Yo soy el soldado de Alá

Cuando tenía quince años, Muamar Gadafi se enamoró de la hija del director de su colegio. Él procedía de una familia de beduinos del desierto y no podía aspirar a una niña de origen burgués. Así que se esforzó para mejorar su condición social. Se apuntó a la Academia Militar, ascendió rápidamente y, cuando ya era oficial, se personó en casa de la amada dispuesto a pedir su mano. El padre lo miró con desprecio y lo despachó con tan sólo una frase: ‘En nuestra sociedad, como en el ejército, hay una jerarquía’. Años después, cuando Gadafi ya hubo derrocado a Idris I de Libia y se hubo convertido en el Hermano Guía, ordenó matar al padre de su amor de juventud, arrestó a su marido y la secuestró a ella. Durante tres semanas, la violó y golpeó sin cesar, y cuando se hubo cansado, la relegó a los calabozos sine die.

Durante muchos años, Gadafi fue amigo de los gobiernos occidentales. Le apoyaron, le armaron, le aplaudieron. La prensa internacional incluso lo bautizó como ‘el Che Guevara árabe’. Pero su crueldad –y sus apoyos al terrorismo contra Occidente- le granjeó poderosos enemigos. Al final, cuando el Rais contaba 69 años, se le abrieron tres frentes: su pueblo alzado en armas, las fuerzas islamistas entrando en su territorio y la OTAN –con Francia y Estados Unidos a la cabeza- bombardeando sus palacios. Hasta que el 20 de octubre de 2011, los insurrectos atacaron el convoy con el que trataba de huir de Sirte y, según pudo verse en los videos difundidos por las redes sociales, lo lincharon con tanta crueldad que incluso lo sodomizaron con bayonetas. Esas imágenes, junto con las de la captura de Sadam Husein, se convirtieron en icónicas para la historia del fin de las dictaduras árabes.

Hasta el momento presente, cuando se hablaba de ‘novela de dictadores’, siempre se pensaba en la larga tradición del género existente en Latinoamérica: Juan Manuel de Rosas, Ramón María del Valle-Inclán (pese a su nacionalidad, ‘Tirano Banderas’ entra en el cupo), Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez y, entre otros, Mario Vargas Llosa. Por eso, habiéndose implantado la democracia en Latinoamérica, ha llegado el momento de mirar hacia otro lado y Yasmina Khadra –seudónimo del ex coronel del ejército argelino Mohammed Moulessehoul- ha dado el pistoletazo de salida escribiendo una novela –por tanto, ficción- sobre las última horas (la madrugada del 19 al 20 de octubre de 2011) de Muamar Gadafi.

‘La última noche del Rais’ es una novela de corte shakespiriano (tres escenarios, cuatro personajes principales –uno de ellos, el tirano-, abundancia de diálogos, reflexiones sobre el poder, la locura y la crueldad, etc.) que imagina el estado anímico de un Gadafi toxicómano y enajenado durante las horas previas a su linchamiento. La obra es simplemente fascinante y, en su brevedad y economía, describe con maestría la mente de un megalómano que, en cierto momento, incapaz de comprender por qué su pueblo le odia –y por qué la OTAN y los islamistas le atacan-, llega a proclamar: ‘Me pasa lo que a Dios, el mundo que ha creado se rebela contra mí’.

Hasta el momento, Yasmina Khadra había tenido que soportar las críticas que afirmaban que, de no haberse hecho pasar por una escritora de origen argelino que se atrevía a denunciar la falta de libertades en su país, nunca habría alcanzado la fama de la que hoy goza. Debo reconocer que yo también era de esta opinión y que, de alguna forma, la mayoría de sus novelas me parecían más bien simplonas. Sin embargo, ‘La última noche del Rais’ demuestra que, ya sea por acumulación de experiencia, ya por talento innato, Khadrase ha convertido en un escritor capaz de sondear el alma humana como pocos pueden o saben hacerlo.

‘La última noche del Rais’

Yasmina Khadra

Alianza, 2015.

176 páginas, 16 euros

 

(Artículo publicado en el suplemento 'Cultura/s' de La Vanguardia el 3 de octubre de 2015)