La hemeroteca personal

A LO LARGO de las últimas semanas, he leído una enorme cantidad de artículos, tuits y comentarios en los que se reprochaba a Ada Colau haber dicho algo en el pasado que resultaba incoherente con lo que hace en el presente, sobre todo con motivo de su posible aceptación de los votos que Manuel Valls le ofrecía para su investidura. No voy aquí a defender o atacar las decisiones que la alcaldesa toma en la intimidad, entre otras cosas porque no me considero con la suficiente capacidad de análisis como para valorar estrategias políticas. Tengo mi opinión al respecto, pero no está fundamentada en otra cosa que no sean mis sentimientos y, en consecuencia, no tienen más valor que el de guiarme a mí mismo.

De lo que sí quería hablar es de esta tendencia a reprochar a alguien las cosas que dijo en el pasado. Y si escribo sobre este asunto es porque vengo notando que muchas de las personas que hacen eso son, precisamente, individuos que tampoco respetan lo que afirmaban tiempo atrás. Quiero decir que estos amantes de la hemeroteca afean a la alcaldesa aquello que hacen ellos mismos, y esto resulta tan paradójico que, pese a haberlo intentado, no puedo dejar de escribir estas líneas.

Los escritores y periodistas somos tan incoherentes como los políticos y nuestras opiniones también quedan archivadas en las hemerotecas. De ahí que sea sencillo troncharse cuando uno de ellos, uno que por ejemplo se pasó toda su juventud insultando a los autores que aceptaban premios obviamente amañados y que ahora los recogen con una sonrisa en los labios, se alce majestuoso sobre su escritorio y reproche a alguien hacer algo que antaño no hubiera hecho. O leer un artículo a este mismo respecto firmado por un escritor que hace cuatro días aseguraba que nunca regalaría sus textos y que ahora no cobra por ninguna de sus colaboraciones.

Hace ya bastante tiempo, cuando los autores que ahora se imponen en las librerías eran jóvenes, solían andar con la nariz muy alta: uno proclamaba que nunca publicaría en editoriales comerciales, otro que jamás haría de negro literario, el de más allá que bajo ningún concepto sería más generoso de lo normal en las críticas que escribiera sobre los libros de sus amigos y, en definitiva, que ninguno caería en ninguna de las indecencias que detectaban en sus mayores. Y, sin embargo, hoy resulta difícil encontrar a una sola de esas personas que no haya hecho algo de lo que antes despotricaba.

No reprocho nada a nadie, que conste. Es más, entiendo perfectamente esas actitudes. Todos somos humanos y nada podemos hacer para evitarlo.

Ahora bien, lo que no se puede aceptar es que muchos de los que incurren en la contradicción de obrar de un modo distinto al que soñaron, se dediquen ahora a criticar a quienes hacen lo mismo. Es cierto que la prensa debe escrutar a los políticos y que está obligada a señalar el incumplimiento de sus promesas. A fin de cuentas, los votamos porque nos fiamos de ellos y cualquier cambio de opinión hace que nos sintamos traicionados. Pero, vamos a ver, no es lo mismo echar mano a la hemeroteca de un modo objetivo que esgrimir argumentos morales cuando uno mismo los incumple. Porque, en el fondo, todos nos adaptamos a las circunstancias, buscamos la supervivencia, asumimos que de jóvenes éramos simplemente ingenuos.

Así que, por favor, menos moralismos de andar por casa y más mirarse al espejo. Porque tengan ustedes por seguro que todo lo que no vemos en nuestro propio comportamiento, lo ve -y se ríe de ello- nuestro entorno.

(Publicado en El Mundo Cataluña, el 17 de junio de 2019).

Los alcaldables y sus respectivas clacas

En cierta ocasión, siendo todavía un niño, mi hermano se puso a aplaudir en misa. Le pareció apropiado celebrar el sermón del sacerdote de ese modo y lo que ocurrió a continuación todavía sigue grabado en su memoria: nuestra madre le arreó tal colleja que todos los feligreses se giraron. Ese día aprendió -y yo también- que hay lugares en los que se debe guardar silencio siempre y en todo momento. Y no fue ésta la única ocasión en la que presencié un acontecimiento de la misma naturaleza. Porque, mucho tiempo después, estando en el gallinero del Congreso, mi mujer se levantó para aplaudir cierto discurso pronunciado por su político preferido, causando tal estupefacción entre los diputados que un ujier corrió hasta donde nos encontrábamos para ordenarnos que respetáramos las normas del hemiciclo.

Cuento estas dos anécdotas porque ayer, durante la sesión constitutiva de la corporación municipal, tuve la sensación de que no estaría de más contratar a un ujier para que pusiera orden en este tipo de actos. Y es que la cantidad de aplausos, abucheos, vítores, consignas y cuchicheos que se oyeron a lo largo de la ceremonia harían que mi madre se pusiera morada a collejas. Pero vivimos en Cataluña y, claro, los sentimientos están tan a flor de piel que la gente no puede -o no quiere- contenerse. Y hay que comprenderlo.

El primer aplauso inundó el Saló de Cent cuando Joaquim Forn accedió a la sala. La Guardia Urbana, ataviada con el uniforme de gala, entró solemne en la sala y, tras ella, la alcaldesa Ada Colau y el resto de candidatos y regidores del nuevo Consistorio, entre los que se encontraba el político que hace dos días abandonó Soto del Real para instalarse en Brians 2 y poder asistir de ese modo a la investidura que ayer se celebraba. Los primeros que le vieron fueron sus familiares, que ocupaban la fila trece del recinto -la última de todas- y que le lanzaron besos desde su bancada. Y a continuación el resto de la concurrencia reparó en su presencia, levantando un aplauso que inmediatamente fue acompañado por cánticos de «Llibertat!» y por algún que otro cartel donde podía leerse la palabra Unitat. Sólo hubo una voz discordante en la sala: la de una mujer enjoyada que, mientras unos pedían «Llibertat!», se puso a gritar «¡Democracia!». Algunos minutos después, cuando Josep Bou hizo su discurso, esta señora se puso a aplaudir entusiasmada.

El resto del acto fue una concatenación de aplausos, gritos y abucheos tan constante que, la verdad, daba un poco de vergüenza reparar en la falta de respeto hacia la solemnidad que un acto de esa naturaleza sin duda merece. A medida que avanzaba la constitución del órgano de gobierno municipal, se aplaudió la mera mención del nombre del candidato de Junts per Catalunya, el elogio que el propio Forn regaló a un Xavier Trias que a punto estuvo de romper a llorar -era su último día como candidato a la alcaldía-, la aceptación de la derrota por parte de Ernest Maragall en su turno de palabra y el agradecimiento que Ada Colau dedicó a sus familiares -muchos presentes en la sala- por la paciencia mostrada durante los cuatro años de desgaste personal que acumula. Y los que le quedan...

El resto de candidatos también tuvieron su dosis de aplausos, pero hay que reconocer que resultaron un tanto amargos. Porque, si las palabras de Manuel Valls recordando a Forn que en España no hay presos políticos recibieron el apoyo de una parte del público, también merecieron algunos abucheos que, la verdad, hicieron que el Saló de Cent pareciera antes un patio de colegio que el lugar donde se decide el futuro de Barcelona. Algo parecido ocurrió con Josep Bou, cuyo entusiasta «¡Viva España!» sólo provocó el aplauso de la señora enjoyada y unas risillas que recorrieron la sala como un golpe de viento. En cuanto a Jaume Collboni, cuyo discurso fue más largo que un día sin pan, basta decir que se ganó a una parte de la platea cuando afeó a los partidos independentistas que rechazaran su pacto con Ada Colau y que dejó al respetable congelado cuando, en mitad de su discurso, lanzó una pregunta que en verdad era un dardo envenenado: «¿Acaso el presidente de la Generalitat ganó las últimas elecciones en Cataluña?».

Pese a la falta de respeto a la institución que el público mostró en todo momento, no puede negarse que los políticos estuvieron a la altura de las circunstancias, incluso cuando Ada Colau hizo aquello que todos habían soñado en alguna ocasión: levantar la vara de mando y colocarse ante la prensa gráfica. La sesión de fotos duró bastante y, como me aburría, me entretuve buscando en Todocolección alguna vara de esas. Resultó interesante descubrir que, en ese portal para coleccionistas, se pueden comprar las que pertenecieron a jueces, a militares y hasta a algún alcalde de segunda fila, pero ninguna que haya estado en posesión del máximo responsable del Ayuntamiento de Barcelona. Y es que esas no las sueltan ni sus herederos. De hecho, mientras echaba un vistazo a la página, se me ocurrió pensar que durante los últimos días se ha dicho que a Ada Colau sólo le interesa el 'trono de hierro' y que, para obtenerlo, ha vendido su alma al diablo. Pero sólo hacía falta fijarse en el modo en que los otros candidatos miraban la vara de mando que la alcaldesa sostenía para comprender que el problema no está en la silla, sino en un objeto cuyos orígenes se remontan a ese garrote con el que alguien golpeó por primera vez a sus rivales. Un garrote, sí. Como los que dibujaba Goya en sus pinturas más españolas.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña, el 17 de junio de 2019).

Barcelona solo es un escenario

Cinco escritores hablan de un mismo lugar: Barcelona. EL MUNDO de CATALUNYA ha reunido a un grupo de narradores de distinto pelaje para que hablen del territorio literario en el que se ha convertido la ciudad en la que viven. Mientras catan los vinos servidos en La Vinoteca Torres (en el paseo de Gràcia, 78), debaten sobre el modo en que los autores catalanes -o afincados en Cataluña- reflejan la realidad de la capital.

Rafel Nadal acaba de ganar el XXXIX Premi Ramon Llull con su novela El fill de l'italià (Columna/Planeta), en la que reconstruye la llegada a Caldes de Malavella de un millar de marineros italianos cuyo acorazado fue bombardeado por la aviación alemana durante la II Guerra Mundial.Milena Busquets ha publicado Hombres elegantes y otros artículos(Anagrama), una compilación de las columnas que ha ido publicando en diversos periódicos a lo largo de los últimos años. Cristina Morales (granadina afincada en Barcelona) mereció el Premio Herralde por Lectura fácil (Anagrama), novela en la que da voz a cuatro discapacitadas que buscan espacios de libertad en una Barcelona absolutamente controlada por las instituciones. En Problemas de identidad (Planeta), Carlos Zanónha resucitado al personaje más popular de Manuel Vázquez Montalbán: Pepe Carvalho. Y Javier Pérez Andújar acaba de publicar La noche fenomenal (Anagrama), una ficción en la que convierte Barcelona en una ciudad dominada por los fenómenos paranormales.

¿Les gusta el modo en que la literatura catalana contemporánea refleja la evolución de la ciudad?

Rafel Nadal.- Yo siempre he tenido la sensación de que el paisaje novelesco de esta ciudad se centra en la misma zona: Ciutat Vella. Entiendo que exista cierta fascinación por ese territorio, pero, desde mi punto de vista, que soy un gerundense afincado en Barcelona, noto la ausencia de ciertos barrios en las novelas. Creo que existe una clase media que nunca sale reflejada en las ficciones. Me refiero a la que vive en barrios como Sants, Sant Andreu, Poble Nou... Toda esa gente no está siendo explicada. 

Carlos Zanón.- Juan Marsé nos enseñó que se podía mostrar la ciudad desde la periferia, pero parece que su lección cayó en saco roto, porque se sigue hablando única y exclusivamente del centro de la ciudad, cuando en verdad lo periférico es más interesante.

Cristina Morales.- Es que existe una Barcelona administrativa que aplasta a la Barcelona real. Porque, en realidad, esta ciudad no termina en las fronteras delimitadas por su Ayuntamiento. Hay una Barcelona que no sale en los mapas, que queda fuera de los límites del papel, y que sin embargo pertenece al mismo territorio, aunque sea de un modo simbólico. Porque, ¿quién dice que esta ciudad termina en los barrios que aparecen en los mapas? Hay gente en la periferia que es más barcelonesa que la del centro.

Javier Pérez Andújar.- Pero cada uno tiene que escribir sobre lo que conoce. Es la única forma de dar autenticidad a una historia. Si hablas de un lugar que sólo has visitado coyunturalmente, te saldrá una mala novela. Y, claro, si los escritores se mueven por el centro, pues publicarán novelas ambientadas en el centro. Es algo circunstancial, sin más importancia. Barcelona es sólo un escenario. No hay que darle más importancia.

En cierta ocasión, Carlos, dijiste que no querías que te tildaran de autor de Barcelona. ¿Existe esa denominación?

Carlos Zanón.- Es que ése es el tema. La denominación escritor barcelonés es totalmente artificial. Yo vivo aquí, de acuerdo, pero no le doy trascendencia. Esta ciudad es, simple y llanamente, el lugar en el que he nacido, en el que me muevo, en el que trabajo. Pero podría ser cualquier otro.

Milena Busquets.- Vale, de acuerdo. Pero no podemos negar que las novelas barcelonesas tienen una personalidad concreta. Por ejemplo, ¿tú podrías escribir una novela que no ocurriera en Barcelona?

Carlos Zanón.- No, claro. Me saldría un escenario de cartón piedra. Yo conozco los códigos que manejan los barceloneses para relacionarse entre sí, y eso es lo que me permite dar verosimilitud a la ambientación de mis libros. A fin de cuentas, una ciudad no es un conjunto de calles, sino un modo de relacionarse entre sus gentes. Eso es una ciudad: una forma de comportarse. Y tienes que conocer ese comportamiento para hacer creíble la ciudad de la que hablas.

Javier Pérez Andújar.- A mí, Barcelona me importa un bledo. Escribo novelas ambientadas en ella porque es el lugar que tengo a mano. Si tratara de hacer lo mismo con, por ejemplo, Dubrovnik, me saldría mal. Esto es como ir al mercado: compras lo que está a la venta. No puedes comprar lo que no hay. Pues lo mismo con el territorio: ambientas tus novelas en la ciudad que tienes a mano. Nada más que eso.

Me interesa la visión de los que no habéis nacido aquí: Cristina es granadina y se instaló en Barcelona hace siete años, y Rafel es de Girona, pero lleva más dos décadas trabajando en esta ciudad...

Cristina Morales.- Me sigue sorprendiendo que los periodistas destaquéis que soy de fuera, como si eso determinara el modo en que me aproximo a la ciudad. Desde mi perspectiva, eso es totalmente irrelevante. Yo vengo de Granada, pero escribo desde Barcelona. No tengo una mirada sociológica o antropológica, y no trato de decir a los lectores: 'Mirad qué cosas más raras hacen los barceloninos'. Y conste que digo barceloninosporque me gusta el tono charnego que este adjetivo tiene. Para mí, lo importante no es que llegara a Barcelona hace siete años, sino que en esta ciudad he conocido la opresión y la miseria. Y eso es lo que he contado en mi novela: que existe una ficción respecto a la presunta grandeza de esta ciudad.

Milena Busquets.- Pues a mí me encanta Barcelona. Me gustan sus árboles, sus calles, sus barrios. Y soy consciente de que mi amor es irracional. Sé que esta ciudad no es tan bonita como París o Londres, sé que es exageradamente pequeña, sé que no organiza exposiciones interesantes... Pero me gusta igualmente. Y este romance no tiene nada que ver con visiones ya antiguas como lo de las Olimpiadas y todo eso.

Cristina Morales.- ¡Hombre! Es que en el 92 la ciudad era más fea que nunca. Recuerdo que, siendo una niña, mis padres siempre hablaban de esa ciudad cosmopolita a la que un día viajaríamos, pero al mismo tiempo yo veía en TVE la serie Makinavaja, basada en el personaje de Ivà, y me daba cuenta de que había otra Barcelona, por cierto mucho más auténtica, que estaba siendo aplastada por el rodillo capitalista. Por suerte, no fue totalmente aniquilada. Hoy todavía quedan honrosos herederos de Makinavaja, aunque cada vez menos.

Con todo, en algunas de vuestras novelas se perciben dosis de nostalgia muy evidentes.

Carlos Zanón.- Cuando oigo la palabra nostalgia, pienso en gente que no acepta que ya no es joven. Es un término que nunca indica un pasado objetivamente mejor, sino una visión subjetiva de ese mismo pasado. Usan la palabra nostalgia quienes se lo pasaron bien en otra época simplemente porque eran jóvenes.

Rafel Nadal.- Sentir nostalgia por aquella Barcelona es un error. Porque, en realidad, era una ciudad sin centros de atención primaria, sin colegios, sin centros cívicos... Las cosas han mejorado, afortunadamente. Y lo ha hecho pese a los distintos gobiernos que esta ciudad ha tenido, que podrían haber intentado que evolucionara mucho más.

Por lo que se desprende de vuestras palabras, Barcelona ha dejado de ser el eje argumental de los escritores que la pueblan.

Rafel Nadal.- Eso es lo que yo percibo en la narrativa contemporánea. Los escritores barceloneses ya no convierten su ciudad en protagonista de sus novelas. Sólo la usan como telón de fondo.

Carlos Zanón.- Es que ninguno de nosotros se ha propuesto levantar las calles para ver el mecanismo. En la actualidad, nadie escribe como Josep Maria de Sagarra en Vida privada. Quizá sea porque no sabemos, o no queremos saber, quién maneja los hilos de esta ciudad.

Cristina Morales.- Yo sí que he intentado explicar quién maneja esta ciudad. En mi novela quise denunciar a las instituciones porque tengo la sensación de que en Barcelona existe un relato que asegura que se trata muy bien a los discapacitados y marginados. Y es mentira. Se repite que tenemos un sistema que funciona, que beneficia a los desplazados, que ayuda a los necesitados, y la gente compra ese discurso para dormir tranquila. Pero, cuando rascas un poco, descubres que la palabra tutelar significa reprimir, y que la palabra crear significa hacer propaganda de lo políticamente correcto. Ésa es la Barcelona real, la incómoda.

Milena Busquets.- También hay que valorar las intenciones de cada autor a la hora de sentarse a escribir. A mí, por ejemplo, la literatura social o política no me interesa nada. De hecho, no me parece ni que debamos llamarla literatura. Javier Pérez Andújar.- No acabo de entender por qué hay ese empeño en buscar la gran novela de Barcelona. Esa gran novela nunca existirá por un único motivo: Barcelona no es una gran ciudad. Es una ciudad modesta en la que, consecuentemente, se publican novelas modestas. Es así de sencillo. Alfred Döblin publicó Berlin Alexanderplatz porque Berlín es una ciudad extraordinaria. Pero Barcelona es el Sant Adrià de Besòs del mundo. Sólo eso.

El otro día, en una entrevista publicada en EL MUNDO, Joan Margarit decía que él no hablaba de política porque, como escritor, vivía encerrado en su propia intimidad. Vosotros, ¿veis el procés como un posible tema literario?

Milena Busquets.- Para un escritor, el procés no tiene ningún interés. No hay sustancia literaria en ese asunto.

Javier Pérez Andújar.- Yo he decidido asumir un compromiso absoluto con la ficción. Quiero liberar a mis libros de la sociología. Porque el problema de la realidad es que, cuando la metes en una novela, queda por encima de la literatura. Es como comerte un bocadillo entero o suprimir el pan y quedarte con lo de dentro. Yo he decidido que sólo me interesa lo de dentro: la literatura pura. La actualidad ha dejado de interesarme.

Cristina Morales.- Yo tampoco atiendo al procés porque, básicamente, me parece un contubernio entre élites. Y eso no me interesa nada.

Carlos Zanón.- Cuando asumí el reto de resucitar a Carvalho, comprendí que no podía evitar la actualidad. Es un personaje tremendamente anclado a la política del momento en el que actúa y yo no podía ponerlo de perfil. Pero también quise destacar que Carvalho es un hombre que, por no tener, no tiene ni compatriotas. Eso le permite analizar la política actual como si de una lucha entre gentes de derechas se tratara.

Pero puede ser un buen telón de fondo...

Carlos Zanón.- Supongo que, en el futuro, las novelas reflejarán cómo quedó la sociedad tras el procés. Pero poco más. Creo que es un tema que interesa más a los periodistas que a los escritores.

Rafel Nadal.- De cualquier modo, todavía tienen que pasar muchos años para que se publique una novela que sea para el conflicto catalán lo que fue Patria para el vasco.

La situación política, ¿hace que os autocensuréis a la hora de escribir sobre ciertos asuntos en vuestras columnas de opinión?

Javier Pérez Andújar.- Yo no opino sobre nada. Evito hacerlo. En mis crónicas sólo cuento lo que veo. No tengo interés en interpretar por qué la gente se comporta de un modo u otro. Lo explico, pero no emito juicios de valor. Incluso hay ocasiones en las que me salen frases tan bonitas que incluso dicen lo contrario de lo que pienso. Pero es que hay que dejarse llevar por las frases bonitas.

Pues tú has sido uno de los escritores más vapuleados por los hiperventilados...

Javier Pérez Andújar.- Y sigo sin entender el motivo. Supongo que será por la ironía que desprenden algunos de mis textos. A la gente le molesta que te rías de las cosas que consideran fundamentales. Pero, en mi opinión, lo fundamental es el paso previo al fundamentalismo. Y del fundamentalismo hay que reírse. Cuando alguien se toma en serio una cosa, a mí me da la risa. No puedo evitarlo.

Carlos Zanón: Yo no hablo demasiado de política porque tengo claras dos cosas: que no soy periodista y que tampoco soy un gran pensador. Conozco mis límites y sé que no entiendo muchas cosas.

Cristina Morales.- Hay un personaje de mi novela que dice que la moral cívica es lo más insoportable que existe. Pero es lo que domina esta ciudad. Una moral cívica perversa que es la punta del iceberg de algo mucho peor: el fin del pensamiento crítico. Existe un lugar común según el cual la moral cívica es beneficiosa para todos, pero yo soy de la opinión que lo único que ayuda a una sociedad es el conflicto. Por otra parte, también existe la idea de que la razón siempre está en la cantidad: si mucha gente sigue una idea, esa gente tiene razón. Y no es cierto. A mí no me venden esa moto.

Javier Pérez Andújar.- Un amigo dice que, cuando mucha gente dice que una película es buena, seguro que es mala.

Cristina Morales.- Es que la apelación a lo masivo siempre es una apelación capitalista.

(Entrevista publicada en El Mundo, el 18 de abril de 2019).

Yo fui Caperucita

PUES, QUÉ quieren que les diga, yo estoy bastante a favor de que la escuela pública Tàber de Barcelona, en colaboración con la Asociación Espai i Lleure, haya retirado 200 cuentos (el 30%) de su biblioteca infantil. Y si apoyo semejante decisión es porque ahora ya podemos decir que nuestra ciudad tiene censores tan bienintencionados como, por poner dos ejemplos, los que trataron de impedir que se inaugurara una exposición de Balthus en el MET de Nueva York, o los que cancelan cuentas de Facebook cada vez que un usuario cuelga un pezón en la red. Y es que, para demostrar que nuestra ciudad había entrado en el siglo XXI, necesitábamos a alguien que cometiera los mismos errores que las comunidades más avanzadas del planeta. Que no se diga, caramba.

Creerse más listo -o más evolucionado- que los auténticos expertos en una materia puede convertirte en el tonto del pueblo. Y, si no me creen, permitan que les ponga un ejemplo: en 1995, John H. Wallace, profesor en una escuela de Fairfax (Virginia), lanzó una campaña para proteger a sus jóvenes alumnos de esa cosa tan horrible que son las palabrotas. Y una de las primeras acciones que emprendió fue la de eliminar de la biblioteca los ejemplares de una de las novelas más importantes para la literatura fundacional de Estados Unidos: Las aventuras de Huckleberry Finn. Pero no se conformó con eso. Según contó William Styron en un artículo titulado Un predecesor literario (The New Yorker, 1995), que en España puede encontrarse compilado en el libro Habanos en Camelot (La Otra Orilla, 2009), aquel puritano se obsesionó tanto con el tema que publicó «lo que tiene que ser una curiosidad histórica en los anales de la expurgación de textos: una versión de la novela en la que se había eliminado la palabra nigger». En otras palabras, aquel hombre se atrevió a reescribir el clásico de Mark Twain para que los negros esclavizados en los estados del sur fueran agradablemente nombrados por unos blancos que los golpeaba, vejaban e incluso violaban. Pero, eso sí, que no los llamaban negratas.

Barcelona ha entrado en la lista de ciudades de la censura gracias a la iniciativa de la Escola Tàber, cuyos responsables consideran que La Caperucita Roja, La Bella Durmiente o La leyenda de Sant Jordi denigran a las niñas. Y puede que tengan razón, ojo. Pero alzarse como guardián de la moral es siempre un error, y más cuando se trata de un grupo de adultos que, en su obsesión por sobreproteger a los niños, les niega las herramientas para entender cómo funciona el mundo.

Además, hay en esta iniciativa un intento de sexualizar a los chavales antes de tiempo. Quiero decir que, cuando alguien me contó por primera vez La Caperucita Roja o Blancanieves y los siete enanitos, no se me ocurrió pensar en el género de las protagonistas. Yo simplemente veía a un personaje con el que empatizaba absolutamente, igual que me pasaba con los protagonistas de El gato con botas o El gigante egoísta. Del mismo modo, nunca me pregunté si ET, el extraterrestre era un chico o una chica. Todas esas historias me enseñaron a vivir por igual y el hecho de que yo fuera varón no me llevó a preferir al cazador que a Caperucita. Pensar que alguien se identifica más con un personaje secundario que con el protagonista de un cuento por el mero hecho de ser de la misma condición sexual es un error que sólo comete quien no sabe leer.

Pero, en fin, los censores siempre son iguales: gente muy lista que viene a salvarnos de nuestra propia estupidez. ¡Qué pereza!

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña, el 17 de abril de 2019)

La España llena (de mujeres)

Pocos fenómenos culturales tienen un comportamiento tan cíclico como el de la literatura rural. Desde hace algún tiempo, cada tres años aparece un escritor que trata de llamar la atención sobre algún aspecto de la vida en el campo, y los lectores siempre recogen el guante con un énfasis especial. Y es que, en el fondo, todos tenemos mala conciencia por la indiferencia que mostramos hacia el lugar de donde proceden nuestras raíces. Dando por sentados nombres como Miguel Delibes o Julio Llamazares, sólo hay que echar un vistazo a la última década para reparar en la regularidad con la que se reproduce el fenómeno: Jesús Carrascoen el 2013, Sergio del Molino en el 2016 y María Sánchez(Córdoba, 1989) en la actualidad. Lo dicho: cada tres años.

A medio camino entre el ensayo, la reflexión y la memoria familiar, ‘Tierra de mujeres’ es un libro que da voz a la gente que vive lejos del asfalto. La autora procede de una familia de veterinarios rurales, siendo ella la primera mujer que se dedica profesionalmente al oficio, y eso le confiere la suficiente autoridad como para lanzar un discurso vindicativo en el que, entre otras cosas, introduce un elemento poco abordado hasta la fecha: el feminismo.

Sánchez denuncia el silencio al que han sido tradicionalmente sometidas las mujeres que trabajan la tierra y se asigna el papel de altavoz de esas compañeras que han sido olvidadas tanto por los varones, como por sus congéneres de las grandes ciudades. De hecho, la autora llama “narrativa invisible” a la ausencia de literatura en torno a este tema y lanza algunas preguntas que deberían ser analizadas con calma por las instituciones pertinentes. Por ejemplo: “¿Y si el problema de la despoblación comenzó por la falta de atención y la constante discriminación hacia todas las mujeres de nuestros pueblos?”. Da que pensar, la verdad.

Por otro lado, no se puede analizar ‘Tierra de mujeres’ sin hacer alusión a los dardos lanzados contra su antecesor en el género: Sergio del Molino. Aunque no lo menciona, sólo hay que mirar el índice para darse cuenta de que estamos ante un ataque frontal a ‘La España vacía’ . Sin ir más lejos, uno de los capítulos se titula ‘La España vaciada’ . Más claro, agua. Además, Sánchez repite hasta la saciedad una idea que, en verdad, ya nos quedó clara en las primeras páginas: hay periodistas de ciudad que se atreven a hablar del campo sin haber vivido nunca en él. El cuchillo no puede estar más afilado. Así las cosas, hasta la fecha no hay noticia de que el aludido haya sentido la necesidad de replicar.

En cuanto al estilo del libro, baste decir que la narración salta de lo poético a lo periodístico con una facilidad un tanto inquietante. Quiero decir que hay momentos –sobre todo en los primeros capítulos– en los que el lector tiene la sensación de que se va a enfrentar a un texto de alto contenido poético –algo lógico si tenemos en cuenta que Sánchez no sólo es autora del poemario‘Cuaderno de campo’ , sino que además coordina el proyecto‘Almáciga’ , que ella misma define como un vivero de palabras procedentes del entorno rural que están des­pareciendo por falta de uso o, mejor dicho, por falta de protección institucional–, pero rápidamente la narración se convierte en un alegato que prioriza lo vindicativo frente a lo narrativo, lo cual no sería un problema si en las primeras páginas el lenguaje no hubiera estado tan trabajado. Por decirlo de un modo sencillo: da la sensación de que Sánchez tiene prisa por terminar el libro y de que, movida por esta urgencia, se centra más en el contenido que en el continente. Y es una lástima.

Con todo, ‘Tierra de mujeres’ es un ensayo necesario que pone el foco sobre un tema harto interesante: la necesidad de ampliar el discurso feminista para que no afecte únicamente a las mujeres de las grandes ciudades, sino también a las del mundo rural. Sólo por esto, merece ser leído por todo el mundo. A fin de cuentas, debajo del asfalto sigue habiendo tierra.

(Publicado en Cultura/s -La Vanguardia-, el 23 de marzo de 2019).

Al rescate de Mercurio

LAMENTO DECIR que traigo malas noticias: la revista Mercurio desaparecerá en mayo. Al menos, si nadie lo impide. Y tal es el objetivo de este artículo: pedir al patronato de la Fundación José Manuel Lara y al Grupo Planeta -ambos responsables de su publicación- que recapaciten sobre su decisión de finiquitar una publicación ya mítica en el mundo de la cultura.

Durante los últimos 20 años, cuando una persona entraba en una librería sin saber qué comprar, tenía una revista que le orientaba. Era gratuita, estaba a disposición de todos los clientes y contenía recomendaciones literarias firmadas por los mejores periodistas y escritores del momento. Pero esto acabará en breve. Alguien ha decidido que esta guía de lectura ya no vale la pena y, a partir de ahora, los lectores más desorientados quedarán al albur del márquetin, lo cual hará que muchos acaben cogiendo los libros que están en los expositores, en los puntos calientes o en los mostradores. Y todos sabemos que, normalmente, esos títulos son los peores.

La revista Mercurio nació hace 20 años de la mano de Javier González Cotta. En aquel entonces, se distribuía gratuitamente en las librerías andaluzas, hasta que la Fundación José Manuel Lara adquirió la cabecera y, gracias al empeño de Ana Gavín, pasó a tener una distribución nacional que hoy alcanza los 25.000 ejemplares. A partir de 2007, y tras un breve periodo con Antonio Rivero Taravillo al mando, la publicación quedó bajo la dirección de Guillermo Busutil, que la convirtió en uno de los medios de comunicación cultural más importantes del país. De hecho, Mercurio pasó a ser el instrumento de fomento de la lectura que habría de formar a una multitud nada despreciable de lectores.

Yo empecé a colaborar en la revista en 2007, el mismo año en que la Fundación y Seix Barral organizaron unas jornadas literarias (Atlas literario español) que marcó de un modo definitivo a los escritores de mi generación. Conocí a Busutil en aquel entorno y, cuando me propuso colaborar en su revista, me sentí francamente alagado. Escribir artículos, reportajes y reseñas para una publicación salpicada de grandes firmas era todo un honor. Desde entonces, he devorado sus páginas con la misma avidez con la que me adentro en suplementos tan relevantes como El Cultural (EL MUNDO), Cultura/s (La Vanguardia), Babelia (El País) o el ABC Cultural, entre otros. Porque, aun dependiendo de dos entidades con claros intereses comerciales, no se puede negar que Busutil ha conseguido equilibrar la balanza, es decir, ha dado espacio a todas las editoriales que pueblan la industria del libro y, más importante, ha dado libertad a los colaboradores para que hablen de aquellos títulos que merecen una difusión especial, al margen del sello al que pertenezcan.

Mercurio depende de la Fundación José Manuel Lara y cuenta con el apoyo del Grupo Planeta, que son las dos entidades que ahora mismo tienen bajo su responsabilidad la decisión de continuar publicándola o cerrarla definitivamente. Por el momento, han optado por la segunda opción en un gesto que ha dejado estupefacto al sector. La Asociación de Periodistas Culturales de Andalucía ya ha emitido un comunicado defendiendo la necesidad de revocar esa orden, y los escritores y columnistas de todo el país están empezando a escribir artículos solicitando al Patronato de la Fundación que no finiquite la revista. En sus manos está la decisión de que miles de lectores sigan teniendo una guía gratuita para saber qué comprar.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña el 11 de marzo de 2019).

Literaturas de la resisstencia

España tiene 46,5 millones de habitantes, veinte de las cuales pertenecen a comunidades autónomas en las que conviven dos -y hasta tres- sistemas lingüísticos. Así pues, prácticamente la mitad de la población tiene la posibilidad de ser bilingüe, mientras que la otra mitad no sólo ha de conformarse con el castellano como única herramienta de comunicación, sino que además vive de espaldas a la realidad idiomática del Estado al que pertenece. En el ámbito de la literatura, este desconocimiento se percibe con una claridad asombrosa, ya que existe una enorme cantidad de escritores catalanes, vascos, gallegos y asturianos de los que sus compatriotas no saben absolutamente nada. Son, por así decirlo, los españoles a quienes los españoles no leen. Y no lo hacen porque ni siquiera saben de su existencia.

Los escritores que elaboran su obra en cualquiera de las lenguas cooficiales del Estado -a las que, en este reportaje, añadiremos el bable- no sólo permanecen ocultos a los ojos de los lectores monolingües, sino que además observan con estupefacción el modo en que el gobierno central protege a la literatura en castellano al tiempo que abandona a su suerte a esas otras letras que, en algunos casos, agonizan por las esquinas del país. Poco antes de verano, el ejecutivo de Pedro Sánchez anunció una Ley de Pluralidad Lingüística de la que nada se sabe hasta la fecha. Y es una lástima, porque sería hermoso tener un Ministerio de Cultura que incitara a los lectores del sur y del centro a que se acercaran, sin necesidad de traducciones, a los autores del norte que escriben en unos idiomas que, salvo el euskera, tampoco son tan indescifrables. ‘La existencia de distintas lenguas en un mismo Estado es motivo suficiente para que toda la ciudadanía, y no solo la que reside en esas comunidades, tenga un conocimiento básico de cada una de ellas –dice la escritora Inma López Silva, quien ha acuñado la expresión ‘saltar el telón de grelos’ para referirse al muro de enormes proporciones que los autores gallegos han de sortear para conseguir cierta resonancia nacional-. Puede parecer una utopía, pero la posibilidad de atraer a la gente hacia la cultura de sus vecinos no debería de serlo’. El gobierno socialista ha prometido que lo hará. Ya veremos.

Sin embargo, no todos los problemas a los que se enfrentan los escritores en euskera, gallego, catalán o bable provienen de las políticas gubernamentales. También existen ciertos tópicos aceptados en el mundillo editorial que ponen trabas a la difusión de su trabajo. Por ejemplo: sobrevuela en dicho sector la idea generalizada -aunque no verbalizada- de que las lenguas periféricas son una especie de primer obstáculo que sus representantes deben superar para acceder al gran mercado hispanohablante. Se considera que ‘saltar el telón de grelos’ (o su equivalente en otras comunidades) es algo que los escritores han de hacer si quieren alcanzar la gloria, pero lo cierto es que se están dando casos de autores que o bien acceden al mercado internacional antes incluso de pasar por el español (como Arantza Portabales, que vendió los derechos de ‘Deje su mensaje después de la señal’ a Israel, Italia y Alemania sin que todavía existiera la versión que publicó Lumen) o bien rechazan directamente la traducción al castellano (como Marta Rojals, que no quiere ver sus obras en el idioma común de los españoles porque, entre otros motivos, considera que el catalán es una lengua perfectamente comprensible para los habitantes de otras comunidades).

‘Se nos intenta convencer de que solo seremos relevantes si nos orientamos al sistema en lengua castellana –dice María Reimóndez, a quien algunos críticos consideran el secreto mejor guardado de Galicia-. Se nos venden falacias como que venderemos más o que seremos más relevantes. Pero ambas cosas son inciertas. Hay miles de libros en castellano, inglés o francés que nunca alcanzarán las cifras de ventas de ciertos autores de comunidades pequeñas’. La escritora vasca Katixa Agirre refrenda estas palabras añadiendo que ‘la mayoría de autores periféricos ven la traducción (al castellano o a otra lengua) como un extra, no como un fin. Hay escritores que se han adaptado muy bien al mercado español, como Kirmen Uribe, y otros que han sido muy criticados por reconocer que aspiran a la traducción al castellano, como Unai Elorriaga, pero luego hay otros que, siendo grandes literatos, han decidido quedar al margen de ese mercado, como Ramon Saizarbitoria’. Eso sin olvidar que, como añade su coterránea Miren Agur Meabe, algunos autores ‘prefieren ser luciérnaga en su barrio, bailando entre congéneres, que cometa en el infinito universo de las letras’.

Los motivos por los que un autor bilingüe se inclina por una lengua u otra son harto variados, pero todos los escritores consultados parecen rubricar las palabras del guipuzcoano Harkaitz Cano, para quien el ‘bilingüismo simétrico’ no existe, dado que ‘siempre hay un idioma que prevalece en el fuero interno de cada uno’. Normalmente, esa prevalencia recae sobre la lengua materna, que sigue teniendo más fuerza que esa ‘lengua de la cultura’ -el castellano- en la que la mayoría de ellos fueron educados. Pero hay causas más reivindicativas, como por ejemplo las que alega Ledicia Costas, autora a quien sólo le abrieron las puertas de la industria editorial en castellano cuando ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015 por una obra, ‘Escarlatina, a cociñeira defunta’, escrita originariamente en gallego: ‘Vivimos en un estado plurinacional en el que la diversidad debería premiarse, no penalizarse. Pero, como no es así, los escritores nos vemos obligados a convertir nuestros idiomas en culturas de la resistencia. Si nosotros no los defendemos, morirán. Por eso escribo en gallego, para asegurar su supervivencia’.

Ahora bien, no hay escritor que no sepa que la elección de la lengua puede ser vista, al menos por cierto tipo de personas, como una declaración de carácter político. Todavía existen individuos que consideran que los españoles que evitan el castellano no están haciendo más que lanzar un mensaje de rechazo hacia un sistema cultural al que, quieran o no, pertenecen. En algunos casos puede ser cierto, pero ni mucho menos en todos. Es más, el argumento de la opción lingüística como manifestación de una ideología es totalmente reversible: ‘Sería interesante preguntar a las autoras y autores gallegos que escriben en castellano por qué lo hacen -plantea María Reimóndez-. Suele presentarse el hecho de escribir en gallego como una opción política (no partidista, pero sí política), pero a mí me llama la atención lo contrario: creo que la opción más “política” en nuestras comunidades es la de aliarse con el poder y hacerlo pasar como “lo normal”, es decir, ponerse a escribir en castellano en vez de hacerlo en gallego. A esas autoras y autores nadie les hace la pregunta de marras. ¿Por qué será?’.

Desgraciadamente, esta sospecha sobre las motivaciones políticas de los autores que eligen la lengua materna para elaborar su trabajo crece de un modo proporcional al incremento de ese nacionalismo que se detecta en las distintas sociedades que conforman España. De hecho, no son pocos los autores consultados que denuncian una evidente involución en el modo en que los españoles conciben las literaturas del país. El escritor -y director de la editorial asturiana Saltadera- Antón García recuerda con nostalgia aquellas décadas de los 70 y 80 en las que todo el mundo, independientemente de la comunidad a la que perteneciese, estudiaba y leía a Rosalía de Castro, Gabriel Aresti y Salvador Espriu¸ y comparte las palabras que su colega Xuan Bello, el gran maestro de la literatura asturiana, lanza a este respecto: ‘Tenemos que reflexionar seriamente sobre lo que sucedió en aquellos años y el modo en que lo jodimos entre todos con provincianadas que nada tienen que ver con el espíritu de la nación de cada uno’.

¿Qué ha pasado para que el intercambio literario haya decaído? ¿Qué ha propiciado que los representantes de las diferentes culturas se sientan cada día más alejados? ¿Qué políticas han alimentado semejante distanciamiento? La respuesta es unánime: España es cada día más centralista. España y, también, su industria editorial. ‘Ser autor en la periferia en un estado tan centralista como el nuestro, que raramente orbita más allá de Madrid y Barcelona, es difícil –dice Mercedes Corbillón, propietaria de la librería Cronopios-. Estoy convencida de que la literatura gallega ha dado grandes obras que no han encontrado el sitio que merecían’. Los emporios editoriales miran cada vez menos hacia las otras lenguas nacionales, o al menos eso denuncian algunos escritores, cayendo en una suerte de ceguera propia de quien vive demasiado cerca del poder y pierde la perspectiva de la realidad. ‘El sistema editorial español funciona como el inglés: si hay autores que hablan en inglés en todo el mundo, ¿para qué publicar a los que no lo hacen? Es decir, son sistemas que prefieren asimilar a traducir’, asegura el escritor catalán Màrius Serra. Es cierto que, de vez en cuando, se traduce al castellano a algún autor catalán, gallego, vasco o asturiano, pero se hace con cuentagotas y siempre con el temor de que, más allá de sus fronteras autonómicas, no vaya a interesar. ‘Siguen existiendo unas pautas, unos modos, heredados de los años en que la batuta la llevaba el grupo Prisa, que se basaban en el sistema de cuotas: la literatura española era literatura en castellano, y luego habían otros escritores, uno por cada lengua cooficial: Quim Monzó, Bernardo Atxaga y Manuel Rivas. Y fin del asunto’, denuncia el escritor asturiano Xandru Fernández.

Las dificultades para llegar al público castellanohablante siembran desánimo entre los escritores periféricos, que siguen viendo cómo se menosprecia a sus idiomas y que continúan soportando que se les diga -siempre en voz baja- que, cuando tengan algo realmente importante que decir, acudan a la lengua dominante. A este respecto, es interesante cierta anécdota de Xandru Fernández: ‘Hace un par de años publiqué mi primera novela en castellano. Un periodista asturiano me llamó para entrevistarme porque, según dijo, “por fin” había publicado una novela. Cuando le recordé que ya había publicado otras seis, la respuesta fue algo así como “Sí, pero ésta es de verdad”. Ese es el nivel’. Todo esto provoca que los escritores en lenguas cooficiales tengan la sensación de que han de hacer dos veces el mismo trabajo: tras abrirse camino en su comunidad lingüística, deben hacerlo de nuevo en el sistema editorial español, algo que no ocurre a los narradores que escriben directamente en castellano. ‘La sensación es de que, en España, se tiene poca idea de lo que se publica en catalán –dice la escritora Tina Vallés-. Por eso, cuando los autores somos enviados a Madrid a promocionar las traducciones de nuestras obras, hemos de explicarnos desde el principio. Es como si volviéramos a empezar, como si fuéramos novatos’. Afortunadamente, ese doble trabajo, pese a ser un engorro, se está dando cada día con más asiduidad, dado que cada vez es más sencillo encontrar a autores catalanes (por poner un ejemplo) que publican en las dos lenguas simultáneamente y sin grandes problemas, como Marta Orriols, Marta Carnicero o la misma Vallés. En este sentido, no puede negarse un cambio de actitud por parte de la editoriales en castellano. De igual modo, la concesión de los últimos Premios Nacionales de Cultura a algunos autores en lenguas cooficiales (Antònia Vicens y María Xesús Lama) también señalaría una mejora en la comprensión de la realidad lingüística del país por parte de los estamentos oficiales.

Pero, ¿leen los habitantes de las comunidades bilingües a sus propios autores? En los años 80, el escritor y articulista Juan Cueto inventó la llamada ‘teoría del frontón’, según la cual un autor asturiano ganaba veinte lectores en Oviedo por cada dos mil que obtuviese primero en Madrid. Es muy posible que esta teoría siga siendo válida en Galicia y Asturias, pero no cabe duda de que Cataluña y el País Vasco han desarrollado las suficientes políticas de concienciación lingüística como para que sus habitantes lean desacomplejadamente a los autores que se expresan en la lengua interior. A este respecto, es interesante escuchar las opiniones que los escritores vierten sobre el modo en que sus respectivos gobiernos defienden sus letras. En general, puede decirse que los gallegos están profundamente decepcionados con la actitud de la Xunta, que los asturianos aguardan expectantes la obtención de la cooficialidad de su lengua, y que los catalanes y vascos están bastante satisfechos con el modo en que sus ejecutivos defienden sus literaturas. Y estas opiniones resultan más que lógicas si se tienen en cuenta los datos recogidos en el informe ‘El sector del libro en España’ realizado por el Observatorio de la Lectura y el Libro en abril del 2018, según el cual Madrid y Barcelona siguen controlando la producción editorial española, con una producción del 92,8 por ciento de los libros publicados. Además, en 2016 la edición en euskera aumentó un nada despreciable 34,5 por ciento, en catalán un 7,2 y en gallego un decepcionante -13,1 por ciento. Del asturiano, ni siquiera habla.

Así pues, los escritores gallegos están que se suben por las paredes. Afean a la Xunta que tenga más interés en el patrocinio del castellano que de la lengua autóctona, se quejan de que la ‘Lei do Libro e da Lectura’ aprobada en 2006 -cuya finalidad era el fortalecimiento del sistema literario interior y su difusión en el exterior- no está siendo cumplida, y se muestran desesperanzados respecto al ‘Plan para la Cultura’ que ahora mismo se está elaborando. Y los números les dan la razón: según el Consello da Cultura Galega, de los 2.070 títulos en gallego publicados en 2008, hemos pasado a 976 en 2016. ‘La Xunta está inmersa en un proceso de demolición total del idioma –protesta airada María Reimóndez-. Que sobrevivamos es un milagro. No solo han reducido la presencia del gallego en la enseñanza hasta lo ridículo, sino que también han recortado los apoyos necesarios para compensar una situación de agravio histórico’. Los asturianos se dividen en dos grupos: unos tienen ciertas esperanzas puestas en la lucha por cooficializar el bable y otros se muestran totalmente escépticos. ‘Hay muchas expectativas puestas en lo que pase en los próximos meses, mucha ilusión y también mucho miedo a que, una vez más, esa esperanza de supervivencia para nuestro idioma y la defensa de nuestros derechos lingüísticos sean defraudados’, dice Vanessa Gutiérrez. En cuanto a la producción editorial, basta un dato: en 2008 se publicaron 150 títulos en asturiano y ahora 80. Nada más que añadir, salvo la opinión de Consuelo Vega, escritora y ex directora general de Cultura y Política Lingüística durante el gobierno socialista de Álvarez Areces: ‘No es fácil para un escritor en asturiano acceder al sistema editorial castellano. De hecho, Asturias está en una posición de marginalidad respecto a las estructuras de la industria del libro en español y los autores en asturiano están fuera de circuito’.

Los vascos están notablemente satisfechos con el funcionamiento del Instituto Etxepare, llamado a promover la cultura euskera en el exterior, y muestran cierta conformidad con lo que el escritor Xabier Mendiguren, también responsable de la editorial Elkar, llama no sin cierta ironía ‘la salomónica equidistancia’ de su gobierno: ‘Hay un canal de televisión pública en euskera y otro en castellano, un premio literario en euskera y otro en castellano, y así sucesivamente. En principio, parece correcto. Pero un Ferrari y un Seat 600 compitiendo en un mismo circuito no dan como resultado una carrera justa’. Por su parte, los catalanes no sólo celebran el reciente boom de la literatura en su lengua, sino que ven refrendada la situación con los números. ‘Estamos en un buen momento, tanto desde el punto de vista de la creación propia como de la incorporación de obras de otras lenguas, y hemos sabido crear una oferta diversa que nos permite llegar a diferentes lectores –dice Montse Ayats, presidenta de la Associació d’Editors en Llengua Catalana-. Los últimos datos nos permiten ser optimistas, porque constatan un crecimiento pequeño pero sostenido de las ventas en catalán’. Según la Federación de Gremios de Editores, en 2016 hubo un incremento de la facturación por tercer año consecutivo (+3,60 por ciento).

Ahora bien, hay un punto en el que gallegos, asturianos, vascos y catalanes coinciden: las políticas locales pueden ser buenas o malas, pero al menos son políticas. Porque del único gobierno del que no tienen noticia de que haya hecho nada por las literaturas periféricas es del que está asentado en Madrid. Y un matiz más, en este caso aplicable a todas las ejecutivas: ‘Tengo la impresión de que tanto el gobierno catalán como el español tienen una preocupación por la literatura y por la cultura más bien escasa. No veo un interés real para que llegue a todo el mundo, para que empape al conjunto de la sociedad. A fin de cuentas, la literatura educa, despierta el espíritu crítico, hace reflexionar. Y eso es un peligro para un sistema que se sustenta en el consumo’. Lo dice Eva Baltasar y lo rubrican sus colegas.

Mientras el gobierno central no elabore un plan de defensa de las literaturas cooficiales, tendrán que ser los sistemas literarios de dichas realidades lingüísticas los que generen sus propias estrategias de supervivencia. Y lo están haciendo. De hecho, ahora mismo conviene destacar tres: primera, la creación de agencias literarias especializadas en la difusión en el extranjero de las literaturas periféricas -en este terreno, las gallegas están cogiendo la delantera-; segunda, la defensa de las editoriales independientes que visualizan realidades ajenas a los grandes circuitos; y tercera, la solidaridad entre comunidades. Esta última vía es, sin duda, la más apreciada por los escritores. ‘Aprecio una especie de empatía periférica que provoca que el lector, pongamos por caso, de literatura en gallego tenga más posibilidades de interesarse por la literatura en catalán que aquel que sólo lee en castellano –dice el asturiano Pablo Texón-. En mi caso, hay traducciones de mi obra al gallego y al catalán, pero no al castellano. No creo que sea una casualidad’. Lo mismo opina la escritora catalana Miriam Cano: ‘Tengo la sensación de que las tres lenguas cooficiales mantienen una relación de complicidad en la que es más fácil ver a un catalán traducido al gallego o un vasco traducido al catalán que ver a cualquiera de estos autores traducidos al castellano’.

Por otra parte, y aunque resulte un asunto antipático, no se puede abordar un tema como el presente sin mostrar el reverso de la moneda, esto es, el victimismo. Algunos de los autores consultados, como Arantza Portabales, Vanessa Gutiérrez o Tina Vallès, reconocen que, pese a su opinión respecto al funcionamiento del sistema editorial dominante, ellas no han tenido ningún problema a la hora de traducir sus obras al castellano, e incluso ha habido entrevistados que han verbalizado la idea de que, en toda este asunto de las literaturas periféricas, hay muchos escritores que, además de quejarse por vicio, se niegan a mirarse en el espejo y reconocer que, en verdad, el problema no es la lengua. Y es que escribir en castellano, catalán, euskera, gallego o bable no es garantía ni perjuicio de nada, como tampoco lo es hacerlo en inglés. Porque la calidad de la obra siempre está por encima de cualquier otra consideración. Es más, cambiar de idioma para buscar el éxito es uno de los errores más típicos de quienes se preocupan más por las ventas que por la literatura. ‘Lo que ha supuesto históricamente un fracaso es la figura del escritor en asturiano que decide traducirse al castellano o continuar su carrera en ese idioma publicando en una editorial local –dice Pablo Texón-. Eso me parece un error tremendo y comercialmente casi siempre ha sido un fiasco. De cambiar de idioma, hazlo a lo grande’.

Además de cierto victimismo, algunos escritores reconocen, no sin dolor, que las literaturas periféricas a menudo pecan de ser demasiado endogámica y de aplaudir trabajos que, en un territorio más amplio, no merecerían ni una triste reseña. ‘La contrapartida de la eclosión de la literatura catalana, que es muy positiva, es que puede hacernos caer en una cierta ufanía -comenta Miriam Cano-. Se genera un clima de “todo vale” y todo puede ser visto como “the next big thing”. Creo que el buen momento que atraviesa nuestra literatura no nos ha de hacer perder la voluntad de separar el grano de la paja y, sobre todo, de hacer autocrítica y no dar cualquier cosa por buena’. De igual modo, todos los entrevistados, aunque sea off-the-record, denuncian los trapicheos que suelen darse en las comunidades lingüísticas de dimensiones reducidas con el tema de las subvenciones, los amiguismos y, en definitiva, las ansias de medrar. Los cuchicheos y las puñaladas abundan y, aunque sea algo que también ocurra en los sistemas editoriales de mayor envergadura, en estos casos resulta más evidente. ‘Hay una frase del escritor José Monteagudo que me parece muy significativa, ya que dice que la literatura en gallego se ha convertido en un género en sí mismo -ironiza Arantza Portabales-. Nos gusta vivir encerrados en nuestros temas, mirando nuestros ombligos. Yo creo que, sin perder nuestra identidad y nuestra personalidad, debemos abrirnos a los temas más universales, a otras formas de escribir’.

Con todo, hay una verdad más que evidente: la auténtica literatura no se mide por el volumen de sus lectores potenciales, por lo que convendría que el gobierno central dejara de focalizar sus esfuerzos en la promoción de las letras en castellano y recordara que, en este país, tenemos la inmensa suerte de contar, cuando menos, con cinco realidades culturales.

(Publicado en Cultura/s, el 12 de enero de 2018).

Despacho pequeño, editor grande

En la séptima planta de la sede central de Penguin Random House hay un despacho vacío. Es pequeño, está desordenado y tiene una pizarra repleta de garabatos. Hasta hace dos días, no había un solo escritor que, cuando entraba en aquel habitáculo tan reducido, no tuviera la sensación de que estaba accediendo a una de las catedrales más grandes de la literatura española. Hoy, sin embargo, parece el desierto más desolado del mundo. Lo ocupaba Claudio López de Lamadrid y ahora sólo quedan recuerdos.

La importancia de aquel despacho contrastaba con la pequeñez de sus dimensiones, y la relevancia de su dueño chocaba con el desenfado con el que te recibía. Claudio nunca te esperaba detrás del escritorio, nunca te recibía como un sacerdote tras el altar, nunca te miraba desde el otro lado. Te veía acercarte a través de la puerta y, antes de que la cruzaras, gritaba tu apellido con tanta fuerza que hacía que te sintieras querido. Daba gusto entrar allí, era como llegar a casa.

Además del escritorio, en aquel despacho había -y sigue habiendo- una mesa cubierta de libros y algunas sillas. Allí era donde se sentaba el editor para hablar con quienes iban a visitarlo. A veces, mientras charlaba contigo, miraba hacia afuera y llamaba a algunos de sus editores -¡Albert!, ¡Gabriella!, ¡Carme!-, invitándoles a unirse a la conversación. Z

No hay un solo escritor de mi generación que no soñara con traspasar la puerta de ese despacho y, en consecuencia, publicar con Claudio López de Lamadrid. Había convertido su sello en garantía de calidad y no son pocos los autores que deben su prestigio al mero hecho de haber formado parte de su catálogo. En realidad, es muy probable que su defensa de las letras españolas le trajera problemas dentro del grupo, habida cuenta de que respaldó a autores de gran calidad que, pese a esto, vendían muy poco. Nunca sabremos a ciencia cierta cuánto debe la narrativa española a su empeño por defender la literatura en mayúsculas, pero lo averiguaremos dentro de poco. A fin de cuentas, su muerte también pone punto final a un modo de concebir el oficio.

En Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, John Irving decía que todos los huérfanos buscan desesperadamente lo perdurable. Quieres perdieron a sus antecesores antes de tiempo viven por siempre atemorizados ante la posibilidad de que sus otros seres queridos también les abandonen y se aferran de un modo desesperado a todo aquello que parece estable, que no amenaza derrumbe, que no tiene un horizonte de silencios. Yo soy huérfano desde los trece años y reconozco sin avergonzarme que, a lo largo de mi vida, he buscado a muchos padres. Los he encontrado en casas de amigos, en redacciones de periódicos y en ambientes de carácter literario. Pero sólo una vez me sentí realmente protegido -y querido- por un editor.

Por desgracia, no hay nada que dure siempre. Todo termina y se desvanece. A veces demasiado pronto. Y los huérfanos volvemos a vagar por el mundo sin saber a qué aferrarnos.

Buen viaje, Claudio.

(Publicado en El Mundo, el 12 de enero de 2019).

Centenario Salinger

EL 14 de septiembre de 1944, en el marco de la II Guerra Mundial, las tropas aliadas chocaron con las fuerzas alemanas en el bosque de Hürtgen. Los contrincantes peleaban por un terreno de apenas 129 kilómetros cuadrados; no había motivos para pensar que fuera a derramarse demasiada sangre. Sin embargo, la ofensiva se enquistó y se tardó cinco meses en declarar un vencedor. Hubo 33.000 bajas en el bando estadounidense y 28.000 en el nazi. Fue una matanza sin precedentes, la batalla más larga jamás librada por los americanos. La derrota resultó tan dolorosa para el gobierno yanqui que se ordenó enterrarla en las fosas de los libros de historia. No debía trascender que los alemanes habían sido feroces, tenía que parecer que derrotarlos había sido sencillo, no podían quedar manchas en el expediente bélico del país emergente. Hoy casi nadie recuerda el bosque de Hürtgen; preferimos el Desembarco de Normandía.

Entre los soldados que conformaban el 12º Regimiento de Infantería de los Estados Unidos de América, había un muchacho de apenas veinticinco años que participaría en los momentos claves del rescate de Europa: desembarcó en la playa de Utah el Día D, se enfrentó a la maquinaria nazi en el bosque de Hürtgen, volvió a coger su fusil en las Ardenas, entró con las primeras tropas en París -donde tuvo ocasión de conocer a Hemingway- y liberó a los presos del campo de concentración de Dachau. Respecto a esta última experiencia, dejó escritor que jamás logró sacarse de encima el olor a quemado que aquel sitio desprendía. El muchacho era un aspirante a escritor que llevaba entre sus pertrechos los seis primeros capítulos de la novela que habría de encumbrarle: El guardián entre el centeno.

J.D. Salinger nació el 1 de enero de 1919 y este año celebramos su centenario. Se preparan nuevas ediciones de sus libros (en España lo hará Alianza), se estrenarán dos biopics (El rebelde en el centeno y Mi año con Salinger) y se expondrán sus manuscritos en la Biblioteca Pública de Nueva York. Ninguna otra efeméride le hará sombra, ni siquiera las de Walt Whitman, Primo Levi o Iris Murdoch, entre las muchas otras que se conmemorarán en fechas venideras.

Es bastante probable que, durante el 2019, volvamos a oír hablar del escritor huraño que perseguía a los fotógrafos, que no cedía los derechos cinematográficos de El guardián entre el centeno -«lo siento, a Holden no le gustaría», solía decir cuando se lo solicitaban- y que daría al mundo una novela rodeada de un aura maldita -como supuestamente demuestra el hecho de que Mark David Chapman llevara un ejemplar en el bolsillo en el momento en que apretó el gatillo contra John Lennon-. Estos aspectos de su vida y de su obra serán repetidos hasta la saciedad y las nuevas generaciones de lectores sentirán una atracción irresistible hacia el personaje. Todo esto ocurrirá, no hace falta negarlo. Pero algunos seguiremos dando más importancia a la época en que Salinger luchó contra el nazismo. Se ha afirmado que se alistó al ejército para ensombrecer su alma con la experiencia de la guerra y ser de este modo un escritor más profundo. También se ha dicho que El guardián entre el centeno es una metáfora de la II Guerra Mundial. Quién sabe, todo es posible. Sin embargo, sea cual sea la verdad, no debemos olvidar que hubo una época en que Salinger no sólo no quiso vivir aislado, sino que además viajó hasta Europa para que tampoco lo hiciéramos nosotros. Lo demás, creo, importa poco.

(Publicado en El Mundo el 03 de enero de 2019).

Dos lenguas

EL DOMINGO pasado, Javier Cercas publicó un artículo de opinión en El País Semanal (Dos lenguas, dos literaturas y un golpe, 2 de diciembre) en el que, apoyándose en unas declaraciones del crítico Ignacio Echevarría, afirmaba que la literatura catalana estaba compuesta por dos tradiciones (la escrita en catalán y la escrita en castellano) que prácticamente no se comunicaban entre sí. Y a continuación reflexionaba sobre el papel que, en su opinión, habían jugado los políticos separatistas en todo este asunto.

Hace unos años, yo habría suscrito la primera parte de ese artículo sin cambiarle ni una coma, pero actualmente creo que hay que añadirle alguna nota a pie de página. Es cierto que, como dice Cercas, los escritores en castellano han mirado tradicionalmente por encima del hombro a sus colegas en catalán, sobre todo al verse respaldados por un sistema editorial y una atención mediática que superaban con creces a las que estaban a disposición de los otros. Y en consecuencia sería lógico pensar que dicho desequilibrio pudo alimentar cierto resentimiento por parte de los autores en lengua catalana.

Pero no creo que, a fecha de hoy, se pueda seguir afirmando que las dos literaturas no interaccionan. De hecho, creo que ocurre justamente lo contrario. El incremento de la producción en catalán ha sido tan salvaje en el último lustro -los datos de Editors.cat lo demuestran- que ya hay incluso quien habla de una burbuja editorial. Actualmente, se publica mucho, se escribe mucho y, lo más importante, se lee mucho en catalán. Estamos viviendo una transformación de carácter histórico que, indiscutiblemente, va ligada a la situación política del país. Porque el procés ha cometido muchos fallos, esto salta a la vista, pero también ha tenido aciertos, el más interesante de los cuales ha sido la concienciación de que, en Cataluña, existía una cultura arrinconada.

Esto ha hecho que muchísimos escritores catalanes en castellano -entre los que me incluyo- hayamos tomado conciencia de que nos habíamos dejado llevar por nuestros propios intereses y de que no habíamos atendido a la cultura en catalán con el rigor que se nos presuponía. A este respecto, reconozco sin esconderme que, hace diez años, yo no leía absolutamente nada en catalán y que, más grave todavía, no era consciente de estar haciendo nada mal. Y tengo una enorme cantidad de colegas que, aunque ahora lo nieguen, vivían en el mismo limbo que yo. Por suerte, esto ha cambiado. Hoy ser escritor en Cataluña y no leer en catalán no sólo es un anacronismo, sino también una indecencia que ya no comete casi nadie.

De igual forma, la interrelación entre ambos grupos de autores ha mejorado de forma sustancial. Si es cierto que hace unos años ambos mundos discurrían en paralelo, también lo es que hoy la interacción es -hiperventilados al margen- total. Cercas ponía el ejemplo de Gonzalo Torné y de sí mismo para mostrar casos de escritores que atienden a ambas lenguas por igual, pero a continuación decía que «no creo que resulte fácil encontrar escritores en castellano con un interés por la literatura en catalán que sobrepase el límite de lo superficial y consabido». Y aquí es donde se equivoca. Porque lo difícil es, a día de hoy, encontrar lo contrario, es decir, a escritores que no se interesen, de un modo profesional y personal, por lo que hacen sus colegas de la otra tradición.

(Artículo publicado en El Mundo Cat, el 04 de diciembre de 2018)

Luna Miguel: En guerra constante

Pocas escritoras han soportado tantos comentarios machistas como Luna Miguel. Publicó su primer poemario a los 18 años y su carrera despegó con tanta fuerza que enseguida llegaron las envidias... y las bromas. Algunos periodistas escribieron que era ''insultantemente joven'', ''un producto de los 'selfies' y las redes sociales'' y ''carne de revistas de tendencias'', e incluso hubo quien afirmó: ''Su belleza eclipsa su obra''. Por suerte, mientras unos se fijaban en la mujer, otros leían su libro. Y la aplaudían. Ahora Luna Miguel aparca momentáneamente la lírica para lanzarse a la narrativa. Publica El funeral de Lolita (Lumen), una novela protagonizada por una treintañera que recuerda la época en que, siendo adolescente, mantuvo una relación con su profesor de Literatura.

YO DONA. Quiero empezar con una pregunta muy directa: ¿se ha sentido alguna vez la Lolita de la literatura española?

Luna Miguel Me lo hicieron sentir. Durante mucho tiempo me atacaron por ese lado. De hecho, llegó a publicarse un titular en el que, directamente, me llamaban Lolita. Como es evidente, nunca me he sentido identificada con ese nombre y, además, me molesta que lo usen con la evidente intención de aplastar a una mujer joven que tiene ambición en la vida.

Pocas escritoras han sufrido tantos ataques como usted…

A la argentina Pola Oloixarac le ocurrió lo mismo cuando publicó Las teorías salvajes. En las reseñas había constantes alusiones a su aspecto. Todo esto demuestra que no solo te odian por ser joven, sino también por hacer bien tu trabajo. Y encima añaden su mirada lasciva.

Antes de empezar a publicar, ¿se imaginaba que el mundo literario sería tan cafre?

No. Pero lo asimilé cuando todo aquello empezó a pasar. Recuerdo que, con 13 años, asistí a un recital de Miriam Reyes en la Biblioteca Pública de Almería y pude escuchar una conversación en la que otros poetas, algunos de ellos profesores en mi instituto, hablaban de sus tetas. Yo había acudido al evento porque admiraba su trabajo; ellos habían ido para mirar su cuerpo

.En el mundo de la poesía hay muchas autoras jóvenes y poquísimas maduras.

Siempre ha sido así. Las mesas de poetas emergentes en los festivales suelen estar compuestas por mujeres jóvenes, pero las de consagrados solo tienen a hombres mayores. Eso no es casual, es algo provocado. De hecho, todas las escritoras jóvenes sabemos que hay un organizador de festivales que siempre pide al hotel que nos aloje en las habitaciones contiguas a la suya. Estas cosas pasan... y seguirán pasando.

Estas denuncias que usted hace, ¿le han traído consecuencias?

Sí, a veces me escriben escritores o programadores advirtiéndome de que voy por mal camino, de que no me volverán a invitar a actos, de que estoy más guapa calladita. Pero no me preocupa. Si no quieren invitarme, que no lo hagan. Hay muchos sitios donde recitar.

La protagonista de su novela, una mujer de 30 años que en su adolescencia mantuvo una relación con un hombre mayor, pregunta a una amiga embarazada: «¿Tienes miedo? (...) De ser madre de una niña. Una niña que en 15 años será como éramos nosotras y sufrirá como sufrimos nosotras». Es una visión muy pesimista sobre la evolución de la sociedad...

Pero, ¡cuidado!, yo no coincido con la opinión de mi personaje. A mí me parece que han cambiado muchas cosas. Cada vez hay más festivales con mujeres en la organización y las compañeras nos apoyamos mutuamente, cosa que antes no ocurría.

Pero hace dos años Facebook censuró su cuenta al descubrir que usted había colgado la portada de El dedo (Capitán Swing, 2016), un libro sobre la masturbación femenina. ¿Realmente cree que las cosas están cambiando?

Bueno, tal vez no tanto, pero al menos ahora las mujeres somos conscientes de estos problemas. Y los denunciamos. Entre todas hemos tejido una red de seguridad que hace que, si haces público un abuso de ese tipo, la sociedad crea en ti.

¿Cómo se documentó para escribir El funeral de Lolita?

Durante algún tiempo escribí artículos y ensayos breves sobre el tema, y los publiqué en PlayGround [revista digital en la que trabaja]. Entonces empecé a recibir correos de chicas que habían mantenido relaciones con hombres bastante más mayores que ellas.

¿Más de los que esperaba?

Sí, muchos más. Pero es que la relación entre una chica joven y un hombre mayor es muy común. Me atrevería a decir que el 70% de mis amigas del instituto y la universidad han tenido alguna con un hombre que las superaba en edad 15 o 20 años. De ahí que decidiera escribir una novela en la que la voz principal fuera la de una de estas lolitas, no la del hombre.

¿Qué buscan ellas y ellos al iniciar este tipo de relaciones?

En el caso de los hombres, poder; en el de las adolescentes, experimentación. Por tanto, ellos quieren controlar y ellas, aprender. Pero la responsabilidad siempre recae sobre el adulto, por razones obvias. De ahí que Humbert Humbert [protagonista de la novela Lolita, de Vladimir Nabokov] sea un indeseable.

(Entrevista publicada en Yo Dona el 10 de noviembre de 2018).

No hay nada como desmayarse en la librería Nollegiu

En el mundillo cultural barcelonés no se es nadie si no se tiene una anécdota vinculada a la Nollegiu. El local abrió sus puertas hace cinco años y el pasado domingo su propietario quiso celebrarlo por todo lo alto. Más de un centenar de personas -entre las que destacaba una cincuentena de escritores, además de una buena cantidad de periodistas, traductores, editores y, sobre todo, lectores- acudió al evento con ganas de pimplarse una cerveza a la salud deXavi Vidal, y la fiesta resulto tan divertida que incluso la lluvia se retiró durante un rato. ¿Milagro? Quién sabe. Tal vez a Dios le guste esta librería.

Vidal había comprado camisetas blancas para los autores. En cada una de ellas, una pregunta estampada en el pecho, ¿Quién diablos es...?/¿Qui diantres és...?, seguida del nombre del escritor que la llevaba. La idea resultó de lo más efectiva no sólo porque los literatos pudieron fingir que se conocían entre sí, sino también porque permitió que los lectores pusieran cara a sus creadores preferidos. Ahora bien, el asunto de las tallas fue lo mejor de todo. Porque, si unos iban con la prenda tan arrapada que no dejaban ni un michelín a la imaginación, otros parecían auténticos fantasmas con sábana incorporada. De hecho, a Marta Orriols le tocó una talla XL y el librero le sugirió que se pusiera un cinturón y luciera la camiseta a modo de vestido. Por su parte, Robert Juan-Cantavella se encogió de hombros al descubrir que habían colocado el guion de su apellido detrás de su nombre de pila. No se enfadó. Total, está más que acostumbrado.

Los autores bebieron cerveza, comieron patatas fritas y contaron algunas anécdotas vinculadas al local. Por ejemplo, Míriam Cano rememoró el día en que regaló a Vidal una página de las galeradas de su poemario Buntsandstein(Viena, 2013) para que la usara de amuleto, y Julià Guillamon recordó la época en que su madre, oriunda del barrio, se compraba la ropa en La Juanita, es decir, en el mismo local donde hoy se alza la Nollegiu y donde, según las malas lenguas, hay un sofá en el que Jordi Corominas pasa sus noches frías. Y es que no se puede negar que, si alguien nos preguntara ahora mismo dónde viven Corominas y Sergio de Diego, todos responderíamos que en la calle Pons i Subirà. Ellos son, en realidad, el auténtico amuleto de Xavi Vidal.

Ah, y para terminar, mi propia anécdota vinculada a la librería. Sucedió este mismo domingo, durante la celebración, cuando la fiesta estaba en pleno apogeo. Andaba yo tan campante entre la gente cuando me sobrevino una bajada de tensión y tuve que sentarme en una butaca para no caer al suelo. Los invitados me socorrieron, me abanicaron y me trajeron algo de beber, y cuando me hube recuperado, Corominas me acompañó a un taxi. Esa misma tarde, escribí a Carlos Zanón para preguntarle cómo había acabado el sarao y me respondió con su guasa habitual: «Lo más divertido ha sido verte más blanco que una hoja de papel». Cabrito.

(Artículo publicado en El Mundo Cat, el 01 de noviembre de 2018).

El escritor que nunca sonreía

HACE AHORA quince años, en concreto el 18 de octubre de 2003, falleció el escritor que nunca sonreía: Manuel Vázquez Montalbán. Y esta semana, la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña/Associació Col·legial d'Escriptors de Catalunya (ACEC) le rindió homenaje en sus XVII Jornadas Poéticas. Ocho intelectuales de altura compartieron sus recuerdos con el creador de Pepe Carvalho, centrando su atención en el hecho de que Manolo -así llamado por quienes lo conocieron- siempre se consideró, por encima de todo, un poeta. Entre los participantes Manuel Rico, Quim Aranda, Guillermo Carnero, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Eduardo Mendoza, Carlos Zanón, Josep Maria Pou y David Castillo, presidente de la entidad.

Vázquez Montalbán publicó más de una decena de poemarios, pero se convirtió en un escritor popular gracias a la renovación -e incluso introducción- del género policíaco en nuestro país, así como a la repercusión que sus columnas de opinión tuvieron en la sociedad española. Sin embargo, él disfrutaba especialmente cuando componía unos versos que, en opinión de Eduardo Mendoza, buscaban «que el ciudadano viviera su realidad de un modo poético», es decir, que aspiraban a que la mediocridad que domina nuestras vidas pudiera ser vista como un acontecimiento de carácter literario. Su intención de crear una «épica de la cotidianidad» lo convirtió en un escritor rupturista, lo cual hace que el olvido de su actividad poética sea si cabe más injusto.

Con todo, no cabe duda de que fueron sus novelas las que recibieron el aplauso de las masas. Carlos Zanón contó que, cuando él era adolescente, intercambiaba con sus amigos ejemplares de los relatos protagonizados por Pepe Carvalho sin que ninguno de ellos tuviera la sensación de que estaban manejando un producto de naturaleza cultural. «Simplemente nos pasábamos unos libros con los que sabíamos que nos divertiríamos -dijo durante su intervención-, tal y como hacíamos con los discos o los cómics que nos molaban». En mi opinión, estas palabras constituyen uno de los mayores piropos que se puede hacer a un escritor.

Los artículos periodísticos de Vázquez Montalbán también marcaron a una generación. Quienes tuvimos ocasión de conocerlo personalmente todavía recordamos su extraordinaria capacidad para hablar en titulares. Yo lo entrevisté en 1997, con motivo de la publicación de Quinteto de Buenos Aires(Planeta). Nos habíamos citado en las oficinas de la agencia literaria Carmen Balcells. Tan pronto como me saludó, me preguntó por la extensión que tendría la entrevista al ser trasladada al papel y, cuando le dije el número de páginas que me habían asignado, asintió en silencio. En aquel momento, no entendí para qué quería aquella información, pero, a medida que la conversación avanzaba, me di cuenta de que ajustaba sus respuestas al espacio del que yo disponía en la revista. Cada una de sus frases era un titular, no soltó ningún pensamiento al azar, no derrochó ni una palabra innecesaria. Era el periodista perfecto incluso cuando jugaba el papel de escritor.

Manuel Vázquez Montalbán no tiene en nuestra memoria colectiva el lugar que sin duda merece. Pasan los años y su recuerdo se disipa. Por suerte, ahora se está rescatando su legado, principalmente gracias a la labor de escritores como Carlos Zanón, que en breve resucitará a Pepe Carvalho, y de asociaciones como la ACEC, que lucha por la defensa de los escritores incluso cuando ya han muerto.

(Artículo publicado en El Mundo, el 02 de noviembre de 2018).

Cervantes en Barcelona

LA SEMANA pasada, el Institut Ramon Llull, el ICUB (Institut de Cultura de Barcelona) y el ICEC (Institut Català de les Empreses Culturals) convocaron a varias asociaciones de escritores para informar sobre los pasos que habrían de seguir a la hora de llevar a buen puerto la invitación que la Feria del Libro de Buenos Aires ha lanzado a Barcelona para convertirla en 'ciudad de honor' de su edición de 2019.

Como vocal de la Junta de la ACEC (Associació Col·legial d'Escriptors de Catalunya/Asociación Colegial de Escritores de Cataluña), entidad de carácter sindical que defiende a todos los literatos independientemente de la lengua en que se expresen, asistí a la reunión junto a nuestro presidente, David Castillo, y escuché con interés las explicaciones que Izaskun Arretxe (IRLL), Marina Espasa(Barcelona Ciutat de la Literatura) y Joaquín Bejarano (ICEC) dieron sobre el modo en que pensaban distribuir los cuatrocientos mil euros con los que cuentan para su participación en un evento que se extenderá entre el 23 de abril y el 12 de mayo del próximo año. A grandes rasgos, el programa es el siguiente: trasladar a unos 35 escritores de la capital catalana, defender la existencia en Barcelona de una de las cadenas del libro más sólidas del mundo, desplegar un mapa literario de la ciudad y, por último, hacer hincapié en la historia de exilios cruzados que ambos países/ciudades tuvieron a lo largo del siglo pasado.

Hasta aquí, todo perfecto. Sin embargo, hubo un punto que nos hizo arquear la ceja. Los organizadores manifestaron su intención de aprovechar la popularidad de la que gozan ciertos escritores barceloneses (léase los que escriben en castellano, como Juan MarséEnrique Vila-Matas o Eduardo Mendoza) para difundir la obra de los autores en lengua catalana que, debido a las dificultades de traducción, son desconocidos para el público argentino. Como estrategia de promoción, no está mal. Pero, lógicamente, nosotros alzamos la mano para recordar a los organizadores que en esta ciudad también hay autores que escriben en castellano y que, pese a esto, nadie conoce en aquellas tierras. Porque, oigan, para saltar el charco no basta con un idioma común. Al oír nuestra protesta, tanto Arretxe como Espasa y Bejarano nos dieron la razón y aseguraron que elegirían a los representantes de la literatura barcelonesa de un modo equitativo, evitando convertir el acontecimiento en la fiesta de la parcialidad. Y es que la Feria de Frankfurt 2007 sigue estando en el pensamiento de muchos, la verdad. El Ramon Llull dice que eso no ocurrirá en esta ocasión y, de momento, nosotros nos alegramos.

Pero en la reunión se abordó otro asunto que también requiere de una reflexión. Según aseguraron los organizadores, el Instituto Cervantes -o, en su defecto, el Centro Cultural de España en Buenos Aires- no se ha puesto en contacto con el Ramon Llull o con el Ayuntamiento para ofrecer su colaboración. Y esto ya es de juzgado de guardia. Desde el momento mismo de la designación, el gobierno central tendría que haber telefoneado al Institut Ramon Llull con la intención de acordar estrategias comunes para la promoción de los autores barceloneses que ahora tienen la oportunidad de dar a conocer su obra en Argentina. De hecho, lo normal sería que el Cervantes se ocupara de los autores catalanes en lengua castellana y que el Llull hiciera lo propio en la catalana. Pero en este país (Catalunya o España, me da igual) ya no hay nada normal. Y los que acaban pringando son, como siempre, los que sólo quieren trabajar.

(Artículo publicado en El Mundo el 02 de octubre de 2018).

Una pluma blanca para José María Aznar

El 3 de junio de 2010 tuve ocasión de intercambiar algunas impresiones con el doctor Abdul Razak Jalil Alissa, en aquel entonces rector de la Universidad de Kufa (Irak), sobre la época en que el ejército español se acantonó en su campus. Me encontraba en la ciudad santa de Najaf porque estaba documentándome para una novela de no ficción (‘Aunque caminen por el valle de la muerte’, Literatura Random House, 2017) en la que habría de reconstruir, minuto a minuto, la batalla más importante de cuantas ha librado el ejército español en los últimos sesenta años, concretamente desde el asedio de Sidi-Ifni. Me refiero, cómo no, a la Batalla de Najaf.

El rector me recibió con los brazos abiertos. De hecho, se mostró tan entusiasmado con mi llegada que enseguida comprendí que algo no cuadraba. No me equivoqué. Al parecer, alguien le había dicho que yo era un representante del Gobierno español que venía a ofrecer algún tipo de compensación por los destrozos causados en el recinto universitario. Cuando negué mi pertenencia al Ejecutivo y aclaré que solo pretendía obtener su permiso para visitar el campus, se enojó. ‘Vuestros soldados se marcharon y nadie nos indemnizó por el modo en que dejaron el lugar -me espetó airado-. Los edificios están inservibles, las paredes se caen a pedazos, las fachadas continúan tachonadas de balazos’. Balazos. Eso era lo que yo había ido a buscar: los impactos de bala que demostraban que los efectivos enviados por José María Aznar a Irak habían participado de un modo activo en la guerra. Los chicos de la Brigada Plus Ultra II habían combatido, se habían visto obligados a matar y algunos incluso habían estado a punto de morir. Y nadie reconocía esa acción.

La Batalla de Najaf (4 de abril de 2004) enfrentó a trescientos soldados españoles contra un millar de insurgentes del autoproclamado Ejército del Mahdi. Fue una carnicería. Las cifras de iraquíes muertos en combate oscilan según la fuente: desde 30 hasta 400. En el campus universitario, rebautizado para la invasión como Base Al-Andalus, también había militares salvadoreños, hondureños y estadounidenses, así como mercenarios de la compañía privada militar Blackwater. Un miembro del Batallón Cuscatlán II, Natividad Méndez Ramos, falleció en acto de servicio y trece compañeros de su misma nacionalidad, así como tres norteamericanos, resultaron heridos de diversa gravedad. La unidad mecanizada de la Brigada Plus Ultra II, compuesta por cuatro blindados BMR, tuvo que abandonar el acuartelamiento en pleno fragor de la batalla para rescatar a un pelotón salvadoreño que había quedado aislado en el exterior. Sus ocupantes se jugaron la vida, fueron acribillados, tuvieron que defenderse. Hoy muchos de ellos siguen sufriendo pesadillas. Son los veteranos de un conflicto que la semana pasada, durante su comparecencia en la Comisión de Investigación sobre la Financiación del PP, el expresidente del Gobierno se atrevió a negar: ‘España no envió soldados’.

En este país hay hombres y mujeres que todavía conservan en la retina las imágenes del 4 de abril y que han sido silenciados no sólo por los distintos ejecutivos, sino también por los mismísimos ministros de Defensa. En sus ‘Memorias de entreguerra’ (Planeta, 2005), Federico Trillo se pule la batalla en un par de párrafos, y en una conversación que no me permitió grabar, su sucesor en el cargo, José Bono, se refirió a aquel enfrentamiento como ‘un tiroteo sin importancia’. Algunos de los soldados que participaron en dicho ‘tiroteo’ han solicitado un ‘Reconocimiento al valor’ por haberse jugado la vida defendiendo Base Al-Andalus, pero el alto mando ha rechazado la petición en reiteradas ocasiones, obligando a unos cuantos a intentarlo por vía judicial. El Ministerio alega que no se puede dar esa distinción a quien no ha estado en una guerra y, como oficialmente la Brigada Plus Ultra II sólo participó en una ‘Misión humanitaria y de restablecimiento de la seguridad’, no hay más que hablar. Curiosamente, sus superiores, el general Fulgencio Coll y el entonces coronel Alberto Asarta, fueron aplaudidos, aupados y promocionados por su labor, cuando lo cierto es que las opiniones entre la tropa sobre su liderazgo dejan mucho que desear. Eso por no hablar del retrato que Paul Bremer III dibuja en sus memorias ‘My Year in Iraq’ (Simon & Schuster, 2006), en las que ridiculiza de un modo más que cruel las decisiones tomadas por los mandos españoles durante aquella fatídica jornada.

La semana pasada José María Aznar no sólo continuó silenciando los gravísimos conflictos armados a los que nuestras tropas hicieron frente en Irak, sino que incluso negó que hubieran estado allí. Y, mientras tanto, trescientos soldados españoles -no pocos de los cuales han abandonado el ejército por pura decepción- siguen despertando entre sudores. No es difícil suponer que muchos de ellos regalarían una pluma blanca al expresidente español. Una de esas plumas que, en el ejército británico de la sociedad victoriana, simbolizaba lo peor que puede tener un hombre en el campo de batalla: cobardía.

(Publicado en eldiario.es el 29 de septiembre de 2018)

El tiempo envejece deprisa pero algunos libros no se estropean

No hay en este país un escritor que no haya soñado con publicar en Anagrama. Existen otras editoriales de calidad, es cierto, pero las que tienen su misma antigüedad han perdido la independencia y las que son independientes no han alcanzado su prestigio. Ahora el mítico sello barcelonés pertenece a Feltrinelli y, aunque nadie sabe qué ocurrirá en el futuro, no parece que las cosas vayan a cambiar demasiado: el grupo italiano ha demostrado en numerosas ocasiones su enorme respecto hacia la literatura, las editoras Silvia Sesé e Isabel Obiols son un sello de garantía, la larga sombra de Jorge Herralde sigue cubriéndolo todo. Anagrama continuará siendo el sueño húmedo de los escritores jóvenes... y, no nos engañemos, también, de otros más viejos.

Antonio Tabucchi dejó escrito aquello de «el tiempo envejece deprisa» y el jueves pasado, durante la clausura del XXIII Máster de Edición de la Universitat Pompeu Fabra, Javier Aparicio Maydeu añadió eso de «pero el talento nunca desaparece». Lo dijo mirando a Herralde, para quien había organizado un homenaje en el auditorio de la calle Balmes y a quien Carlo Feltrinelli había enviado una carta -a última hora, el italiano tuvo que excusar su presencia por motivos familiares- en la que definía a su amigo como un «gigante de la cultura europea». El auditorio aplaudió lo que era una verdad evidente y volvió a hacerlo cuando Carlota Torrents invitó a Lali Gubern a subir al escenario para tomar asiento junto a su marido.

El público estaba compuesto por grandes nombres de la edición española (Silvia Querini, Pilar Beltran, Claudio López de Lamadrid, Juan Cerezo...), por agentes literarios (María Lynch, Gloria Gutiérrez, Silvia Bastos, Anna Soler-Pont...), por escritores tanto de la casa como de otros sellos (Rodrigo Fresán, Tina Vallés, Use Lahoz, Anna Ballbona, Albert Forns...) y por periodistas de primer orden (Josep Massot, Carles Geli, Xavi Ayén, Bernat Puigtobella...). Pero el grueso de la platea lo componía esos «alevines de la edición» (estudiantes del Máster) que lanzaron preguntas al más veterano de los editores, una de las cuales merece un hueco en este Toque de Queda: «¿Qué se siente al haber conseguido que su apellido sea incluso más importante que el nombre de su editorial?'». Herralde no terminó de contestar de una forma clara, no se sabe si por modestia o por no haber entendido al muchacho, pero tampoco hizo falta que lo hiciera. Porque la mera presencia de tantos personajes ilustres en el auditorio de la UPF ya era toda una respuesta.

Estamos cerca del fin de una época. Lo insinuó el mismísimo homenajeado al mencionar a cinco de sus mejores amigos no por orden de aparición en su vida, sino de desaparición en ésta: Carmen Martín Gaite, Roberto Bolaño, Rafael Chirbes, Ricardo Piglia y Sergio Pitol. Pero después recomendó a los estudiantes que, para sobrevivir en el mundillo de la edición, visitaran primero una «armería». Y, cuando el auditorio estalló en carcajadas, todos supimos que quedaba editor para rato.

(Crónica publicada en El Mundo Cataluña el 5 de julio de 2018)

Yo también soy Fotogramas

LA SEMANA pasada se hizo público que Hearst España desmantelaba una de las redacciones históricas del periodismo barcelonés: la de la revista Fotogramas. Y que lo hacía de un modo tan abyecto que daba la sensación de que la empresa seguía empleando los métodos de su fundador, William Randolph Hearst, empresario de la comunicación que se obsesionó tanto con el dinero que propició revueltas, revoluciones y guerras -véase el caso USS Maine- con el único objetivo de vender periódicos. Orson Wells se inspiró en su persona para rodar Ciudadano Kane y, viendo el modo en que sus herederos tratan a los trabajadores, ahora mismo a nadie le importa que semejante tiparraco añorara su maldito trineo.

El método empleado por Hearts España para deshacerse de la plantilla de Fotogramas ha sido el siguiente: primero anuncia a los diez trabajadores que traslada la sede a Madrid y luego les da treinta días para hacer las maletas, abrazar a sus hijos y plantarse en la capital. En otras palabras: no los despide, sólo los mandan a seiscientos kilómetros. En un extraordinario artículo publicado por Toni G. Iturbe en su cuenta de Facebook -nótese la importancia para la comprensión de nuestra época de que un periodista tan prestigioso tenga que colgar un texto en una red social, y no en un periódico- se resumía la situación de este modo: 'Al fin y al cabo, de lo que se trataba precisamente era de ponérselo tan difícil que renunciaran: de esa manera, la empresa, como no los despide, se los quita de encima con el mínimo gasto y tan ricamente'.

La revista Fotogramas nació en 1946 de la mano de Antonio Nadal Rodó y María Fernanda Gañán. A lo largo de su historia ha contado con colabores tan ilustres como Maruja Torres o Terenci Moix, por citar únicamente a dos, y en sus páginas se han publicado algunas de las entrevistas y críticas más importantes del sector cinematográfico. Siete décadas de existencia dan para muchas anécdotas y, teniendo Hearst España los números más que saneados, es una lástima que se ponga el punto final de un modo tan burdo a una de las redacciones con más solera de este país.

Como era de esperar, ninguno de los afectados ha aceptado el traslado a Madrid y, en consecuencia, todos han acabado de patitas en la calle. El colectivo Ronda -cooperativa de abogados que lucha por un mundo menos injusto- ha conseguido suavizar el despido, pero no parece que eso vaya a solucionar la vida de quienes tienen hijos, hipotecas y, sobre todo, un miedo atroz al futuro. Y es que, como añade Iturbe en su artículo, 'lo que está pasando estos años en el mundo de los medios de comunicación se contará con detalle dentro de unos años y no se entenderá cómo se permitió que sucediera'.

La advertencia que lanza Iturbe queda muy bien ejemplificada con lo sucedido en la redacción de Fotogramas, pero sólo hay que levantar la mirada para encontrar otros casos que muestran sobradamente el modo en que se está destruyendo la profesión. Sólo les mostraré uno: el otro día, charlando con el escritor Rodrigo Fresán, le comenté que hacía mucho tiempo que no leía ningún artículo suyo y él me respondió que, salvo alguna excepción, ya no colaboraba con medios españoles. Prefiere hacerlo con latinoamericanos porque, según aclaró, 'ahora mismo, en Ecuador, están pagando tres veces más por un artículo'. En Ecuador, sí.

No creo necesario decir mucho más para intuir las técnicas con las que el capitalismo está destrozando una profesión fundamental para la defensa de nuestros derechos.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña el 3 de junio de 2018).

Los hombres que no abrazan a sus hijos: panorámica de la literatura viril

Al principio de todo, cuando la literatura apenas era un proceso en construcción y, por tanto, cuando todavía no se habían fijado los arquetipos a los que los escritores habrían de agarrarse durante los siglos posteriores, Homero esbozó dos modelos de virilidad. Uno lo encarnaba Héctor, el héroe que escuchaba a las mujeres; otro, Aquiles, el guerrero que se adoraba a sí mismo. En una de las escenas más conmovedoras de la Ilíada, el primero se acerca al hijo que Andrómaca le ha dado y lo observa en silencio. Lógicamente, el niño se asusta ante la armadura que asoma por el cielo de su cuna y rompe a llorar, reacción que incita al padre a sacarse el casco, mostrar su rostro desnudo y, cogiendo al bebé con ambas manos, elevarlo por encima de su cabeza para rogar a los dioses que lo conviertan en un hombre más justo y más valiente que él. Como comenta Luigi Zoja en su ensayo El gesto de Héctor (Taurus), esta acción supuso una revolución en la época, ya que, hasta ese momento, los padres veían a sus hijos como seres inferiores, fardos que debían arrastrar durante años, molestias que las mujeres traían al mundo sin que nadie se lo hubiera pedido.

Héctor fue el primer héroe que antepuso el bienestar de su descendiente al suyo propio, convirtiéndose de este modo en el paradigma del hombre tierno, protector e inteligente. Pero ese modelo de masculinidad apenas habría de durar unas escenas. Porque, algunas estrofas después, Aquiles se enfrenta al príncipe en combate y no sólo lo derrita clavándole una lanza en el cuello, sino que además ata su cadáver a un carruaje y los arrastra por la arena ante la mirada atónita de los troyanos. Es el triunfo del hombre violento sobre el hombre sensible. Del puño sobre la caricia. De lo masculino sobre lo femenino.

Homero marcó el camino –los héroes serán agresivos o no serán– y los escritores posteriores siguieron la senda marcada por el padre. Aquiles representa la virilidad que continúa apareciendo en la épica contemporánea, y aunque algunos autores han tratado de ensalzar a Héctor, la literatura sobre la masculinidad sigue empeñada en dibujar al héroe como un hombre dotado de tres características: coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad. Tanto es así que, como han recalcado en varias ocasiones las escritoras Laura Freixas y Luna Miguel, prácticamente no existen novelas escritas por hombres en las que el tema central sea el embarazo de sus parejas, las tareas del hogar o la rutina fuera del ámbito laboral. Estas situaciones tan habituales en la vida de cualquier varón no encuentran su correlato en la literatura occidental, siendo las grandes gestas –entendidas en cualquiera de sus acepciones– los argumentos que predominan en la narrativa escrita por varones.

Atendiendo a las tres características antes citadas –coraje en la batalla, frialdad en las emociones y desenfreno en la sexualidad–, se puede señalar a algunos autores que han incidido cuando menos en alguna de las mismas, y nada mejor para hacerlo que empezando por Philip Roth, escritor de quien algunos críticos llegaron a decir que nadie entendía a los hombres como él. Salta a la vista que se trata de una afirmación arriesgada, habida cuenta de que lo normal es que los lectores no se identifiquen con la sexualidad desaforada que muestran sus personajes. Sin embargo, a lo largo de las últimas décadas no han faltado (supuestos) especialistas que se han atrevido a afirmar que sus novelas reflejan una especie de anhelo que domina secretamente a todos los varones: tener sexo a todas horas. El propio autor defendió en varias ocasiones que las contradicciones de los judíos y la ‘furia erótica’ de los perturbados eran los ejes vertebradores de sus obras, algo que quedó demostrado en El mal de Portnoy (1969), novela protagonizada por un masturbador compulsivo que cuenta a su psiquiatra sus aventuras amorosas. Se trata del título más importante de Roth y, si el puritanismo que nos invade no lo impide, su eco resonará en la literatura universal durante mucho tiempo.

Otro escritor que ha sido señalado como representante de eso que podríamos llamar ‘literatura de la virilidad’ es David Vann. De sus novelas se ha dicho que muestran al hombre enfrentándose a la Naturaleza y, acaso más importante, a su propia familia. Sus novelas Sukkwan Island (Alfabia, 2010) y Caribou Island (Mondadori, 2011) causaron una auténtica conmoción entre una crítica especializada que, hasta ese momento, concebía el ‘nature writing’ como una actividad literaria más volcada hacia la reflexión que hacia la acción, pero que se levantó de la butaca cuando aquel alaskeño apareció en escena con unos argumentos que planteaban la relación del hombre con el entorno salvaje tal que si fuera la batalla de un único espartano contra todas las huestes de Jerjes I. Además, en aquel entonces todavía resonaban en nuestras cabezas los párrafos de Salir a robar caballos (Bruguera, 2007), una novela de Per Petterson en la que el bosque era el elemento hostil en el que los hombres debían sobrevivir. Curiosamente, desde hace algunos años, y sobre todo gracias a la labor de editoriales como Errata Naturae, estamos asistiendo, cuando menos en España, a una transformación del ‘nature writing’ por la cual se rescata la obra de mujeres que también disfrutaron enfrentándose a la Naturaleza. Este fenómeno, iniciado años atrás por autoras como Annie Dillard (Una temporada en Tinker Creek, Errata Naturae, 2017), Sue Hubbell (Un año en los bosques, Errata Naturae, 2016) o Alice Herdan–Zuckmayer (Una granja en las Green Mountains, Periférica, 2018), ha dado la vuelta al género, rompiendo la idea de que lo salvaje es territorio masculino.

En lo tocante a la escena bélica, ocurre algo similar. Si hasta ahora concebíamos la guerra como un territorio estrictamente masculino, la irrupción de cineastas como Katherine Bigelow o de escritoras como Shani Boianjiu ha demostrado que las armas no son exclusiva de ellos y que, si hasta el momento eran los hombres quienes contaban este tipo de historias, se debía antes a las dificultades que ellas encontraban a la hora de acceder al universo castrense que a la falta de ganas de hacerlo. Con todo, y volviendo al asunto de la virilidad, es evidente que la narrativa bélica cuenta con una lista de autores interminable. De hecho, se podría afirmar que la literatura nació en un campo de batalla –recordemos a Homero– y que jamás lo ha abandonado. Pero, puestos a elegir un autor, ninguno como Tim O’Brien, cuya novela –o quizá libro de relatos– Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Anagrama, 1993) se ha convertido en un clásico contemporáneo. O’Brien ya había escrito algunos libros en los que narraba sus experiencias como soldado en Vietnam, pero en este volumen decidió explicar esas mismas situaciones a través de la ficción, es decir, alteró su propia biografía con la intención de construir una historia que transmitiera las mismas verdades que él descubrió durante su temporada en los arrozales del país asiático. Posteriormente, Phil Klay haría algo similar con Nuevo destino(Literatura Random House, 2015), otra compilación de relatos con Irak como telón de fondo que mereció en National Book Award, amén de ser públicamente recomendado por el mismísimo Barack Obama.

En el terreno de la violencia, y dejando de lado el género negro, no cabe duda de que el gran autor contemporáneo es Donald Ray Pollock. Su novela El diablo a todas horas (Libros del Silencio, 2012) hizo que ese autor desconocido –empezó a publicar superados los cincuenta años– se convirtiera en un escritor de prestigio internacional, algo sumamente difícil si se valora que la temática de dicha obra era, simple y llanamente, el Mal. El libro es un conjunto de historias ambientadas en un Ohio absolutamente sumido en la pobreza material y espiritual por el que pasea un personaje que, por así decirlo, sólo tiene un objetivo en la vida: vengarse del mundo. Y lo hará con una crueldad tan extrema que, gracias al estilo aplicado por el autor, recuerda a la Ira de Dios o, mejor dicho, del Diablo. Se ha repetido hasta la saciedad que Donald Ray Pollock es el escalón lógico en la evolución literaria tras el éxito de Cormac McCarthy, pero la afirmación no resulta acertada por un único motivo: los personajes del primero carecen de cualquier tipo de código moral, mientras que los del segundo, aun pudiendo no coincidir con la nuestra, se rigen por una ética muy concreta.

Ahora bien, sería injusto afirmar que la ‘literatura de la virilidad’ pone el foco única y exclusivamente sobre la violencia o la sexualidad. De hecho, existen infinidad de ejemplos en los que la masculinidad no se manifiesta a través de esos instintos básicos y en los que, de alguna forma, se pretende encontrar un modelo de hombre que recupere la esencia de ese otro arquetipo creado por Homero, es decir, el del modelo representado por aquel Héctor que, además de escuchar a las mujeres, amaba a sus hijos. Por citar sólo a dos, mencionaremos a William Kotzwinkle y a Kent Haruf. El primero publicó El nadador en el mar secreto (Navona, 2014), una novela en la que se narra el nacimiento de un hijo muerto con una sobriedad pasmosa. De hecho, esta parquedad en lo tocante al discurso sentimental podría hacernos pensar en la ‘frialdad en las emociones’ de la que hablábamos antes, pero sería un error, ya que Kotzwinkle convierte la contención poética en un ejercicio emocional mucho más contundente que el más desgarrado de los lamentos. En cuanto a Haruf, sólo se puede decir que muestra la virilidad desde la única perspectiva que debería importarnos: la de los hombres que, habiendo llegado a cierta edad, saben que no tienen que demostrar nada. Y es que su novela Nosotros en la noche, en la que narra el romance entre dos ancianos que se conocen de toda la vida, desprende tanta belleza que no habrá lector, varón o hembra, que no sueñe con llegar a la vejez con la misma capacidad de seguir amando que sus protagonistas. Toda una lección de auténtica masculinidad.

(Publicado en CTXT, el 16 de julio de 2018).

El Premi Crexells

LA POLÉMICA en torno a la 47º edición del Premi Crexells ha dejado algunos flecos que convendría peinar. A mediados de la semana pasada, los miembros del jurado decidieron añadir, «por respeto a los aspirantes», cuatro obras a las siete seleccionadas por un escasísimo porcentaje de socios del Ateneu Barcelonès y de usuarios de los clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona. La comisión alegó que la participación había sido tan insuficiente que habían quedado excluidos algunos títulos de indudable calidad y, en una decisión cuando menos discutible, optó por reintroducir en la selección unas obras previamente descartadas.

Ante semejante alteración de las bases, la escritora Tina Vallès anunció la retirada de su novela, gesto que fue inmediatamente secundado por el resto de candidatos. Un día después, la vicepresidenta primera del Ateneu Barcelonès, Gemma Calvet, renunció a su cargo por «discrepancias en la gestión de la crisis Crexells y por otras discrepancias anteriores con la junta», y la institución suspendió la convocatoria del premio, anunciando que abriría «un proceso de reflexión que permita mantener el prestigio del decano de los premios catalanes».

Hasta aquí, la información. Y ahora, lo otro.

El jurado consideró que la participación popular había dejado fuera obras de gran valor. De acuerdo. Pero, ¿cómo tuvo lugar dicha participación? Soy conductor de tres clubes de lectura de Bibliotecas de Barcelona y, en consecuencia, cada año recibo el encargo de solicitar a los usuarios que voten por uno de los títulos de la lista de aspirantes al Crexells. Dicha lista me suele ser entregada entre 15 y 30 días antes de la fecha acordada para el fin de la selección, lo cual implica exigir a los miembros de los clubes -lectores normales y corrientes, sin ningún vínculo profesional con el sector- que tomen una decisión en un tiempo récord. En la presente edición, se dio un mes para valorar 33 títulos.

Lógicamente, los lectores siempre se han mostrado indignados con esta metodología. Y lo han hecho por varios motivos: uno, no se les concede el tiempo necesario para leer; dos, no se les suministran los libros; y, tres, no se les indica el criterio a seguir. Esto hace que, salvo rarísimas excepciones, los usuarios se nieguen a votar. Debo reconocer que siempre me he sentido orgulloso de aquellos clubes que, según expresiones usadas por sus propios integrantes, rechazan tomar partido en semejante broma. A fin de cuentas, las bibliotecas son la base de la pirámide sobre la que se levanta parte de la industria editorial y, al defender el placer de la lectura por encima de cualquier otra consideración, sus usuarios son los encargados de mantener viva la llama de la cultura. Digámoslo claro: ellos siguen viendo la literatura como algo vinculado al comportamiento moral y se entristecen cuando detectan cualquier atisbo de desidia en un mundillo que todavía les hace vibrar.

Cuento todo esto porque no me parece correcto que el Ateneu Barcelonès alegue que el voto popular ha minusvalorado novelas de gran valor. Y no me parece lícito porque, primero, es un insulto a los lectores de verdad, ya que se da a entender que no saben elegir; segundo, porque se falta a la verdad al no aclarar que, si la gente no votó, fue porque ni se les suministró los libros ni se les dio tiempo para leerlos; y, tercero, porque se descarga sobre sus consciencias una responsabilidad que ni merecen ni tienen por qué aguantar.

(Publicado en El Mundo, el 04 de junio de 2018).

La era de la igualdad

Reunimos a cinco de los escritores más importantes del momento para debatir sobre igualdad y ficción. El encuentro se produce en La Vinoteca Torres de paseo de Gràcia y, entre vino y vino, los tertulianos extraen conclusiones sobre la manifestación del 8 de marzo, el fin del machismo, la confusión entre realidad y ficción, y la relectura en clave feminista de los grandes clásicos.

Pilar Eyre acaba de publicar Carmen la Rebelde (Planeta), en la que reconstruye la vida de la actriz -y amante de Alfonso XIII- Carmen Ruiz Moragas; Llucia Ramis ha ganado el Premi Llibres Anagrama de Novel·la con Les possesions (Anagrama/Libros del Asteroide), en la que relata una época oscura en la biografía de su padre; Najat El Hachmi ha vuelto al tema de la inmigración con Mare de llet i mel (Destino/Edicions 62), donde desgrana la historia de una marroquí afincada en Cataluña; Jordi Puntí ha sorprendido a la crítica con su libro de cuentos Això no ès Amèrica (Empúries/Anagrama) y ahora publica una loa al jugador de fútbol más importante de todos los tiempos titulada Tot Messi (ídem); y Agustín Fernández Mallo ha merecido el Premio Biblioteca Breve con Trilogía de la guerra (Seix Barral), una novela que reflexiona sobre las guerras, los muertos y el mundo en que vivimos. Juntos componen un equipo de primera división y han venido a la Vinoteca para charlar sobre los grandes temas del momento.

Pregunta.- ¿Estamos realmente en el año de las mujeres?

Pilar Eyre.- La época que vivimos se resume con dos imágenes: las mujeres de las zonas rurales saliendo a manifestarse el 8 de marzo y Carme Chacón pasando revista a las tropas durante su embarazo. Estos dos acontecimientos explican perfectamente lo que está ocurriendo.

Llucia Ramis.- La prueba de que el 8 de marzo fue un éxito la encontramos en las declaraciones de los políticos. Un día antes, quitaban importancia a la manifestación; un día después, todos decían que también eran feministas.

Najat El Hachmi.- Mi generación creció creyendo que el feminismo era una cosa desfasada, algo que hacían aquellas mujeres que quemaban sujetadores en los 70. Pero este año todas hemos abierto los ojos, nos hemos dado eso que Lucía Lijtmaer llama 'el golpe en la cabeza', y hemos unido nuestras protestas a las que ya lanzaron nuestras madres.

Pilar Eyre.- Es que las mujeres de mi generación tuvieron que luchar mucho para conseguir los derechos de los que ahora gozáis las jóvenes. Pero aún queda mucho por reclamar.

Pregunta.- De repente parece que todo el mundo es feminista. ¿Es creíble?

Agustín Fernández Mallo.- Sí. Y por un motivo: la primera mujer que luchó para conseguir que los hombres se pusieran preservativos no benefició únicamente a las mujeres, sino también a los hombres. A partir de ese momento, el feminismo dejó de ser una cosa de cuatro locas que quemaban sujetadores.

Pilar Eyre.- Quiero recordar que quemar un sujetador es muy difícil. Las varillas lo complican. Y sé de lo que hablo.

Agustín Fernández Mallo.- Claro, es que el primer diseñador de un sujetador realmente efectivo fue un ingeniero aeronáutico. Pero, volviendo al tema, en el siglo XXI ha habido dos grandes revoluciones: la teoría de género, que nos permite repensar el cuerpo; y la nueva ola feminista que por primera vez se ha convertido en algo transversal. El feminismo ya no es algo que afecte sólo a las mujeres.

Jordi Puntí.- De todas formas, el hecho de que el feminismo sea transversal hará que se convierta en algo superficial. Y hay que tener cuidado con eso.

Pilar Eyre.- Pues yo me alegro de que se popularice. Los animalistas conseguimos que se extendiera la idea de que maltratar a un animal era cruel, y ahora todo el mundo lo sabe. Lo mismo ha de ocurrir con el feminismo: si se populariza, el machismo descenderá.

Llucia Ramis.- Está bien que se popularice, pero también ha de ser profundo.

Pregunta.- ¿Y lo es?

Llucia Ramis.- Si no hubiera sido por la eclosión del feminismo, yo no me habría dado cuenta de que mis jefes me estaban minusvalorando. Por ejemplo, algunos críticos dicen que hay mucho sexo en mis novelas y, hasta ahora, yo me tomaba en serio sus comentarios. Pero me he dado cuenta de que a los escritores varones no les dicen esas cosas. Me las dicen a mí por ser mujer. Como si yo no tuviera derecho a tener deseo.

Pilar Eyre.- De todas formas, se acaba de publicar un informe que asegura que las mujeres no conseguiremos la igualdad real hasta dentro de cien años. En la década de los 20, las feministas quemaban corsés, no sujetadores, pero llegó el franquismo y todo volvió atrás.

Llucia Ramis.- Es que los hombres tienen el poder y nunca se lo cederán a la otra mitad de la población.

Jordi Puntí.- Pero ahora ya no hay marcha atrás. El movimiento es tan transversal que quien no se suba al carro simplemente se quedará atrás. Si un escritor no se adapta a los tiempos que corren, será expulsado de la realidad.

Pregunta.- Hace un par de años se puso de moda el término «cipotudo» para hablar de un tipo de escritor que seguía defendiendo los valores masculinos tradicionales. Pero, al mismo tiempo, las escritoras feministas tomaron las editoriales. ¿Hay una polarización del discurso de género?

Agustín Fernández Mallo.- El mundo literario es exageradamente machista. Cuando yo aterricé en este sector, me quedé horrorizado ante la cantidad de cafres que había. El mundillo literario todavía está dominado por gente que cree que un escritor ha de ser un hombre alcohólico, con sobrepeso, sin más obsesión que las tetas y sin ninguna vida doméstica. Es un concepto subdesarrollado del que ya se empieza a hacer parodia.

Pilar Eyre.- Pero, si miras las cifras de ventas de esos escritores tan «cipotudos», verás que son ridículas. Las que venden son las mujeres.

Preguntas.- Últimamente se ha hablado mucho de Lolita de Nabokov. ¿Creéis que hay que jugar a los clásicos con los raseros actuales?

Pilar Eyre.- Lolita es un libro estupendo con un personaje detestable. Y punto. Los escritores deben trabajar con libertad. A mí me suelen decir que escribo escenas machistas, pero no me afecta en absoluto. El día en que me digan lo que debo escribir, abandonaré el oficio.

Jordi Puntí.- El humorista alemán Karl Valentin decía: «Todo ha sido dicho, pero no por todo el mundo». Los escritores tienen derecho a escribir lo que quieran y cada uno debe hacerlo a su manera. No debemos olvidar que el subtítulo de Lolita es Confesiones de un viudo de raza blanca. Ese subtítulo te da la clave para entender el libro.

Pregunta.- Algunos de vosotros mezcláis realidad y ficción en vuestras novelas. ¿No teméis confundir al lector?

Llucia Ramis.- Hoy, con las redes sociales y las fake news, nadie sabe qué es verdad. Y esa confusión beneficia a los escritores, que podemos fingir que hablamos de nosotros mismos cuando en verdad no lo hacemos. O sí.

Agustín Fernández Mallo.- En literatura no existen la verdad o la mentira. Sólo existe lo verosímil y lo no verosímil.

Najat El Hachmi.- De todas formas, quienes hacen una lectura de nuestras novelas preocupándose por la verdad que ocultan son los periodistas. En mi caso concreto, dicen que mis novelas son autobiográficas, pero no es así. Yo hablo de una realidad compleja, la de la inmigración, que veo a mi alrededor. Pero la prensa me pone etiquetas: literatura femenina, literatura de la inmigración y suma y sigue.

Jordi Puntí.- Es que vivimos en un entorno literario provinciano. Seguro que a Zadie Smith nadie la etiqueta como literatura de la inmigración. El problema es que todo el mundo confunde autobiografía con autoficción, que es un territorio en el que el auténtico yo se esconde y aparece el yo literario. Cuando un escritor se elige a sí mismo como material literario, se convierte en otra cosa.

Agustín Fernández Mallo.- Todo es autobiográfico y, al mismo tiempo, no lo es. No se puede escribir sobre nada que no esté previamente en ti. Si un lector te pregunta cuánta verdad hay en tu novela, debes responder: ¿Y qué importa eso? Lo que cuento es algo que ha ocurrido en mi imaginación, luego es algo que me ha ocurrido a mí. Chesterton dijo en una ocasión: «Un día vi la verdad y no tenía sentido». La verdad no tiene sentido, sólo el relato lo tiene.

Najat El Hachmi.- La tradición oral marroquí está llena de relatos tremebundos y, cuando nuestras madres nos los contaban, siempre afirmaban que eran reales, que habían ocurrido en un pasado remoto, que no eran ficción.

Llucia Ramis.- Yuval Noah Harari explica en Sapiens (Debate) que los hombres construyeron los mitos para unir a la sociedad. El miedo hace que estemos juntos. Y para conseguir crear miedo, hay que construir relatos que parezcan reales.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña, el 23 de abril de 2018.)