Los hombros de los gigantes

SE ATRIBUYE a Bernardo de Chartres la famosa afirmación según la cual los seres humanos no somos más que enanos subidos a hombros de gigantes. El filósofo escolástico lanzó esta metáfora para advertirnos de nuestra pequeñez y para agradecer a los autores clásicos que nos hubieran guiado en asuntos para los que no estamos capacitados. Sin embargo, han transcurrido muchos siglos desde que se pronunciara aquella frase y la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas no sólo ha alterado su significado, sino que lo ha cambiado por completo. Porque hoy no nos aupamos a los hombros de esos gigantes para disfrutar de las vistas, sino para golpear sus cabezas hasta matarlos.

Y digo esto porque todavía estoy estupefacto ante la oleada de ataques digitales que están sufriendo algunos gigantes de la cultura española. Hordas de personas que nadie sabe quiénes son -y que, la verdad, a nadie importa su identidad- lanzan dardos de un modo enfurecido contra Arturo Pérez Reverte por sus opiniones sobre la existencia de un feminismo de baja estofa que perjudica seriamente al movimiento de liberación femenina, contra Jordi Évole por criticar la actitud de los políticos catalanes ante el drama de los refugiados, contra Javier Marías por reflexionar (con mayor o menor acierto, pero reflexionar al fin y al cabo) sobre las adaptaciones de las obras de William Shakespeare, contra Fernando Trueba por ironizar sobre su relación con ese país culturalmente en ruinas llamado España, e incluso contra Joaquín Sabina por componer canciones que, según la crítica musical Laura Viñuela, emanan un «machismo inconsciente», afirmación ésta que contiene tres errores fundamentales: tomar la parte por el todo (el cantautor también ha escrito contra el machismo), no reparar en que esas letras pertenecen al género de la ficción y no recordar que un crítico no debe emitir juicios morales, sino técnicos.

Es evidente que los creadores antes citados no han de perder ni un segundo sacudiéndose a los enanos que se les han subido a los hombros, porque ya demuestran su valía a través de su trabajo. Pero no está de más sacar a colación la última novela de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo (Seix Barral), en la que el barcelonés reflexiona sobre la gente que pretende equipararse a los artistas mediante el ejercicio de la crítica. Esa clase de individuos ya fue ridiculizado por Denis Diderot en El sobrino de Rameau, obra satírica en la que se mostraba a un hombre sin ningún atributo que, pese a dicha carencia, creía estar a la altura del compositor Jean-Philippe Rameau por el mero hecho de criticarlo y que jamás se detuvo a pensar que él sólo era un destructor, mientras que el otro era un creador.

En 1929, José Ortega y Gasset advirtió, en su ensayo La rebelión de las masas, sobre los peligros de construir una sociedad cuyos miembros, por su mera condición de seres humanos, se creyeran ya capaces de opinar sobre cualquier asunto, sin plantearse la necesidad de formarse antes de emitir un juicio de valor. El filósofo incidía en la necesidad de educar a las masas para impedir que su «posverdad» inundara todos los campos del conocimiento, pero salta a la vista que su pretensión cayó en saco roto. La sociedad de la que trataba de protegernos ya está aquí y las redes sociales han conseguido que las opiniones sin fundamento de algunos de sus integrantes tengan más repercusión que nunca. Ha llegado la época de los censores; ha llegado el tiempo de la tiranía sin dictadores.

(Publicado en El Mundo Cataluña el 1 de marzo de 2017).