Literaturas de la resisstencia

España tiene 46,5 millones de habitantes, veinte de las cuales pertenecen a comunidades autónomas en las que conviven dos -y hasta tres- sistemas lingüísticos. Así pues, prácticamente la mitad de la población tiene la posibilidad de ser bilingüe, mientras que la otra mitad no sólo ha de conformarse con el castellano como única herramienta de comunicación, sino que además vive de espaldas a la realidad idiomática del Estado al que pertenece. En el ámbito de la literatura, este desconocimiento se percibe con una claridad asombrosa, ya que existe una enorme cantidad de escritores catalanes, vascos, gallegos y asturianos de los que sus compatriotas no saben absolutamente nada. Son, por así decirlo, los españoles a quienes los españoles no leen. Y no lo hacen porque ni siquiera saben de su existencia.

Los escritores que elaboran su obra en cualquiera de las lenguas cooficiales del Estado -a las que, en este reportaje, añadiremos el bable- no sólo permanecen ocultos a los ojos de los lectores monolingües, sino que además observan con estupefacción el modo en que el gobierno central protege a la literatura en castellano al tiempo que abandona a su suerte a esas otras letras que, en algunos casos, agonizan por las esquinas del país. Poco antes de verano, el ejecutivo de Pedro Sánchez anunció una Ley de Pluralidad Lingüística de la que nada se sabe hasta la fecha. Y es una lástima, porque sería hermoso tener un Ministerio de Cultura que incitara a los lectores del sur y del centro a que se acercaran, sin necesidad de traducciones, a los autores del norte que escriben en unos idiomas que, salvo el euskera, tampoco son tan indescifrables. ‘La existencia de distintas lenguas en un mismo Estado es motivo suficiente para que toda la ciudadanía, y no solo la que reside en esas comunidades, tenga un conocimiento básico de cada una de ellas –dice la escritora Inma López Silva, quien ha acuñado la expresión ‘saltar el telón de grelos’ para referirse al muro de enormes proporciones que los autores gallegos han de sortear para conseguir cierta resonancia nacional-. Puede parecer una utopía, pero la posibilidad de atraer a la gente hacia la cultura de sus vecinos no debería de serlo’. El gobierno socialista ha prometido que lo hará. Ya veremos.

Sin embargo, no todos los problemas a los que se enfrentan los escritores en euskera, gallego, catalán o bable provienen de las políticas gubernamentales. También existen ciertos tópicos aceptados en el mundillo editorial que ponen trabas a la difusión de su trabajo. Por ejemplo: sobrevuela en dicho sector la idea generalizada -aunque no verbalizada- de que las lenguas periféricas son una especie de primer obstáculo que sus representantes deben superar para acceder al gran mercado hispanohablante. Se considera que ‘saltar el telón de grelos’ (o su equivalente en otras comunidades) es algo que los escritores han de hacer si quieren alcanzar la gloria, pero lo cierto es que se están dando casos de autores que o bien acceden al mercado internacional antes incluso de pasar por el español (como Arantza Portabales, que vendió los derechos de ‘Deje su mensaje después de la señal’ a Israel, Italia y Alemania sin que todavía existiera la versión que publicó Lumen) o bien rechazan directamente la traducción al castellano (como Marta Rojals, que no quiere ver sus obras en el idioma común de los españoles porque, entre otros motivos, considera que el catalán es una lengua perfectamente comprensible para los habitantes de otras comunidades).

‘Se nos intenta convencer de que solo seremos relevantes si nos orientamos al sistema en lengua castellana –dice María Reimóndez, a quien algunos críticos consideran el secreto mejor guardado de Galicia-. Se nos venden falacias como que venderemos más o que seremos más relevantes. Pero ambas cosas son inciertas. Hay miles de libros en castellano, inglés o francés que nunca alcanzarán las cifras de ventas de ciertos autores de comunidades pequeñas’. La escritora vasca Katixa Agirre refrenda estas palabras añadiendo que ‘la mayoría de autores periféricos ven la traducción (al castellano o a otra lengua) como un extra, no como un fin. Hay escritores que se han adaptado muy bien al mercado español, como Kirmen Uribe, y otros que han sido muy criticados por reconocer que aspiran a la traducción al castellano, como Unai Elorriaga, pero luego hay otros que, siendo grandes literatos, han decidido quedar al margen de ese mercado, como Ramon Saizarbitoria’. Eso sin olvidar que, como añade su coterránea Miren Agur Meabe, algunos autores ‘prefieren ser luciérnaga en su barrio, bailando entre congéneres, que cometa en el infinito universo de las letras’.

Los motivos por los que un autor bilingüe se inclina por una lengua u otra son harto variados, pero todos los escritores consultados parecen rubricar las palabras del guipuzcoano Harkaitz Cano, para quien el ‘bilingüismo simétrico’ no existe, dado que ‘siempre hay un idioma que prevalece en el fuero interno de cada uno’. Normalmente, esa prevalencia recae sobre la lengua materna, que sigue teniendo más fuerza que esa ‘lengua de la cultura’ -el castellano- en la que la mayoría de ellos fueron educados. Pero hay causas más reivindicativas, como por ejemplo las que alega Ledicia Costas, autora a quien sólo le abrieron las puertas de la industria editorial en castellano cuando ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015 por una obra, ‘Escarlatina, a cociñeira defunta’, escrita originariamente en gallego: ‘Vivimos en un estado plurinacional en el que la diversidad debería premiarse, no penalizarse. Pero, como no es así, los escritores nos vemos obligados a convertir nuestros idiomas en culturas de la resistencia. Si nosotros no los defendemos, morirán. Por eso escribo en gallego, para asegurar su supervivencia’.

Ahora bien, no hay escritor que no sepa que la elección de la lengua puede ser vista, al menos por cierto tipo de personas, como una declaración de carácter político. Todavía existen individuos que consideran que los españoles que evitan el castellano no están haciendo más que lanzar un mensaje de rechazo hacia un sistema cultural al que, quieran o no, pertenecen. En algunos casos puede ser cierto, pero ni mucho menos en todos. Es más, el argumento de la opción lingüística como manifestación de una ideología es totalmente reversible: ‘Sería interesante preguntar a las autoras y autores gallegos que escriben en castellano por qué lo hacen -plantea María Reimóndez-. Suele presentarse el hecho de escribir en gallego como una opción política (no partidista, pero sí política), pero a mí me llama la atención lo contrario: creo que la opción más “política” en nuestras comunidades es la de aliarse con el poder y hacerlo pasar como “lo normal”, es decir, ponerse a escribir en castellano en vez de hacerlo en gallego. A esas autoras y autores nadie les hace la pregunta de marras. ¿Por qué será?’.

Desgraciadamente, esta sospecha sobre las motivaciones políticas de los autores que eligen la lengua materna para elaborar su trabajo crece de un modo proporcional al incremento de ese nacionalismo que se detecta en las distintas sociedades que conforman España. De hecho, no son pocos los autores consultados que denuncian una evidente involución en el modo en que los españoles conciben las literaturas del país. El escritor -y director de la editorial asturiana Saltadera- Antón García recuerda con nostalgia aquellas décadas de los 70 y 80 en las que todo el mundo, independientemente de la comunidad a la que perteneciese, estudiaba y leía a Rosalía de Castro, Gabriel Aresti y Salvador Espriu¸ y comparte las palabras que su colega Xuan Bello, el gran maestro de la literatura asturiana, lanza a este respecto: ‘Tenemos que reflexionar seriamente sobre lo que sucedió en aquellos años y el modo en que lo jodimos entre todos con provincianadas que nada tienen que ver con el espíritu de la nación de cada uno’.

¿Qué ha pasado para que el intercambio literario haya decaído? ¿Qué ha propiciado que los representantes de las diferentes culturas se sientan cada día más alejados? ¿Qué políticas han alimentado semejante distanciamiento? La respuesta es unánime: España es cada día más centralista. España y, también, su industria editorial. ‘Ser autor en la periferia en un estado tan centralista como el nuestro, que raramente orbita más allá de Madrid y Barcelona, es difícil –dice Mercedes Corbillón, propietaria de la librería Cronopios-. Estoy convencida de que la literatura gallega ha dado grandes obras que no han encontrado el sitio que merecían’. Los emporios editoriales miran cada vez menos hacia las otras lenguas nacionales, o al menos eso denuncian algunos escritores, cayendo en una suerte de ceguera propia de quien vive demasiado cerca del poder y pierde la perspectiva de la realidad. ‘El sistema editorial español funciona como el inglés: si hay autores que hablan en inglés en todo el mundo, ¿para qué publicar a los que no lo hacen? Es decir, son sistemas que prefieren asimilar a traducir’, asegura el escritor catalán Màrius Serra. Es cierto que, de vez en cuando, se traduce al castellano a algún autor catalán, gallego, vasco o asturiano, pero se hace con cuentagotas y siempre con el temor de que, más allá de sus fronteras autonómicas, no vaya a interesar. ‘Siguen existiendo unas pautas, unos modos, heredados de los años en que la batuta la llevaba el grupo Prisa, que se basaban en el sistema de cuotas: la literatura española era literatura en castellano, y luego habían otros escritores, uno por cada lengua cooficial: Quim Monzó, Bernardo Atxaga y Manuel Rivas. Y fin del asunto’, denuncia el escritor asturiano Xandru Fernández.

Las dificultades para llegar al público castellanohablante siembran desánimo entre los escritores periféricos, que siguen viendo cómo se menosprecia a sus idiomas y que continúan soportando que se les diga -siempre en voz baja- que, cuando tengan algo realmente importante que decir, acudan a la lengua dominante. A este respecto, es interesante cierta anécdota de Xandru Fernández: ‘Hace un par de años publiqué mi primera novela en castellano. Un periodista asturiano me llamó para entrevistarme porque, según dijo, “por fin” había publicado una novela. Cuando le recordé que ya había publicado otras seis, la respuesta fue algo así como “Sí, pero ésta es de verdad”. Ese es el nivel’. Todo esto provoca que los escritores en lenguas cooficiales tengan la sensación de que han de hacer dos veces el mismo trabajo: tras abrirse camino en su comunidad lingüística, deben hacerlo de nuevo en el sistema editorial español, algo que no ocurre a los narradores que escriben directamente en castellano. ‘La sensación es de que, en España, se tiene poca idea de lo que se publica en catalán –dice la escritora Tina Vallés-. Por eso, cuando los autores somos enviados a Madrid a promocionar las traducciones de nuestras obras, hemos de explicarnos desde el principio. Es como si volviéramos a empezar, como si fuéramos novatos’. Afortunadamente, ese doble trabajo, pese a ser un engorro, se está dando cada día con más asiduidad, dado que cada vez es más sencillo encontrar a autores catalanes (por poner un ejemplo) que publican en las dos lenguas simultáneamente y sin grandes problemas, como Marta Orriols, Marta Carnicero o la misma Vallés. En este sentido, no puede negarse un cambio de actitud por parte de la editoriales en castellano. De igual modo, la concesión de los últimos Premios Nacionales de Cultura a algunos autores en lenguas cooficiales (Antònia Vicens y María Xesús Lama) también señalaría una mejora en la comprensión de la realidad lingüística del país por parte de los estamentos oficiales.

Pero, ¿leen los habitantes de las comunidades bilingües a sus propios autores? En los años 80, el escritor y articulista Juan Cueto inventó la llamada ‘teoría del frontón’, según la cual un autor asturiano ganaba veinte lectores en Oviedo por cada dos mil que obtuviese primero en Madrid. Es muy posible que esta teoría siga siendo válida en Galicia y Asturias, pero no cabe duda de que Cataluña y el País Vasco han desarrollado las suficientes políticas de concienciación lingüística como para que sus habitantes lean desacomplejadamente a los autores que se expresan en la lengua interior. A este respecto, es interesante escuchar las opiniones que los escritores vierten sobre el modo en que sus respectivos gobiernos defienden sus letras. En general, puede decirse que los gallegos están profundamente decepcionados con la actitud de la Xunta, que los asturianos aguardan expectantes la obtención de la cooficialidad de su lengua, y que los catalanes y vascos están bastante satisfechos con el modo en que sus ejecutivos defienden sus literaturas. Y estas opiniones resultan más que lógicas si se tienen en cuenta los datos recogidos en el informe ‘El sector del libro en España’ realizado por el Observatorio de la Lectura y el Libro en abril del 2018, según el cual Madrid y Barcelona siguen controlando la producción editorial española, con una producción del 92,8 por ciento de los libros publicados. Además, en 2016 la edición en euskera aumentó un nada despreciable 34,5 por ciento, en catalán un 7,2 y en gallego un decepcionante -13,1 por ciento. Del asturiano, ni siquiera habla.

Así pues, los escritores gallegos están que se suben por las paredes. Afean a la Xunta que tenga más interés en el patrocinio del castellano que de la lengua autóctona, se quejan de que la ‘Lei do Libro e da Lectura’ aprobada en 2006 -cuya finalidad era el fortalecimiento del sistema literario interior y su difusión en el exterior- no está siendo cumplida, y se muestran desesperanzados respecto al ‘Plan para la Cultura’ que ahora mismo se está elaborando. Y los números les dan la razón: según el Consello da Cultura Galega, de los 2.070 títulos en gallego publicados en 2008, hemos pasado a 976 en 2016. ‘La Xunta está inmersa en un proceso de demolición total del idioma –protesta airada María Reimóndez-. Que sobrevivamos es un milagro. No solo han reducido la presencia del gallego en la enseñanza hasta lo ridículo, sino que también han recortado los apoyos necesarios para compensar una situación de agravio histórico’. Los asturianos se dividen en dos grupos: unos tienen ciertas esperanzas puestas en la lucha por cooficializar el bable y otros se muestran totalmente escépticos. ‘Hay muchas expectativas puestas en lo que pase en los próximos meses, mucha ilusión y también mucho miedo a que, una vez más, esa esperanza de supervivencia para nuestro idioma y la defensa de nuestros derechos lingüísticos sean defraudados’, dice Vanessa Gutiérrez. En cuanto a la producción editorial, basta un dato: en 2008 se publicaron 150 títulos en asturiano y ahora 80. Nada más que añadir, salvo la opinión de Consuelo Vega, escritora y ex directora general de Cultura y Política Lingüística durante el gobierno socialista de Álvarez Areces: ‘No es fácil para un escritor en asturiano acceder al sistema editorial castellano. De hecho, Asturias está en una posición de marginalidad respecto a las estructuras de la industria del libro en español y los autores en asturiano están fuera de circuito’.

Los vascos están notablemente satisfechos con el funcionamiento del Instituto Etxepare, llamado a promover la cultura euskera en el exterior, y muestran cierta conformidad con lo que el escritor Xabier Mendiguren, también responsable de la editorial Elkar, llama no sin cierta ironía ‘la salomónica equidistancia’ de su gobierno: ‘Hay un canal de televisión pública en euskera y otro en castellano, un premio literario en euskera y otro en castellano, y así sucesivamente. En principio, parece correcto. Pero un Ferrari y un Seat 600 compitiendo en un mismo circuito no dan como resultado una carrera justa’. Por su parte, los catalanes no sólo celebran el reciente boom de la literatura en su lengua, sino que ven refrendada la situación con los números. ‘Estamos en un buen momento, tanto desde el punto de vista de la creación propia como de la incorporación de obras de otras lenguas, y hemos sabido crear una oferta diversa que nos permite llegar a diferentes lectores –dice Montse Ayats, presidenta de la Associació d’Editors en Llengua Catalana-. Los últimos datos nos permiten ser optimistas, porque constatan un crecimiento pequeño pero sostenido de las ventas en catalán’. Según la Federación de Gremios de Editores, en 2016 hubo un incremento de la facturación por tercer año consecutivo (+3,60 por ciento).

Ahora bien, hay un punto en el que gallegos, asturianos, vascos y catalanes coinciden: las políticas locales pueden ser buenas o malas, pero al menos son políticas. Porque del único gobierno del que no tienen noticia de que haya hecho nada por las literaturas periféricas es del que está asentado en Madrid. Y un matiz más, en este caso aplicable a todas las ejecutivas: ‘Tengo la impresión de que tanto el gobierno catalán como el español tienen una preocupación por la literatura y por la cultura más bien escasa. No veo un interés real para que llegue a todo el mundo, para que empape al conjunto de la sociedad. A fin de cuentas, la literatura educa, despierta el espíritu crítico, hace reflexionar. Y eso es un peligro para un sistema que se sustenta en el consumo’. Lo dice Eva Baltasar y lo rubrican sus colegas.

Mientras el gobierno central no elabore un plan de defensa de las literaturas cooficiales, tendrán que ser los sistemas literarios de dichas realidades lingüísticas los que generen sus propias estrategias de supervivencia. Y lo están haciendo. De hecho, ahora mismo conviene destacar tres: primera, la creación de agencias literarias especializadas en la difusión en el extranjero de las literaturas periféricas -en este terreno, las gallegas están cogiendo la delantera-; segunda, la defensa de las editoriales independientes que visualizan realidades ajenas a los grandes circuitos; y tercera, la solidaridad entre comunidades. Esta última vía es, sin duda, la más apreciada por los escritores. ‘Aprecio una especie de empatía periférica que provoca que el lector, pongamos por caso, de literatura en gallego tenga más posibilidades de interesarse por la literatura en catalán que aquel que sólo lee en castellano –dice el asturiano Pablo Texón-. En mi caso, hay traducciones de mi obra al gallego y al catalán, pero no al castellano. No creo que sea una casualidad’. Lo mismo opina la escritora catalana Miriam Cano: ‘Tengo la sensación de que las tres lenguas cooficiales mantienen una relación de complicidad en la que es más fácil ver a un catalán traducido al gallego o un vasco traducido al catalán que ver a cualquiera de estos autores traducidos al castellano’.

Por otra parte, y aunque resulte un asunto antipático, no se puede abordar un tema como el presente sin mostrar el reverso de la moneda, esto es, el victimismo. Algunos de los autores consultados, como Arantza Portabales, Vanessa Gutiérrez o Tina Vallès, reconocen que, pese a su opinión respecto al funcionamiento del sistema editorial dominante, ellas no han tenido ningún problema a la hora de traducir sus obras al castellano, e incluso ha habido entrevistados que han verbalizado la idea de que, en toda este asunto de las literaturas periféricas, hay muchos escritores que, además de quejarse por vicio, se niegan a mirarse en el espejo y reconocer que, en verdad, el problema no es la lengua. Y es que escribir en castellano, catalán, euskera, gallego o bable no es garantía ni perjuicio de nada, como tampoco lo es hacerlo en inglés. Porque la calidad de la obra siempre está por encima de cualquier otra consideración. Es más, cambiar de idioma para buscar el éxito es uno de los errores más típicos de quienes se preocupan más por las ventas que por la literatura. ‘Lo que ha supuesto históricamente un fracaso es la figura del escritor en asturiano que decide traducirse al castellano o continuar su carrera en ese idioma publicando en una editorial local –dice Pablo Texón-. Eso me parece un error tremendo y comercialmente casi siempre ha sido un fiasco. De cambiar de idioma, hazlo a lo grande’.

Además de cierto victimismo, algunos escritores reconocen, no sin dolor, que las literaturas periféricas a menudo pecan de ser demasiado endogámica y de aplaudir trabajos que, en un territorio más amplio, no merecerían ni una triste reseña. ‘La contrapartida de la eclosión de la literatura catalana, que es muy positiva, es que puede hacernos caer en una cierta ufanía -comenta Miriam Cano-. Se genera un clima de “todo vale” y todo puede ser visto como “the next big thing”. Creo que el buen momento que atraviesa nuestra literatura no nos ha de hacer perder la voluntad de separar el grano de la paja y, sobre todo, de hacer autocrítica y no dar cualquier cosa por buena’. De igual modo, todos los entrevistados, aunque sea off-the-record, denuncian los trapicheos que suelen darse en las comunidades lingüísticas de dimensiones reducidas con el tema de las subvenciones, los amiguismos y, en definitiva, las ansias de medrar. Los cuchicheos y las puñaladas abundan y, aunque sea algo que también ocurra en los sistemas editoriales de mayor envergadura, en estos casos resulta más evidente. ‘Hay una frase del escritor José Monteagudo que me parece muy significativa, ya que dice que la literatura en gallego se ha convertido en un género en sí mismo -ironiza Arantza Portabales-. Nos gusta vivir encerrados en nuestros temas, mirando nuestros ombligos. Yo creo que, sin perder nuestra identidad y nuestra personalidad, debemos abrirnos a los temas más universales, a otras formas de escribir’.

Con todo, hay una verdad más que evidente: la auténtica literatura no se mide por el volumen de sus lectores potenciales, por lo que convendría que el gobierno central dejara de focalizar sus esfuerzos en la promoción de las letras en castellano y recordara que, en este país, tenemos la inmensa suerte de contar, cuando menos, con cinco realidades culturales.

(Publicado en Cultura/s, el 12 de enero de 2018).

Despacho pequeño, editor grande

En la séptima planta de la sede central de Penguin Random House hay un despacho vacío. Es pequeño, está desordenado y tiene una pizarra repleta de garabatos. Hasta hace dos días, no había un solo escritor que, cuando entraba en aquel habitáculo tan reducido, no tuviera la sensación de que estaba accediendo a una de las catedrales más grandes de la literatura española. Hoy, sin embargo, parece el desierto más desolado del mundo. Lo ocupaba Claudio López de Lamadrid y ahora sólo quedan recuerdos.

La importancia de aquel despacho contrastaba con la pequeñez de sus dimensiones, y la relevancia de su dueño chocaba con el desenfado con el que te recibía. Claudio nunca te esperaba detrás del escritorio, nunca te recibía como un sacerdote tras el altar, nunca te miraba desde el otro lado. Te veía acercarte a través de la puerta y, antes de que la cruzaras, gritaba tu apellido con tanta fuerza que hacía que te sintieras querido. Daba gusto entrar allí, era como llegar a casa.

Además del escritorio, en aquel despacho había -y sigue habiendo- una mesa cubierta de libros y algunas sillas. Allí era donde se sentaba el editor para hablar con quienes iban a visitarlo. A veces, mientras charlaba contigo, miraba hacia afuera y llamaba a algunos de sus editores -¡Albert!, ¡Gabriella!, ¡Carme!-, invitándoles a unirse a la conversación. Z

No hay un solo escritor de mi generación que no soñara con traspasar la puerta de ese despacho y, en consecuencia, publicar con Claudio López de Lamadrid. Había convertido su sello en garantía de calidad y no son pocos los autores que deben su prestigio al mero hecho de haber formado parte de su catálogo. En realidad, es muy probable que su defensa de las letras españolas le trajera problemas dentro del grupo, habida cuenta de que respaldó a autores de gran calidad que, pese a esto, vendían muy poco. Nunca sabremos a ciencia cierta cuánto debe la narrativa española a su empeño por defender la literatura en mayúsculas, pero lo averiguaremos dentro de poco. A fin de cuentas, su muerte también pone punto final a un modo de concebir el oficio.

En Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, John Irving decía que todos los huérfanos buscan desesperadamente lo perdurable. Quieres perdieron a sus antecesores antes de tiempo viven por siempre atemorizados ante la posibilidad de que sus otros seres queridos también les abandonen y se aferran de un modo desesperado a todo aquello que parece estable, que no amenaza derrumbe, que no tiene un horizonte de silencios. Yo soy huérfano desde los trece años y reconozco sin avergonzarme que, a lo largo de mi vida, he buscado a muchos padres. Los he encontrado en casas de amigos, en redacciones de periódicos y en ambientes de carácter literario. Pero sólo una vez me sentí realmente protegido -y querido- por un editor.

Por desgracia, no hay nada que dure siempre. Todo termina y se desvanece. A veces demasiado pronto. Y los huérfanos volvemos a vagar por el mundo sin saber a qué aferrarnos.

Buen viaje, Claudio.

(Publicado en El Mundo, el 12 de enero de 2019).

Centenario Salinger

EL 14 de septiembre de 1944, en el marco de la II Guerra Mundial, las tropas aliadas chocaron con las fuerzas alemanas en el bosque de Hürtgen. Los contrincantes peleaban por un terreno de apenas 129 kilómetros cuadrados; no había motivos para pensar que fuera a derramarse demasiada sangre. Sin embargo, la ofensiva se enquistó y se tardó cinco meses en declarar un vencedor. Hubo 33.000 bajas en el bando estadounidense y 28.000 en el nazi. Fue una matanza sin precedentes, la batalla más larga jamás librada por los americanos. La derrota resultó tan dolorosa para el gobierno yanqui que se ordenó enterrarla en las fosas de los libros de historia. No debía trascender que los alemanes habían sido feroces, tenía que parecer que derrotarlos había sido sencillo, no podían quedar manchas en el expediente bélico del país emergente. Hoy casi nadie recuerda el bosque de Hürtgen; preferimos el Desembarco de Normandía.

Entre los soldados que conformaban el 12º Regimiento de Infantería de los Estados Unidos de América, había un muchacho de apenas veinticinco años que participaría en los momentos claves del rescate de Europa: desembarcó en la playa de Utah el Día D, se enfrentó a la maquinaria nazi en el bosque de Hürtgen, volvió a coger su fusil en las Ardenas, entró con las primeras tropas en París -donde tuvo ocasión de conocer a Hemingway- y liberó a los presos del campo de concentración de Dachau. Respecto a esta última experiencia, dejó escritor que jamás logró sacarse de encima el olor a quemado que aquel sitio desprendía. El muchacho era un aspirante a escritor que llevaba entre sus pertrechos los seis primeros capítulos de la novela que habría de encumbrarle: El guardián entre el centeno.

J.D. Salinger nació el 1 de enero de 1919 y este año celebramos su centenario. Se preparan nuevas ediciones de sus libros (en España lo hará Alianza), se estrenarán dos biopics (El rebelde en el centeno y Mi año con Salinger) y se expondrán sus manuscritos en la Biblioteca Pública de Nueva York. Ninguna otra efeméride le hará sombra, ni siquiera las de Walt Whitman, Primo Levi o Iris Murdoch, entre las muchas otras que se conmemorarán en fechas venideras.

Es bastante probable que, durante el 2019, volvamos a oír hablar del escritor huraño que perseguía a los fotógrafos, que no cedía los derechos cinematográficos de El guardián entre el centeno -«lo siento, a Holden no le gustaría», solía decir cuando se lo solicitaban- y que daría al mundo una novela rodeada de un aura maldita -como supuestamente demuestra el hecho de que Mark David Chapman llevara un ejemplar en el bolsillo en el momento en que apretó el gatillo contra John Lennon-. Estos aspectos de su vida y de su obra serán repetidos hasta la saciedad y las nuevas generaciones de lectores sentirán una atracción irresistible hacia el personaje. Todo esto ocurrirá, no hace falta negarlo. Pero algunos seguiremos dando más importancia a la época en que Salinger luchó contra el nazismo. Se ha afirmado que se alistó al ejército para ensombrecer su alma con la experiencia de la guerra y ser de este modo un escritor más profundo. También se ha dicho que El guardián entre el centeno es una metáfora de la II Guerra Mundial. Quién sabe, todo es posible. Sin embargo, sea cual sea la verdad, no debemos olvidar que hubo una época en que Salinger no sólo no quiso vivir aislado, sino que además viajó hasta Europa para que tampoco lo hiciéramos nosotros. Lo demás, creo, importa poco.

(Publicado en El Mundo el 03 de enero de 2019).

Dos lenguas

EL DOMINGO pasado, Javier Cercas publicó un artículo de opinión en El País Semanal (Dos lenguas, dos literaturas y un golpe, 2 de diciembre) en el que, apoyándose en unas declaraciones del crítico Ignacio Echevarría, afirmaba que la literatura catalana estaba compuesta por dos tradiciones (la escrita en catalán y la escrita en castellano) que prácticamente no se comunicaban entre sí. Y a continuación reflexionaba sobre el papel que, en su opinión, habían jugado los políticos separatistas en todo este asunto.

Hace unos años, yo habría suscrito la primera parte de ese artículo sin cambiarle ni una coma, pero actualmente creo que hay que añadirle alguna nota a pie de página. Es cierto que, como dice Cercas, los escritores en castellano han mirado tradicionalmente por encima del hombro a sus colegas en catalán, sobre todo al verse respaldados por un sistema editorial y una atención mediática que superaban con creces a las que estaban a disposición de los otros. Y en consecuencia sería lógico pensar que dicho desequilibrio pudo alimentar cierto resentimiento por parte de los autores en lengua catalana.

Pero no creo que, a fecha de hoy, se pueda seguir afirmando que las dos literaturas no interaccionan. De hecho, creo que ocurre justamente lo contrario. El incremento de la producción en catalán ha sido tan salvaje en el último lustro -los datos de Editors.cat lo demuestran- que ya hay incluso quien habla de una burbuja editorial. Actualmente, se publica mucho, se escribe mucho y, lo más importante, se lee mucho en catalán. Estamos viviendo una transformación de carácter histórico que, indiscutiblemente, va ligada a la situación política del país. Porque el procés ha cometido muchos fallos, esto salta a la vista, pero también ha tenido aciertos, el más interesante de los cuales ha sido la concienciación de que, en Cataluña, existía una cultura arrinconada.

Esto ha hecho que muchísimos escritores catalanes en castellano -entre los que me incluyo- hayamos tomado conciencia de que nos habíamos dejado llevar por nuestros propios intereses y de que no habíamos atendido a la cultura en catalán con el rigor que se nos presuponía. A este respecto, reconozco sin esconderme que, hace diez años, yo no leía absolutamente nada en catalán y que, más grave todavía, no era consciente de estar haciendo nada mal. Y tengo una enorme cantidad de colegas que, aunque ahora lo nieguen, vivían en el mismo limbo que yo. Por suerte, esto ha cambiado. Hoy ser escritor en Cataluña y no leer en catalán no sólo es un anacronismo, sino también una indecencia que ya no comete casi nadie.

De igual forma, la interrelación entre ambos grupos de autores ha mejorado de forma sustancial. Si es cierto que hace unos años ambos mundos discurrían en paralelo, también lo es que hoy la interacción es -hiperventilados al margen- total. Cercas ponía el ejemplo de Gonzalo Torné y de sí mismo para mostrar casos de escritores que atienden a ambas lenguas por igual, pero a continuación decía que «no creo que resulte fácil encontrar escritores en castellano con un interés por la literatura en catalán que sobrepase el límite de lo superficial y consabido». Y aquí es donde se equivoca. Porque lo difícil es, a día de hoy, encontrar lo contrario, es decir, a escritores que no se interesen, de un modo profesional y personal, por lo que hacen sus colegas de la otra tradición.

(Artículo publicado en El Mundo Cat, el 04 de diciembre de 2018)

Luna Miguel: En guerra constante

Pocas escritoras han soportado tantos comentarios machistas como Luna Miguel. Publicó su primer poemario a los 18 años y su carrera despegó con tanta fuerza que enseguida llegaron las envidias... y las bromas. Algunos periodistas escribieron que era ''insultantemente joven'', ''un producto de los 'selfies' y las redes sociales'' y ''carne de revistas de tendencias'', e incluso hubo quien afirmó: ''Su belleza eclipsa su obra''. Por suerte, mientras unos se fijaban en la mujer, otros leían su libro. Y la aplaudían. Ahora Luna Miguel aparca momentáneamente la lírica para lanzarse a la narrativa. Publica El funeral de Lolita (Lumen), una novela protagonizada por una treintañera que recuerda la época en que, siendo adolescente, mantuvo una relación con su profesor de Literatura.

YO DONA. Quiero empezar con una pregunta muy directa: ¿se ha sentido alguna vez la Lolita de la literatura española?

Luna Miguel Me lo hicieron sentir. Durante mucho tiempo me atacaron por ese lado. De hecho, llegó a publicarse un titular en el que, directamente, me llamaban Lolita. Como es evidente, nunca me he sentido identificada con ese nombre y, además, me molesta que lo usen con la evidente intención de aplastar a una mujer joven que tiene ambición en la vida.

Pocas escritoras han sufrido tantos ataques como usted…

A la argentina Pola Oloixarac le ocurrió lo mismo cuando publicó Las teorías salvajes. En las reseñas había constantes alusiones a su aspecto. Todo esto demuestra que no solo te odian por ser joven, sino también por hacer bien tu trabajo. Y encima añaden su mirada lasciva.

Antes de empezar a publicar, ¿se imaginaba que el mundo literario sería tan cafre?

No. Pero lo asimilé cuando todo aquello empezó a pasar. Recuerdo que, con 13 años, asistí a un recital de Miriam Reyes en la Biblioteca Pública de Almería y pude escuchar una conversación en la que otros poetas, algunos de ellos profesores en mi instituto, hablaban de sus tetas. Yo había acudido al evento porque admiraba su trabajo; ellos habían ido para mirar su cuerpo

.En el mundo de la poesía hay muchas autoras jóvenes y poquísimas maduras.

Siempre ha sido así. Las mesas de poetas emergentes en los festivales suelen estar compuestas por mujeres jóvenes, pero las de consagrados solo tienen a hombres mayores. Eso no es casual, es algo provocado. De hecho, todas las escritoras jóvenes sabemos que hay un organizador de festivales que siempre pide al hotel que nos aloje en las habitaciones contiguas a la suya. Estas cosas pasan... y seguirán pasando.

Estas denuncias que usted hace, ¿le han traído consecuencias?

Sí, a veces me escriben escritores o programadores advirtiéndome de que voy por mal camino, de que no me volverán a invitar a actos, de que estoy más guapa calladita. Pero no me preocupa. Si no quieren invitarme, que no lo hagan. Hay muchos sitios donde recitar.

La protagonista de su novela, una mujer de 30 años que en su adolescencia mantuvo una relación con un hombre mayor, pregunta a una amiga embarazada: «¿Tienes miedo? (...) De ser madre de una niña. Una niña que en 15 años será como éramos nosotras y sufrirá como sufrimos nosotras». Es una visión muy pesimista sobre la evolución de la sociedad...

Pero, ¡cuidado!, yo no coincido con la opinión de mi personaje. A mí me parece que han cambiado muchas cosas. Cada vez hay más festivales con mujeres en la organización y las compañeras nos apoyamos mutuamente, cosa que antes no ocurría.

Pero hace dos años Facebook censuró su cuenta al descubrir que usted había colgado la portada de El dedo (Capitán Swing, 2016), un libro sobre la masturbación femenina. ¿Realmente cree que las cosas están cambiando?

Bueno, tal vez no tanto, pero al menos ahora las mujeres somos conscientes de estos problemas. Y los denunciamos. Entre todas hemos tejido una red de seguridad que hace que, si haces público un abuso de ese tipo, la sociedad crea en ti.

¿Cómo se documentó para escribir El funeral de Lolita?

Durante algún tiempo escribí artículos y ensayos breves sobre el tema, y los publiqué en PlayGround [revista digital en la que trabaja]. Entonces empecé a recibir correos de chicas que habían mantenido relaciones con hombres bastante más mayores que ellas.

¿Más de los que esperaba?

Sí, muchos más. Pero es que la relación entre una chica joven y un hombre mayor es muy común. Me atrevería a decir que el 70% de mis amigas del instituto y la universidad han tenido alguna con un hombre que las superaba en edad 15 o 20 años. De ahí que decidiera escribir una novela en la que la voz principal fuera la de una de estas lolitas, no la del hombre.

¿Qué buscan ellas y ellos al iniciar este tipo de relaciones?

En el caso de los hombres, poder; en el de las adolescentes, experimentación. Por tanto, ellos quieren controlar y ellas, aprender. Pero la responsabilidad siempre recae sobre el adulto, por razones obvias. De ahí que Humbert Humbert [protagonista de la novela Lolita, de Vladimir Nabokov] sea un indeseable.

(Entrevista publicada en Yo Dona el 10 de noviembre de 2018).

No hay nada como desmayarse en la librería Nollegiu

En el mundillo cultural barcelonés no se es nadie si no se tiene una anécdota vinculada a la Nollegiu. El local abrió sus puertas hace cinco años y el pasado domingo su propietario quiso celebrarlo por todo lo alto. Más de un centenar de personas -entre las que destacaba una cincuentena de escritores, además de una buena cantidad de periodistas, traductores, editores y, sobre todo, lectores- acudió al evento con ganas de pimplarse una cerveza a la salud deXavi Vidal, y la fiesta resulto tan divertida que incluso la lluvia se retiró durante un rato. ¿Milagro? Quién sabe. Tal vez a Dios le guste esta librería.

Vidal había comprado camisetas blancas para los autores. En cada una de ellas, una pregunta estampada en el pecho, ¿Quién diablos es...?/¿Qui diantres és...?, seguida del nombre del escritor que la llevaba. La idea resultó de lo más efectiva no sólo porque los literatos pudieron fingir que se conocían entre sí, sino también porque permitió que los lectores pusieran cara a sus creadores preferidos. Ahora bien, el asunto de las tallas fue lo mejor de todo. Porque, si unos iban con la prenda tan arrapada que no dejaban ni un michelín a la imaginación, otros parecían auténticos fantasmas con sábana incorporada. De hecho, a Marta Orriols le tocó una talla XL y el librero le sugirió que se pusiera un cinturón y luciera la camiseta a modo de vestido. Por su parte, Robert Juan-Cantavella se encogió de hombros al descubrir que habían colocado el guion de su apellido detrás de su nombre de pila. No se enfadó. Total, está más que acostumbrado.

Los autores bebieron cerveza, comieron patatas fritas y contaron algunas anécdotas vinculadas al local. Por ejemplo, Míriam Cano rememoró el día en que regaló a Vidal una página de las galeradas de su poemario Buntsandstein(Viena, 2013) para que la usara de amuleto, y Julià Guillamon recordó la época en que su madre, oriunda del barrio, se compraba la ropa en La Juanita, es decir, en el mismo local donde hoy se alza la Nollegiu y donde, según las malas lenguas, hay un sofá en el que Jordi Corominas pasa sus noches frías. Y es que no se puede negar que, si alguien nos preguntara ahora mismo dónde viven Corominas y Sergio de Diego, todos responderíamos que en la calle Pons i Subirà. Ellos son, en realidad, el auténtico amuleto de Xavi Vidal.

Ah, y para terminar, mi propia anécdota vinculada a la librería. Sucedió este mismo domingo, durante la celebración, cuando la fiesta estaba en pleno apogeo. Andaba yo tan campante entre la gente cuando me sobrevino una bajada de tensión y tuve que sentarme en una butaca para no caer al suelo. Los invitados me socorrieron, me abanicaron y me trajeron algo de beber, y cuando me hube recuperado, Corominas me acompañó a un taxi. Esa misma tarde, escribí a Carlos Zanón para preguntarle cómo había acabado el sarao y me respondió con su guasa habitual: «Lo más divertido ha sido verte más blanco que una hoja de papel». Cabrito.

(Artículo publicado en El Mundo Cat, el 01 de noviembre de 2018).

El escritor que nunca sonreía

HACE AHORA quince años, en concreto el 18 de octubre de 2003, falleció el escritor que nunca sonreía: Manuel Vázquez Montalbán. Y esta semana, la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña/Associació Col·legial d'Escriptors de Catalunya (ACEC) le rindió homenaje en sus XVII Jornadas Poéticas. Ocho intelectuales de altura compartieron sus recuerdos con el creador de Pepe Carvalho, centrando su atención en el hecho de que Manolo -así llamado por quienes lo conocieron- siempre se consideró, por encima de todo, un poeta. Entre los participantes Manuel Rico, Quim Aranda, Guillermo Carnero, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Eduardo Mendoza, Carlos Zanón, Josep Maria Pou y David Castillo, presidente de la entidad.

Vázquez Montalbán publicó más de una decena de poemarios, pero se convirtió en un escritor popular gracias a la renovación -e incluso introducción- del género policíaco en nuestro país, así como a la repercusión que sus columnas de opinión tuvieron en la sociedad española. Sin embargo, él disfrutaba especialmente cuando componía unos versos que, en opinión de Eduardo Mendoza, buscaban «que el ciudadano viviera su realidad de un modo poético», es decir, que aspiraban a que la mediocridad que domina nuestras vidas pudiera ser vista como un acontecimiento de carácter literario. Su intención de crear una «épica de la cotidianidad» lo convirtió en un escritor rupturista, lo cual hace que el olvido de su actividad poética sea si cabe más injusto.

Con todo, no cabe duda de que fueron sus novelas las que recibieron el aplauso de las masas. Carlos Zanón contó que, cuando él era adolescente, intercambiaba con sus amigos ejemplares de los relatos protagonizados por Pepe Carvalho sin que ninguno de ellos tuviera la sensación de que estaban manejando un producto de naturaleza cultural. «Simplemente nos pasábamos unos libros con los que sabíamos que nos divertiríamos -dijo durante su intervención-, tal y como hacíamos con los discos o los cómics que nos molaban». En mi opinión, estas palabras constituyen uno de los mayores piropos que se puede hacer a un escritor.

Los artículos periodísticos de Vázquez Montalbán también marcaron a una generación. Quienes tuvimos ocasión de conocerlo personalmente todavía recordamos su extraordinaria capacidad para hablar en titulares. Yo lo entrevisté en 1997, con motivo de la publicación de Quinteto de Buenos Aires(Planeta). Nos habíamos citado en las oficinas de la agencia literaria Carmen Balcells. Tan pronto como me saludó, me preguntó por la extensión que tendría la entrevista al ser trasladada al papel y, cuando le dije el número de páginas que me habían asignado, asintió en silencio. En aquel momento, no entendí para qué quería aquella información, pero, a medida que la conversación avanzaba, me di cuenta de que ajustaba sus respuestas al espacio del que yo disponía en la revista. Cada una de sus frases era un titular, no soltó ningún pensamiento al azar, no derrochó ni una palabra innecesaria. Era el periodista perfecto incluso cuando jugaba el papel de escritor.

Manuel Vázquez Montalbán no tiene en nuestra memoria colectiva el lugar que sin duda merece. Pasan los años y su recuerdo se disipa. Por suerte, ahora se está rescatando su legado, principalmente gracias a la labor de escritores como Carlos Zanón, que en breve resucitará a Pepe Carvalho, y de asociaciones como la ACEC, que lucha por la defensa de los escritores incluso cuando ya han muerto.

(Artículo publicado en El Mundo, el 02 de noviembre de 2018).

Cervantes en Barcelona

LA SEMANA pasada, el Institut Ramon Llull, el ICUB (Institut de Cultura de Barcelona) y el ICEC (Institut Català de les Empreses Culturals) convocaron a varias asociaciones de escritores para informar sobre los pasos que habrían de seguir a la hora de llevar a buen puerto la invitación que la Feria del Libro de Buenos Aires ha lanzado a Barcelona para convertirla en 'ciudad de honor' de su edición de 2019.

Como vocal de la Junta de la ACEC (Associació Col·legial d'Escriptors de Catalunya/Asociación Colegial de Escritores de Cataluña), entidad de carácter sindical que defiende a todos los literatos independientemente de la lengua en que se expresen, asistí a la reunión junto a nuestro presidente, David Castillo, y escuché con interés las explicaciones que Izaskun Arretxe (IRLL), Marina Espasa(Barcelona Ciutat de la Literatura) y Joaquín Bejarano (ICEC) dieron sobre el modo en que pensaban distribuir los cuatrocientos mil euros con los que cuentan para su participación en un evento que se extenderá entre el 23 de abril y el 12 de mayo del próximo año. A grandes rasgos, el programa es el siguiente: trasladar a unos 35 escritores de la capital catalana, defender la existencia en Barcelona de una de las cadenas del libro más sólidas del mundo, desplegar un mapa literario de la ciudad y, por último, hacer hincapié en la historia de exilios cruzados que ambos países/ciudades tuvieron a lo largo del siglo pasado.

Hasta aquí, todo perfecto. Sin embargo, hubo un punto que nos hizo arquear la ceja. Los organizadores manifestaron su intención de aprovechar la popularidad de la que gozan ciertos escritores barceloneses (léase los que escriben en castellano, como Juan MarséEnrique Vila-Matas o Eduardo Mendoza) para difundir la obra de los autores en lengua catalana que, debido a las dificultades de traducción, son desconocidos para el público argentino. Como estrategia de promoción, no está mal. Pero, lógicamente, nosotros alzamos la mano para recordar a los organizadores que en esta ciudad también hay autores que escriben en castellano y que, pese a esto, nadie conoce en aquellas tierras. Porque, oigan, para saltar el charco no basta con un idioma común. Al oír nuestra protesta, tanto Arretxe como Espasa y Bejarano nos dieron la razón y aseguraron que elegirían a los representantes de la literatura barcelonesa de un modo equitativo, evitando convertir el acontecimiento en la fiesta de la parcialidad. Y es que la Feria de Frankfurt 2007 sigue estando en el pensamiento de muchos, la verdad. El Ramon Llull dice que eso no ocurrirá en esta ocasión y, de momento, nosotros nos alegramos.

Pero en la reunión se abordó otro asunto que también requiere de una reflexión. Según aseguraron los organizadores, el Instituto Cervantes -o, en su defecto, el Centro Cultural de España en Buenos Aires- no se ha puesto en contacto con el Ramon Llull o con el Ayuntamiento para ofrecer su colaboración. Y esto ya es de juzgado de guardia. Desde el momento mismo de la designación, el gobierno central tendría que haber telefoneado al Institut Ramon Llull con la intención de acordar estrategias comunes para la promoción de los autores barceloneses que ahora tienen la oportunidad de dar a conocer su obra en Argentina. De hecho, lo normal sería que el Cervantes se ocupara de los autores catalanes en lengua castellana y que el Llull hiciera lo propio en la catalana. Pero en este país (Catalunya o España, me da igual) ya no hay nada normal. Y los que acaban pringando son, como siempre, los que sólo quieren trabajar.

(Artículo publicado en El Mundo el 02 de octubre de 2018).

Una pluma blanca para José María Aznar

El 3 de junio de 2010 tuve ocasión de intercambiar algunas impresiones con el doctor Abdul Razak Jalil Alissa, en aquel entonces rector de la Universidad de Kufa (Irak), sobre la época en que el ejército español se acantonó en su campus. Me encontraba en la ciudad santa de Najaf porque estaba documentándome para una novela de no ficción (‘Aunque caminen por el valle de la muerte’, Literatura Random House, 2017) en la que habría de reconstruir, minuto a minuto, la batalla más importante de cuantas ha librado el ejército español en los últimos sesenta años, concretamente desde el asedio de Sidi-Ifni. Me refiero, cómo no, a la Batalla de Najaf.

El rector me recibió con los brazos abiertos. De hecho, se mostró tan entusiasmado con mi llegada que enseguida comprendí que algo no cuadraba. No me equivoqué. Al parecer, alguien le había dicho que yo era un representante del Gobierno español que venía a ofrecer algún tipo de compensación por los destrozos causados en el recinto universitario. Cuando negué mi pertenencia al Ejecutivo y aclaré que solo pretendía obtener su permiso para visitar el campus, se enojó. ‘Vuestros soldados se marcharon y nadie nos indemnizó por el modo en que dejaron el lugar -me espetó airado-. Los edificios están inservibles, las paredes se caen a pedazos, las fachadas continúan tachonadas de balazos’. Balazos. Eso era lo que yo había ido a buscar: los impactos de bala que demostraban que los efectivos enviados por José María Aznar a Irak habían participado de un modo activo en la guerra. Los chicos de la Brigada Plus Ultra II habían combatido, se habían visto obligados a matar y algunos incluso habían estado a punto de morir. Y nadie reconocía esa acción.

La Batalla de Najaf (4 de abril de 2004) enfrentó a trescientos soldados españoles contra un millar de insurgentes del autoproclamado Ejército del Mahdi. Fue una carnicería. Las cifras de iraquíes muertos en combate oscilan según la fuente: desde 30 hasta 400. En el campus universitario, rebautizado para la invasión como Base Al-Andalus, también había militares salvadoreños, hondureños y estadounidenses, así como mercenarios de la compañía privada militar Blackwater. Un miembro del Batallón Cuscatlán II, Natividad Méndez Ramos, falleció en acto de servicio y trece compañeros de su misma nacionalidad, así como tres norteamericanos, resultaron heridos de diversa gravedad. La unidad mecanizada de la Brigada Plus Ultra II, compuesta por cuatro blindados BMR, tuvo que abandonar el acuartelamiento en pleno fragor de la batalla para rescatar a un pelotón salvadoreño que había quedado aislado en el exterior. Sus ocupantes se jugaron la vida, fueron acribillados, tuvieron que defenderse. Hoy muchos de ellos siguen sufriendo pesadillas. Son los veteranos de un conflicto que la semana pasada, durante su comparecencia en la Comisión de Investigación sobre la Financiación del PP, el expresidente del Gobierno se atrevió a negar: ‘España no envió soldados’.

En este país hay hombres y mujeres que todavía conservan en la retina las imágenes del 4 de abril y que han sido silenciados no sólo por los distintos ejecutivos, sino también por los mismísimos ministros de Defensa. En sus ‘Memorias de entreguerra’ (Planeta, 2005), Federico Trillo se pule la batalla en un par de párrafos, y en una conversación que no me permitió grabar, su sucesor en el cargo, José Bono, se refirió a aquel enfrentamiento como ‘un tiroteo sin importancia’. Algunos de los soldados que participaron en dicho ‘tiroteo’ han solicitado un ‘Reconocimiento al valor’ por haberse jugado la vida defendiendo Base Al-Andalus, pero el alto mando ha rechazado la petición en reiteradas ocasiones, obligando a unos cuantos a intentarlo por vía judicial. El Ministerio alega que no se puede dar esa distinción a quien no ha estado en una guerra y, como oficialmente la Brigada Plus Ultra II sólo participó en una ‘Misión humanitaria y de restablecimiento de la seguridad’, no hay más que hablar. Curiosamente, sus superiores, el general Fulgencio Coll y el entonces coronel Alberto Asarta, fueron aplaudidos, aupados y promocionados por su labor, cuando lo cierto es que las opiniones entre la tropa sobre su liderazgo dejan mucho que desear. Eso por no hablar del retrato que Paul Bremer III dibuja en sus memorias ‘My Year in Iraq’ (Simon & Schuster, 2006), en las que ridiculiza de un modo más que cruel las decisiones tomadas por los mandos españoles durante aquella fatídica jornada.

La semana pasada José María Aznar no sólo continuó silenciando los gravísimos conflictos armados a los que nuestras tropas hicieron frente en Irak, sino que incluso negó que hubieran estado allí. Y, mientras tanto, trescientos soldados españoles -no pocos de los cuales han abandonado el ejército por pura decepción- siguen despertando entre sudores. No es difícil suponer que muchos de ellos regalarían una pluma blanca al expresidente español. Una de esas plumas que, en el ejército británico de la sociedad victoriana, simbolizaba lo peor que puede tener un hombre en el campo de batalla: cobardía.

(Publicado en eldiario.es el 29 de septiembre de 2018)

El tiempo envejece deprisa pero algunos libros no se estropean

No hay en este país un escritor que no haya soñado con publicar en Anagrama. Existen otras editoriales de calidad, es cierto, pero las que tienen su misma antigüedad han perdido la independencia y las que son independientes no han alcanzado su prestigio. Ahora el mítico sello barcelonés pertenece a Feltrinelli y, aunque nadie sabe qué ocurrirá en el futuro, no parece que las cosas vayan a cambiar demasiado: el grupo italiano ha demostrado en numerosas ocasiones su enorme respecto hacia la literatura, las editoras Silvia Sesé e Isabel Obiols son un sello de garantía, la larga sombra de Jorge Herralde sigue cubriéndolo todo. Anagrama continuará siendo el sueño húmedo de los escritores jóvenes... y, no nos engañemos, también, de otros más viejos.

Antonio Tabucchi dejó escrito aquello de «el tiempo envejece deprisa» y el jueves pasado, durante la clausura del XXIII Máster de Edición de la Universitat Pompeu Fabra, Javier Aparicio Maydeu añadió eso de «pero el talento nunca desaparece». Lo dijo mirando a Herralde, para quien había organizado un homenaje en el auditorio de la calle Balmes y a quien Carlo Feltrinelli había enviado una carta -a última hora, el italiano tuvo que excusar su presencia por motivos familiares- en la que definía a su amigo como un «gigante de la cultura europea». El auditorio aplaudió lo que era una verdad evidente y volvió a hacerlo cuando Carlota Torrents invitó a Lali Gubern a subir al escenario para tomar asiento junto a su marido.

El público estaba compuesto por grandes nombres de la edición española (Silvia Querini, Pilar Beltran, Claudio López de Lamadrid, Juan Cerezo...), por agentes literarios (María Lynch, Gloria Gutiérrez, Silvia Bastos, Anna Soler-Pont...), por escritores tanto de la casa como de otros sellos (Rodrigo Fresán, Tina Vallés, Use Lahoz, Anna Ballbona, Albert Forns...) y por periodistas de primer orden (Josep Massot, Carles Geli, Xavi Ayén, Bernat Puigtobella...). Pero el grueso de la platea lo componía esos «alevines de la edición» (estudiantes del Máster) que lanzaron preguntas al más veterano de los editores, una de las cuales merece un hueco en este Toque de Queda: «¿Qué se siente al haber conseguido que su apellido sea incluso más importante que el nombre de su editorial?'». Herralde no terminó de contestar de una forma clara, no se sabe si por modestia o por no haber entendido al muchacho, pero tampoco hizo falta que lo hiciera. Porque la mera presencia de tantos personajes ilustres en el auditorio de la UPF ya era toda una respuesta.

Estamos cerca del fin de una época. Lo insinuó el mismísimo homenajeado al mencionar a cinco de sus mejores amigos no por orden de aparición en su vida, sino de desaparición en ésta: Carmen Martín Gaite, Roberto Bolaño, Rafael Chirbes, Ricardo Piglia y Sergio Pitol. Pero después recomendó a los estudiantes que, para sobrevivir en el mundillo de la edición, visitaran primero una «armería». Y, cuando el auditorio estalló en carcajadas, todos supimos que quedaba editor para rato.

(Crónica publicada en El Mundo Cataluña el 5 de julio de 2018)

Yo también soy Fotogramas

LA SEMANA pasada se hizo público que Hearst España desmantelaba una de las redacciones históricas del periodismo barcelonés: la de la revista Fotogramas. Y que lo hacía de un modo tan abyecto que daba la sensación de que la empresa seguía empleando los métodos de su fundador, William Randolph Hearst, empresario de la comunicación que se obsesionó tanto con el dinero que propició revueltas, revoluciones y guerras -véase el caso USS Maine- con el único objetivo de vender periódicos. Orson Wells se inspiró en su persona para rodar Ciudadano Kane y, viendo el modo en que sus herederos tratan a los trabajadores, ahora mismo a nadie le importa que semejante tiparraco añorara su maldito trineo.

El método empleado por Hearts España para deshacerse de la plantilla de Fotogramas ha sido el siguiente: primero anuncia a los diez trabajadores que traslada la sede a Madrid y luego les da treinta días para hacer las maletas, abrazar a sus hijos y plantarse en la capital. En otras palabras: no los despide, sólo los mandan a seiscientos kilómetros. En un extraordinario artículo publicado por Toni G. Iturbe en su cuenta de Facebook -nótese la importancia para la comprensión de nuestra época de que un periodista tan prestigioso tenga que colgar un texto en una red social, y no en un periódico- se resumía la situación de este modo: 'Al fin y al cabo, de lo que se trataba precisamente era de ponérselo tan difícil que renunciaran: de esa manera, la empresa, como no los despide, se los quita de encima con el mínimo gasto y tan ricamente'.

La revista Fotogramas nació en 1946 de la mano de Antonio Nadal Rodó y María Fernanda Gañán. A lo largo de su historia ha contado con colabores tan ilustres como Maruja Torres o Terenci Moix, por citar únicamente a dos, y en sus páginas se han publicado algunas de las entrevistas y críticas más importantes del sector cinematográfico. Siete décadas de existencia dan para muchas anécdotas y, teniendo Hearst España los números más que saneados, es una lástima que se ponga el punto final de un modo tan burdo a una de las redacciones con más solera de este país.

Como era de esperar, ninguno de los afectados ha aceptado el traslado a Madrid y, en consecuencia, todos han acabado de patitas en la calle. El colectivo Ronda -cooperativa de abogados que lucha por un mundo menos injusto- ha conseguido suavizar el despido, pero no parece que eso vaya a solucionar la vida de quienes tienen hijos, hipotecas y, sobre todo, un miedo atroz al futuro. Y es que, como añade Iturbe en su artículo, 'lo que está pasando estos años en el mundo de los medios de comunicación se contará con detalle dentro de unos años y no se entenderá cómo se permitió que sucediera'.

La advertencia que lanza Iturbe queda muy bien ejemplificada con lo sucedido en la redacción de Fotogramas, pero sólo hay que levantar la mirada para encontrar otros casos que muestran sobradamente el modo en que se está destruyendo la profesión. Sólo les mostraré uno: el otro día, charlando con el escritor Rodrigo Fresán, le comenté que hacía mucho tiempo que no leía ningún artículo suyo y él me respondió que, salvo alguna excepción, ya no colaboraba con medios españoles. Prefiere hacerlo con latinoamericanos porque, según aclaró, 'ahora mismo, en Ecuador, están pagando tres veces más por un artículo'. En Ecuador, sí.

No creo necesario decir mucho más para intuir las técnicas con las que el capitalismo está destrozando una profesión fundamental para la defensa de nuestros derechos.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña el 3 de junio de 2018).

Los hombres que no abrazan a sus hijos: panorámica de la literatura viril

Al principio de todo, cuando la literatura apenas era un proceso en construcción y, por tanto, cuando todavía no se habían fijado los arquetipos a los que los escritores habrían de agarrarse durante los siglos posteriores, Homero esbozó dos modelos de virilidad. Uno lo encarnaba Héctor, el héroe que escuchaba a las mujeres; otro, Aquiles, el guerrero que se adoraba a sí mismo. En una de las escenas más conmovedoras de la Ilíada, el primero se acerca al hijo que Andrómaca le ha dado y lo observa en silencio. Lógicamente, el niño se asusta ante la armadura que asoma por el cielo de su cuna y rompe a llorar, reacción que incita al padre a sacarse el casco, mostrar su rostro desnudo y, cogiendo al bebé con ambas manos, elevarlo por encima de su cabeza para rogar a los dioses que lo conviertan en un hombre más justo y más valiente que él. Como comenta Luigi Zoja en su ensayo El gesto de Héctor (Taurus), esta acción supuso una revolución en la época, ya que, hasta ese momento, los padres veían a sus hijos como seres inferiores, fardos que debían arrastrar durante años, molestias que las mujeres traían al mundo sin que nadie se lo hubiera pedido.

Héctor fue el primer héroe que antepuso el bienestar de su descendiente al suyo propio, convirtiéndose de este modo en el paradigma del hombre tierno, protector e inteligente. Pero ese modelo de masculinidad apenas habría de durar unas escenas. Porque, algunas estrofas después, Aquiles se enfrenta al príncipe en combate y no sólo lo derrita clavándole una lanza en el cuello, sino que además ata su cadáver a un carruaje y los arrastra por la arena ante la mirada atónita de los troyanos. Es el triunfo del hombre violento sobre el hombre sensible. Del puño sobre la caricia. De lo masculino sobre lo femenino.

Homero marcó el camino –los héroes serán agresivos o no serán– y los escritores posteriores siguieron la senda marcada por el padre. Aquiles representa la virilidad que continúa apareciendo en la épica contemporánea, y aunque algunos autores han tratado de ensalzar a Héctor, la literatura sobre la masculinidad sigue empeñada en dibujar al héroe como un hombre dotado de tres características: coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad. Tanto es así que, como han recalcado en varias ocasiones las escritoras Laura Freixas y Luna Miguel, prácticamente no existen novelas escritas por hombres en las que el tema central sea el embarazo de sus parejas, las tareas del hogar o la rutina fuera del ámbito laboral. Estas situaciones tan habituales en la vida de cualquier varón no encuentran su correlato en la literatura occidental, siendo las grandes gestas –entendidas en cualquiera de sus acepciones– los argumentos que predominan en la narrativa escrita por varones.

Atendiendo a las tres características antes citadas –coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad–, se puede señalar a algunos autores que han incidido cuando menos en alguna de las mismas, y nada mejor para hacerlo que empezando por Philip Roth, escritor de quien algunos críticos llegaron a decir que nadie entendía a los hombres como él. Salta a la vista que se trata de una afirmación arriesgada, habida cuenta de que lo normal es que los lectores no se identifiquen con la sexualidad desaforada que muestran sus personajes. Sin embargo, a lo largo de las últimas décadas no han faltado (supuestos) especialistas que se han atrevido a afirmar que sus novelas reflejan una especie de anhelo que domina secretamente a todos los varones: tener sexo a todas horas. El propio autor defendió en varias ocasiones que las contradicciones de los judíos y la ‘furia erótica’ de los perturbados eran los ejes vertebradores de sus obras, algo que quedó demostrado en El mal de Portnoy (1969), novela protagonizada por un masturbador compulsivo que cuenta a su psiquiatra sus aventuras amorosas. Se trata del título más importante de Roth y, si el puritanismo que nos invade no lo impide, su eco resonará en la literatura universal durante mucho tiempo.

Otro escritor que ha sido señalado como representante de eso que podríamos llamar ‘literatura de la virilidad’ es David Vann. De sus novelas se ha dicho que muestran al hombre enfrentándose a la Naturaleza y, acaso más importante, a su propia familia. Sus novelas Sukkwan Island (Alfabia, 2010) y Caribou Island (Mondadori, 2011) causaron una auténtica conmoción entre una crítica especializada que, hasta ese momento, concebía el ‘nature writing’ como una actividad literaria más volcada hacia la reflexión que hacia la acción, pero que se levantó de la butaca cuando aquel alaskeño apareció en escena con unos argumentos que planteaban la relación del hombre con el entorno salvaje tal que si fuera la batalla de un único espartano contra todas las huestes de Jerjes I. Además, en aquel entonces todavía resonaban en nuestras cabezas los párrafos de Salir a robar caballos (Bruguera, 2007), una novela de Per Petterson en la que el bosque era el elemento hostil en el que los hombres debían sobrevivir. Curiosamente, desde hace algunos años, y sobre todo gracias a la labor de editoriales como Errata Naturae, estamos asistiendo, cuando menos en España, a una transformación del ‘nature writing’ por la cual se rescata la obra de mujeres que también disfrutaron enfrentándose a la Naturaleza. Este fenómeno, iniciado años atrás por autoras como Annie Dillard (Una temporada en Tinker Creek, Errata Naturae, 2017), Sue Hubbell (Un año en los bosques, Errata Naturae, 2016) o Alice Herdan–Zuckmayer (Una granja en las Green Mountains, Periférica, 2018), ha dado la vuelta al género, rompiendo la idea de que lo salvaje es territorio masculino.

En lo tocante a la escena bélica, ocurre algo similar. Si hasta ahora concebíamos la guerra como un territorio estrictamente masculino, la irrupción de cineastas como Katherine Bigelow o de escritoras como Shani Boianjiu ha demostrado que las armas no son exclusiva de ellos y que, si hasta el momento eran los hombres quienes contaban este tipo de historias, se debía antes a las dificultades que ellas encontraban a la hora de acceder al universo castrense que a la falta de ganas de hacerlo. Con todo, y volviendo al asunto de la virilidad, es evidente que la narrativa bélica cuenta con una lista de autores interminable. De hecho, se podría afirmar que la literatura nació en un campo de batalla –recordemos a Homero– y que jamás lo ha abandonado. Pero, puestos a elegir un autor, ninguno como Tim O’Brien, cuya novela –o quizá libro de relatos– Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama, 1993) se ha convertido en un clásico contemporáneo. O’Brien ya había escrito algunos libros en los que narraba sus experiencias como soldado en Vietnam, pero en este volumen decidió explicar esas mismas situaciones a través de la ficción, es decir, alteró su propia biografía con la intención de construir una historia que transmitiera las mismas verdades que él descubrió durante su temporada en los arrozales del país asiático. Posteriormente, Phil Klay haría algo similar con Nuevo destino(Literatura Random House, 2015), otra compilación de relatos con Irak como telón de fondo que mereció en National Book Award, amén de ser públicamente recomendado por el mismísimo Barack Obama.

En el terreno de la violencia, y dejando de lado el género negro, no cabe duda de que el gran autor contemporáneo es Donald Ray Pollock. Su novela El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) hizo que ese autor desconocido –empezó a publicar superados los cincuenta años– se convirtiera en un escritor de prestigio internacional, algo sumamente difícil si se valora que la temática de dicha obra era, simple y llanamente, el Mal. El libro es un conjunto de historias ambientadas en un Ohio absolutamente sumido en la pobreza material y espiritual por el que pasea un personaje que, por así decirlo, sólo tiene un objetivo en la vida: vengarse del mundo. Y lo hará con una crueldad tan extrema que, gracias al estilo aplicado por el autor, recuerda a la Ira de Dios o, mejor dicho, del Diablo. Se ha repetido hasta la saciedad que Donald Ray Pollock es el escalón lógico en la evolución literaria tras el éxito de Cormac McCarthy, pero la afirmación no resulta acertada por un único motivo: los personajes del primero carecen de cualquier tipo de código moral, mientras que los del segundo, aun pudiendo no coincidir con la nuestra, se rigen por una ética muy concreta.

Ahora bien, sería injusto afirmar que la ‘literatura de la virilidad’ pone el foco única y exclusivamente sobre la violencia o la sexualidad. De hecho, existen infinidad de ejemplos en los que la masculinidad no se manifiesta a través de esos instintos básicos y en los que, de alguna forma, se pretende encontrar un modelo de hombre que recupere la esencia de ese otro arquetipo creado por Homero, es decir, el del modelo representado por aquel Héctor que, además de escuchar a las mujeres, amaba a sus hijos. Por citar sólo a dos, mencionaremos a William Kotzwinkle y a Kent Haruf. El primero publicó El nadador en el mar secreto (Navona, 2014), una novela en la que se narra el nacimiento de un hijo muerto con una sobriedad pasmosa. De hecho, esta parquedad en lo tocante al discurso sentimental podría hacernos pensar en la ‘frialdad en las emociones’ de la que hablábamos antes, pero sería un error, ya que Kotzwinkle convierte la contención poética en un ejercicio emocional mucho más contundente que el más desgarrado de los lamentos. En cuanto a Haruf, sólo se puede decir que muestra la virilidad desde la única perspectiva que debería importarnos: la de los hombres que, habiendo llegado a cierta edad, saben que no tienen que demostrar nada. Y es que su novela Nosotros en la noche, en la que narra el romance entre dos ancianos que se conocen de toda la vida, desprende tanta belleza que no habrá lector, varón o hembra, que no sueñe con llegar a la vejez con la misma capacidad de seguir amando que sus protagonistas. Toda una lección de auténtica masculinidad.

(Publicado en CTXT, el 16 de julio de 2018).

El Premi Crexells

LA POLÉMICA en torno a la 47º edición del Premi Crexells ha dejado algunos flecos que convendría peinar. A mediados de la semana pasada, los miembros del jurado decidieron añadir, «por respeto a los aspirantes», cuatro obras a las siete seleccionadas por un escasísimo porcentaje de socios del Ateneu Barcelonès y de usuarios de los clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona. La comisión alegó que la participación había sido tan insuficiente que habían quedado excluidos algunos títulos de indudable calidad y, en una decisión cuando menos discutible, optó por reintroducir en la selección unas obras previamente descartadas.

Ante semejante alteración de las bases, la escritora Tina Vallès anunció la retirada de su novela, gesto que fue inmediatamente secundado por el resto de candidatos. Un día después, la vicepresidenta primera del Ateneu Barcelonès, Gemma Calvet, renunció a su cargo por «discrepancias en la gestión de la crisis Crexells y por otras discrepancias anteriores con la junta», y la institución suspendió la convocatoria del premio, anunciando que abriría «un proceso de reflexión que permita mantener el prestigio del decano de los premios catalanes».

Hasta aquí, la información. Y ahora, lo otro.

El jurado consideró que la participación popular había dejado fuera obras de gran valor. De acuerdo. Pero, ¿cómo tuvo lugar dicha participación? Soy conductor de tres clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona y, en consecuencia, cada año recibo el encargo de solicitar a los usuarios que voten por uno de los títulos de la lista de aspirantes al Crexells. Dicha lista me suele ser entregada entre 15 y 30 días antes de la fecha acordada para el fin de la selección, lo cual implica exigir a los miembros de los clubes -lectores normales y corrientes, sin ningún vínculo profesional con el sector- que tomen una decisión en un tiempo récord. En la presente edición, se dio un mes para valorar 33 títulos.

Lógicamente, los lectores siempre se han mostrado indignados con esta metodología. Y lo han hecho por varios motivos: uno, no se les concede el tiempo necesario para leer; dos, no se les suministran los libros; y, tres, no se les indica el criterio a seguir. Esto hace que, salvo rarísimas excepciones, los usuarios se nieguen a votar. Debo reconocer que siempre me he sentido orgulloso de aquellos clubes que, según expresiones usadas por sus propios integrantes, rechazan tomar partido en semejante broma. A fin de cuentas, las bibliotecas son la base de la pirámide sobre la que se levanta parte de la industria editorial y, al defender el placer de la lectura por encima de cualquier otra consideración, sus usuarios son los encargados de mantener viva la llama de la cultura. Digámoslo claro: ellos siguen viendo la literatura como algo vinculado al comportamiento moral y se entristecen cuando detectan cualquier atisbo de desidia en un mundillo que todavía les hace vibrar.

Cuento todo esto porque no me parece correcto que el Ateneu Barcelonès alegue que el voto popular ha minusvalorado novelas de gran valor. Y no me parece lícito porque, primero, es un insulto a los lectores de verdad, ya que se da a entender que no saben elegir; segundo, porque se falta a la verdad al no aclarar que, si la gente no votó, fue porque ni se les suministró los libros ni se les dio tiempo para leerlos; y, tercero, porque se descarga sobre sus consciencias una responsabilidad que ni merecen ni tienen por qué aguantar.

(Publicado en El Mundo, el 04 de junio de 2018).

La era de la igualdad

Reunimos a cinco de los escritores más importantes del momento para debatir sobre igualdad y ficción. El encuentro se produce en La Vinoteca Torres de paseo de Gràcia y, entre vino y vino, los tertulianos extraen conclusiones sobre la manifestación del 8 de marzo, el fin del machismo, la confusión entre realidad y ficción, y la relectura en clave feminista de los grandes clásicos.

Pilar Eyre acaba de publicar Carmen la Rebelde (Planeta), en la que reconstruye la vida de la actriz -y amante de Alfonso XIII- Carmen Ruiz Moragas; Llucia Ramis ha ganado el Premi Llibres Anagrama de Novel·la con Les possesions (Anagrama/Libros del Asteroide), en la que relata una época oscura en la biografía de su padre; Najat El Hachmi ha vuelto al tema de la inmigración con Mare de llet i mel (Destino/Edicions 62), donde desgrana la historia de una marroquí afincada en Cataluña; Jordi Puntí ha sorprendido a la crítica con su libro de cuentos Això no ès Amèrica (Empúries/Anagrama) y ahora publica una loa al jugador de fútbol más importante de todos los tiempos titulada Tot Messi (ídem); y Agustín Fernández Mallo ha merecido el Premio Biblioteca Breve con Trilogía de la guerra (Seix Barral), una novela que reflexiona sobre las guerras, los muertos y el mundo en que vivimos. Juntos componen un equipo de primera división y han venido a la Vinoteca para charlar sobre los grandes temas del momento.

Pregunta.- ¿Estamos realmente en el año de las mujeres?

Pilar Eyre.- La época que vivimos se resume con dos imágenes: las mujeres de las zonas rurales saliendo a manifestarse el 8 de marzo y Carme Chacón pasando revista a las tropas durante su embarazo. Estos dos acontecimientos explican perfectamente lo que está ocurriendo.

Llucia Ramis.- La prueba de que el 8 de marzo fue un éxito la encontramos en las declaraciones de los políticos. Un día antes, quitaban importancia a la manifestación; un día después, todos decían que también eran feministas.

Najat El Hachmi.- Mi generación creció creyendo que el feminismo era una cosa desfasada, algo que hacían aquellas mujeres que quemaban sujetadores en los 70. Pero este año todas hemos abierto los ojos, nos hemos dado eso que Lucía Lijtmaer llama 'el golpe en la cabeza', y hemos unido nuestras protestas a las que ya lanzaron nuestras madres.

Pilar Eyre.- Es que las mujeres de mi generación tuvieron que luchar mucho para conseguir los derechos de los que ahora gozáis las jóvenes. Pero aún queda mucho por reclamar.

Pregunta.- De repente parece que todo el mundo es feminista. ¿Es creíble?

Agustín Fernández Mallo.- Sí. Y por un motivo: la primera mujer que luchó para conseguir que los hombres se pusieran preservativos no benefició únicamente a las mujeres, sino también a los hombres. A partir de ese momento, el feminismo dejó de ser una cosa de cuatro locas que quemaban sujetadores.

Pilar Eyre.- Quiero recordar que quemar un sujetador es muy difícil. Las varillas lo complican. Y sé de lo que hablo.

Agustín Fernández Mallo.- Claro, es que el primer diseñador de un sujetador realmente efectivo fue un ingeniero aeronáutico. Pero, volviendo al tema, en el siglo XXI ha habido dos grandes revoluciones: la teoría de género, que nos permite repensar el cuerpo; y la nueva ola feminista que por primera vez se ha convertido en algo transversal. El feminismo ya no es algo que afecte sólo a las mujeres.

Jordi Puntí.- De todas formas, el hecho de que el feminismo sea transversal hará que se convierta en algo superficial. Y hay que tener cuidado con eso.

Pilar Eyre.- Pues yo me alegro de que se popularice. Los animalistas conseguimos que se extendiera la idea de que maltratar a un animal era cruel, y ahora todo el mundo lo sabe. Lo mismo ha de ocurrir con el feminismo: si se populariza, el machismo descenderá.

Llucia Ramis.- Está bien que se popularice, pero también ha de ser profundo.

Pregunta.- ¿Y lo es?

Llucia Ramis.- Si no hubiera sido por la eclosión del feminismo, yo no me habría dado cuenta de que mis jefes me estaban minusvalorando. Por ejemplo, algunos críticos dicen que hay mucho sexo en mis novelas y, hasta ahora, yo me tomaba en serio sus comentarios. Pero me he dado cuenta de que a los escritores varones no les dicen esas cosas. Me las dicen a mí por ser mujer. Como si yo no tuviera derecho a tener deseo.

Pilar Eyre.- De todas formas, se acaba de publicar un informe que asegura que las mujeres no conseguiremos la igualdad real hasta dentro de cien años. En la década de los 20, las feministas quemaban corsés, no sujetadores, pero llegó el franquismo y todo volvió atrás.

Llucia Ramis.- Es que los hombres tienen el poder y nunca se lo cederán a la otra mitad de la población.

Jordi Puntí.- Pero ahora ya no hay marcha atrás. El movimiento es tan transversal que quien no se suba al carro simplemente se quedará atrás. Si un escritor no se adapta a los tiempos que corren, será expulsado de la realidad.

Pregunta.- Hace un par de años se puso de moda el término «cipotudo» para hablar de un tipo de escritor que seguía defendiendo los valores masculinos tradicionales. Pero, al mismo tiempo, las escritoras feministas tomaron las editoriales. ¿Hay una polarización del discurso de género?

Agustín Fernández Mallo.- El mundo literario es exageradamente machista. Cuando yo aterricé en este sector, me quedé horrorizado ante la cantidad de cafres que había. El mundillo literario todavía está dominado por gente que cree que un escritor ha de ser un hombre alcohólico, con sobrepeso, sin más obsesión que las tetas y sin ninguna vida doméstica. Es un concepto subdesarrollado del que ya se empieza a hacer parodia.

Pilar Eyre.- Pero, si miras las cifras de ventas de esos escritores tan «cipotudos», verás que son ridículas. Las que venden son las mujeres.

Preguntas.- Últimamente se ha hablado mucho de Lolita de Nabokov. ¿Creéis que hay que jugar a los clásicos con los raseros actuales?

Pilar Eyre.- Lolita es un libro estupendo con un personaje detestable. Y punto. Los escritores deben trabajar con libertad. A mí me suelen decir que escribo escenas machistas, pero no me afecta en absoluto. El día en que me digan lo que debo escribir, abandonaré el oficio.

Jordi Puntí.- El humorista alemán Karl Valentin decía: «Todo ha sido dicho, pero no por todo el mundo». Los escritores tienen derecho a escribir lo que quieran y cada uno debe hacerlo a su manera. No debemos olvidar que el subtítulo de Lolita es Confesiones de un viudo de raza blanca. Ese subtítulo te da la clave para entender el libro.

Pregunta.- Algunos de vosotros mezcláis realidad y ficción en vuestras novelas. ¿No teméis confundir al lector?

Llucia Ramis.- Hoy, con las redes sociales y las fake news, nadie sabe qué es verdad. Y esa confusión beneficia a los escritores, que podemos fingir que hablamos de nosotros mismos cuando en verdad no lo hacemos. O sí.

Agustín Fernández Mallo.- En literatura no existen la verdad o la mentira. Sólo existe lo verosímil y lo no verosímil.

Najat El Hachmi.- De todas formas, quienes hacen una lectura de nuestras novelas preocupándose por la verdad que ocultan son los periodistas. En mi caso concreto, dicen que mis novelas son autobiográficas, pero no es así. Yo hablo de una realidad compleja, la de la inmigración, que veo a mi alrededor. Pero la prensa me pone etiquetas: literatura femenina, literatura de la inmigración y suma y sigue.

Jordi Puntí.- Es que vivimos en un entorno literario provinciano. Seguro que a Zadie Smith nadie la etiqueta como literatura de la inmigración. El problema es que todo el mundo confunde autobiografía con autoficción, que es un territorio en el que el auténtico yo se esconde y aparece el yo literario. Cuando un escritor se elige a sí mismo como material literario, se convierte en otra cosa.

Agustín Fernández Mallo.- Todo es autobiográfico y, al mismo tiempo, no lo es. No se puede escribir sobre nada que no esté previamente en ti. Si un lector te pregunta cuánta verdad hay en tu novela, debes responder: ¿Y qué importa eso? Lo que cuento es algo que ha ocurrido en mi imaginación, luego es algo que me ha ocurrido a mí. Chesterton dijo en una ocasión: «Un día vi la verdad y no tenía sentido». La verdad no tiene sentido, sólo el relato lo tiene.

Najat El Hachmi.- La tradición oral marroquí está llena de relatos tremebundos y, cuando nuestras madres nos los contaban, siempre afirmaban que eran reales, que habían ocurrido en un pasado remoto, que no eran ficción.

Llucia Ramis.- Yuval Noah Harari explica en Sapiens (Debate) que los hombres construyeron los mitos para unir a la sociedad. El miedo hace que estemos juntos. Y para conseguir crear miedo, hay que construir relatos que parezcan reales.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña, el 23 de abril de 2018.)

La escritora que se cansó de tanta violencia

La madre de Han Kang ya había tenido dos partos fallidos cuando se quedó embarazada por tercera vez. No quería pasar por la misma experiencia de nuevo, así que se planteó seriamente la opción de abortar. Sin embargo, una noche, cuando ya había tomado la decisión, sintió que el feto se movía y decidió arriesgarse a traer al mundo un bebé que quizá tampoco naciera vivo. De ahí salió Han Kang, una niña a quien, durante muchos años, su madre susurró: ‘No te mueras, simplemente no te mueras’. Era la misma petición que había hecho a su anterior hija, la que pereció pocas horas después de abandonar el útero.

La autora surcoreana más importante del momento acaba de publicar ‘The White Book’ (todavía inédita en España), novela en la que reflexiona sobre esa sensación, la de ser la ‘sustituta’, que le acompañó durante toda su infancia. La crítica anglosajona ha dicho que es su libro más autobiográfico, pero lo cierto es que casi toda la obra de Han Kang habla de ella misma. ‘Es algo inevitable –comenta la autora desde su encierro literario en Seúl-. Yo empecé escribiendo poesía y eso hizo que concibiera la literatura como un proceso que ha de pasar por el filtro de la propia experiencia’.

Han Kang nació en Gwangju, pero su familia se trasladó a Seúl cuatro meses antes de que se produjera la matanza que narra en ‘Actos humanos/Actes humans’ (Rata). ‘Nos mudamos el 26 de enero de 1980, cuando yo tenía nueve años. Mi padre había decidido dedicarse íntegramente a escribir, lo cual implicaba dejar su trabajo como profesor en aquella ciudad, y aunque su decisión nos salvó la vida, también hizo que arrastráramos durante el resto de nuestras vidas una culpa del superviviente difícil de gestionar. De ahí que, tras escribir mi quinta novela, decidiera reencontrarme con la niña de nueve años que vivió aquella masacre sólo de un modo indirecto’.

Han Kang tuvo una infancia plagada de mudanzas y rodeada de libros. ‘Estudié en cinco colegios distintos y mis padres siempre tuvieron problemas económicos. Les encantaba leer y nuestra casa no tenía muebles, sino libros. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, dejando sólo espacio a la puerta y a la ventana, y también había libros apilados en el resto de espacios libres. Eso hizo que siempre me sintiera protegida. Aunque cambiara de escuela constantemente, los libros siempre me acompañaban. Uno de los recuerdos más valiosos de mi infancia es el de encender la luz y ponerme a leer’.

Al margen de haber nacido en Gwanju y de haber perdido a muchos amigos durante la masacre perpetrada por el dictador Chun Doo-hwan, hubo otros acontecimientos que incitaron a Han Kang a escribir ‘Actos humanos’. El primero ocurrió cuando tenía doce años y encontró, escondido en una estantería, un libro con imágenes de la revuelta, quedando hondamente impresionada con las fotografías de los cadáveres y de los supervivientes haciendo cola para donar sangre. El segundo se produjo en 2009, durante una manifestación vecinal acaecida en el distrito de Yongsan (Seúl). Los inquilinos de un inmueble afectado por los planes urbanísticos del ayuntamiento se atrincheraron en la azotea del edificio para protestar por la mísera compensación económica que les ofrecían, y el gobierno reaccionó empleando una fuerza desproporcionada. El resultado fue un incendio en el que murieron cinco propietarios y un agente de policía.

Han Kang pudo ver el humo desde la ventana de su casa y, mientras rememoraba la masacre de Gwanju, pensó que su país no había cambiado, que la violencia estatal seguía siendo la misma, que la sociedad no había evolucionado. Y se sentó frente al ordenador.  ‘Mientras escribía esta novela, sufrí una transformación. Entendí que mi obra no abordaba un momento político o histórico de Corea, sino todas las situaciones en las que la violencia y la dignidad humanas han coexistido. Por esta razón, no restringí mi investigación a Gwanju, sino también a lo que ocurrió en las Guerras Mundiales, en Bosnia, en la conquista del Nuevo Mundo…’.

Con todo, en la bibliografía de Han Kang hay un título que, según afirma ella misma, no contiene elementos autobiográficos. Se trata de ‘La vegetariana’ (Rata, 2017), una novela que ha sido interpretada como una oda al feminismo, como un alegato político o incluso como un grito contra cualquier forma de violencia, y que convirtió a su autora en una escritora de proyección internacional. De hecho, cuando el libro salió publicado en su país, la crítica le dio la espalda. Eran tiempos de una literatura más realista, más anclada a los hechos históricos (la guerra civil coreana, principalmente), más comprometida con la memoria. Sin embargo, en 2016 Han Kang recibió el Man Booker International Prize por ‘La vegetariana’ y, de la noche a la mañana, se convirtió en la autora más importante de Corea del Sur.

‘La vegetariana’ es una novela muy distinta a ‘Actos humanos’, aun cuando ambas compartan la misma temática: la violencia y la dignidad humanas. En la primera, la autora nos mostraba a una mujer que decidía dejar de comer carne, provocando con este gesto una auténtica tormenta a su alrededor. Su marido y sus propios padres se irritaban tanto ante su tozudez que incluso llegaban a internarla en un manicomio, mientras que su cuñado experimentaba una repentina atracción sexual hacia ella, siendo su hermana la única que parecía comprender el simbolismo oculto tras ese rechazo a la carne.

Con este argumento tan sencillo, Han Kang reflexionaba sobre el dominio que la sociedad tiene sobre el cuerpo femenino, al tiempo que lanzaba un grito de hastío contra la violencia que configura nuestro mundo. ‘Aunque las dos novelas son muy distintas, conforman una dupla: ambas hablan de la violencia del ser humano. Pero me gustaría aclarar que ‘La vegetariana’ no trata únicamente sobre la violencia que se ejerce contra la mujer, sino también sobre el intento de una persona de rechazar cualquier tipo de violencia. La protagonista deja de comer carne porque no quiere seguir perteneciendo al género humano, porque necesita alejarse del modo en que los humanos nos comportamos. Y ‘Actos humanos’ no habla solamente de la resistencia contra la dictadura, sino que además aborda una pregunta que me hice hace treinta años: ¿Qué es  el ser humano? Fue la pregunta que vertebró toda mi infancia’.

(Publicado en Cultura/s, La Vanguardia, el 31 de marzo de 2018).

Barcelona intranscendente

EL PRÓXIMO mes de mayo, J.M.Coetzee visitará España. El Premio Nobel de Literatura impartirá charlas en Madrid, Bilbao y Granada, y no pasará por Barcelona. Seguramente su agenda no se lo permite, pero eso no quita que su ausencia se sumará a la de otros autores de prestigio internacional que tampoco están aterrizando en nuestro aeropuerto. Y es que hay una tendencia creciente de la que conviene hablar: las editoriales ya no quieren traer a ciertos escritores a la ciudad que antaño fuera el epicentro de la literatura. En otras palabras: Barcelona ha dejado de interesar.

Llevo tres años cubriendo los acontecimientos culturales más importantes de nuestra ciudad. Cada semana escribo una crónica en el suplemento Tendències de este mismo periódico en la que, entre otras cosas, resumo cuanto ocurre en los saraos literarios que por aquí se celebran. Las editoriales me envían correos electrónicos advirtiéndome sobre la visita de Fulanito y Menganito, y yo acudo a los actos ansioso por ver el rostro de los máximos exponentes de la cultura internacional. Sin embargo, aunque sólo me ocupo de los acontecimientos que tienen lugar en esta ciudad, también recibo comunicados sobre los que se preparan en otras capitales, y desde hace algún tiempo vengo notando algo que no había ocurrido jamás: muchos primeras espadas de la literatura nacional e internacional prefieren visitar Madrid, Bilbao, Sevilla y Valencia antes que Barcelona.

Algunos responsables de prensa de ciertas editoriales me han comentado que ya no vale la pena organizar presentaciones en nuestra ciudad. La gente ha dejado de acudir a ese tipo de actos, y más de un escritor de prestigio se ha encontrado la sala medio vacía cuando ha decidido venir a hablar de su libro. Y eso es algo que, según me dicen, no ocurre en el resto de grandes capitales de España.

Existen muchas teorías sobre los motivos que nos están llevando al abandono de los actos de naturaleza cultural, la más recurrente de las cuales apunta hacia la idea de que la hiperactividad política nos tiene tan absorbidos que ya no acudimos a los teatros, a los museos, a los cines e incluso a las tiendas. Otra teoría afirma que, en la medida en que la cultura ha sido siempre un motivo de cohesión social, y en la medida en que ahora mismo hay cohesión de ésa en Barcelona, la gente prefiere quedarse en casa y evitar actos de carácter colectivo. Y hay una tercera teoría que asegura que, cuando no hay alegría, la gente no consume. Y aquí, de alegría, poca.

Desde que Barcelona se abrió al mundo tras las Olimpiadas, los esfuerzos de las instituciones locales han ido siempre encaminados a consolidar nuestra posición en eso que la socióloga Saskia Sassen bautizó como red de ciudades globales, es decir, urbes cuya actividad tiene un impacto directo sobre el devenir del mundo. Durante mucho tiempo, estuvimos situados en los puestos más elevados de dicha categoría y lo hicimos gracias a la capacidad que tuvimos para concebir nuestro municipio como una suerte de ciudad-estado que, como tal, estaba por encima de las políticas que malograban la región, el país e incluso el continente en el que se encontraba. Pero todo eso ha terminado. Ha llegado la hora de que asumamos que nuestra posición en el ranking de las capitales influyentes se ha desplomado. Ya no somos ni la primera ni la segunda ni la tercera ciudad que los escritores eligen cuando vienen a promocionar sus novelas. Imaginen la opinión que tienen en el exterior de nosotros.

(Publicado en El Mundo, el 4 de abril de 2017).

El asesino, la mantis y el niño que comía fósforos

 

Cuando era pequeño, Daniel Vázquez Sallés se comía las cabezas de las cerillas. Quería ser fosforescente, así que, junto a un amigo de la infancia, se encaramaba al tejado, alzaba la vista a las estrellas y engullía en silencio. «Nuestra intención era que los extraterrestres vieran nuestros cuerpos luminiscentes y bajaran a rescatarnos», recuerda ahora. «Deseábamos que nos llevaran con ellos, que nos alejaran de nuestras realidades, que nos ayudaran a desaparecer».

El tema de la fuga -o de la doble vida, que es otro tipo de evasión- asoma en casi todas las novelas de Vázquez Sallés. En Flores negras para Roddick (Plaza & Janés, 2003), un ex espía se reinsertaba en la sociedad bajo la identidad de un chef; en La fiesta ha terminado (RBA, 2009), una mujer abandonaba a su familia para empezar de cero; y en su nuevo título, Lena (Alrevés), un hombre oculta que, cuando sale por la puerta de casa, se transforma en asesino a sueldo de prestigio internacional. «En todos mis libros hay un personaje con una vida secreta. Supongo que esa obsesión proviene del deseo inherente a la condición humana de romper con la rutina, de conocer otras realidades, de evadirnos con la ficción».

Para construir a su protagonista (cuyo nombre es Martín y cuyo alias es Knopfler), Vázquez Sallés se documentó sobre la personalidad y metodología de los asesinos a sueldo contemporáneos, pero también se apoyó en casos reales como el de Richard Kuklinski, un profesional a quien las familias del crimen neoyorquino encargaban sus trabajitos y a quien la policía le calculaba 200 o 300 asesinatos, algunos de los cuales correspondieron a personas elegidas al azar, para perfeccionar su técnica.

En la novela de Vázquez Sallés, el personaje principal sólo menciona 30 muertes, pero no es que no necesita más para convertirse en el principal ejecutor de una organización de la que nadie sabe nada (y mejor así).

Pero Lena es nombre de mujer y, en este caso, de femme fatale. Daniel Vázquez Sallés asegura que ha escrito una novela de amor, aun cuando asume sin problemas que la prensa especializada la encuadrará en el género negro. Elena Cohen (Lena) es una escritora que tiene como norma vital no relacionarse con quienes carezcan de una vida susceptible de ser transformada en literatura, motivo por el cual sólo se acercará al protagonista cuando descubra su trabajo e intuya una buena historia. «El lector no llega a saber nada sobre Lena. Intuye que es una mujer obsesionada con el mundillo literario, con la figura del padre, con la imposibilidad de amar... Pero lo único que importa es su condición de mantis religiosa, capaz de hacer lo que sea para sobrevivir».

Así pues, Daniel Vázquez Sallés regresa a las librerías con una novela que continúa reflexionando sobre el deseo de ser otro, sobre la necesidad de ocultar la auténtica personalidad y sobre la importancia de escapar de nuestra rutina. En otras palabras, una novela que habla de quienes comen cerillas. «Cuando era pequeño, vivía obsesionado con la idea de que volvieran a encerrar a mi padre [Manuel Vázquez Montalbán]. Ya había estado en la cárcel una vez y en casa temíamos que un golpe de Estado lo mandara de nuevo a prisión. Por eso, cuando cogíamos las maletas y salíamos de vacaciones, yo era feliz. En el extranjero nadie podía detenerle ni llevárselo a ningún sitio. En el extranjero nadie podía hacernos daño». La huida, a veces, es la salvación.

(Publicado en El Mundo, el 11 de marzo de 2018).

 

Escritores corruptos

EN 1945, cuando César González-Ruano se enteró de que habían concedido el premio Nadal a una joven desconocida llamada Carmen Laforet, reprochó a Ignacio Agustí que no se lo hubieran dado a él con estas palabras: «¿Es que no sabéis que en España los premios se han dado siempre a los amigos? ¡Dónde se ha visto que un premio sea para el libro que nos parezca mejor!». Han pasado más de setenta años desde entonces, pero la protesta del escritor continúa resonando en la cabeza de demasiados autores que, mientras echan pestes de la corrupción política, hacen sus tejemanejes para colgarse medallas que no se merecen. Y sé de lo que hablo.

En el transcurso del último año he tenido ocasión de ejercer como jurado de dos galardones de no poca relevancia: el Premio Nacional de Periodismo Cultural y el Premio Ciutat de Barcelona a la mejor novela escrita en castellano. En ambos casos fui lo más imparcial posible y otorgué mi voto a quien consideré el mejor de los candidatos, teniendo ocasión de comprobar que el funcionamiento de ambos reconocimientos es transparente y que no se percibe atisbo de manipulación en ninguno de ellos. El jurado lanza sus propuestas sin injerencia alguna por parte de los organizadores (el Ministerio de Cultura y el Ayuntamiento de Barcelona, respectivamente) y los galardonados pueden jactarse de haber obtenido dos de los escasísimos premios honrados de este país.

Sin embargo, la falta de corrupción por parte de dichas instituciones no quita que existan presiones externas de lo más deleznables. En mi caso concreto, poco después de que se hiciera público el nombre de los miembros del jurado, recibí varios correos electrónicos de ciertos escritores de no poco prestigio -y de quienes no pienso desvelar la identidad- que me instaban a que o bien los colara en la lista de finalistas o bien los hiciera directamente ganadores. Huelga decir que no presté la menor atención a estas peticiones -ni siquiera cuando una de ellas venía acompañada de una advertencia en la que se aseguraba que, de no hacer lo que se me pedía, me ganaría un enemigo de lo más poderoso- y que sus nombres ni siquiera entraron en consideración durante las deliberaciones. También sobra decir que ninguno de los dos tenía una obra lo suficientemente sólida -aunque sí aplaudida, que no es lo mismo- como para aspirar a dichos premios. Si la hubieran tenido, sobrarían las trampas.

Lo más divertido -a la par que lamentable- es que, en más de una ocasión, he podido escuchar a los dos escritores despotricar de los premios amañados que se entregan en este país (sobre todo en el sector privado) y defender a ultranza la importancia de la honradez en la literatura. Pero, en fin, ya nadie se sorprende al comprobar que el mundo está lleno de hipócritas...

Es cierto que los dos autores que me presionaron para que los votara son hombres de edad avanzada y que, por tanto, provienen de una época en la que esta práctica tal vez fuera habitual. No en vano Constantino Bértolo dijo en cierta ocasión que los actuales premios literarios son corruptos porque nacieron durante el franquismo, una etapa de nuestra historia en la que no se reconocía lo realmente valioso, sino lo culturalmente adecuado. Tal vez ocurra lo mismo con ciertos intelectuales que empezaron a trabajar en aquel entonces, los cuales no conciben que ahora, cuando el mundo ya pertenece a los nacidos en democracia, la literatura esté en manos de gente honrada.

(Publicado en El Mundo, 2 de marzo de 2018).

El año de la tropa

SETENTA MIL soldados del ejército español se encuentran librando la batalla más importante de sus vidas: la defensa de sus puestos de trabajo. La Ley de Tropa y Marinería de 2006 les obliga a prejubilarse al alcanzar los 45 años, pero ellos no están dispuestos a aceptar esta situación sin, al menos, alzar la voz. Por eso han constituido la asociación #45sindespidos, desde la que reclaman, a través de las redes sociales y de sus abogados, el derecho a seguir defendiendo al país que tanto aman. El ruido de sus botas es cada vez mayor; no depondrán sus armas con facilidad.

Hace ya más de una década, durante los tiempos de bonanza económica, el Gobierno incentivó el alistamiento ofreciendo a los jóvenes un contrato de larga duración (máximo, 25 años) en el Ejército. En aquella época, todo el mundo ataba a los perros con longanizas y, como los chavales andaban más preocupados por la diversión que por el futuro, las tasas de reclutamiento cayeron en picado. Para evitar que la tropa se despoblara, el Ministerio de Defensa se inventó aquel contrato y prometió a los aspirantes no sólo una vida de misiones en el exterior, sino también una formación profesional.

Pero había una condición: cuando alcanzaran los 45 años, tendrían que prejubilarse. El año pasado llegó a dicha edad un contingente pequeño, pero este 2018 el número de afectados rondará el millar, y a lo largo de los siguientes ocho años, la cantidad aumentará hasta los setenta mil. Pocos sectores laborales van a sufrir una merma tan importante en tan corto espacio de tiempo.

El Gobierno alega que los afectados ya sabían lo que ocurriría cuando alcanzaran los 45 años y, además, argumenta que estos prejubilados cobrarán 600 euros (menos del salario mínimo interprofesional) de por vida, cantidad compatible con cualquier otro sueldo que puedan conseguir al reciclarse en el mercado laboral. Pero la asociación #45sindespidos responde que, durante los años dedicados al Ejército, no se les ha facilitado el acceso a los cursillos de reintegración al mercado de trabajo que el Ministerio de Defensa ofrece, y que ahora ni siquiera se les entrega un certificado en el que se reconozca la experiencia laboral obtenida durante su vida castrense. En otras palabras: que si te has pasado veinte años ejerciendo como mecánico de camiones en el Ejército de Tierra, ahora no tienes un documento donde se acredite que eres mecánico de camiones. Y así no hay quien encuentre trabajo.

Quienes llevamos años estudiando el comportamiento del Ministerio de Defensa sabemos que nuestro Gobierno tiende a maltratar a los soldados que juraron defender este país con su sangre. Sin embargo, hasta la fecha no habíamos presenciado un movimiento tan grande por parte de la tropa en la defensa de sus derechos. Normalmente, los soldados silencian los atropellos a los que se ven sometidos -les va la carrera en ello-, pero a veces se plantan y alzan el grito. Esta es una de esas ocasiones.

El 2018 arranca con una nueva muestra de desprecio que siente el Ministerio de Defensa hacia las capas más bajas del ejército, pero en esta ocasión el Gobierno ha encontrado un hueso duro de roer. María Dolores de Cospedal no va a ser capaz de acallar a setenta mil soldados enfadados y, por lo que parece, estamos a punto de asistir a una auténtica revuelta en el seno de la tropa. Obedecer y callar ha pasado a la historia; ahora toca alzar el puño y dejarlo caer sobre la mesa.

(Artículo publicado en El Mundo el 3 de enero de 2018).

Recuperar a los amigos

No recuerdo en qué fecha empecé a usar el servicio de mensajería instantánea Whatsapp, pero tengo plena conciencia de que, desde que lo instalé en mi móvil por primera vez, siempre he formado parte de tres grupos: el de la familia, el de los amigos de infancia y el de los colegas de la vida adulta. Los dos primeros se han mantenido inalterados desde su creación, pero el tercero sufrió hace poco una crisis de la que, por suerte, los integrantes hemos salido indemnes. Esa crisis, como pueden ustedes imaginar, se originó por las discrepancias ideológicas que la sociedad catalana ha vivido durante los últimos meses.

El pasado cinco de octubre, cuatro días después del referéndum ficticio y de la represión auténtica, uno de esos amigos envió un mensaje al resto del grupo anunciando que no soportaba más el bombardeo informativo al que todos estábamos siendo sometidos, que andaba muy agobiado por las circunstancias políticas que nos rodeaban, que los tropecientos mil mensajes con los que estábamos saturando el chat le tenían agotado y que necesitaba aislarse del mundo durante una temporada. Y entonces abandonó el grupo. Inmediatamente después, otro miembro se dio de baja y un tercero les imitó. Algunas horas más tarde, y tras darle muchas vueltas, yo también me desconecté.

Nunca hubiera podido imaginar que la política me alejara de mis amigos. Pero así fue. El chat con el que tantas risas habíamos compartido en el pasado se había convertido en una tertulia de cuñados en la que unos censuraban a otros, en la que se atacaba la diversidad de opiniones, en la que se negaba la libertad de pensamiento. Por suerte, nadie llegó al insulto, pero hubo ocasiones en las que faltó poco. Y todo gracias al lavado de cerebro al que se nos está sometiendo desde los dos extremos del arco parlamentario.

Con todo, la amistad imperó. Los políticos no consiguieron separar a quienes habían estado unidos durante décadas y, cuando quedábamos en un bar, nadie se mostraba tan agresivo como cuando hablábamos a través de la mensajería instantánea. En cierta manera, parecía que el grupo de Whatsapp no estaba formado por los mismos individuos que ahora cenaban en un restaurante. Vernos cara a cara hacía que el fanatismo desapareciera.

Hace apenas tres días, durante nuestro último encuentro en un bar, uno de nosotros propuso reactivar el grupo con la condición de que estuviera prohibido hablar de política. Todos estuvimos de acuerdo, pero en el último momento alguien sugirió que tal vez sería conveniente esperar a las elecciones del 21-D para reiniciar nuestra actividad digital. "Por si acaso -añadió-. Que esos cabrones son capaces de volvernos a joder la vida". Al resto nos pareció buena idea. En los tiempos que corren, toda prudencia es poca.

No conozco a nadie que, en el transcurso de los últimos meses, no haya silenciado o abandonado algún grupo de Whatsapp. Es algo que le ha ocurrido a casi todo el mundo y, por más que nuestros dirigentes lo nieguen, revela el daño que el procés, por un lado, y la respuesta de Madrid por el otro, están haciendo a la sociedad catalana.

Sé que en breve volveré a reunirme digitalmente con mis amigos y también sé que ninguna bandera alterará jamás el amor que les tengo. Pero, durante este periodo histórico, he aprendido otra cosa: que hay políticos tan obsesionados con las ideas que han olvidado la importancia de los corazones. Peor para ellos. La soledad les espera a la vuelta de la esquina.

(Artículo publicado en El Mundo del 4 de diciembre de 2017)