Recuperar a los amigos

No recuerdo en qué fecha empecé a usar el servicio de mensajería instantánea Whatsapp, pero tengo plena conciencia de que, desde que lo instalé en mi móvil por primera vez, siempre he formado parte de tres grupos: el de la familia, el de los amigos de infancia y el de los colegas de la vida adulta. Los dos primeros se han mantenido inalterados desde su creación, pero el tercero sufrió hace poco una crisis de la que, por suerte, los integrantes hemos salido indemnes. Esa crisis, como pueden ustedes imaginar, se originó por las discrepancias ideológicas que la sociedad catalana ha vivido durante los últimos meses.

El pasado cinco de octubre, cuatro días después del referéndum ficticio y de la represión auténtica, uno de esos amigos envió un mensaje al resto del grupo anunciando que no soportaba más el bombardeo informativo al que todos estábamos siendo sometidos, que andaba muy agobiado por las circunstancias políticas que nos rodeaban, que los tropecientos mil mensajes con los que estábamos saturando el chat le tenían agotado y que necesitaba aislarse del mundo durante una temporada. Y entonces abandonó el grupo. Inmediatamente después, otro miembro se dio de baja y un tercero les imitó. Algunas horas más tarde, y tras darle muchas vueltas, yo también me desconecté.

Nunca hubiera podido imaginar que la política me alejara de mis amigos. Pero así fue. El chat con el que tantas risas habíamos compartido en el pasado se había convertido en una tertulia de cuñados en la que unos censuraban a otros, en la que se atacaba la diversidad de opiniones, en la que se negaba la libertad de pensamiento. Por suerte, nadie llegó al insulto, pero hubo ocasiones en las que faltó poco. Y todo gracias al lavado de cerebro al que se nos está sometiendo desde los dos extremos del arco parlamentario.

Con todo, la amistad imperó. Los políticos no consiguieron separar a quienes habían estado unidos durante décadas y, cuando quedábamos en un bar, nadie se mostraba tan agresivo como cuando hablábamos a través de la mensajería instantánea. En cierta manera, parecía que el grupo de Whatsapp no estaba formado por los mismos individuos que ahora cenaban en un restaurante. Vernos cara a cara hacía que el fanatismo desapareciera.

Hace apenas tres días, durante nuestro último encuentro en un bar, uno de nosotros propuso reactivar el grupo con la condición de que estuviera prohibido hablar de política. Todos estuvimos de acuerdo, pero en el último momento alguien sugirió que tal vez sería conveniente esperar a las elecciones del 21-D para reiniciar nuestra actividad digital. "Por si acaso -añadió-. Que esos cabrones son capaces de volvernos a joder la vida". Al resto nos pareció buena idea. En los tiempos que corren, toda prudencia es poca.

No conozco a nadie que, en el transcurso de los últimos meses, no haya silenciado o abandonado algún grupo de Whatsapp. Es algo que le ha ocurrido a casi todo el mundo y, por más que nuestros dirigentes lo nieguen, revela el daño que el procés, por un lado, y la respuesta de Madrid por el otro, están haciendo a la sociedad catalana.

Sé que en breve volveré a reunirme digitalmente con mis amigos y también sé que ninguna bandera alterará jamás el amor que les tengo. Pero, durante este periodo histórico, he aprendido otra cosa: que hay políticos tan obsesionados con las ideas que han olvidado la importancia de los corazones. Peor para ellos. La soledad les espera a la vuelta de la esquina.

(Artículo publicado en El Mundo del 4 de diciembre de 2017)