Cervantes en Barcelona

LA SEMANA pasada, el Institut Ramon Llull, el ICUB (Institut de Cultura de Barcelona) y el ICEC (Institut Català de les Empreses Culturals) convocaron a varias asociaciones de escritores para informar sobre los pasos que habrían de seguir a la hora de llevar a buen puerto la invitación que la Feria del Libro de Buenos Aires ha lanzado a Barcelona para convertirla en 'ciudad de honor' de su edición de 2019.

Como vocal de la Junta de la ACEC (Associació Col·legial d'Escriptors de Catalunya/Asociación Colegial de Escritores de Cataluña), entidad de carácter sindical que defiende a todos los literatos independientemente de la lengua en que se expresen, asistí a la reunión junto a nuestro presidente, David Castillo, y escuché con interés las explicaciones que Izaskun Arretxe (IRLL), Marina Espasa(Barcelona Ciutat de la Literatura) y Joaquín Bejarano (ICEC) dieron sobre el modo en que pensaban distribuir los cuatrocientos mil euros con los que cuentan para su participación en un evento que se extenderá entre el 23 de abril y el 12 de mayo del próximo año. A grandes rasgos, el programa es el siguiente: trasladar a unos 35 escritores de la capital catalana, defender la existencia en Barcelona de una de las cadenas del libro más sólidas del mundo, desplegar un mapa literario de la ciudad y, por último, hacer hincapié en la historia de exilios cruzados que ambos países/ciudades tuvieron a lo largo del siglo pasado.

Hasta aquí, todo perfecto. Sin embargo, hubo un punto que nos hizo arquear la ceja. Los organizadores manifestaron su intención de aprovechar la popularidad de la que gozan ciertos escritores barceloneses (léase los que escriben en castellano, como Juan MarséEnrique Vila-Matas o Eduardo Mendoza) para difundir la obra de los autores en lengua catalana que, debido a las dificultades de traducción, son desconocidos para el público argentino. Como estrategia de promoción, no está mal. Pero, lógicamente, nosotros alzamos la mano para recordar a los organizadores que en esta ciudad también hay autores que escriben en castellano y que, pese a esto, nadie conoce en aquellas tierras. Porque, oigan, para saltar el charco no basta con un idioma común. Al oír nuestra protesta, tanto Arretxe como Espasa y Bejarano nos dieron la razón y aseguraron que elegirían a los representantes de la literatura barcelonesa de un modo equitativo, evitando convertir el acontecimiento en la fiesta de la parcialidad. Y es que la Feria de Frankfurt 2007 sigue estando en el pensamiento de muchos, la verdad. El Ramon Llull dice que eso no ocurrirá en esta ocasión y, de momento, nosotros nos alegramos.

Pero en la reunión se abordó otro asunto que también requiere de una reflexión. Según aseguraron los organizadores, el Instituto Cervantes -o, en su defecto, el Centro Cultural de España en Buenos Aires- no se ha puesto en contacto con el Ramon Llull o con el Ayuntamiento para ofrecer su colaboración. Y esto ya es de juzgado de guardia. Desde el momento mismo de la designación, el gobierno central tendría que haber telefoneado al Institut Ramon Llull con la intención de acordar estrategias comunes para la promoción de los autores barceloneses que ahora tienen la oportunidad de dar a conocer su obra en Argentina. De hecho, lo normal sería que el Cervantes se ocupara de los autores catalanes en lengua castellana y que el Llull hiciera lo propio en la catalana. Pero en este país (Catalunya o España, me da igual) ya no hay nada normal. Y los que acaban pringando son, como siempre, los que sólo quieren trabajar.

(Artículo publicado en El Mundo el 02 de octubre de 2018).

Una pluma blanca para José María Aznar

El 3 de junio de 2010 tuve ocasión de intercambiar algunas impresiones con el doctor Abdul Razak Jalil Alissa, en aquel entonces rector de la Universidad de Kufa (Irak), sobre la época en que el ejército español se acantonó en su campus. Me encontraba en la ciudad santa de Najaf porque estaba documentándome para una novela de no ficción (‘Aunque caminen por el valle de la muerte’, Literatura Random House, 2017) en la que habría de reconstruir, minuto a minuto, la batalla más importante de cuantas ha librado el ejército español en los últimos sesenta años, concretamente desde el asedio de Sidi-Ifni. Me refiero, cómo no, a la Batalla de Najaf.

El rector me recibió con los brazos abiertos. De hecho, se mostró tan entusiasmado con mi llegada que enseguida comprendí que algo no cuadraba. No me equivoqué. Al parecer, alguien le había dicho que yo era un representante del Gobierno español que venía a ofrecer algún tipo de compensación por los destrozos causados en el recinto universitario. Cuando negué mi pertenencia al Ejecutivo y aclaré que solo pretendía obtener su permiso para visitar el campus, se enojó. ‘Vuestros soldados se marcharon y nadie nos indemnizó por el modo en que dejaron el lugar -me espetó airado-. Los edificios están inservibles, las paredes se caen a pedazos, las fachadas continúan tachonadas de balazos’. Balazos. Eso era lo que yo había ido a buscar: los impactos de bala que demostraban que los efectivos enviados por José María Aznar a Irak habían participado de un modo activo en la guerra. Los chicos de la Brigada Plus Ultra II habían combatido, se habían visto obligados a matar y algunos incluso habían estado a punto de morir. Y nadie reconocía esa acción.

La Batalla de Najaf (4 de abril de 2004) enfrentó a trescientos soldados españoles contra un millar de insurgentes del autoproclamado Ejército del Mahdi. Fue una carnicería. Las cifras de iraquíes muertos en combate oscilan según la fuente: desde 30 hasta 400. En el campus universitario, rebautizado para la invasión como Base Al-Andalus, también había militares salvadoreños, hondureños y estadounidenses, así como mercenarios de la compañía privada militar Blackwater. Un miembro del Batallón Cuscatlán II, Natividad Méndez Ramos, falleció en acto de servicio y trece compañeros de su misma nacionalidad, así como tres norteamericanos, resultaron heridos de diversa gravedad. La unidad mecanizada de la Brigada Plus Ultra II, compuesta por cuatro blindados BMR, tuvo que abandonar el acuartelamiento en pleno fragor de la batalla para rescatar a un pelotón salvadoreño que había quedado aislado en el exterior. Sus ocupantes se jugaron la vida, fueron acribillados, tuvieron que defenderse. Hoy muchos de ellos siguen sufriendo pesadillas. Son los veteranos de un conflicto que la semana pasada, durante su comparecencia en la Comisión de Investigación sobre la Financiación del PP, el expresidente del Gobierno se atrevió a negar: ‘España no envió soldados’.

En este país hay hombres y mujeres que todavía conservan en la retina las imágenes del 4 de abril y que han sido silenciados no sólo por los distintos ejecutivos, sino también por los mismísimos ministros de Defensa. En sus ‘Memorias de entreguerra’ (Planeta, 2005), Federico Trillo se pule la batalla en un par de párrafos, y en una conversación que no me permitió grabar, su sucesor en el cargo, José Bono, se refirió a aquel enfrentamiento como ‘un tiroteo sin importancia’. Algunos de los soldados que participaron en dicho ‘tiroteo’ han solicitado un ‘Reconocimiento al valor’ por haberse jugado la vida defendiendo Base Al-Andalus, pero el alto mando ha rechazado la petición en reiteradas ocasiones, obligando a unos cuantos a intentarlo por vía judicial. El Ministerio alega que no se puede dar esa distinción a quien no ha estado en una guerra y, como oficialmente la Brigada Plus Ultra II sólo participó en una ‘Misión humanitaria y de restablecimiento de la seguridad’, no hay más que hablar. Curiosamente, sus superiores, el general Fulgencio Coll y el entonces coronel Alberto Asarta, fueron aplaudidos, aupados y promocionados por su labor, cuando lo cierto es que las opiniones entre la tropa sobre su liderazgo dejan mucho que desear. Eso por no hablar del retrato que Paul Bremer III dibuja en sus memorias ‘My Year in Iraq’ (Simon & Schuster, 2006), en las que ridiculiza de un modo más que cruel las decisiones tomadas por los mandos españoles durante aquella fatídica jornada.

La semana pasada José María Aznar no sólo continuó silenciando los gravísimos conflictos armados a los que nuestras tropas hicieron frente en Irak, sino que incluso negó que hubieran estado allí. Y, mientras tanto, trescientos soldados españoles -no pocos de los cuales han abandonado el ejército por pura decepción- siguen despertando entre sudores. No es difícil suponer que muchos de ellos regalarían una pluma blanca al expresidente español. Una de esas plumas que, en el ejército británico de la sociedad victoriana, simbolizaba lo peor que puede tener un hombre en el campo de batalla: cobardía.

(Publicado en eldiario.es el 29 de septiembre de 2018)

El tiempo envejece deprisa pero algunos libros no se estropean

No hay en este país un escritor que no haya soñado con publicar en Anagrama. Existen otras editoriales de calidad, es cierto, pero las que tienen su misma antigüedad han perdido la independencia y las que son independientes no han alcanzado su prestigio. Ahora el mítico sello barcelonés pertenece a Feltrinelli y, aunque nadie sabe qué ocurrirá en el futuro, no parece que las cosas vayan a cambiar demasiado: el grupo italiano ha demostrado en numerosas ocasiones su enorme respecto hacia la literatura, las editoras Silvia Sesé e Isabel Obiols son un sello de garantía, la larga sombra de Jorge Herralde sigue cubriéndolo todo. Anagrama continuará siendo el sueño húmedo de los escritores jóvenes... y, no nos engañemos, también, de otros más viejos.

Antonio Tabucchi dejó escrito aquello de «el tiempo envejece deprisa» y el jueves pasado, durante la clausura del XXIII Máster de Edición de la Universitat Pompeu Fabra, Javier Aparicio Maydeu añadió eso de «pero el talento nunca desaparece». Lo dijo mirando a Herralde, para quien había organizado un homenaje en el auditorio de la calle Balmes y a quien Carlo Feltrinelli había enviado una carta -a última hora, el italiano tuvo que excusar su presencia por motivos familiares- en la que definía a su amigo como un «gigante de la cultura europea». El auditorio aplaudió lo que era una verdad evidente y volvió a hacerlo cuando Carlota Torrents invitó a Lali Gubern a subir al escenario para tomar asiento junto a su marido.

El público estaba compuesto por grandes nombres de la edición española (Silvia Querini, Pilar Beltran, Claudio López de Lamadrid, Juan Cerezo...), por agentes literarios (María Lynch, Gloria Gutiérrez, Silvia Bastos, Anna Soler-Pont...), por escritores tanto de la casa como de otros sellos (Rodrigo Fresán, Tina Vallés, Use Lahoz, Anna Ballbona, Albert Forns...) y por periodistas de primer orden (Josep Massot, Carles Geli, Xavi Ayén, Bernat Puigtobella...). Pero el grueso de la platea lo componía esos «alevines de la edición» (estudiantes del Máster) que lanzaron preguntas al más veterano de los editores, una de las cuales merece un hueco en este Toque de Queda: «¿Qué se siente al haber conseguido que su apellido sea incluso más importante que el nombre de su editorial?'». Herralde no terminó de contestar de una forma clara, no se sabe si por modestia o por no haber entendido al muchacho, pero tampoco hizo falta que lo hiciera. Porque la mera presencia de tantos personajes ilustres en el auditorio de la UPF ya era toda una respuesta.

Estamos cerca del fin de una época. Lo insinuó el mismísimo homenajeado al mencionar a cinco de sus mejores amigos no por orden de aparición en su vida, sino de desaparición en ésta: Carmen Martín Gaite, Roberto Bolaño, Rafael Chirbes, Ricardo Piglia y Sergio Pitol. Pero después recomendó a los estudiantes que, para sobrevivir en el mundillo de la edición, visitaran primero una «armería». Y, cuando el auditorio estalló en carcajadas, todos supimos que quedaba editor para rato.

(Crónica publicada en El Mundo Cataluña el 5 de julio de 2018)

Yo también soy Fotogramas

LA SEMANA pasada se hizo público que Hearst España desmantelaba una de las redacciones históricas del periodismo barcelonés: la de la revista Fotogramas. Y que lo hacía de un modo tan abyecto que daba la sensación de que la empresa seguía empleando los métodos de su fundador, William Randolph Hearst, empresario de la comunicación que se obsesionó tanto con el dinero que propició revueltas, revoluciones y guerras -véase el caso USS Maine- con el único objetivo de vender periódicos. Orson Wells se inspiró en su persona para rodar Ciudadano Kane y, viendo el modo en que sus herederos tratan a los trabajadores, ahora mismo a nadie le importa que semejante tiparraco añorara su maldito trineo.

El método empleado por Hearts España para deshacerse de la plantilla de Fotogramas ha sido el siguiente: primero anuncia a los diez trabajadores que traslada la sede a Madrid y luego les da treinta días para hacer las maletas, abrazar a sus hijos y plantarse en la capital. En otras palabras: no los despide, sólo los mandan a seiscientos kilómetros. En un extraordinario artículo publicado por Toni G. Iturbe en su cuenta de Facebook -nótese la importancia para la comprensión de nuestra época de que un periodista tan prestigioso tenga que colgar un texto en una red social, y no en un periódico- se resumía la situación de este modo: 'Al fin y al cabo, de lo que se trataba precisamente era de ponérselo tan difícil que renunciaran: de esa manera, la empresa, como no los despide, se los quita de encima con el mínimo gasto y tan ricamente'.

La revista Fotogramas nació en 1946 de la mano de Antonio Nadal Rodó y María Fernanda Gañán. A lo largo de su historia ha contado con colabores tan ilustres como Maruja Torres o Terenci Moix, por citar únicamente a dos, y en sus páginas se han publicado algunas de las entrevistas y críticas más importantes del sector cinematográfico. Siete décadas de existencia dan para muchas anécdotas y, teniendo Hearst España los números más que saneados, es una lástima que se ponga el punto final de un modo tan burdo a una de las redacciones con más solera de este país.

Como era de esperar, ninguno de los afectados ha aceptado el traslado a Madrid y, en consecuencia, todos han acabado de patitas en la calle. El colectivo Ronda -cooperativa de abogados que lucha por un mundo menos injusto- ha conseguido suavizar el despido, pero no parece que eso vaya a solucionar la vida de quienes tienen hijos, hipotecas y, sobre todo, un miedo atroz al futuro. Y es que, como añade Iturbe en su artículo, 'lo que está pasando estos años en el mundo de los medios de comunicación se contará con detalle dentro de unos años y no se entenderá cómo se permitió que sucediera'.

La advertencia que lanza Iturbe queda muy bien ejemplificada con lo sucedido en la redacción de Fotogramas, pero sólo hay que levantar la mirada para encontrar otros casos que muestran sobradamente el modo en que se está destruyendo la profesión. Sólo les mostraré uno: el otro día, charlando con el escritor Rodrigo Fresán, le comenté que hacía mucho tiempo que no leía ningún artículo suyo y él me respondió que, salvo alguna excepción, ya no colaboraba con medios españoles. Prefiere hacerlo con latinoamericanos porque, según aclaró, 'ahora mismo, en Ecuador, están pagando tres veces más por un artículo'. En Ecuador, sí.

No creo necesario decir mucho más para intuir las técnicas con las que el capitalismo está destrozando una profesión fundamental para la defensa de nuestros derechos.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña el 3 de junio de 2018).

Los hombres que no abrazan a sus hijos: panorámica de la literatura viril

Al principio de todo, cuando la literatura apenas era un proceso en construcción y, por tanto, cuando todavía no se habían fijado los arquetipos a los que los escritores habrían de agarrarse durante los siglos posteriores, Homero esbozó dos modelos de virilidad. Uno lo encarnaba Héctor, el héroe que escuchaba a las mujeres; otro, Aquiles, el guerrero que se adoraba a sí mismo. En una de las escenas más conmovedoras de la Ilíada, el primero se acerca al hijo que Andrómaca le ha dado y lo observa en silencio. Lógicamente, el niño se asusta ante la armadura que asoma por el cielo de su cuna y rompe a llorar, reacción que incita al padre a sacarse el casco, mostrar su rostro desnudo y, cogiendo al bebé con ambas manos, elevarlo por encima de su cabeza para rogar a los dioses que lo conviertan en un hombre más justo y más valiente que él. Como comenta Luigi Zoja en su ensayo El gesto de Héctor (Taurus), esta acción supuso una revolución en la época, ya que, hasta ese momento, los padres veían a sus hijos como seres inferiores, fardos que debían arrastrar durante años, molestias que las mujeres traían al mundo sin que nadie se lo hubiera pedido.

Héctor fue el primer héroe que antepuso el bienestar de su descendiente al suyo propio, convirtiéndose de este modo en el paradigma del hombre tierno, protector e inteligente. Pero ese modelo de masculinidad apenas habría de durar unas escenas. Porque, algunas estrofas después, Aquiles se enfrenta al príncipe en combate y no sólo lo derrita clavándole una lanza en el cuello, sino que además ata su cadáver a un carruaje y los arrastra por la arena ante la mirada atónita de los troyanos. Es el triunfo del hombre violento sobre el hombre sensible. Del puño sobre la caricia. De lo masculino sobre lo femenino.

Homero marcó el camino –los héroes serán agresivos o no serán– y los escritores posteriores siguieron la senda marcada por el padre. Aquiles representa la virilidad que continúa apareciendo en la épica contemporánea, y aunque algunos autores han tratado de ensalzar a Héctor, la literatura sobre la masculinidad sigue empeñada en dibujar al héroe como un hombre dotado de tres características: coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad. Tanto es así que, como han recalcado en varias ocasiones las escritoras Laura Freixas y Luna Miguel, prácticamente no existen novelas escritas por hombres en las que el tema central sea el embarazo de sus parejas, las tareas del hogar o la rutina fuera del ámbito laboral. Estas situaciones tan habituales en la vida de cualquier varón no encuentran su correlato en la literatura occidental, siendo las grandes gestas –entendidas en cualquiera de sus acepciones– los argumentos que predominan en la narrativa escrita por varones.

Atendiendo a las tres características antes citadas –coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad–, se puede señalar a algunos autores que han incidido cuando menos en alguna de las mismas, y nada mejor para hacerlo que empezando por Philip Roth, escritor de quien algunos críticos llegaron a decir que nadie entendía a los hombres como él. Salta a la vista que se trata de una afirmación arriesgada, habida cuenta de que lo normal es que los lectores no se identifiquen con la sexualidad desaforada que muestran sus personajes. Sin embargo, a lo largo de las últimas décadas no han faltado (supuestos) especialistas que se han atrevido a afirmar que sus novelas reflejan una especie de anhelo que domina secretamente a todos los varones: tener sexo a todas horas. El propio autor defendió en varias ocasiones que las contradicciones de los judíos y la ‘furia erótica’ de los perturbados eran los ejes vertebradores de sus obras, algo que quedó demostrado en El mal de Portnoy (1969), novela protagonizada por un masturbador compulsivo que cuenta a su psiquiatra sus aventuras amorosas. Se trata del título más importante de Roth y, si el puritanismo que nos invade no lo impide, su eco resonará en la literatura universal durante mucho tiempo.

Otro escritor que ha sido señalado como representante de eso que podríamos llamar ‘literatura de la virilidad’ es David Vann. De sus novelas se ha dicho que muestran al hombre enfrentándose a la Naturaleza y, acaso más importante, a su propia familia. Sus novelas Sukkwan Island (Alfabia, 2010) y Caribou Island (Mondadori, 2011) causaron una auténtica conmoción entre una crítica especializada que, hasta ese momento, concebía el ‘nature writing’ como una actividad literaria más volcada hacia la reflexión que hacia la acción, pero que se levantó de la butaca cuando aquel alaskeño apareció en escena con unos argumentos que planteaban la relación del hombre con el entorno salvaje tal que si fuera la batalla de un único espartano contra todas las huestes de Jerjes I. Además, en aquel entonces todavía resonaban en nuestras cabezas los párrafos de Salir a robar caballos (Bruguera, 2007), una novela de Per Petterson en la que el bosque era el elemento hostil en el que los hombres debían sobrevivir. Curiosamente, desde hace algunos años, y sobre todo gracias a la labor de editoriales como Errata Naturae, estamos asistiendo, cuando menos en España, a una transformación del ‘nature writing’ por la cual se rescata la obra de mujeres que también disfrutaron enfrentándose a la Naturaleza. Este fenómeno, iniciado años atrás por autoras como Annie Dillard (Una temporada en Tinker Creek, Errata Naturae, 2017), Sue Hubbell (Un año en los bosques, Errata Naturae, 2016) o Alice Herdan–Zuckmayer (Una granja en las Green Mountains, Periférica, 2018), ha dado la vuelta al género, rompiendo la idea de que lo salvaje es territorio masculino.

En lo tocante a la escena bélica, ocurre algo similar. Si hasta ahora concebíamos la guerra como un territorio estrictamente masculino, la irrupción de cineastas como Katherine Bigelow o de escritoras como Shani Boianjiu ha demostrado que las armas no son exclusiva de ellos y que, si hasta el momento eran los hombres quienes contaban este tipo de historias, se debía antes a las dificultades que ellas encontraban a la hora de acceder al universo castrense que a la falta de ganas de hacerlo. Con todo, y volviendo al asunto de la virilidad, es evidente que la narrativa bélica cuenta con una lista de autores interminable. De hecho, se podría afirmar que la literatura nació en un campo de batalla –recordemos a Homero– y que jamás lo ha abandonado. Pero, puestos a elegir un autor, ninguno como Tim O’Brien, cuya novela –o quizá libro de relatos– Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama, 1993) se ha convertido en un clásico contemporáneo. O’Brien ya había escrito algunos libros en los que narraba sus experiencias como soldado en Vietnam, pero en este volumen decidió explicar esas mismas situaciones a través de la ficción, es decir, alteró su propia biografía con la intención de construir una historia que transmitiera las mismas verdades que él descubrió durante su temporada en los arrozales del país asiático. Posteriormente, Phil Klay haría algo similar con Nuevo destino(Literatura Random House, 2015), otra compilación de relatos con Irak como telón de fondo que mereció en National Book Award, amén de ser públicamente recomendado por el mismísimo Barack Obama.

En el terreno de la violencia, y dejando de lado el género negro, no cabe duda de que el gran autor contemporáneo es Donald Ray Pollock. Su novela El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) hizo que ese autor desconocido –empezó a publicar superados los cincuenta años– se convirtiera en un escritor de prestigio internacional, algo sumamente difícil si se valora que la temática de dicha obra era, simple y llanamente, el Mal. El libro es un conjunto de historias ambientadas en un Ohio absolutamente sumido en la pobreza material y espiritual por el que pasea un personaje que, por así decirlo, sólo tiene un objetivo en la vida: vengarse del mundo. Y lo hará con una crueldad tan extrema que, gracias al estilo aplicado por el autor, recuerda a la Ira de Dios o, mejor dicho, del Diablo. Se ha repetido hasta la saciedad que Donald Ray Pollock es el escalón lógico en la evolución literaria tras el éxito de Cormac McCarthy, pero la afirmación no resulta acertada por un único motivo: los personajes del primero carecen de cualquier tipo de código moral, mientras que los del segundo, aun pudiendo no coincidir con la nuestra, se rigen por una ética muy concreta.

Ahora bien, sería injusto afirmar que la ‘literatura de la virilidad’ pone el foco única y exclusivamente sobre la violencia o la sexualidad. De hecho, existen infinidad de ejemplos en los que la masculinidad no se manifiesta a través de esos instintos básicos y en los que, de alguna forma, se pretende encontrar un modelo de hombre que recupere la esencia de ese otro arquetipo creado por Homero, es decir, el del modelo representado por aquel Héctor que, además de escuchar a las mujeres, amaba a sus hijos. Por citar sólo a dos, mencionaremos a William Kotzwinkle y a Kent Haruf. El primero publicó El nadador en el mar secreto (Navona, 2014), una novela en la que se narra el nacimiento de un hijo muerto con una sobriedad pasmosa. De hecho, esta parquedad en lo tocante al discurso sentimental podría hacernos pensar en la ‘frialdad en las emociones’ de la que hablábamos antes, pero sería un error, ya que Kotzwinkle convierte la contención poética en un ejercicio emocional mucho más contundente que el más desgarrado de los lamentos. En cuanto a Haruf, sólo se puede decir que muestra la virilidad desde la única perspectiva que debería importarnos: la de los hombres que, habiendo llegado a cierta edad, saben que no tienen que demostrar nada. Y es que su novela Nosotros en la noche, en la que narra el romance entre dos ancianos que se conocen de toda la vida, desprende tanta belleza que no habrá lector, varón o hembra, que no sueñe con llegar a la vejez con la misma capacidad de seguir amando que sus protagonistas. Toda una lección de auténtica masculinidad.

(Publicado en CTXT, el 16 de julio de 2018).

El Premi Crexells

LA POLÉMICA en torno a la 47º edición del Premi Crexells ha dejado algunos flecos que convendría peinar. A mediados de la semana pasada, los miembros del jurado decidieron añadir, «por respeto a los aspirantes», cuatro obras a las siete seleccionadas por un escasísimo porcentaje de socios del Ateneu Barcelonès y de usuarios de los clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona. La comisión alegó que la participación había sido tan insuficiente que habían quedado excluidos algunos títulos de indudable calidad y, en una decisión cuando menos discutible, optó por reintroducir en la selección unas obras previamente descartadas.

Ante semejante alteración de las bases, la escritora Tina Vallès anunció la retirada de su novela, gesto que fue inmediatamente secundado por el resto de candidatos. Un día después, la vicepresidenta primera del Ateneu Barcelonès, Gemma Calvet, renunció a su cargo por «discrepancias en la gestión de la crisis Crexells y por otras discrepancias anteriores con la junta», y la institución suspendió la convocatoria del premio, anunciando que abriría «un proceso de reflexión que permita mantener el prestigio del decano de los premios catalanes».

Hasta aquí, la información. Y ahora, lo otro.

El jurado consideró que la participación popular había dejado fuera obras de gran valor. De acuerdo. Pero, ¿cómo tuvo lugar dicha participación? Soy conductor de tres clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona y, en consecuencia, cada año recibo el encargo de solicitar a los usuarios que voten por uno de los títulos de la lista de aspirantes al Crexells. Dicha lista me suele ser entregada entre 15 y 30 días antes de la fecha acordada para el fin de la selección, lo cual implica exigir a los miembros de los clubes -lectores normales y corrientes, sin ningún vínculo profesional con el sector- que tomen una decisión en un tiempo récord. En la presente edición, se dio un mes para valorar 33 títulos.

Lógicamente, los lectores siempre se han mostrado indignados con esta metodología. Y lo han hecho por varios motivos: uno, no se les concede el tiempo necesario para leer; dos, no se les suministran los libros; y, tres, no se les indica el criterio a seguir. Esto hace que, salvo rarísimas excepciones, los usuarios se nieguen a votar. Debo reconocer que siempre me he sentido orgulloso de aquellos clubes que, según expresiones usadas por sus propios integrantes, rechazan tomar partido en semejante broma. A fin de cuentas, las bibliotecas son la base de la pirámide sobre la que se levanta parte de la industria editorial y, al defender el placer de la lectura por encima de cualquier otra consideración, sus usuarios son los encargados de mantener viva la llama de la cultura. Digámoslo claro: ellos siguen viendo la literatura como algo vinculado al comportamiento moral y se entristecen cuando detectan cualquier atisbo de desidia en un mundillo que todavía les hace vibrar.

Cuento todo esto porque no me parece correcto que el Ateneu Barcelonès alegue que el voto popular ha minusvalorado novelas de gran valor. Y no me parece lícito porque, primero, es un insulto a los lectores de verdad, ya que se da a entender que no saben elegir; segundo, porque se falta a la verdad al no aclarar que, si la gente no votó, fue porque ni se les suministró los libros ni se les dio tiempo para leerlos; y, tercero, porque se descarga sobre sus consciencias una responsabilidad que ni merecen ni tienen por qué aguantar.

(Publicado en El Mundo, el 04 de junio de 2018).

La era de la igualdad

Reunimos a cinco de los escritores más importantes del momento para debatir sobre igualdad y ficción. El encuentro se produce en La Vinoteca Torres de paseo de Gràcia y, entre vino y vino, los tertulianos extraen conclusiones sobre la manifestación del 8 de marzo, el fin del machismo, la confusión entre realidad y ficción, y la relectura en clave feminista de los grandes clásicos.

Pilar Eyre acaba de publicar Carmen la Rebelde (Planeta), en la que reconstruye la vida de la actriz -y amante de Alfonso XIII- Carmen Ruiz Moragas; Llucia Ramis ha ganado el Premi Llibres Anagrama de Novel·la con Les possesions (Anagrama/Libros del Asteroide), en la que relata una época oscura en la biografía de su padre; Najat El Hachmi ha vuelto al tema de la inmigración con Mare de llet i mel (Destino/Edicions 62), donde desgrana la historia de una marroquí afincada en Cataluña; Jordi Puntí ha sorprendido a la crítica con su libro de cuentos Això no ès Amèrica (Empúries/Anagrama) y ahora publica una loa al jugador de fútbol más importante de todos los tiempos titulada Tot Messi (ídem); y Agustín Fernández Mallo ha merecido el Premio Biblioteca Breve con Trilogía de la guerra (Seix Barral), una novela que reflexiona sobre las guerras, los muertos y el mundo en que vivimos. Juntos componen un equipo de primera división y han venido a la Vinoteca para charlar sobre los grandes temas del momento.

Pregunta.- ¿Estamos realmente en el año de las mujeres?

Pilar Eyre.- La época que vivimos se resume con dos imágenes: las mujeres de las zonas rurales saliendo a manifestarse el 8 de marzo y Carme Chacón pasando revista a las tropas durante su embarazo. Estos dos acontecimientos explican perfectamente lo que está ocurriendo.

Llucia Ramis.- La prueba de que el 8 de marzo fue un éxito la encontramos en las declaraciones de los políticos. Un día antes, quitaban importancia a la manifestación; un día después, todos decían que también eran feministas.

Najat El Hachmi.- Mi generación creció creyendo que el feminismo era una cosa desfasada, algo que hacían aquellas mujeres que quemaban sujetadores en los 70. Pero este año todas hemos abierto los ojos, nos hemos dado eso que Lucía Lijtmaer llama 'el golpe en la cabeza', y hemos unido nuestras protestas a las que ya lanzaron nuestras madres.

Pilar Eyre.- Es que las mujeres de mi generación tuvieron que luchar mucho para conseguir los derechos de los que ahora gozáis las jóvenes. Pero aún queda mucho por reclamar.

Pregunta.- De repente parece que todo el mundo es feminista. ¿Es creíble?

Agustín Fernández Mallo.- Sí. Y por un motivo: la primera mujer que luchó para conseguir que los hombres se pusieran preservativos no benefició únicamente a las mujeres, sino también a los hombres. A partir de ese momento, el feminismo dejó de ser una cosa de cuatro locas que quemaban sujetadores.

Pilar Eyre.- Quiero recordar que quemar un sujetador es muy difícil. Las varillas lo complican. Y sé de lo que hablo.

Agustín Fernández Mallo.- Claro, es que el primer diseñador de un sujetador realmente efectivo fue un ingeniero aeronáutico. Pero, volviendo al tema, en el siglo XXI ha habido dos grandes revoluciones: la teoría de género, que nos permite repensar el cuerpo; y la nueva ola feminista que por primera vez se ha convertido en algo transversal. El feminismo ya no es algo que afecte sólo a las mujeres.

Jordi Puntí.- De todas formas, el hecho de que el feminismo sea transversal hará que se convierta en algo superficial. Y hay que tener cuidado con eso.

Pilar Eyre.- Pues yo me alegro de que se popularice. Los animalistas conseguimos que se extendiera la idea de que maltratar a un animal era cruel, y ahora todo el mundo lo sabe. Lo mismo ha de ocurrir con el feminismo: si se populariza, el machismo descenderá.

Llucia Ramis.- Está bien que se popularice, pero también ha de ser profundo.

Pregunta.- ¿Y lo es?

Llucia Ramis.- Si no hubiera sido por la eclosión del feminismo, yo no me habría dado cuenta de que mis jefes me estaban minusvalorando. Por ejemplo, algunos críticos dicen que hay mucho sexo en mis novelas y, hasta ahora, yo me tomaba en serio sus comentarios. Pero me he dado cuenta de que a los escritores varones no les dicen esas cosas. Me las dicen a mí por ser mujer. Como si yo no tuviera derecho a tener deseo.

Pilar Eyre.- De todas formas, se acaba de publicar un informe que asegura que las mujeres no conseguiremos la igualdad real hasta dentro de cien años. En la década de los 20, las feministas quemaban corsés, no sujetadores, pero llegó el franquismo y todo volvió atrás.

Llucia Ramis.- Es que los hombres tienen el poder y nunca se lo cederán a la otra mitad de la población.

Jordi Puntí.- Pero ahora ya no hay marcha atrás. El movimiento es tan transversal que quien no se suba al carro simplemente se quedará atrás. Si un escritor no se adapta a los tiempos que corren, será expulsado de la realidad.

Pregunta.- Hace un par de años se puso de moda el término «cipotudo» para hablar de un tipo de escritor que seguía defendiendo los valores masculinos tradicionales. Pero, al mismo tiempo, las escritoras feministas tomaron las editoriales. ¿Hay una polarización del discurso de género?

Agustín Fernández Mallo.- El mundo literario es exageradamente machista. Cuando yo aterricé en este sector, me quedé horrorizado ante la cantidad de cafres que había. El mundillo literario todavía está dominado por gente que cree que un escritor ha de ser un hombre alcohólico, con sobrepeso, sin más obsesión que las tetas y sin ninguna vida doméstica. Es un concepto subdesarrollado del que ya se empieza a hacer parodia.

Pilar Eyre.- Pero, si miras las cifras de ventas de esos escritores tan «cipotudos», verás que son ridículas. Las que venden son las mujeres.

Preguntas.- Últimamente se ha hablado mucho de Lolita de Nabokov. ¿Creéis que hay que jugar a los clásicos con los raseros actuales?

Pilar Eyre.- Lolita es un libro estupendo con un personaje detestable. Y punto. Los escritores deben trabajar con libertad. A mí me suelen decir que escribo escenas machistas, pero no me afecta en absoluto. El día en que me digan lo que debo escribir, abandonaré el oficio.

Jordi Puntí.- El humorista alemán Karl Valentin decía: «Todo ha sido dicho, pero no por todo el mundo». Los escritores tienen derecho a escribir lo que quieran y cada uno debe hacerlo a su manera. No debemos olvidar que el subtítulo de Lolita es Confesiones de un viudo de raza blanca. Ese subtítulo te da la clave para entender el libro.

Pregunta.- Algunos de vosotros mezcláis realidad y ficción en vuestras novelas. ¿No teméis confundir al lector?

Llucia Ramis.- Hoy, con las redes sociales y las fake news, nadie sabe qué es verdad. Y esa confusión beneficia a los escritores, que podemos fingir que hablamos de nosotros mismos cuando en verdad no lo hacemos. O sí.

Agustín Fernández Mallo.- En literatura no existen la verdad o la mentira. Sólo existe lo verosímil y lo no verosímil.

Najat El Hachmi.- De todas formas, quienes hacen una lectura de nuestras novelas preocupándose por la verdad que ocultan son los periodistas. En mi caso concreto, dicen que mis novelas son autobiográficas, pero no es así. Yo hablo de una realidad compleja, la de la inmigración, que veo a mi alrededor. Pero la prensa me pone etiquetas: literatura femenina, literatura de la inmigración y suma y sigue.

Jordi Puntí.- Es que vivimos en un entorno literario provinciano. Seguro que a Zadie Smith nadie la etiqueta como literatura de la inmigración. El problema es que todo el mundo confunde autobiografía con autoficción, que es un territorio en el que el auténtico yo se esconde y aparece el yo literario. Cuando un escritor se elige a sí mismo como material literario, se convierte en otra cosa.

Agustín Fernández Mallo.- Todo es autobiográfico y, al mismo tiempo, no lo es. No se puede escribir sobre nada que no esté previamente en ti. Si un lector te pregunta cuánta verdad hay en tu novela, debes responder: ¿Y qué importa eso? Lo que cuento es algo que ha ocurrido en mi imaginación, luego es algo que me ha ocurrido a mí. Chesterton dijo en una ocasión: «Un día vi la verdad y no tenía sentido». La verdad no tiene sentido, sólo el relato lo tiene.

Najat El Hachmi.- La tradición oral marroquí está llena de relatos tremebundos y, cuando nuestras madres nos los contaban, siempre afirmaban que eran reales, que habían ocurrido en un pasado remoto, que no eran ficción.

Llucia Ramis.- Yuval Noah Harari explica en Sapiens (Debate) que los hombres construyeron los mitos para unir a la sociedad. El miedo hace que estemos juntos. Y para conseguir crear miedo, hay que construir relatos que parezcan reales.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña, el 23 de abril de 2018.)

La escritora que se cansó de tanta violencia

La madre de Han Kang ya había tenido dos partos fallidos cuando se quedó embarazada por tercera vez. No quería pasar por la misma experiencia de nuevo, así que se planteó seriamente la opción de abortar. Sin embargo, una noche, cuando ya había tomado la decisión, sintió que el feto se movía y decidió arriesgarse a traer al mundo un bebé que quizá tampoco naciera vivo. De ahí salió Han Kang, una niña a quien, durante muchos años, su madre susurró: ‘No te mueras, simplemente no te mueras’. Era la misma petición que había hecho a su anterior hija, la que pereció pocas horas después de abandonar el útero.

La autora surcoreana más importante del momento acaba de publicar ‘The White Book’ (todavía inédita en España), novela en la que reflexiona sobre esa sensación, la de ser la ‘sustituta’, que le acompañó durante toda su infancia. La crítica anglosajona ha dicho que es su libro más autobiográfico, pero lo cierto es que casi toda la obra de Han Kang habla de ella misma. ‘Es algo inevitable –comenta la autora desde su encierro literario en Seúl-. Yo empecé escribiendo poesía y eso hizo que concibiera la literatura como un proceso que ha de pasar por el filtro de la propia experiencia’.

Han Kang nació en Gwangju, pero su familia se trasladó a Seúl cuatro meses antes de que se produjera la matanza que narra en ‘Actos humanos/Actes humans’ (Rata). ‘Nos mudamos el 26 de enero de 1980, cuando yo tenía nueve años. Mi padre había decidido dedicarse íntegramente a escribir, lo cual implicaba dejar su trabajo como profesor en aquella ciudad, y aunque su decisión nos salvó la vida, también hizo que arrastráramos durante el resto de nuestras vidas una culpa del superviviente difícil de gestionar. De ahí que, tras escribir mi quinta novela, decidiera reencontrarme con la niña de nueve años que vivió aquella masacre sólo de un modo indirecto’.

Han Kang tuvo una infancia plagada de mudanzas y rodeada de libros. ‘Estudié en cinco colegios distintos y mis padres siempre tuvieron problemas económicos. Les encantaba leer y nuestra casa no tenía muebles, sino libros. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, dejando sólo espacio a la puerta y a la ventana, y también había libros apilados en el resto de espacios libres. Eso hizo que siempre me sintiera protegida. Aunque cambiara de escuela constantemente, los libros siempre me acompañaban. Uno de los recuerdos más valiosos de mi infancia es el de encender la luz y ponerme a leer’.

Al margen de haber nacido en Gwanju y de haber perdido a muchos amigos durante la masacre perpetrada por el dictador Chun Doo-hwan, hubo otros acontecimientos que incitaron a Han Kang a escribir ‘Actos humanos’. El primero ocurrió cuando tenía doce años y encontró, escondido en una estantería, un libro con imágenes de la revuelta, quedando hondamente impresionada con las fotografías de los cadáveres y de los supervivientes haciendo cola para donar sangre. El segundo se produjo en 2009, durante una manifestación vecinal acaecida en el distrito de Yongsan (Seúl). Los inquilinos de un inmueble afectado por los planes urbanísticos del ayuntamiento se atrincheraron en la azotea del edificio para protestar por la mísera compensación económica que les ofrecían, y el gobierno reaccionó empleando una fuerza desproporcionada. El resultado fue un incendio en el que murieron cinco propietarios y un agente de policía.

Han Kang pudo ver el humo desde la ventana de su casa y, mientras rememoraba la masacre de Gwanju, pensó que su país no había cambiado, que la violencia estatal seguía siendo la misma, que la sociedad no había evolucionado. Y se sentó frente al ordenador.  ‘Mientras escribía esta novela, sufrí una transformación. Entendí que mi obra no abordaba un momento político o histórico de Corea, sino todas las situaciones en las que la violencia y la dignidad humanas han coexistido. Por esta razón, no restringí mi investigación a Gwanju, sino también a lo que ocurrió en las Guerras Mundiales, en Bosnia, en la conquista del Nuevo Mundo…’.

Con todo, en la bibliografía de Han Kang hay un título que, según afirma ella misma, no contiene elementos autobiográficos. Se trata de ‘La vegetariana’ (Rata, 2017), una novela que ha sido interpretada como una oda al feminismo, como un alegato político o incluso como un grito contra cualquier forma de violencia, y que convirtió a su autora en una escritora de proyección internacional. De hecho, cuando el libro salió publicado en su país, la crítica le dio la espalda. Eran tiempos de una literatura más realista, más anclada a los hechos históricos (la guerra civil coreana, principalmente), más comprometida con la memoria. Sin embargo, en 2016 Han Kang recibió el Man Booker International Prize por ‘La vegetariana’ y, de la noche a la mañana, se convirtió en la autora más importante de Corea del Sur.

‘La vegetariana’ es una novela muy distinta a ‘Actos humanos’, aun cuando ambas compartan la misma temática: la violencia y la dignidad humanas. En la primera, la autora nos mostraba a una mujer que decidía dejar de comer carne, provocando con este gesto una auténtica tormenta a su alrededor. Su marido y sus propios padres se irritaban tanto ante su tozudez que incluso llegaban a internarla en un manicomio, mientras que su cuñado experimentaba una repentina atracción sexual hacia ella, siendo su hermana la única que parecía comprender el simbolismo oculto tras ese rechazo a la carne.

Con este argumento tan sencillo, Han Kang reflexionaba sobre el dominio que la sociedad tiene sobre el cuerpo femenino, al tiempo que lanzaba un grito de hastío contra la violencia que configura nuestro mundo. ‘Aunque las dos novelas son muy distintas, conforman una dupla: ambas hablan de la violencia del ser humano. Pero me gustaría aclarar que ‘La vegetariana’ no trata únicamente sobre la violencia que se ejerce contra la mujer, sino también sobre el intento de una persona de rechazar cualquier tipo de violencia. La protagonista deja de comer carne porque no quiere seguir perteneciendo al género humano, porque necesita alejarse del modo en que los humanos nos comportamos. Y ‘Actos humanos’ no habla solamente de la resistencia contra la dictadura, sino que además aborda una pregunta que me hice hace treinta años: ¿Qué es  el ser humano? Fue la pregunta que vertebró toda mi infancia’.

(Publicado en Cultura/s, La Vanguardia, el 31 de marzo de 2018).

Barcelona intranscendente

EL PRÓXIMO mes de mayo, J.M.Coetzee visitará España. El Premio Nobel de Literatura impartirá charlas en Madrid, Bilbao y Granada, y no pasará por Barcelona. Seguramente su agenda no se lo permite, pero eso no quita que su ausencia se sumará a la de otros autores de prestigio internacional que tampoco están aterrizando en nuestro aeropuerto. Y es que hay una tendencia creciente de la que conviene hablar: las editoriales ya no quieren traer a ciertos escritores a la ciudad que antaño fuera el epicentro de la literatura. En otras palabras: Barcelona ha dejado de interesar.

Llevo tres años cubriendo los acontecimientos culturales más importantes de nuestra ciudad. Cada semana escribo una crónica en el suplemento Tendències de este mismo periódico en la que, entre otras cosas, resumo cuanto ocurre en los saraos literarios que por aquí se celebran. Las editoriales me envían correos electrónicos advirtiéndome sobre la visita de Fulanito y Menganito, y yo acudo a los actos ansioso por ver el rostro de los máximos exponentes de la cultura internacional. Sin embargo, aunque sólo me ocupo de los acontecimientos que tienen lugar en esta ciudad, también recibo comunicados sobre los que se preparan en otras capitales, y desde hace algún tiempo vengo notando algo que no había ocurrido jamás: muchos primeras espadas de la literatura nacional e internacional prefieren visitar Madrid, Bilbao, Sevilla y Valencia antes que Barcelona.

Algunos responsables de prensa de ciertas editoriales me han comentado que ya no vale la pena organizar presentaciones en nuestra ciudad. La gente ha dejado de acudir a ese tipo de actos, y más de un escritor de prestigio se ha encontrado la sala medio vacía cuando ha decidido venir a hablar de su libro. Y eso es algo que, según me dicen, no ocurre en el resto de grandes capitales de España.

Existen muchas teorías sobre los motivos que nos están llevando al abandono de los actos de naturaleza cultural, la más recurrente de las cuales apunta hacia la idea de que la hiperactividad política nos tiene tan absorbidos que ya no acudimos a los teatros, a los museos, a los cines e incluso a las tiendas. Otra teoría afirma que, en la medida en que la cultura ha sido siempre un motivo de cohesión social, y en la medida en que ahora mismo hay cohesión de ésa en Barcelona, la gente prefiere quedarse en casa y evitar actos de carácter colectivo. Y hay una tercera teoría que asegura que, cuando no hay alegría, la gente no consume. Y aquí, de alegría, poca.

Desde que Barcelona se abrió al mundo tras las Olimpiadas, los esfuerzos de las instituciones locales han ido siempre encaminados a consolidar nuestra posición en eso que la socióloga Saskia Sassen bautizó como red de ciudades globales, es decir, urbes cuya actividad tiene un impacto directo sobre el devenir del mundo. Durante mucho tiempo, estuvimos situados en los puestos más elevados de dicha categoría y lo hicimos gracias a la capacidad que tuvimos para concebir nuestro municipio como una suerte de ciudad-estado que, como tal, estaba por encima de las políticas que malograban la región, el país e incluso el continente en el que se encontraba. Pero todo eso ha terminado. Ha llegado la hora de que asumamos que nuestra posición en el ranking de las capitales influyentes se ha desplomado. Ya no somos ni la primera ni la segunda ni la tercera ciudad que los escritores eligen cuando vienen a promocionar sus novelas. Imaginen la opinión que tienen en el exterior de nosotros.

(Publicado en El Mundo, el 4 de abril de 2017).

El asesino, la mantis y el niño que comía fósforos

 

Cuando era pequeño, Daniel Vázquez Sallés se comía las cabezas de las cerillas. Quería ser fosforescente, así que, junto a un amigo de la infancia, se encaramaba al tejado, alzaba la vista a las estrellas y engullía en silencio. «Nuestra intención era que los extraterrestres vieran nuestros cuerpos luminiscentes y bajaran a rescatarnos», recuerda ahora. «Deseábamos que nos llevaran con ellos, que nos alejaran de nuestras realidades, que nos ayudaran a desaparecer».

El tema de la fuga -o de la doble vida, que es otro tipo de evasión- asoma en casi todas las novelas de Vázquez Sallés. En Flores negras para Roddick (Plaza & Janés, 2003), un ex espía se reinsertaba en la sociedad bajo la identidad de un chef; en La fiesta ha terminado (RBA, 2009), una mujer abandonaba a su familia para empezar de cero; y en su nuevo título, Lena (Alrevés), un hombre oculta que, cuando sale por la puerta de casa, se transforma en asesino a sueldo de prestigio internacional. «En todos mis libros hay un personaje con una vida secreta. Supongo que esa obsesión proviene del deseo inherente a la condición humana de romper con la rutina, de conocer otras realidades, de evadirnos con la ficción».

Para construir a su protagonista (cuyo nombre es Martín y cuyo alias es Knopfler), Vázquez Sallés se documentó sobre la personalidad y metodología de los asesinos a sueldo contemporáneos, pero también se apoyó en casos reales como el de Richard Kuklinski, un profesional a quien las familias del crimen neoyorquino encargaban sus trabajitos y a quien la policía le calculaba 200 o 300 asesinatos, algunos de los cuales correspondieron a personas elegidas al azar, para perfeccionar su técnica.

En la novela de Vázquez Sallés, el personaje principal sólo menciona 30 muertes, pero no es que no necesita más para convertirse en el principal ejecutor de una organización de la que nadie sabe nada (y mejor así).

Pero Lena es nombre de mujer y, en este caso, de femme fatale. Daniel Vázquez Sallés asegura que ha escrito una novela de amor, aun cuando asume sin problemas que la prensa especializada la encuadrará en el género negro. Elena Cohen (Lena) es una escritora que tiene como norma vital no relacionarse con quienes carezcan de una vida susceptible de ser transformada en literatura, motivo por el cual sólo se acercará al protagonista cuando descubra su trabajo e intuya una buena historia. «El lector no llega a saber nada sobre Lena. Intuye que es una mujer obsesionada con el mundillo literario, con la figura del padre, con la imposibilidad de amar... Pero lo único que importa es su condición de mantis religiosa, capaz de hacer lo que sea para sobrevivir».

Así pues, Daniel Vázquez Sallés regresa a las librerías con una novela que continúa reflexionando sobre el deseo de ser otro, sobre la necesidad de ocultar la auténtica personalidad y sobre la importancia de escapar de nuestra rutina. En otras palabras, una novela que habla de quienes comen cerillas. «Cuando era pequeño, vivía obsesionado con la idea de que volvieran a encerrar a mi padre [Manuel Vázquez Montalbán]. Ya había estado en la cárcel una vez y en casa temíamos que un golpe de Estado lo mandara de nuevo a prisión. Por eso, cuando cogíamos las maletas y salíamos de vacaciones, yo era feliz. En el extranjero nadie podía detenerle ni llevárselo a ningún sitio. En el extranjero nadie podía hacernos daño». La huida, a veces, es la salvación.

(Publicado en El Mundo, el 11 de marzo de 2018).

 

Escritores corruptos

EN 1945, cuando César González-Ruano se enteró de que habían concedido el premio Nadal a una joven desconocida llamada Carmen Laforet, reprochó a Ignacio Agustí que no se lo hubieran dado a él con estas palabras: «¿Es que no sabéis que en España los premios se han dado siempre a los amigos? ¡Dónde se ha visto que un premio sea para el libro que nos parezca mejor!». Han pasado más de setenta años desde entonces, pero la protesta del escritor continúa resonando en la cabeza de demasiados autores que, mientras echan pestes de la corrupción política, hacen sus tejemanejes para colgarse medallas que no se merecen. Y sé de lo que hablo.

En el transcurso del último año he tenido ocasión de ejercer como jurado de dos galardones de no poca relevancia: el Premio Nacional de Periodismo Cultural y el Premio Ciutat de Barcelona a la mejor novela escrita en castellano. En ambos casos fui lo más imparcial posible y otorgué mi voto a quien consideré el mejor de los candidatos, teniendo ocasión de comprobar que el funcionamiento de ambos reconocimientos es transparente y que no se percibe atisbo de manipulación en ninguno de ellos. El jurado lanza sus propuestas sin injerencia alguna por parte de los organizadores (el Ministerio de Cultura y el Ayuntamiento de Barcelona, respectivamente) y los galardonados pueden jactarse de haber obtenido dos de los escasísimos premios honrados de este país.

Sin embargo, la falta de corrupción por parte de dichas instituciones no quita que existan presiones externas de lo más deleznables. En mi caso concreto, poco después de que se hiciera público el nombre de los miembros del jurado, recibí varios correos electrónicos de ciertos escritores de no poco prestigio -y de quienes no pienso desvelar la identidad- que me instaban a que o bien los colara en la lista de finalistas o bien los hiciera directamente ganadores. Huelga decir que no presté la menor atención a estas peticiones -ni siquiera cuando una de ellas venía acompañada de una advertencia en la que se aseguraba que, de no hacer lo que se me pedía, me ganaría un enemigo de lo más poderoso- y que sus nombres ni siquiera entraron en consideración durante las deliberaciones. También sobra decir que ninguno de los dos tenía una obra lo suficientemente sólida -aunque sí aplaudida, que no es lo mismo- como para aspirar a dichos premios. Si la hubieran tenido, sobrarían las trampas.

Lo más divertido -a la par que lamentable- es que, en más de una ocasión, he podido escuchar a los dos escritores despotricar de los premios amañados que se entregan en este país (sobre todo en el sector privado) y defender a ultranza la importancia de la honradez en la literatura. Pero, en fin, ya nadie se sorprende al comprobar que el mundo está lleno de hipócritas...

Es cierto que los dos autores que me presionaron para que los votara son hombres de edad avanzada y que, por tanto, provienen de una época en la que esta práctica tal vez fuera habitual. No en vano Constantino Bértolo dijo en cierta ocasión que los actuales premios literarios son corruptos porque nacieron durante el franquismo, una etapa de nuestra historia en la que no se reconocía lo realmente valioso, sino lo culturalmente adecuado. Tal vez ocurra lo mismo con ciertos intelectuales que empezaron a trabajar en aquel entonces, los cuales no conciben que ahora, cuando el mundo ya pertenece a los nacidos en democracia, la literatura esté en manos de gente honrada.

(Publicado en El Mundo, 2 de marzo de 2018).

El año de la tropa

SETENTA MIL soldados del ejército español se encuentran librando la batalla más importante de sus vidas: la defensa de sus puestos de trabajo. La Ley de Tropa y Marinería de 2006 les obliga a prejubilarse al alcanzar los 45 años, pero ellos no están dispuestos a aceptar esta situación sin, al menos, alzar la voz. Por eso han constituido la asociación #45sindespidos, desde la que reclaman, a través de las redes sociales y de sus abogados, el derecho a seguir defendiendo al país que tanto aman. El ruido de sus botas es cada vez mayor; no depondrán sus armas con facilidad.

Hace ya más de una década, durante los tiempos de bonanza económica, el Gobierno incentivó el alistamiento ofreciendo a los jóvenes un contrato de larga duración (máximo, 25 años) en el Ejército. En aquella época, todo el mundo ataba a los perros con longanizas y, como los chavales andaban más preocupados por la diversión que por el futuro, las tasas de reclutamiento cayeron en picado. Para evitar que la tropa se despoblara, el Ministerio de Defensa se inventó aquel contrato y prometió a los aspirantes no sólo una vida de misiones en el exterior, sino también una formación profesional.

Pero había una condición: cuando alcanzaran los 45 años, tendrían que prejubilarse. El año pasado llegó a dicha edad un contingente pequeño, pero este 2018 el número de afectados rondará el millar, y a lo largo de los siguientes ocho años, la cantidad aumentará hasta los setenta mil. Pocos sectores laborales van a sufrir una merma tan importante en tan corto espacio de tiempo.

El Gobierno alega que los afectados ya sabían lo que ocurriría cuando alcanzaran los 45 años y, además, argumenta que estos prejubilados cobrarán 600 euros (menos del salario mínimo interprofesional) de por vida, cantidad compatible con cualquier otro sueldo que puedan conseguir al reciclarse en el mercado laboral. Pero la asociación #45sindespidos responde que, durante los años dedicados al Ejército, no se les ha facilitado el acceso a los cursillos de reintegración al mercado de trabajo que el Ministerio de Defensa ofrece, y que ahora ni siquiera se les entrega un certificado en el que se reconozca la experiencia laboral obtenida durante su vida castrense. En otras palabras: que si te has pasado veinte años ejerciendo como mecánico de camiones en el Ejército de Tierra, ahora no tienes un documento donde se acredite que eres mecánico de camiones. Y así no hay quien encuentre trabajo.

Quienes llevamos años estudiando el comportamiento del Ministerio de Defensa sabemos que nuestro Gobierno tiende a maltratar a los soldados que juraron defender este país con su sangre. Sin embargo, hasta la fecha no habíamos presenciado un movimiento tan grande por parte de la tropa en la defensa de sus derechos. Normalmente, los soldados silencian los atropellos a los que se ven sometidos -les va la carrera en ello-, pero a veces se plantan y alzan el grito. Esta es una de esas ocasiones.

El 2018 arranca con una nueva muestra de desprecio que siente el Ministerio de Defensa hacia las capas más bajas del ejército, pero en esta ocasión el Gobierno ha encontrado un hueso duro de roer. María Dolores de Cospedal no va a ser capaz de acallar a setenta mil soldados enfadados y, por lo que parece, estamos a punto de asistir a una auténtica revuelta en el seno de la tropa. Obedecer y callar ha pasado a la historia; ahora toca alzar el puño y dejarlo caer sobre la mesa.

(Artículo publicado en El Mundo el 3 de enero de 2018).

Recuperar a los amigos

No recuerdo en qué fecha empecé a usar el servicio de mensajería instantánea Whatsapp, pero tengo plena conciencia de que, desde que lo instalé en mi móvil por primera vez, siempre he formado parte de tres grupos: el de la familia, el de los amigos de infancia y el de los colegas de la vida adulta. Los dos primeros se han mantenido inalterados desde su creación, pero el tercero sufrió hace poco una crisis de la que, por suerte, los integrantes hemos salido indemnes. Esa crisis, como pueden ustedes imaginar, se originó por las discrepancias ideológicas que la sociedad catalana ha vivido durante los últimos meses.

El pasado cinco de octubre, cuatro días después del referéndum ficticio y de la represión auténtica, uno de esos amigos envió un mensaje al resto del grupo anunciando que no soportaba más el bombardeo informativo al que todos estábamos siendo sometidos, que andaba muy agobiado por las circunstancias políticas que nos rodeaban, que los tropecientos mil mensajes con los que estábamos saturando el chat le tenían agotado y que necesitaba aislarse del mundo durante una temporada. Y entonces abandonó el grupo. Inmediatamente después, otro miembro se dio de baja y un tercero les imitó. Algunas horas más tarde, y tras darle muchas vueltas, yo también me desconecté.

Nunca hubiera podido imaginar que la política me alejara de mis amigos. Pero así fue. El chat con el que tantas risas habíamos compartido en el pasado se había convertido en una tertulia de cuñados en la que unos censuraban a otros, en la que se atacaba la diversidad de opiniones, en la que se negaba la libertad de pensamiento. Por suerte, nadie llegó al insulto, pero hubo ocasiones en las que faltó poco. Y todo gracias al lavado de cerebro al que se nos está sometiendo desde los dos extremos del arco parlamentario.

Con todo, la amistad imperó. Los políticos no consiguieron separar a quienes habían estado unidos durante décadas y, cuando quedábamos en un bar, nadie se mostraba tan agresivo como cuando hablábamos a través de la mensajería instantánea. En cierta manera, parecía que el grupo de Whatsapp no estaba formado por los mismos individuos que ahora cenaban en un restaurante. Vernos cara a cara hacía que el fanatismo desapareciera.

Hace apenas tres días, durante nuestro último encuentro en un bar, uno de nosotros propuso reactivar el grupo con la condición de que estuviera prohibido hablar de política. Todos estuvimos de acuerdo, pero en el último momento alguien sugirió que tal vez sería conveniente esperar a las elecciones del 21-D para reiniciar nuestra actividad digital. "Por si acaso -añadió-. Que esos cabrones son capaces de volvernos a joder la vida". Al resto nos pareció buena idea. En los tiempos que corren, toda prudencia es poca.

No conozco a nadie que, en el transcurso de los últimos meses, no haya silenciado o abandonado algún grupo de Whatsapp. Es algo que le ha ocurrido a casi todo el mundo y, por más que nuestros dirigentes lo nieguen, revela el daño que el procés, por un lado, y la respuesta de Madrid por el otro, están haciendo a la sociedad catalana.

Sé que en breve volveré a reunirme digitalmente con mis amigos y también sé que ninguna bandera alterará jamás el amor que les tengo. Pero, durante este periodo histórico, he aprendido otra cosa: que hay políticos tan obsesionados con las ideas que han olvidado la importancia de los corazones. Peor para ellos. La soledad les espera a la vuelta de la esquina.

(Artículo publicado en El Mundo del 4 de diciembre de 2017)

Empujar al suicida

La comparecencia de Carles Puigdemont en el Press Club Brussels del pasado 31 de octubre fue una nueva demostración de la capacidad de los políticos catalanes para construir relatos extraordinarios. Esto hay que reconocerlo. El ex president de la Generalitat ratificó por trillonésima vez que la literatura escrita en Cataluña está por encima de la media nacional y que no hay nada como una buena historia para encandilar a públicos de todas las edades y, en este caso, nacionalidades. Porque, oigan, en esto de crear folletines que enganchen, los miembros de Junts Pel Sí son los mejores. Y no lo digo con sorna.

No estoy valorando la veracidad o falsedad del discurso pronunciado en Bruselas, sino analizando la pericia de unos hombres que, habiendo montado un pifostio de mil pares de narices, han sabido dotarlo de estilo, ritmo y acción. Si fuera una novela, no necesitarían nada más. Se nota que estos individuos se sientan a pensar y, qué quieren que les diga, esto ya es todo un acontecimiento en el marco de la política nacional. Porque, ¿acaso cree alguien que las jugarretas que están haciendo al gobierno de Mariano Rajoy son fruto de la casualidad?, ¿o que los adornos con los que engalanan la realidad no están fascinando a la prensa internacional?, ¿o que, frente al desierto en el que ruedan las bolas de polvo de la ejecutiva del PP, no está triunfando el vergel de palabras que maneja el antiguo Govern?

Para demostrar el éxito del relato construido por JxSí, basta leer el artículo El fantasma de Franco, ese oscuro objeto de deseo que este mismo diario publicó -y colgó- el pasado domingo. La periodista Berta González de Vega se burlaba, no sin poco acierto, de los corresponsales extranjeros que, faltos de auténticos conocimientos sobre la Historia de España y de Cataluña, andan por nuestras tierras repitiendo fil per randa el discurso creado por el bloque independentista. Comparar la democracia actual con la dictadura franquista o desenterrar a Lorca para ponerlo delante de los policías que aporrearon -innecesariamente, por supuesto- a los votantes del 1-O, y al mismo tiempo olvidar la libertad de la que gozan los homosexuales en este país o la convivencia ejemplar entre la población autóctona y los inmigrantes llegados desde todos los rincones del mundo es, simple y claramente, cosa de cafres. Ahora bien, si algo hemos aprendido de todo este asunto, es que el hecho de trabajar para la CNN, la BBC o incluso Al-Yazira, o de haber estudiado en Harvard, Yale o Cambridge, no es aval de nada.

Sin embargo, hay cierta lógica en la facilidad con la que algunos periodistas extranjeros han comprado el relato diseñado desde el independentismo. Y esa lógica se basa, principalmente, en la inexistencia de un relato que explique la otra visión del asunto. Todas las acciones emprendidas por Puigdemont -las muestras de su dominio de varios idiomas, las puertas medio abiertas a sus espaldas, los viajes inesperados al corazón de Europa...- han sido meditadas cuidadosamente, mientras que todas las inacciones de Rajoy responden a lo que podríamos llamar la estrategia de la ameba: no moverse, no hablar, no hacerse visible. Y, pese a lo irritante de esta metodología, no puede negarse que funciona. El presidente del Gobierno sabe que, para ver morir a un suicida, tan sólo hay que sentarse cerca de un precipicio y esperar a que salte. No es necesario empujarlo, ya se lanza él solito.

El suicida tiene más épica, más romanticismo, más literatura. Pero el que sobrevive es el otro.

(Publicado en El Mundo el 2 de noviembre de 2017).

Los sueños del Procés

La víspera de la declaración y suspensión de la independencia de Cataluña, tuve un sueño: estaba cenando en casa de los Puigdemont. Alrededor de la mesa, el president, su esposa y una adolescente. El ambiente se cortaba con un cuchillo, sólo se abría la boca para comer, nadie sabía por qué me habían invitado. En la siguiente escena, me encontraba solo en el comedor. Mis anfitriones habían abandonado el domicilio y, aprovechando la circunstancia, yo entraba en el dormitorio del matrimonio, buscaba la caja fuerte y trataba de abrirla con una palanca. Quería saber qué había dentro, ansiaba leer los documentos secretos del político más trascendente del momento, necesitaba acabar con la incertidumbre que tenía en vilo a toda Cataluña. Pero no lo conseguí. El despertador sonó y regresé a la realidad. Lo primero que hice al levantarme fue encender el televisor. Esos días todos vivíamos enganchados a las noticias.

Esa misma tarde relaté mi experiencia onírica a algunos amigos y cuál fue mi sorpresa al descubrir que muchos de ellos también habían trasladado sus preocupaciones al horario de descanso. Y entonces, como si yo fuera el protagonista de El Palacio de los Sueños de Ismail Kadare -novela en la que un funcionario de un gobierno totalitario anota, analiza y clasifica las fantasías nocturnas de la población-, contacté con otros escritores, periodistas y editores para conocer los temblores que les sacuden cuando entran en la fase REM.

Los primeros relatos correspondían a pesadillas. Por ejemplo, el crítico literario Ernesto Ayala-Dipp soñó que levantaba la persiana de su dormitorio y descubría el morro de un helicóptero de la Policía Nacional a pocos centímetros del cristal, y la agente literaria Mònica Martín imaginó que paseaba a su perro rodeada por una unidad de guardias civiles. Otra persona que prefiere no identificarse se vio a sí misma sentada en la cabina de un avión que caía en picado mientras el resto del pasaje comía pipas tranquilamente, y un escritor y traductor barcelonés soñó que paseaba con su hijo por el Park Güell cuando detectaba una columna de humo que se elevaba desde el centro de la ciudad. Segundos después, varios edificios estallaban y él se despertaba. En este sentido, el crítico literario y escritor Diego Gándara fantaseó con que llevaba a su hijo al consulado argentino y reclamaba un pasaporte para sacarlo del país tan pronto como fuera necesario.

Menos tremendistas y más resolutivas fueron las ensoñaciones del periodista y escritor Jordi Corominas, en cierta noche trató de convencer a Pablo Iglesias y a Xavier Domènech de que Íñigo Errejón era la única persona capaz de templar gaitas entre la Moncloa y la Generalitat. Care Santos, sin embargo, encontró a una mediadora más efectiva: su madre. Su corteza cerebral imaginó que dicha mujer le anunciaba que había invitado a merendar al mismísimo Carles Puigdemont y que no le dejaría salir de casa hasta que no tomara una decisión. Asombrados ante la situación, los hijos plantaban la tienda de campaña ante el domicilio familiar y esperaban a que su progenitora abriera la puerta, diera una palmada y soltara: «Bueno, ya lo he solucionado». Y es que no hay nada como una madre para arreglar los asuntos que intranquilizan a sus hijos, oigan.

El poeta romántico Colerige dejó escrito que las imágenes que vemos durante la vigilia se transforman en sentimiento que, al anochecer, se convierten de nuevo en imágenes. Y probablemente eso le ocurrió a cuantos presenciaron los disturbios del 1-0 o el encarcelamiento de los Jordis. La editora Pilar Beltran se desvela a menudo pensando en el sufrimiento que los dos cabecillas del independentismo deben de estar padeciendo en Soto del Real, y una agente literaria que mantiene el anonimato soñó con Carles Puigdemont entrando en la cárcel y compartiendo celda con Oriol Pujol Ferrusola. Mientras tanto, una escritora relata que, en cierta ocasión, se imaginó a sí misma ayudando a Artur Mas y a Oriol Junqueras a huir de la policía por los pasadizos secretos del Parlament, edificio que también sirvió de escenario para una pesadilla de Santiago Roncagliolo: «Toda mi vida he tenido el sueño recurrente de que estaba desnudo en el colegio, pero el otro día lo estaba en el Parlament, con un montón de políticos catalanes, españoles, europeos e incluso peruanos mirándome». Ahí es nada.

Más poéticos resultan los sueños de quienes aspiran de un modo fervoroso a la independencia. Un escritor y periodista de cincuenta años cuenta que una noche se vio a sí mismo «caminando hacia la luz» con la misma actitud que los protagonistas del cuadro El Cuarto Estado de Giuseppe Pelliza. Y también tiene cierto encanto el hecho de que Eloi Fernández Porta sueñe últimamente con su madre, que falleció hace algunos años y que, en la última etapa de su vida, había dado el salto del catalanismo comunista al soberanismo: «Aunque no empatizo con la dimensión política del asunto, ya que no soy independentista, el lado afectivo y comunal de dicho movimiento hace posible, aunque sea en sueños, que tenga breves reencuentros con la alegría de mi madre».

Un párrafo aparte se merecen los periodistas catalanes que están al pie del cañón. De hecho, en la redacción de esta misma casa ha habido sueños para todos los gustos: a un compañero le telefoneaba Jordi Sánchez desde la cárcel, otro veía su apartamento convertido en la redacción y un tercero soportaba una conferencia de Raül Romeva sobre las similitudes entre Israel y Cataluña. Un redactor de otro rotativo se despertó entre sudores tras soñar que Corea del Norte planeaba bombardear Cataluña y tras reparar en que, por más que tratara de avisar a la población, nadie le hacía caso porque todo el mundo andaba obcecado con el procés; y otro plumilla barcelonés se pasó toda una noche tratando de escribir un reportaje que incluyera todos los matices necesarios como para entender la realidad política catalana: «Al final, parecía que estaba llenando de folios la Biblioteca de Babel». Pero todas estas angustias parecen poca cosa si las comparamos con la pesadilla que sufrió no ha mucho el poeta y periodista David Castillo, que últimamente anda tan agobiado con todo el asunto de la DUI que, desde hace algunos meses, sufre soriasis y dishidrosis. En su ensoñación, se rascaba todo el cuerpo sin cesar y, de tanto arrancarse las costras, descubría que, bajo su piel, habitaba un cocodrilo.

Cristina Fallarás está más anclada a la realidad y, tras pasarse días y días enganchada al programa Al rojo vivo (La Sexta), ha acabado soñando con Antonio García Ferreras, junto a quien aparece yendo a la caza de un notición. Y quien también parece buscar algo es Llucia Ramis, que en un sueño descubrió que el artículo 155 tenía un apartado en el que se especificaba que la intervención de Cataluña implicaba la clausura de todos los bares de la ciudad, algo que, sin embargo, no afectaba al escritor y crítico de arte Iván de la Nuez, que un día soñó que salía al escenario a cantar, junto a Santiago Auserón, el villancico Lo Desembre congelat y que, cuando cogía el micrófono, estaba tan borracho que no podía entonar ni un verso. Ahora bien, para fantasías divertidas -y freudianas, ojo- ninguna como la un escritor catalán -e independentista- que soñó con Miquel Iceta cambiándose sus viejos calcetines por unos de perlé.

Ahora mismo, en Cataluña hay sueños para todos los gustos. Unos son dramáticos, otros angustiosos y los que menos divertidos. Pero hay una verdad que los atraviesa desde el primero hasta el último: denotan una preocupación mayúscula por el futuro colectivo. En cuanto a las interpretaciones, que cada cual haga la suya.

(Publicado en El Mundo el 29 de octubre de 2017)

La Diada de Napoleón

En 1982, el escritor polaco Stanislaw Lem promulgó su famosa Ley de Lem: «Nadie lee nada; los pocos que leen, no comprenden nada; y los poquísimos que entienden lo que leen, se olvidan enseguida». La cita se ha convertido en un clásico de la literatura universal, pero resume a la perfección el ambiente que se respiraba en la primera Diada celebrada por el partido de nuevo cuño Catalunya En Comú, cuya cara más visible, al menos en estos días, es la de Ada Colau, una mujer que apoya la celebración de un referéndum pero que, al mismo tiempo, no apoya la celebración de este referéndum.

Entre el millar de personas que se reunieron en el Parque de Can Zam había tantas opiniones que daba la impresión de que, tal y como sentenció Lem, nadie entendía nada o de que, cuando menos, nadie sabía qué debía entender. De hecho, el asunto del 1-O se ha convertido en un embrollo tan grande que ayer no extrañó ver a los congregados protegiéndose del Sol con las páginas de los periódicos que convertían en sombreros de papel estilo Napoleón. La imagen de todas esas personas con aspecto de Bonaparte definía perfectamente el manicomio en que se ha convertido Cataluña.

Para empezar, pocos eran los que comprendían por qué Catalunya En Comú había elegido Santa Coloma de Gramenet para la celebración de su Diada, algo realmente extraño habida cuenta de que Ada Colau es la alcaldesa de Barcelona. Los organizadores habían alegado que ese municipio representa la lucha obrera, la defensa de la inmersión lingüística y el triunfo del comunismo en España, pero algunos presentes en el acto no opinaban igual. «Yo creo que no se ha atrevido a hacerlo en su ciudad», decía no sin malicia un hombre que portaba una bandera del PSUC. «Con la que le está cayendo encima por el tema de las urnas y con los escraches que le están haciendo los de la CUP, Colau ha preferido venir a Santako».

De igual forma, entre la concurrencia también se notaba el desconcierto ante la fractura existente entre la directiva nacional de Podemos y su filial catalana Podem, cuyo líder, Albano Dante Fachín, había organizado otro acto frente a la Bolsa de Barcelona para apoyar el referéndum del 1-O, mientras que su secretario general, Pablo Iglesias, había optado por defender en Can Zam que no se pusieran las urnas de un modo ilegal. «Yo he dudado sobre si ir a un mitin u otro», aseguraba una mujer que portaba una bandera de Podem, «pero al final he venido a éste porque creo que no estoy a favor de saltarse la legalidad».
El mismo galimatías mental tenía el basurero que paseaba entre la multitud recogiendo las colillas de los asistentes. No estaba allí por voluntad propia, sino por obligación laboral, pero se notaba que disfrutaba escuchando a Colau, Iglesias y Xavi Domènech. «Yo antes era socialista», explicaba este hombre de Guinea-Bissau que, aun teniendo nacionalidad portuguesa, vive en Barcelona desde hace 25 años, «pero ahora soy de Podemos». Y a la pregunta sobre su participación en el 1-O, respondía: «Es que no sé si me dejarán votar, pero, si es así, me inclinaré por el sí». Cuando este cronista le explicó la división de opiniones entre los líderes de Podemos y de Podem, el hombre se encogió de hombros y dijo: «Joder, sí que es complicado todo esto». Amén.
El popurrí de banderas también fue una de las notas del evento. Las había de Podemos, de Podem, del PSUC, de la Red de Socialistas Unificados de Catalunya, de la República y senyeras, pero no se veían más de dos o tres esteladas. Una de ellas la llevaba anudada al cuello una veinteañera que había acudido sola al evento. «Sí, ya me he dado cuenta de que no hay más esteladas», explicó, «pero aquí estoy yo con la mía». Preguntada por su filiación política: «No soy de Catalunya En Comú, pero he venido para escuchar a Colau. Quiero acabar de entender su postura respecto al referéndum».

Este interés por comprender a Ada Colau se reiteraba entre otros asistentes, como por ejemplo en una mujer alemana que, tras vivir 20 años en Barcelona, se ha hecho independentista. «Pero independentista legal, ojo», añadía. «Quiero un referéndum, pero que sea pactado con el Estado». Y para demostrarlo, mostró una bandera con el lema pro-consulta «SÍ» que ella había transformado, gracias a un rotulador, en la frase: «aSÍ no».

El acto terminó sobre sobre las dos de la tarde, hora en que la Ronda Litoral estaba atestada de autocares fletados por la Assemblea Nacional Catalana para la celebración de la Diada en el centro de Barcelona. En los túneles, los coches pitaban mientras enseñaban las esteladas. Entre los que hacían sonar la bocina, también estaban los que venían de Santa Coloma de Gramenet. Algunos no se habían quitado el bicornio de Bonaparte.

(Crónica publicada en El Mundo, 12 de septiembre de 2017).

Aznar contra la literatura (o la muerte de la novela bélica)

El 1 de enero de 2002, teniendo este país a José María Aznar como presidente del Gobierno y a Federico Trillo-Figueroa como ministro de Defensa, el ejército español pasó a ser enteramente profesional. El Servicio Militar Obligatorio desapareció tras más de doscientos años de existencia y se llevó consigo toda posibilidad de una literatura bélica de calidad. Hoy los escritores españoles menores de cuarenta años desconocen los rudimentos básicos del universo castrense, lo que dificulta enormemente que alguno de ellos se plantee levantar una ficción que reconstruya, al menos con cierto grado de verosimilitud, cualquiera de las guerras que azotan el mundo.

José María Aznar hizo feliz a miles de jóvenes suprimiendo la mili —y, de paso, dio la razón a Miguel de Unamuno, quien ya vaticinó que los españoles dejarían de ser patriotas el día en que se profesionalizara el ejército, del mismo modo que dejaron de ser católicos el día en que la Iglesia se profesionalizó a través de la Inquisición—, pero también defenestró uno de los géneros con más tradición dentro de la Historia de la Literatura. Porque no se puede obviar que la guerra ha sido el motor de arranque de casi todas las narrativas. No en vano los libros fundacionales de muchas culturas —la Epopeya de Gilgamesh, la Iliada o el Antiguo Testamento, por poner sólo tres ejemplos tienen el conflicto armado como eje central de sus argumentos.

En el caso español, la cosa es todavía más evidente, ya que gran parte de nuestra tradición no sólo literaria, sino artística, procede de esa misma temática. De hecho, se ha repetido hasta la saciedad que la primera pelea de la que la Humanidad tiene constancia acaeció en Atapuerca, donde hace ya algunos años se localizó el cráneo de un homínido a quien golpearon a posta en algún momento comprendido entre el Paleolítico superior y el Neolítico. Además, las primeras pinturas rupestres de acciones bélicas aparecidas en todo el planeta se encuentran en nuestro Levante (Barranco de la Valltorta y Ares del Maestre, ambas en Castellón). En el plano estrictamente literario, qué duda cabe de que algunas de nuestras obras fundacionales son el Cantar de mio Cid, los libros de caballería (entre los que habría que destacar el Tirant lo Blanc y el Amadís de Gaula) y el Quijote, que, aun siendo una parodia, también habla de un hombre que coge sus armas y sale a repartir mandobles.

Si continuáramos adelante con el repaso de la Historia de la Literatura Española, encontraríamos muchos otros ejemplos de novelas bélicas, pero la mayoría de ellas presentaría un denominador común: sus autores conocieron la guerra de primera mano. Ramon Muntaner, Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, los cronistas de Indias (la Conquista de América generó más sangre que oro), el capitán Alonso de Contreras —que no fue un escritor stricto sensu, pero que dejó un libro de incalculable valor para la comprensión militar de la época—, Lope de Vega, Calderón de la Barca… Son sólo algunos nombres que ponen sobre la mesa la figura de ese escritor-soldado cuya presencia empezó a declinar entrado el siglo XIX, pero que todavía daría algunos bandazos a lo largo del XX, cuando el Desastre del 98, la Guerra del Rif y, sobre todo, la Guerra Civil mandó al frente a algunos muchachos que, con el paso de los años, devendrían en grandes escritores, como ocurrió con aquel Ramón J. Sender que, tras servir en Marruecos, escribió la mejor novela antibelicista de toda nuestra historia: Imán.

La Guerra Civil española marcó un punto de inflexión en nuestras letras. Hasta entonces, la literatura bélica se había caracterizado por el enaltecimiento de conceptos hoy en desuso como puedan ser los de virilidad, honor y gallardía. Es más, si repasamos la bibliografía de nuestro escritor realista de referencia, Benito Pérez-Galdós, descubrimos que las recreaciones de las batallas presentes en sus Episodios nacionales guardan más relación con la elegancia de las novelas bélicas de Fiódor Dostoievski o León Tolstoi —siempre interesados en destacar la nobleza de los combatientes— que con la escatología presente en los autores que vivieron la I Guerra Mundial, como Gabriel Chevallier o Dalton Trumbo —siempre dispuestos a demostrar que el campo de batalla no sólo no ennoblece al hombre, sino que lo degrada hasta cotas inimaginables—.

Sin embargo, este cambio de paradigma en la literatura bélica del siglo XX —del honor a la perdición— no afectó del mismo modo a la narrativa española. Aquí, tras el estallido de la Guerra Civil, los escritores prefirieron reflejar no tanto las experiencias vividas por los combatientes como el sufrimiento soportado por la sociedad civil durante y después del fraticidio. Así, los grandes autores que abordaron la guerra (Mercè Rodoreda, Max Aub, Joan Sales, Arturo Barea, Max Aub, Manuel Chaves Nogales y tantísimos otros) lo hicieron antes desde una perspectiva social o política que desde una puramente bélica, marcando un camino que ya nunca se habría de abandonar. Y tanto fue así que, si atendemos a los narradores que han escrito sobre ese mismo conflicto ya con la perspectiva del tiempo (desde Juan Iturralde o Juan Benet hasta Almudena Grandes, Javier Cercas o Ignacio Martínez de Pisón), reparamos en que se han fijado antes en las consecuencias morales de la Guerra Civil que en el enfrentamiento armado en sí.

Este alejamiento de la literatura estrictamente bélica o, mejor dicho, este desplazamiento de la guerra hacia el terreno de lo social o lo político ha marcado la línea desde entonces. De ahí que se pueda afirmar que, salvo excepciones como las de Arturo Pérez-Reverte o Lorenzo Silva, ya no haya nadie que defienda el género en su sentido más purista. Y todavía lo habrá menos en el futuro, dado que los conocimientos militares de las nuevas generaciones son, cuando no nulos, sumamente escasos. Si nos fijamos en las guerras en las que ha intervenido últimamente el ejército español, como puedan ser la de Irak y Afganistán, descubrimos una repercusión mínima en nuestra literatura, y sólo se pueden citar cuatro o cinco títulos que se salven de la quema.

Así pues, José María Aznar mató todo un género literario y, aunque resulta evidente que nadie le afeará haber terminado con el Servicio Militar Obligatorio, sí que podemos culparle del silencio narrativo que rodea a las guerras del siglo XXI. Con todo, este problema no atañe únicamente a nuestra literatura. Antes bien, se trata de un fenómeno mundial. Hace un par de años, Phil Klay, merecedor del National Book Award por su libro de relatos Nuevo destino (Literatura Random House, 2015), comentó que, con la profesionalización del ejército estadounidense, apenas quedaba un 1 por ciento de norteamericanos que hubiera pisado un campo de batalla y, por ende, que pudiera comprender de qué estamos hablando cuando mencionamos la palabra ‘guerra’. Esta incapacidad para entender las auténticas implicaciones de un conflicto armado también afecta a nuestro país, cuyos habitantes no sólo no están capacitados para convertir en imágenes los relatos de los periódicos, sino que además no encuentran a escritores que lo hagan por ellos. Y así es como la gente acaba viviendo al margen de la realidad. De hecho, no hay un solo soldado español que no haya manifestado, en público o en privado, su pasmo ante la actitud de indiferencia que se percibe en la sociedad respecto a las guerras en las que ha participado nuestro ejército. Esa indiferencia, por más que quiera disfrazarse de pacifismo, no refleja más que ignorancia.

Pero el problema va más allá. La escasa producción de literatura bélica en España no responde únicamente a las carencias intelectuales de los escritores, sino también al desdén manifestado por la población hacia todo lo que huela a épica. No se equivocaba Borges cuando aseguraba que la novela del siglo XX había apartado lo heroico de su epicentro y que la industria del cine, percatándose de este abandono, se lo había apropiado. Hollywood convirtió la épica del western en el mito fundacional de Estados Unidos -convenciendo de este modo a los espectadores norteamericanos de que la valentía era algo inherente a su carácter-, mientras que los artistas europeos, todavía afectados por las guerras mundiales, dirigían sus esfuerzos a resaltar las consecuencias nefastas que traen de la mano las gestas iniciadas por otros. Mostrar el reverso de la guerra es, qué duda cabe, algo que ennoblece a la literatura europea en general y a la española en particular, pero no se puede olvidar que también tiene sus inconvenientes, el más importante de los cuales es la invisibilización del conflicto armado. Porque el hecho de que la guerra esté en manos de profesionales no significa que no exista.

(Artículo publicado en Zenda el 23 de julio de 2017).

Elogio del quiosco

 En la esquina de la Travessera de les Corts con la Gran Via de Carles III había, hace ya muchos años, un quiosco regentado por un hombre malcarado, grosero y evidentemente alcohólico al que, pese a todo, yo tenía gran afecto. Fue él quien me introdujo en el mundo de los cómics alternativos y todavía conservo las colecciones de Creepy, CIMOC y 1984 que construí gracias a sus consejos. Guardo un estupendo recuerdo de aquel individuo, aún cuando soy consciente de que se aprovechaba de mi inocencia. Y es que algunas tardes, al verme regresar del colegio, me pedía que me quedara a cargo de su quiosco mientras él se bebía no sé cuántos cubatas en el bar de enfrente. Lo hacía en muchas ocasiones, en demasiadas, en tantas que mi madre andaban con la mosca detrás de la oreja. Pero reconozco que, durante aquellas horas al mando de su quiosco, me sentía el rey del mundo. Porque yo era el chico que repartía la cultura en el barrio.

Años después, cuando ya vivía emancipado en el barrio de Gràcia, trabé una buena amistad con la quiosquera de la Plaça de Rovira i Trias. A ella le extrañaba que yo comprara un periódico distinto cada día y, en cierta ocasión, me preguntó a qué se debía mi frecuente cambio de ideología. Le expliqué que yo adquiría la prensa dependiendo de los suplementos culturales que cada diario regalaba a lo largo de la semana, y a partir de aquel momento, cuando aquella mujer me veía aproximarme, cogía el ejemplar de turno, me lo entregaba y me comentaba los artículos que más le habían interesado. A veces, estas conversaciones se prolongaban durante toda la tarde.

Actualmente, en el Eixample izquierdo, vuelvo a tener un quiosquero de referencia. Su establecimiento no luce ni la mitad de cabeceras que las vendidas por sus colegas de antaño, pero presenta unos souvenirs que hacen las delicias de los turistas. A veces lo miro apesadumbrado, pensando que me encuentro ante un profesional en vías de extinción, e intercambio opiniones sobre las noticias con el convencimiento de que quedan pocos hombres que lean tanta prensa como quienes la venden. Por desgracia, nuestras charlas siempre se ven interrumpidas por algún foráneo que quiere comprar un refresco de cola, una reproducción de la Sagrada Familia o incluso un paraguas con los colores del Barça.

En los últimos cinco años, tres de cada diez quioscos españoles han echado el cierre. En Barcelona, han pasado de 399 a 289 en ese mismo periodo de tiempo. En las ciudades pequeñas, estos puntos de venta sobreviven gracias a la prensa provincial, que suele traer un tipo de información a la que internet todavía no llega, pero en las capitales importantes la caída de la prensa en papel ha sido tan espectacular que los periódicos apenas distribuyen el 50 por ciento de los ejemplares que repartían hace una década.

Los quioscos de Barcelona se han convertido en bazares porque vivimos en una ciudad de servicios y porque la sociedad avanza feliz hacia la incultura. Hace algún tiempo, el Ayuntamiento les permitía vender un 80 por ciento de productos editoriales y un 20 por ciento de atípicos, pero hoy, ante la caída de la prensa tradicional y el aumento del turismo, la proporción ha variado hasta el 60-40. Es evidente que llegará el día en que los quioscos desaparezcan y lo más triste es que, seguramente, nosotros seremos testigos. Entonces recordaremos a los hombres y mujeres que nos vendían los periódicos y diremos: «Ay, qué tiempos aquellos».

(Publicado en El Mundo Cataluña, el 4 de julio de 2017)

Catalán-Castellano, diálogo discontinuo

El pasado 2 de diciembre de 2016, con motivo de la concesión del premio Cervantes a Eduardo Mendoza, el columnista de La Vanguardia Francesc-Marc Álvaro publicó un artículo de opinión, titulado Un Mendoza desconocido, en el que rememoraba ciertas tertulias de escritores organizadas hace ahora “quince o veinte años” por Xavier Bru de Sala. En dichos encuentros se daban cita autores barceloneses que ejercían su labor tanto en lengua catalana como castellana (“para hacernos una idea de lo que fue, diré que asistían elementos tan diferentes como Félix de Azúa y Miquel de Palol”) y que entretenían las veladas debatiendo sobre todo tipo de asuntos y, por qué no decirlo, divirtiéndose de lo lindo. O al menos así lo recordaba el periodista en un artículo que, de repente, cambiaba bruscamente de tono para acoger una afirmación que acaso requiera de un análisis más profundo: “Supongo que un encuentro de estas características sería inimaginable hoy”.

¿Tiene razón Francesc-Marc Álvaro cuando asegura que actualmente no podría darse un encuentro de carácter distendido en el que participaran escritores barceloneses que desarrollan su trabajo en cualquiera de las dos lenguas presentes en la ciudad? ¿Tanto ha degenerado la relación entre las dos tradiciones narrativas como para que sus representantes ni siquiera puedan sentarse a una misma mesa? ¿Acierta el periodista cuando, en ese mismo artículo, dice que ahora “hay personajes que parecen felices cultivando el insulto y la bilis contra los colegas”? Todos los autores, editores y agentes culturales consultados para este reportaje se muestran tajantes en su respuesta: no. Sin embargo, el tema tiene la suficiente enjundia como para que hoy, cuando la política parece haber infectado todos los sectores de la sociedad, nos detengamos a escrutar el modo en que se relacionan los escritores que, compartiendo un mismo marco geográfico, desarrollan su trabajo en un ambiente lingüístico diferente.

Si se habla detenidamente con los autores que residen en esta ciudad, encontramos dos quejas recurrentes: los que escriben en castellano aseguran estar viviendo una situación de desamparo institucional inédita hasta el momento, es decir, consideran que la Generalitat no sólo no les presta atención, sino que los relega a un segundo plano; mientras que los que escriben en catalán lamentan que sus colegas de la otra lengua no los lean con la misma fruición con la que lo hacen ellos, o sea, se sienten ninguneados por los escritores en castellano. Pero hay un apartado en el que los representantes de ambas tradiciones coinciden: los dos mundillos, el catalán y el castellano, no se mezclan, no interactúan, no intercambian opiniones. Por decirlo en pocas palabras: Barcelona está intelectualmente partida en dos y, pese a que todas las personas consultadas se muestran interesadas en revertir esta situación, nadie hace absolutamente nada para unir dos universos que, en realidad, comparten una misma pasión: la literatura.

Ha pasado más de medio siglo desde que Jordi Rubió i Balaguer dejara para la posteridad aquella frase según la cual “no es lo mismo la literatura catalana que la historia de la literatura en Catalunya”. La afirmación contiene una verdad tan evidente que sería tedioso tratar de demostrarla desplegando aquí la lista de escritores locales que han desempeñado su trabajo en uno u otro idioma, pero tampoco está de más dedicar unas líneas a la reciente evolución de dichas lenguas en nuestras letras.

Es evidente que la irrupción del franquismo abrió una brecha descomunal dentro del mundillo literario, dividiéndolo entre quienes nunca dejaron de defender el catalán como lengua de expresión escrita, aun cuando fuera desde el exilio, y quienes aceptaron el español como única vía para seguir publicando. De hecho, desaparecida la dictadura e iniciada la transición, no fueron pocos los autores que reprocharon a sus colegas que hubieran aceptado las reglas del juego impuestas por el caudillo, como por ejemplo hizo Montserrat Roig en el artículo Escriure en castellà a Catalunya , publicado en la revista Taula de canvi en 1977. En dicho texto la literata reflexionaba sobre los problemas de identidad que continuaban teniendo los escritores catalanes incluso en tiempos de libertad, y aseguraba que seguía existiendo “un divorcio” entre quienes empleaban el castellano –“una lengua identificada con la de los opresores”- y quienes usaban el catalán en el marco literario. Pero Roig no se detenía aquí, ya que a continuación dividía a los escritores nativos en tres categorías: los “botiflers” (que se subieron “al carro vencedor [y] renunciaron a su identidad por razones exclusivamente político-coyunturales”), los nacidos en Catalunya o “venidos de pequeños” (que no tuvieron acceso a la cultura catalana, como Paco Candel o Manuel Vázquez Montalbán, y que usaban el castellano por ser su lengua materna, aun cuando “pertenecen a la cultura catalana porque tienen voluntad de pertenecer a ella”) y los hijos de las élites culturales surgidas durante la década de los 50 en el seno de la burguesía catalana (que empleaban el castellano sin dilema alguno y que “desprecian la cultura catalana o bien ignorándola o bien tildándola de localista o provinciana”). Con todo, Montserrat Roig era consciente de que los tiempos estaban cambiando, de que el país se encontraba en una “época de transición” y de que “hasta que no alcancemos la normalidad, no podemos decir que sólo son escritores catalanes los que escriben en catalán”.

La “época de transición” de la que Roig hablaba se materializó en el colegueo que, durante las décadas de los 80 y 90, se dio entre los autores de ambas tradiciones. Según recuerda Miquel de Palol, “todos nos leíamos entre nosotros, sin importar el idioma, y los lazos de amistad contribuyeron de un modo evidente a que los dos universos se juntaran”. Y es en este contexto donde hay que enmarcar las tertulias organizadas por Xavier Bru de Sala, a las que asistieron autores en apariencia tan dispares como Enrique Vila-Matas, Ana María Moix, Emili Teixidor, Sergi Pàmies, Quim Monzó, Màrius Serra, Valentí Puig, Nuria Amat… A nivel nacional, también se promovieron algunas reuniones entre representantes de todas las lenguas del Estado, siendo algunas de las más importantes la Trobada d’Intel·lectuals celebrada en Sitges en 1981 y los Encuentros de Escritores y Críticos de las Lenguas de España instaurados en la Casona de Verines (Pendueles, Asturias) desde 1985.

Pero no podemos olvidar que todas estas aproximaciones entre las distintas lenguas de expresión existentes en Catalunya han sido siempre posibles gracias a la intervención de algunos intelectuales que se han esforzado por tender puentes entre las dos tradiciones. Así, si en los años 50 Paco Farreras abrió las páginas de la revista Laye a colaboraciones en ambas lenguas, en los 60 fue Josep Maria Castellet quien, tras asumir la dirección de Edicions 62 y tras haber ejercido como crítico especializado en poesía castellana, fomentó el trasvase de información entre una lengua y otra. Igual de importante fue la labor emprendida por otros intelectuales a lo largo de los años, entre los que cabría destacar –y siempre disculpando las omisiones– a José Agustín Goytisolo, cuyas antologías recogían poemas escritos en sendos idiomas; José Luis Giménez Frontín, que presidió la Asociación Colegial de Escritores de Catalunya (entidad que no atiende a la lengua de expresión, prefiriendo hacerlo únicamente al hecho creador); Carme Riera, que preside el Centro Español de Derechos Reprográficos (Cedro) y que es miembro de la Real Academia Española, siendo ahora mismo la gran representante de las letras catalanas en Madrid; y, entre muchos otros, Àlex Broch, que no titubeó a la hora de añadir a autores como José Corredor Matheos, Enrique Badosa, Joaquim Marco o Eduardo Mendoza en su Diccionari de la li­teratura catalana (Enciclopèdia Catalana, 2008). No obstante, algunos entrevistados apuntan que actualmente se añora la figura de alguien que tienda auténticos puentes entre dos mundos que, aun conviviendo en armonía, siguen separados.

Y es que, al margen de las amistades personales (que, de hecho, son el mayor estímulo para la unión entre ambas realidades), la literatura en catalán y la literatura en castellano continúan transitando por caminos paralelos que, como tales, nunca consiguen encontrarse. A este respecto, el escritor Jordi Puntí echa en falta en el presente un clima de compadreo similar al que observó en 1998, cuando asistió a la presentación a cargo de Ignacio Vidal-Folch de la novela La vida normal (Proa) de Màrius Serra: “Entre el público había autores de ambas lenguas, algo que tendría que ser mucho más habitual en la actualidad que en aquel entonces, pero que no lo es. Los años duros de José María Aznar enrarecieron el ambiente hasta el punto de afectar al mundillo literario. De algún modo, todo se rompió de nuevo y hoy, cuando vas a la presentación de una novela escrita en catalán, sólo encuentras a un público que lee exclusivamente en catalán, y lo mismo ocurre cuando acudes a un acto en castellano”.

Evidentemente, las opiniones respecto al conflicto político circulan en ambas direcciones: unos acusan a la Moncloa de ser la causante del problema y otros apuntan a la plaza Sant Jaume con el mismo argumento. Y así, mientras todos perdemos el tiempo mirando hacia uno u otro lado, la literatura continúa caminando en silencio. Isabel Sucunza, copropietaria de la librería La Calders, resume la situación actual del siguiente modo: “De vez en cuando, nosotros programamos actos que buscan juntar a autores y lectores de ambas lenguas, pero rara vez salen como esperamos. Porque es evidente que el público está sectorizado: si presentamos un libro en lengua catalana, sólo viene gente que lee en catalán, y si lo contrario, pues en castellano. Es como si hubiera dos realidades totalmente separadas que, paradójicamente, habitan la misma ciudad”.

Realmente, da la sensación de que la relación entre ambas literaturas no sólo no ha mejorado, sino que incluso ha empeorado. En opinión de Eugènia Broggi, responsable de L’Altra Editorial, “cuando aparecieron Quim Monzó y Sergi Pàmies sí que existía una interacción entre ambos mundos. Los autores se apoyaban sin importar el idioma en el que escribieran, pero ahora eso no ocurre. Salvo honrosas excepciones, cada grupo hace su camino sin prestar atención a sus colegas en la otra lengua. No sé qué ha ocurrido, pero es evidente que hemos ido para atrás”.

La prueba de esta indiferencia con la que los representantes de ambas tradiciones se manejan la encontramos en una denuncia que también es recurrente en el sector: muchos autores barceloneses ni siquiera leen a sus coterráneos de la otra lengua, “y esto sí que me parece inmoral –dice Isabel Sucunza–. Desde mi punto de vista, es una ­negligencia que alguien que se dedica profesionalmente a la escritura elija no leer un idioma que entiende perfectamente. Pero aña­diré un dato: este defecto es más frecuente en los escritores en castellano que en sus colegas en catalán. Porque no se puede olvidar que todos los escritores en lengua catalana conocen el canon español, pero no ocurre lo mismo a la inversa, es decir, muchos escritores en lengua castellana no sólo no conocen el canon catalán, sino que no están interesados en conocerlo”. Carme Riera coincide en este punto: “Los escritores en catalán leemos mucho más en castellano que a la inversa. Somos más respe­tuosos con ese idioma, lo aceptamos con más facilidad, lo apreciamos mucho más. Pero los escritores catalanes que desarrollan su trabajo en castellano no leen con la misma intensidad a sus colegas en catalán. Desconozco el motivo, aunque imagino que consideran que la literatura catalana es minoritaria y prefieren leer a los norteamericanos antes que a sus coterráneos”.

Evidentemente, los autores en castellano también tienen reproches hacia sus colegas en catalán, la mayoría de los cuales apuntan hacia la idea de que estos no protestan cuando las instituciones catalanas silencian a sus colegas de la otra lengua. A este respecto, no está de más recordar el artículo escrito por Ignacio Martínez de Pisón en La Vanguardia del 20 de noviembre del 2015. Bajo el título Los nuestros, el autor denunciaba el menosprecio que la Generalitat manifestaba hacia los intelectuales que se expresaban en castellano, poniendo algunos ejemplos realmente es­candalosos: el debate sobre el tipo de literatos que debían ser invitados a la Feria de Frankfurt del 2007 (año en que Catalunya fue el país invitado), la ausencia de autoridades catalanas durante la concesión del premio Cervantes a Ana María Matute en abril del 2011 y, si me permiten el añadido, la falta de una triste llamada telefónica para fe­licitar a Enrique Vila-Matas tras la obtención del premio FIL en el 2015 y del Rómulo Gallegos en el 2001. Estos y otros ejemplos hacen sospechar que el apoyo de la Generalitat a los escritores catalanes en lengua castellana ha sido simple y llanamente borrado del mapa.

Por fortuna, el trabajo de algunos escritores demuestra que los hedores de la política todavía no lo han infectado todo y que se puede seguir trabajando en ambos idiomas sin que nadie se eche las manos a la cabeza. No en vano escribió Joan Margarit aquellos versos: “El castellà m’ofega i no l’odio. / No en té la culpa de la seva força: / de la meva feblesa, encara menys”. Por poner sólo tres ejemplos de escritores que saltan de una lengua a otra, valdría la pena recordar que Albert Sánchez-Piñol ha escrito sus últimos libros en castellano, que después se traducen al catalán; que Flavia Company maneja una u otra indistintamente; y que Jenn Díaz abandonó no hace mucho el castellano para expresarse laboralmente en catalán. Díaz reconoce que “la transición fue de lo más normal, ya que en Barcelona el bilingüismo está totalmente normalizado. Pero es cierto que, al hacer el cambio, descubrí algo interesante: los nuevos lectores que aparecieron en la órbita catalana desconocían la existencia de mi obra escrita castellano, y muchos de los lectores que acostumbraban a leerme en castellano, me abandonaron al descubrir que me había pasado al otro idioma. Eso me ha hecho llegar a una conclusión sobre los tipos de lectores que actualmente hay en Catalunya: los que sólo leen en catalán, los que sólo leen en castellano y los buenos lectores, que son los que leen en ambas lenguas, pero que también son los más escasos”. En este sentido, es interesante destacar que Xavi Vidal, responsable de la librería Nollegiu, ha tenido que aguantar a algún que otro cliente desairado por el hecho de que no tuviera la traducción catalana de alguna novela española: “No entiendo que, pudiendo hacerlo, un lector se niegue a leer una novela en versión original. Simplemente no entra en mi cabeza”.

Así pues, salta a la vista que todavía queda bastante camino por recorrer para normalizar la relación entre las dos tradiciones literarias existentes en Catalunya. Y no estaría de más que las instituciones, en este caso las catalanas, se esforzaran en tender puentes entre ambos mundos. A este respecto, no es baladí recordar que, durante el Año del Libro y la Lectura 2005, se programaron de manera deliberada actos en los que participaban autores de las dos lenguas con la intención de mostrar la diversidad lingüística de la capital catalana. Con todo, algunas de las personas entrevistadas redundan en la necesidad de organizar algún tipo de congreso o incluso de jornadas que promueva de un modo directo el diálogo entre los escritores de ambas orillas. De hecho, Miquel de Palol, Àlex Broch y Jordi Puntí confiesan que, en algún momento de sus carreras, han intentado montar algún sarao de esa naturaleza, pero que, bien por dejadez personal, bien por desinterés institucional, nunca han llegado a conseguirlo. “El mundo académico podría facilitar la interacción entre los dos mundillos –comenta Broch–. Organizar unas jornadas sobre literatura catalana y castellana en Catalunya sería bastante sencillo y, si todo el mundo consigue abstraerse de la realidad política, también sumamente interesante”. Por su parte, Jordi Puntí señala que, junto con la coordinadora de Barcelona Ciudad de la Literatura de la Unesco, Marina Espasa, está planeando un ciclo de conferencias sobre literatura barcelonesa “en el que los autores en catalán serían invitados a hablar sobre la obra escrita por sus colegas en castellano, y a la inversa”.

Para concluir, tal vez sería útil recordar que, en su ensayo Burgesos imperfectes (La Magrana, 2012/Fórcola, 2015), el escritor Jordi Gracia especulaba sobre la posi­bilidad de que algún día todos los españoles fueran capaces de leer en catalán, algo que ya imaginó Juan Valera en una carta que envió a Narcís Oller en 1887. En dicha ­misiva, el primero decía al segundo: “A la larga, o tal vez pronto, si siguen escribiendo ustedes mucho y en catalán, se venderán y leerán en catalán por toda España, sin necesidad de traducciones, como sin duda ustedes nos leen en Cata­lunya, sin traducirnos”. Salta a la vista que queda mucho para que los españoles lean a los catalanes tanto como los catalanes leen a los españoles, pero también es evidente que, para lograrlo, primero hemos de empezar por nosotros mismos.

(Reportaje publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 02 de junio de 2017).

 

Las personas que nos ayudaron

SE VA muriendo la gente y nada podemos hacer para evitarlo. A mediados de mayo le llegó la hora al escritor, editor, crítico, actor y traductor Mihály Dés, y el mundillo cultural barcelonés lamentó su desaparición de un modo sincero. Se había marchado uno de los últimos defensores de un tipo de periodismo que ya no existe, un hombre que lo arriesgó todo para fundar una revista que hablara de la otra literatura, una persona que dio la primera oportunidad a algunas de las voces más contundentes de las nuevas narrativas española y catalana. Se murió el húngaro que creó la revista Lateral y todos nos hemos quedado un poco huérfanos.

Los escritores guardamos en nuestro corazón el nombre de quienes confiaron en nosotros cuando nadie nos prestaba atención. En mi caso, hubo cuatro personas fundamentales en mis años de formación: Pepe Ribas, José Luis Morante, Sergio Gaspar y Mihály Dés. Recuerdo el día que conocí a este húngaro afincado en Barcelona desde 1986. Yo había enviado un relato a la redacción de Lateral para que valoraran su posible publicación en el medio, y su director no tardó ni una semana en contestarme. Me telefoneó para decirme que el cuento le había encantado y me invitó a pasar «en cualquier momento» por su despacho. Lo hice al día siguiente.

Mihály Dés era un hombre atractivo que siempre sonreía, que siempre te daba ánimos, que siempre te instaba a apuntar alto. Se interesó por mis aspiraciones literarias como nunca antes lo había hecho nadie, e incluso llegó a decirme que mis relatos le recordaban a los que él mismo escribía cuando tenía mis veinticinco años. Después me tendió la mano, me dijo que Lateral siempre estaría abierta a mis textos y me acompañó hasta la puerta, dejándome con la sensación de que había conocido a alguien que no sólo me respetaba como persona y como periodista, sino también como escritor. Era la primera vez que algo así me ocurría. Era un sueño hecho realidad.

No es habitual encontrar a un hombre de letras que trate a los noveles con la misma cortesía que a los veteranos. Es algo que no suele ocurrir en este mundillo donde la arrogancia, la pedantería y el desprecio a menudo lo ensucian todo. Pero Mihály Dés estaba por encima de esos vicios y atendía a los aspirantes como si fueran personalidades ya consagradas. Y tanta atención les prestaba que acabó dando su primera oportunidad a muchos de los escritores que hoy levantan a la crítica. Fue él quien puso el foco sobre el talento de Mathias Enard, quien entrevistó a Roberto Bolaño cuando casi nadie le leía, quien hizo un hueco en los medios a personajes hoy fundamentales en la cultura española como Claudio López de Lamadrid, Ignacio Echevarría o Guillem Martínez, quien dio su primer trabajo serio a algunos de los chavales que luego serían grandes autores, como Robert Juan-Cantavella, Eloy Fernández-Porta, Jorge Carrión, Use Lahoz, Gabriela Wiener y Jaime Rodríguez Z., entre otros.

Pero un día Mihály Dés decidió prestarse atención a sí mismo. Regresó a Hungría para convertirse en escritor y, superados los sesenta años, reapareció con una novela bajo el brazo. Se titulaba Barroco en Budapest y se me ocurre que tardó tanto tiempo en ponerse a escribirla porque no encontró a nadie que le apoyara cuando tenía veinte años. Aquel húngaro hizo con todos nosotros lo que nadie había hecho con él, apoyarnos, y ahora sólo nos queda mirar al cielo y darle de nuevo las gracias.

(Artículo publicado en El Mundo Catalunya el 02 de junio de 2017).