Los nombres que nos pusieron

CUANDO YO era pequeño, mi abuela paterna me miraba ocasionalmente en silencio y decía: «El teu nom és Àlvar». Yo fruncía entonces el ceño, cruzaba los brazos con fuerza y respondía: «No, el meu nom és Álvaro». Eran diálogos así de breves, desde mi punto de vista carentes de contexto, pequeños paréntesis en la cotidianidad de los domingos en los que íbamos a comer a su casa. Después, cuando ya nos habíamos marchado, yo me acercaba a mi madre y protestaba: «La abuelita dice que me llamo Àlvar». Y ella contestaba: «Tú te llamas como te dé la gana llamarte». Y yo: «Pues Álvaro». Y ella: «Pues no se hable más».

Como tantos otros ciudadanos de este país, tengo raíces diversas. Mi madre llegó de Andalucía cuando ni siquiera era una adolescente, la familia de mi padre es enteramente catalana, mi apellido tiene origen valenciano. En muchos aspectos, soy un barcelonés típico: un poco de aquí, un poco de allá y el resto de la política. Y digo política porque también soy el resultado de la situación lingüística existente durante el franquismo y la transición. Nací en una ciudad castellanohablante, con un sistema educativo y unos usos sociales dominados por ese idioma, pero moriré en una ciudad catalanoparlante. De esto no tengo ninguna duda. El catalán ha recuperado felizmente el terreno perdido durante la dictadura y, aunque todavía quede mucho por hacer, no puede negarse que la normalización ha sido un éxito.

Cuando escucho a mis sobrinos y a sus amigos, comprendo que el futuro se expresará en catalán y que, aun cuando dudo que jamás desaparezca, el castellano pasará a un segundo plano. Y me alegro. Porque, en cierta forma, podremos decir que las cosas han vuelto a su sitio. La lengua propia de Cataluña es el catalán, y no hay más vueltas que darle. De hecho, quienes la manejan con más soltura no son sólo los niños, sino también los ancianos, lo cual demuestra que el pasado y el futuro están a punto de darse la mano.

Los que estamos en medio, los que no somos ni niños ni ancianos, los que recibimos una educación mayoritariamente en castellano, somos el último triunfo de una dictadura que impuso su propio idioma. A los nacidos a principios de los 70, la normalización lingüística nos pilló algo mayorcitos y, claro, la mente de muchos de nosotros sigue funcionando en castellano. Al menos la de quienes manejábamos ese idioma también en casa.

Fue el filólogo y político Jordi Carbonell quien dejó escrito, en un ejemplar de la revista Taula de Canvi publicado en 1976, que el castellano era una anomalía histórica en Cataluña. Es una afirmación difícil de asumir para quienes, siendo niños, nos enfurruñábamos cuando nos cambiaban el nombre, así como para quienes nos ganamos la vida escribiendo principalmente en castellano. Pero también es una afirmación indiscutible. Ser bilingües es un lujo, algo que debemos preservar como un tesoro, un regalo que nos ha caído del cielo, pero al mismo tiempo es una opción de la que no debemos olvidar que elegimos libremente.

He tardado mucho tiempo en darme cuenta, quizá demasiado, pero al fin he comprendido que mi abuela, cuando me miraba ocasionalmente en silencio, trataba de salvar toda una cultura con tan sólo cuatro palabras: «Tu et dius Àlvar». No voy a cambiar de nombre. Me gusta Álvaro. Estoy acostumbrado, su sonoridad me define, es parte de mis raíces. Pero no negaré que Àlvar es para mí un recuerdo maravilloso.

Publicado en El Mundo (4 de abril de 2017).