Los sueños del Procés

La víspera de la declaración y suspensión de la independencia de Cataluña, tuve un sueño: estaba cenando en casa de los Puigdemont. Alrededor de la mesa, el president, su esposa y una adolescente. El ambiente se cortaba con un cuchillo, sólo se abría la boca para comer, nadie sabía por qué me habían invitado. En la siguiente escena, me encontraba solo en el comedor. Mis anfitriones habían abandonado el domicilio y, aprovechando la circunstancia, yo entraba en el dormitorio del matrimonio, buscaba la caja fuerte y trataba de abrirla con una palanca. Quería saber qué había dentro, ansiaba leer los documentos secretos del político más trascendente del momento, necesitaba acabar con la incertidumbre que tenía en vilo a toda Cataluña. Pero no lo conseguí. El despertador sonó y regresé a la realidad. Lo primero que hice al levantarme fue encender el televisor. Esos días todos vivíamos enganchados a las noticias.

Esa misma tarde relaté mi experiencia onírica a algunos amigos y cuál fue mi sorpresa al descubrir que muchos de ellos también habían trasladado sus preocupaciones al horario de descanso. Y entonces, como si yo fuera el protagonista de El Palacio de los Sueños de Ismail Kadare -novela en la que un funcionario de un gobierno totalitario anota, analiza y clasifica las fantasías nocturnas de la población-, contacté con otros escritores, periodistas y editores para conocer los temblores que les sacuden cuando entran en la fase REM.

Los primeros relatos correspondían a pesadillas. Por ejemplo, el crítico literario Ernesto Ayala-Dipp soñó que levantaba la persiana de su dormitorio y descubría el morro de un helicóptero de la Policía Nacional a pocos centímetros del cristal, y la agente literaria Mònica Martín imaginó que paseaba a su perro rodeada por una unidad de guardias civiles. Otra persona que prefiere no identificarse se vio a sí misma sentada en la cabina de un avión que caía en picado mientras el resto del pasaje comía pipas tranquilamente, y un escritor y traductor barcelonés soñó que paseaba con su hijo por el Park Güell cuando detectaba una columna de humo que se elevaba desde el centro de la ciudad. Segundos después, varios edificios estallaban y él se despertaba. En este sentido, el crítico literario y escritor Diego Gándara fantaseó con que llevaba a su hijo al consulado argentino y reclamaba un pasaporte para sacarlo del país tan pronto como fuera necesario.

Menos tremendistas y más resolutivas fueron las ensoñaciones del periodista y escritor Jordi Corominas, en cierta noche trató de convencer a Pablo Iglesias y a Xavier Domènech de que Íñigo Errejón era la única persona capaz de templar gaitas entre la Moncloa y la Generalitat. Care Santos, sin embargo, encontró a una mediadora más efectiva: su madre. Su corteza cerebral imaginó que dicha mujer le anunciaba que había invitado a merendar al mismísimo Carles Puigdemont y que no le dejaría salir de casa hasta que no tomara una decisión. Asombrados ante la situación, los hijos plantaban la tienda de campaña ante el domicilio familiar y esperaban a que su progenitora abriera la puerta, diera una palmada y soltara: «Bueno, ya lo he solucionado». Y es que no hay nada como una madre para arreglar los asuntos que intranquilizan a sus hijos, oigan.

El poeta romántico Colerige dejó escrito que las imágenes que vemos durante la vigilia se transforman en sentimiento que, al anochecer, se convierten de nuevo en imágenes. Y probablemente eso le ocurrió a cuantos presenciaron los disturbios del 1-0 o el encarcelamiento de los Jordis. La editora Pilar Beltran se desvela a menudo pensando en el sufrimiento que los dos cabecillas del independentismo deben de estar padeciendo en Soto del Real, y una agente literaria que mantiene el anonimato soñó con Carles Puigdemont entrando en la cárcel y compartiendo celda con Oriol Pujol Ferrusola. Mientras tanto, una escritora relata que, en cierta ocasión, se imaginó a sí misma ayudando a Artur Mas y a Oriol Junqueras a huir de la policía por los pasadizos secretos del Parlament, edificio que también sirvió de escenario para una pesadilla de Santiago Roncagliolo: «Toda mi vida he tenido el sueño recurrente de que estaba desnudo en el colegio, pero el otro día lo estaba en el Parlament, con un montón de políticos catalanes, españoles, europeos e incluso peruanos mirándome». Ahí es nada.

Más poéticos resultan los sueños de quienes aspiran de un modo fervoroso a la independencia. Un escritor y periodista de cincuenta años cuenta que una noche se vio a sí mismo «caminando hacia la luz» con la misma actitud que los protagonistas del cuadro El Cuarto Estado de Giuseppe Pelliza. Y también tiene cierto encanto el hecho de que Eloi Fernández Porta sueñe últimamente con su madre, que falleció hace algunos años y que, en la última etapa de su vida, había dado el salto del catalanismo comunista al soberanismo: «Aunque no empatizo con la dimensión política del asunto, ya que no soy independentista, el lado afectivo y comunal de dicho movimiento hace posible, aunque sea en sueños, que tenga breves reencuentros con la alegría de mi madre».

Un párrafo aparte se merecen los periodistas catalanes que están al pie del cañón. De hecho, en la redacción de esta misma casa ha habido sueños para todos los gustos: a un compañero le telefoneaba Jordi Sánchez desde la cárcel, otro veía su apartamento convertido en la redacción y un tercero soportaba una conferencia de Raül Romeva sobre las similitudes entre Israel y Cataluña. Un redactor de otro rotativo se despertó entre sudores tras soñar que Corea del Norte planeaba bombardear Cataluña y tras reparar en que, por más que tratara de avisar a la población, nadie le hacía caso porque todo el mundo andaba obcecado con el procés; y otro plumilla barcelonés se pasó toda una noche tratando de escribir un reportaje que incluyera todos los matices necesarios como para entender la realidad política catalana: «Al final, parecía que estaba llenando de folios la Biblioteca de Babel». Pero todas estas angustias parecen poca cosa si las comparamos con la pesadilla que sufrió no ha mucho el poeta y periodista David Castillo, que últimamente anda tan agobiado con todo el asunto de la DUI que, desde hace algunos meses, sufre soriasis y dishidrosis. En su ensoñación, se rascaba todo el cuerpo sin cesar y, de tanto arrancarse las costras, descubría que, bajo su piel, habitaba un cocodrilo.

Cristina Fallarás está más anclada a la realidad y, tras pasarse días y días enganchada al programa Al rojo vivo (La Sexta), ha acabado soñando con Antonio García Ferreras, junto a quien aparece yendo a la caza de un notición. Y quien también parece buscar algo es Llucia Ramis, que en un sueño descubrió que el artículo 155 tenía un apartado en el que se especificaba que la intervención de Cataluña implicaba la clausura de todos los bares de la ciudad, algo que, sin embargo, no afectaba al escritor y crítico de arte Iván de la Nuez, que un día soñó que salía al escenario a cantar, junto a Santiago Auserón, el villancico Lo Desembre congelat y que, cuando cogía el micrófono, estaba tan borracho que no podía entonar ni un verso. Ahora bien, para fantasías divertidas -y freudianas, ojo- ninguna como la un escritor catalán -e independentista- que soñó con Miquel Iceta cambiándose sus viejos calcetines por unos de perlé.

Ahora mismo, en Cataluña hay sueños para todos los gustos. Unos son dramáticos, otros angustiosos y los que menos divertidos. Pero hay una verdad que los atraviesa desde el primero hasta el último: denotan una preocupación mayúscula por el futuro colectivo. En cuanto a las interpretaciones, que cada cual haga la suya.

(Publicado en El Mundo el 29 de octubre de 2017)