Artur Mas: las heridas mal curadas

Cuando tenía cinco años, Artur Mas derramó una sartén con aceite hirviendo sobre su propia cabeza. El médico le curó las heridas visibles en el rostro, pero no reparó en que el cuero cabelludo también estaba dañado y, en consecuencia, no trató las ampollas ocultas bajo el pelo. Hoy, cuando el 129º President de la Generalitat de Catalunya ha alcanzado los cincuenta y nueve años, se atusa constantemente el flequillo para asegurarse de que nadie puede ver las cicatrices que pueblan su coronilla. Pero no fue aquella la única vez en que ese chaval sufrió abrasiones. En cierta ocasión, durante un experimento en clase de química, ingirió accidentalmente el ácido de una pipeta y sólo la pericia del profesor, que supo contrarrestar los efectos nocivos de aquel producto aplicando algunas sales, le salvó de morir intoxicado.

Artur Mas es un hombre lleno de cicatrices. Unas son visibles; otras, no. Y han sido precisamente las invisibles las que lo han convertido en un político capaz de mantener en jaque al gobierno central. Porque ya se sabe lo que ocurre con la gente herida: que se endurece, que se insensibiliza, que se inmuniza. De hecho, sólo hay que abrir los periódicos, escuchar las emisoras de radio o encender la televisión para comprobar que Artur Mas es ahora mismo el Enemigo Público Número Uno, el malo malísimo de la película, la diana de todas las balas. Y, pese al odio que despierta en mucha gente, él se mantiene incólume en su decisión de llevar al pueblo catalán hacia la independencia.

Artur Mas es hijo de la burguesía barcelonesa. Su bisabuelo materno fue concejal en el ayuntamiento de Mataró y el paterno, capitán de la marina mercante. De ahí que la imagen del líder de CDC haya ido siempre ligada al mar y de ahí también que nadie se extrañara el día en que, habiendo alcanzado la presidencia, colgó en una de las paredes de su despacho un timón con la siguiente inscripción: ‘Cap fred, cor calent, punys ferms, peus a terra’ (‘Cabeza fría, corazón caliente, puños firmes, pies en tierra’). Y tal vez fue ese lema lo que, no hace mucho y en plena lucha por la presidencia, le ayudó a afrontar la muerte de una hermana víctima de una esclerodermia (esclerosis de la piel) y, pocos meses después, la de su padre, un hombre que vivió marcado por una insuficiencia pulmonar derivada de una tuberculosis mal curada.

Artur Mas estudió en el Liceo Francés y en la prestigiosa escuela Aula –caracterizada por insuflar a sus alumnos la ética del esfuerzo, de la curiosidad y de la disciplina-, y se licenció en Ciencias Económicas y Empresariales, entrando a trabajar de inmediato en la empresa de su padre, una metalúrgica especializada en la construcción de ascensores que hizo suspensión de pagos pocos años después. ‘La quiebra del negocio familiar afectó terriblemente a Artur Mas –recuerda el escritor y periodista Arturo San Agustín- y él siempre atribuyó el cierre de la fábrica a la ferocidad de los sindicatos. Desde su punto de vista, la clase trabajadora arruinó a su padre y, en mi opinión, eso le generó una alergia hacia todo lo que oliera a proletariado. Paradójicamente, cuando años después inició su andadura hacia la independencia, tuvo que adueñarse de algo que, en verdad, pertenece al pueblo: el sentimiento nacionalista. Esa es la gran contradicción de Mas: odiar como empresario aquello que le ha salvado como político’.

Poco tiempo después, Artur Mas entró a trabajar en la administración pública, donde desempeñó diversos cargos, y a los treinta y un años se afilió a Convergència Democràtica de Catalunya, pasando a formar parte de la lista de CiU a las municipales. Desde la oposición, se convirtió en el azote del alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, quien años después se vengaría denunciando las mordidas del 3 por ciento de CDC en la adjudicación de obras públicas. ‘En la época de las municipales, todos le veíamos antes como un tecnócrata que como un político –recuerda Alberto Fernández Díaz, regidor del PP y, en aquel tiempo, opositor de Mas-, pero también demostraba ser un hombre de gran rigor y solvencia en materia económica’.

La biografía política de Artur Mas es una de las más injustas de cuantas quepa imaginar, así como un elemento imprescindible para intuir las cicatrices ocultas bajo su chaqueta. Su deseo de convertirse en alcalde de Barcelona se vio truncado por la elección de Miquel Roca como número uno de la lista de CiU y, cuando poco después Jordi Pujol lo señaló como sucesor, sus ganas de alcanzar la presidencia de la Generalitat toparon con el muro de los gobiernos tripartitos (PSC-ERC-ICV) que, durante dos legislaturas seguidas, pactaron para evitar su investidura. Pocas veces en la historia de la democracia española ha habido un líder que, habiendo ganado dos veces seguidas las elecciones, no se hiciera con el poder, y los siete años que Artur Mas pasó como vencedor vencido lo marcaron de un modo tan extraordinario que la prensa catalana bautizó aquel periodo como ‘la travesía del desierto’. Y es que, realmente, fue entonces cuando nació la épica en torno a su figura, cuando el político se convirtió en el héroe trágico al que arrebatan aquello que le pertenece, cuando las heridas dejan de imprimirse en la piel para hacerlo directamente en el espíritu. ‘Recuerdo que se le podía ver caminando por los pasillos del Parlament como un alma en pena –recuerda Montse Nebrera, en aquel entonces diputada del PP y hoy miembro de CDC-. De alguna manera, era un heredero sin trono y siempre andaba meditabundo, encogido, callado. Aquellos siete años le convirtieron en un hombre austero, sobrio, reflexivo. Antes todos le veíamos como un político soberbio que se creía el rey del mundo, pero después nos dimos cuenta de que se había convertido en un hombre íntegro’.

Cuando Artur Mas ganó por tercera vez las elecciones y, esta vez sí, fue investido President de la Generalitat, el tecnócrata con aspecto de niño pijo ya no existía y, pese a los casos de corrupción que salpicaban a su partido, el hombre renacido se vio con la suficiente fuerza como para hacer aquello que sus antecesores habían eludido: plantear seriamente la posibilidad de una independencia unilateral. ‘De repente, mucha gente empezó a verlo como una persona honesta –opina el periodista y escritor Rafel Nadal-. Incluso los que estaban en contra de Convergència, aceptaron que aquel hombre hablaba de un modo directo y honesto y, de alguna forma, surgió la idea de que él no era un corrupto, aunque pudiera estar rodeado de otros que sí lo eran’. Y a partir de entonces, y en gran medida de una forma inopinada, Artur Mas empezó a recabar apoyos entre la población y, sobre todo, entre la intelectualidad catalana. De hecho, si los lectores castellanoparlantes pudieran leer la enorme cantidad de libros –casi hagiografías- publicados en Cataluña en torno al líder de CDC, se echarían las manos a la cabeza y, tras leer las comparaciones que sus autores crean, sentirían el mismo bochorno que debe de sentir el propio Artur Mas cuando las lee: David luchando contra Goliat, Moisés liberando al pueblo judío, Ulises posmoderno navegando hacia el hogar y tantas otras que, créanme, a menudo causan rubor.

Fuera como fuese, el President de la Generalitat convenció a la mitad de los catalanes para que le siguieran en su viaje hacia la independencia y dio la espalda a esa otra mitad que antepone su españolidad –o, mejor, su europeísmo- a cualquier otra consideración. Desde entonces, los ataques a Artur Mas han sido de una dureza extraordinaria y la única forma de entender el aguante que muestra ante los insultos que recibe es sabiendo que este hombre tiene un as en la manga o, mejor dicho, un bálsamo de Fierabrás capaz de curar todas sus heridas: su esposa Helena Rakosnik. Realmente, resulta difícil encontrar otro político español tan aferrado al matrimonio como el President de la Generalitat. El fotógrafo Eddy Kelele conoce bien la intimidad del líder de CDC, ya que, durante dos meses y junto a su socio Jordi Ribot, estuvo retratándolo en toda clase de situaciones para publicar después ‘Artur Mas, retrat de l’home i el president’ (RBA, 2011), un trabajo que hace con el líder independentista lo mismo que hiciera Pete Souza con Barak Obama, esto es, desnudar su alma a través de la cámara: ‘Compartí muchos momentos privados con él y lo que más me sorprendió fue la unión con su esposa –recuerda el fotoperiodista-. Un domingo me pidieron que me quedara a comer con ellos y, mientras toda la familia recogía la mesa, fui testigo de la complicidad que tenía con Helena y sus hijos. Tras verlos charlando, riendo y limpiando los platos, comprendí que aquel hombre gozaba de una vida íntima de una intensidad extraordinaria. Y no me importa reconocer que sentí envidia, mucha envidia’. Es sabido que Artur Mas ha prometido a su esposa que dentro de poco, cuando el Procés se haya estancado definitivamente o cuando se haya convertido en una realidad sobre la que construir un nuevo país, él abandonará la política y juntos se embarcarán en un velero para surcar el Atlántico. Será entonces cuando el poema épico que algunos periodistas y escritores catalanes están escribiendo en torno a la figura del actual President de la Generalitat alcance su último verso. Y no se puede negar que, nos guste o no la historia recogida en sus estrofas, nada como un hombre y una mujer haciéndose a la mar para cerrar un poema.