombre por respeto a su intimidad. El aparato se escacharró tras caer al suelo y el muelle real trae de cabeza a Adam. Su padre se ha escapado de casa para echar un vistazo a esta obra de ingeniería y su esposa le ha advertido de que no vuelva con los dedos llenos de tinta, la camisa manchada de grasa y, más importante, la obsesión metida en el cuerpo. Y es que son demasiados años trabajando en este taller y el cerebro de Manel Brillas parece seguir haciendo tac-tac-tac. La factura por la reparación de este vestigio del pasado rondará los 50 euros; en su época la máquina costó 1.500 pesetas; en aquel tiempo un trabajador cobraba 1.000 al mes. Así pues, lo que antaño fue una fortuna hoy es más barato que un billete de tren.

Situado en los bajos de la calle Moianès, 68, el Taller Brillas ha visto tres generaciones de mecánicos. El abuelo lo abrió en 1941, el padre lo regentó hasta 2010 y el nieto lo está reconvirtiendo en una tienda de informática. Es la transformación habitual. Los cientos de mecánicos que antes abarrotaban la ciudad se reciclaron a finales de los 80, cuando todo el mundo sustituyó la Olivetti Pluma 22 por un ordenador de apenas 64 kbs. En aquella época, los contenedores de los chatarreros se llenaron de tipografías y, antes de que llegara el nuevo milenio, ya no quedaba ninguna máquina en los hogares de esta ciudad.

«Cuando tenía quince años, mi padre me puso a trabajar -recuerda Manel Brillas-. Durante el día estaba aquí, en el taller, y por noches estudiaba en la Escuela Industrial». Lo primero que aprendió fue que sólo necesitaba cuatro herramientas para ganarse la vida: un juego de destornilladores, otro de alicates, un bote de aceite 3-en-uno y un frasco de Netol. Con tan solo esos instrumentos, es capaz de encajar carros, enderezar armazones, reparar timbres, recolocar fijadores y levantar varillas de sujeción. No necesita más. Aunque, eso sí, hay desperfectos que ya no tienen arreglo. Por ejemplo, la goma del rodillo y las piezas que necesitan soldaduras. «Para eso había otros artesanos que ya han desaparecido -comenta algo apesadumbrado-. Antes, aquí, en Hostafranc, había soldadores por todas partes y también torneros que reemplazaban las gomas. Pero ya desaparecieron. El único que aguanta es ése, el de la Peluquería Mingo, que abrió antes de la Guerra Civil y que continúa ahí. Porque, claro, la gente sigue teniendo pelo, pero no máquinas de escribir».

Para sustituir las piezas que antes arreglaban otros profesionales, Brillas tiene un desguace al fondo de su taller. En ese cuartucho guarda las máquinas destartaladas de las que va cogiendo las partes que necesita para reparar las que le traen los clientes. «El futuro está en las impresoras 3D -dice de pronto su hijo-. Permitirán construir las piezas que hoy ya no pueden encontrarse. Sólo de esa forma podremos seguir reparando las Remington, las Olivetti y las Facit que todavía usan los nostálgicos».

Hace algunos años, el escritor norteamericano Paul Auster publicó un libro ilustrado por Sam Messer, La historia de mi máquina de escribir (Booket, 2013), en el que rendía homenaje a la Olympia portátil con la que ha redactado sus novelas desde 1974. En dicho texto, el autor indicaba una de las ventajas de esos artilugios de hierro frente al ordenador: su indestructibilidad. «Lo mejor de todo era que parecía indestructible», escribía el neoyorquino. Manuel Brillas ratifica las palabras de Paul Auster con una simple afirmación: «Lo único que no soportan estas máquinas es una caída al suelo. Por lo demás, aguantan lo que les eches». Efectivamente, los clientes que han atravesado la puerta de su taller a lo largo de las décadas lo han hecho principalmente por dos motivos: o la máquina se había precipitado desde el escritorio o había llegado el momento de hacerle una limpieza a fondo. «En el pasado, los errores de escritura se corregían con goma de borrar y, claro, las virutas caían sobre el mecanismo y acababan atascándolo -recuerda mientras mira al techo y suspira-. Limpiarlas era un auténtico engorro. Por suerte, llegó el típex y todo cambió».

Efectivamente, la comercialización del líquido corrector creado por la empresa alemana Tipp-Ex (tipos fuera) transformó las oficinas de medio mundo, del mismo modo que un siglo antes lo hizo la invención de las máquinas de escribir. Christopher Latham Sholes, Carlos Glidden y Samuel W. Soulé fueron los responsables de lanzar al mercado un modelo muy similar al que hoy conocemos, así como de establecer la secuencia QWERTY que todavía se emplea en la informática moderna. Aquellos hombres dispusieron el teclado de ese modo para separar las letras que solían ir juntas en lengua inglesa, evitando con este truco que las palas chocaran entre sí durante el redactado de cualquier texto.

Nunca se ha demostrado que QWERTY sea la secuencia más eficaz, pero su implantación tuvo tanto éxito que nadie se ha planteado de un modo serio la redistribución de las letras. La siguiente revolución en la industria llegó en 1873, cuando la empresa Remington, preocupada por la caída en la venta de sus fusiles, enganchó una máquina de escribir a la mesa de una máquina de coser. Este simple añadido transformó una vez más la industria e introdujo al gigante armamentístico en el negocio de la escritura.

Con todo, no hace falta acudir a una biblioteca para descubrir la historia de las máquinas de escribir. Basta con echar un vistazo a las estanterías del Taller Brillas, donde descansan modelos de todas las épocas y países. Algunos fueron abandonados por los clientes, mientras que otros han sido adquiridos por Adam, que los compra por internet, los arregla sobre la mesa giratoria y los pone a la venta para deleite de coleccionistas, nostálgicos y, últimamente, algún que otro hipster. Ahora mismo tiene una Olivetti de los años 40 que escribe como el primer día, una Corona portátil usada por los corresponsales durante la I Guerra Mundial, una Remington con las teclas talladas en madera y otras tantas máquinas que esperan a alguien que se acerque a golpear sus teclas con frenesí.

Pero hay una joya de la corona que Manel esconde en un armario del taller. Se trata de la Smith-Corona que el escritor británico Tom Sharpe le llevó para reparar pocos meses antes de fallecer. El autor de 'Wilt' murió en Llafranc (Girona) hace ahora cuatro años, dejando su instrumento de trabajo en este taller de Hostafrancs. La secretaria del autor pidió al mecánico que no la tirara, ya que pretendía abrir un museo dedicado a Sharpe en la Costa Brava, pero, como suele ser habitual en estos asuntos, nunca volvió a contactar con él y hoy la máquina aguarda una llamada que probablemente nunca se producirá.

Pero Manuel Brillas no ha conocido sólo a Tom Sharpe. Otros nombres ilustres solicitaron sus servicios en el pasado. Por ejemplo, algunas cabezas ilustres del semanario Destino, entre las que cabría destacar al mismísimo Josep Vergés. «Yo llegué a conocer la redacción que Destino tuvo en la calle Tallers, pero principalmente trabajé en la de Consell de Cent -recuerda algo incómodo, como si temiera estar desvelando algún secreto-. Les arreglé tropecientas máquinas. Pero luego llegó Planeta y compró Destino, y nunca más volvieron a llamarme. Había llegado la época de las grandes corporaciones, de los ordenadores, de la reducción de plantillas. Y la gente como yo dejó de ser necesaria».

Realmente, antes de que los ordenadores transformaran la sociedad, las oficinas de medio mundo tenían el tableteo de las máquinas de escribir como sonido de fondo. Y quienes más lo escucharon fueron las mujeres, como se demuestra sabiendo que, en 1919, el 80 por ciento de las mecanógrafas estadounidenses pertenecían al sexo femenino. De ahí que empresas como Remington o Underwood decoraban sus productos con motivos florales. Es más: la imagen de la secretaria tecleando al dictado de su jefe llegó a ser tan icónica que los partidos conservadores acusaron a las máquinas de escribir de fomentar el adulterio. «Cuando yo empecé a trabajar -rememora Manel Brillas-, mi padre me llevaba a las grandes compañías aseguradoras y tengo grabada en la memoria la imagen de filas y filas de mujeres tecleando».

Aquel mundo de tamborileos, papeles de calco y timbres marginales se extinguió con la irrupción masiva de los procesadores de texto. Eran los 80 y Manel Brillas, intuyendo los cambios que se avecinaban, inscribió a su hijo en una academia de informática. «Su futuro ya no estaba en las máquinas de escribir, así que teníamos que actuar con rapidez», dice.

Terminaba una época y empezaba otra. Las Remington, las Olivetti y las Triumf que tantas novelas, guiones y artículos habían dado al mundo empezaban a quedar arrinconadas. Llegaba el emporio IBM y nada volvería a ser igual. El nuevo milenio dejaba atrás al homo scriptorus del que poco después hablaría Paul Auster en la biografía de su Olympia. Los pioneros de la máquina de escribir, como Nietzsche o Mark Twain, quedaban ya lejos. Las esposas abnegadas como Sophia, que transcribió siete veces Guerra y pazempezaban a caer en el olvido. Los autores obsesivos como Jack Kerouac, que según la leyenda escribió En el camino en un rollo de papel continuo, o como Henry James, que rechazó una Olivetti porque no sonaba igual que su antigua Remington, se extinguían. Todavía hoy quedan algunos escritores que se resisten al cambio, pero son elementos residuales. Javier Marías, que escribe cada novela con una nueva Olympia Carrera de Luxe, quizá sea el último mohicano de una época. De igual modo, todavía hay mecánicos en Barcelona. No muchos, acaso dos o tres ya jubilados, pero sus conocimientos aseguran la pervivencia de un modo de hacer las cosas que ya a nadie interesa.

Algunos sociólogos han apuntado que la máquina de escribir convirtió nuestras vidas en un acontecimiento apolíneo. Que cambió los renglones torcidos de la escritura a mano por una sucesión de líneas perfectas. Que homogeneizó algo tan personal como podía ser la caligrafía. Sin embargo, las impresoras actuales han conseguido que los tipos que tecleábamos en las viejas Olivetti o Remington tengan hoy una poesía especial. Porque en la actualidad vivimos en un mundo mucho más ordenado, más limpio, más uniformado que el que conocieron nuestros padres. Las máquinas de escribir fueron el limbo que existió entre la caligrafía y la impresión láser. Un limbo ante cuya puerta todavía se yerguen algunos guardianes. Tac, tac, tac.

(Publicado en El Mundo el 6 de abril de 2017)