La belleza del impostor

El espíritu de los tiempos es éste: no hace falta que usted escriba un libro, porque, con el mero hecho de decir que tiene pensado hacerlo, la gente le admirará. En el transcurso de los últimos cuatro meses, he asistido a tres conferencias en las que los ponentes hablaban de unos ensayos que, supuestamente, publicarían en breve. Al término de las respectivas charlas, la gente aplaudió a rabiar y en una ocasión hubo quien se acercó al probable escritor para que le estampara una dedicatoria en un pedazo de papel. Es de suponer que, si hubiera tenido el libro publicado, el desconocido le habría pedido que se lo firmara en la portadilla, pero, a falta de un volumen, bien estuvo aquella suerte de servilleta. Yo le habría pedido que rubricara una tira de papel higiénico.

La época en que vivimos se caracteriza por buscar la fama antes que el esfuerzo, como se demuestra visionando esos programas de televisión a los que la gente acude para demostrar que sabe cantar. No quieren ser compositores, no pretenden convertirse en letrista, no soportan la idea de la creación. Se conforman con entonar las canciones de otros y pretenden el premio sin haber conocido el sacrificio. En otras palabras, quieren el oro sin dedicar un segundo a la alquimia. En el mundo de la literatura ocurre exactamente lo mismo. La posibilidad de una novela tiene ya tanto valor como la novela en sí y nos hartamos de conocer a probables escritores que parecen tan atormentados como aquellos que realmente se pasaron años creando una ficción. La estética delante de la ética; así también en la cultura. Lógicamente, siempre ha habido personas que venden la piel del oso antes de cazarlo, pero nunca se había prestado tanta atención a estos impostores como en los tiempos que corren. Y es que la im-postura, ya se sabe, es hija del postureo.

Javier Cercas ha reflexionado sobre este asunto en su magnífica no-ficción ‘El impostor’ (Literatura Random House), donde nos presenta a Enric Marco, el hombre que traicionó la memoria de cuantos murieron en los campos de concentración alemanes; Antonio Muñoz Molina también le ha dado vueltas al asunto en ‘Como la sombra que se va’ (Seix Barral), otro monumento a la literatura de no-ficción en el que nos habla del deseo de ser otro; y Tim Burton ha estrenado su desaprovechadísima película ‘Big Eyes’, en la que nos recuerda el caso de la pintora kitsch Margaret Keane y de su marido Walter, alias el mentiroso. Ah, y no podemos olvidar al Pequeño Nicolás, ejemplo extremo no sólo del mindundi con aires de grandeza, sino de la fascinación que ejerce sobre la sociedad e incluso de la admiración que despierta en cierto tipo de españoles más próximos a los personajes de Esteso y Pajares que al modelo de ciudadano que todos aspiramos a construir. Y es que, ¿quién no tiene un amigo que considera que el chaval es un ‘crack’?

Pero hay una faceta en la personalidad del impostor que no podemos obviar: es alguien que, aun no habiendo conseguido la vida que pretende o precisamente por eso, demuestra más pasión por aquello que dice ser que quienes realmente han conseguido serlo. En las tres conferencias a las que he asistido a lo largo de los últimos meses, he visto más entusiasmo a la hora de hablar sobre el probable libro que en muchas de las presentaciones en las que realmente se hablaba de un libro tangible, y he detectado más interés por parte de los espectadores que en las otras ocasiones. Y esto ha hecho que empiece a plantearme si no existirá más belleza en la fantasía del impostor que en la veracidad del hombre honrado. Porque, ¿acaso no es más hermoso lo que podríamos llegar a ser que lo que realmente somos? La impostura es el último recurso de los fracasados y, por el modo en que se agarran a ese clavo, muestran más pasión por la vida deseada que los demás por la ya lograda.

(Artículo publicado en el suplemento 'Tendències' de El Mundo en enero de 2015).