Empujar al suicida

La comparecencia de Carles Puigdemont en el Press Club Brussels del pasado 31 de octubre fue una nueva demostración de la capacidad de los políticos catalanes para construir relatos extraordinarios. Esto hay que reconocerlo. El ex president de la Generalitat ratificó por trillonésima vez que la literatura escrita en Cataluña está por encima de la media nacional y que no hay nada como una buena historia para encandilar a públicos de todas las edades y, en este caso, nacionalidades. Porque, oigan, en esto de crear folletines que enganchen, los miembros de Junts Pel Sí son los mejores. Y no lo digo con sorna.

No estoy valorando la veracidad o falsedad del discurso pronunciado en Bruselas, sino analizando la pericia de unos hombres que, habiendo montado un pifostio de mil pares de narices, han sabido dotarlo de estilo, ritmo y acción. Si fuera una novela, no necesitarían nada más. Se nota que estos individuos se sientan a pensar y, qué quieren que les diga, esto ya es todo un acontecimiento en el marco de la política nacional. Porque, ¿acaso cree alguien que las jugarretas que están haciendo al gobierno de Mariano Rajoy son fruto de la casualidad?, ¿o que los adornos con los que engalanan la realidad no están fascinando a la prensa internacional?, ¿o que, frente al desierto en el que ruedan las bolas de polvo de la ejecutiva del PP, no está triunfando el vergel de palabras que maneja el antiguo Govern?

Para demostrar el éxito del relato construido por JxSí, basta leer el artículo El fantasma de Franco, ese oscuro objeto de deseo que este mismo diario publicó -y colgó- el pasado domingo. La periodista Berta González de Vega se burlaba, no sin poco acierto, de los corresponsales extranjeros que, faltos de auténticos conocimientos sobre la Historia de España y de Cataluña, andan por nuestras tierras repitiendo fil per randa el discurso creado por el bloque independentista. Comparar la democracia actual con la dictadura franquista o desenterrar a Lorca para ponerlo delante de los policías que aporrearon -innecesariamente, por supuesto- a los votantes del 1-O, y al mismo tiempo olvidar la libertad de la que gozan los homosexuales en este país o la convivencia ejemplar entre la población autóctona y los inmigrantes llegados desde todos los rincones del mundo es, simple y claramente, cosa de cafres. Ahora bien, si algo hemos aprendido de todo este asunto, es que el hecho de trabajar para la CNN, la BBC o incluso Al-Yazira, o de haber estudiado en Harvard, Yale o Cambridge, no es aval de nada.

Sin embargo, hay cierta lógica en la facilidad con la que algunos periodistas extranjeros han comprado el relato diseñado desde el independentismo. Y esa lógica se basa, principalmente, en la inexistencia de un relato que explique la otra visión del asunto. Todas las acciones emprendidas por Puigdemont -las muestras de su dominio de varios idiomas, las puertas medio abiertas a sus espaldas, los viajes inesperados al corazón de Europa...- han sido meditadas cuidadosamente, mientras que todas las inacciones de Rajoy responden a lo que podríamos llamar la estrategia de la ameba: no moverse, no hablar, no hacerse visible. Y, pese a lo irritante de esta metodología, no puede negarse que funciona. El presidente del Gobierno sabe que, para ver morir a un suicida, tan sólo hay que sentarse cerca de un precipicio y esperar a que salte. No es necesario empujarlo, ya se lanza él solito.

El suicida tiene más épica, más romanticismo, más literatura. Pero el que sobrevive es el otro.

(Publicado en El Mundo el 2 de noviembre de 2017).