El machismo de los cultos

Las escritoras españolas son objeto de acoso a través de las redes sociales y, en general, de internet. Los lectores creen haberse enamorado de ellas, añaden comentarios inapropiados a los artículos que cuelgan en las revistas digitales, les envían mensajes privados que van subiendo de tono. Aquí van tres ejemplos de autoras que luchan contra el machismo de los cultos.

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Hace poco mantuve una conversación con la escritora Elvira Navarro a través de la red social Twitter. Un par de horas después, una desconocida me envió un mensaje directo a través de Facebook en el que decía: ‘Veo que tú también eres de los que quieres f***rte a Elvira, ¡eh!’. Le pedí que no volviera a enviarme un comentario de esa calaña y la tipa me contestó que no me hiciera el tonto y confesara mis intenciones. Lógicamente, me puse en contacto con Navarro para advertirle sobre semejante chalada y ella me explicó que ya conocía la existencia de esa acosadora, la cual se dedicaba a buscar, contactar e insultar a cualquier persona que conversara públicamente con ella. Desde aquel día, trato de prestar atención a las alusiones y comentarios que reciben las escritoras en las redes sociales y, tras haberlos comparado con los que la gente envía a sus colegas del sexo contrario, no puedo más que echarme las manos a la cabeza ante el machismo existente entre esas personas cultas que se supone que son los lectores.

Elvira Navarro es objeto de no pocas alusiones a su físico tanto en las redes sociales como en los comentarios a los artículos que publica en los medios digitales. Algunas de esas apostillas incluso provienen de otros escritores –normalmente mayores de 45 años- que consideran normal hacer alusiones a lo guapa o fea que ha salido en alguna foto, e incluso hay casos en los que le recomiendan –agárrense- que se esfuerce por salir siempre hermosa en los retratos, ya que eso le ayudará en su carrera. Me dice Navarro que lo que más le sorprende de esos comentarios es que quienes los escriben, hombres supuestamente cultos, deberían de ser conscientes del machismo que sus palabras emanan, pero salta a la vista que no es así y, claro, la autora lamenta que los amantes de la cultura tampoco hayan evolucionado. Algo similar le ocurre a Jenn Díaz, quien ya parece resignada a la idea de que, por muy bueno que sea el artículo o relato que acabe de publicar en la red, siempre aparecerá algún lector que hará alusión a su físico. Es más, en cierta ocasión un hombre le envió un mensaje directo de Facebook saludándola y, como ella no contestó, el tipo le mandó un archivo audio en el que la llamaba ‘subnormal’ (sic) por no responder a los privados que sus admiradores le enviaban.

Llucia Ramis tampoco se salva de los acosadores que, amparándose en una presunta admiración, la atiborran a mensajes poco tranquilizadores. De hecho, hace algún tiempo tuvo que denunciar, con orden de alejamiento incluida, a un frikifan –así los llama ella, probablemente en un intento de quitar hierro a un asunto que merecería un término mucho más serio- que, a lo largo de un año, le había enviado unos dos mil emails, en algunos de los cuales le decía que le haría el amor lentamente, mientras que en otros le aseguraba que la mataría con la misma lentitud. Como ella nunca respondió a esos mensajes, el hombre se inventó que, en realidad, se estaban comunicando a través de un sistema secreto según el cual ella agregaba a una persona en Facebook cuando quería decirle Sí y desagregaba a otra cuando quería decirle No. Con esta paranoia, el acosador llegó a la conclusión de que Ramis le había invitado a su casa en Barcelona y se plantó en la ciudad resuelto a encontrarse –se supone que amorosamente- con ella. En vez de eso, se llevó una denuncia y una orden de alejamiento. Hoy ese lector ha desaparecido de su vida, pero tiene a otro que la saluda cada mañana por Twitter, que acude a sus presentaciones y que le regala bombones. De momento es un hombre tranquilo, pero, qué quieren que les diga, yo nunca he oído que eso le haya pasado a un escritor del sexo contrario.

Pues así están las cosas en el mundo de la cultura. Igualitas a las del mundo de la incultura.

 (Artículo publicado en el suplemento 'Tendències' de El Mundo (27 de marzo de 2015).