La escritora que se cansó de tanta violencia

La madre de Han Kang ya había tenido dos partos fallidos cuando se quedó embarazada por tercera vez. No quería pasar por la misma experiencia de nuevo, así que se planteó seriamente la opción de abortar. Sin embargo, una noche, cuando ya había tomado la decisión, sintió que el feto se movía y decidió arriesgarse a traer al mundo un bebé que quizá tampoco naciera vivo. De ahí salió Han Kang, una niña a quien, durante muchos años, su madre susurró: ‘No te mueras, simplemente no te mueras’. Era la misma petición que había hecho a su anterior hija, la que pereció pocas horas después de abandonar el útero.

La autora surcoreana más importante del momento acaba de publicar ‘The White Book’ (todavía inédita en España), novela en la que reflexiona sobre esa sensación, la de ser la ‘sustituta’, que le acompañó durante toda su infancia. La crítica anglosajona ha dicho que es su libro más autobiográfico, pero lo cierto es que casi toda la obra de Han Kang habla de ella misma. ‘Es algo inevitable –comenta la autora desde su encierro literario en Seúl-. Yo empecé escribiendo poesía y eso hizo que concibiera la literatura como un proceso que ha de pasar por el filtro de la propia experiencia’.

Han Kang nació en Gwangju, pero su familia se trasladó a Seúl cuatro meses antes de que se produjera la matanza que narra en ‘Actos humanos/Actes humans’ (Rata). ‘Nos mudamos el 26 de enero de 1980, cuando yo tenía nueve años. Mi padre había decidido dedicarse íntegramente a escribir, lo cual implicaba dejar su trabajo como profesor en aquella ciudad, y aunque su decisión nos salvó la vida, también hizo que arrastráramos durante el resto de nuestras vidas una culpa del superviviente difícil de gestionar. De ahí que, tras escribir mi quinta novela, decidiera reencontrarme con la niña de nueve años que vivió aquella masacre sólo de un modo indirecto’.

Han Kang tuvo una infancia plagada de mudanzas y rodeada de libros. ‘Estudié en cinco colegios distintos y mis padres siempre tuvieron problemas económicos. Les encantaba leer y nuestra casa no tenía muebles, sino libros. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, dejando sólo espacio a la puerta y a la ventana, y también había libros apilados en el resto de espacios libres. Eso hizo que siempre me sintiera protegida. Aunque cambiara de escuela constantemente, los libros siempre me acompañaban. Uno de los recuerdos más valiosos de mi infancia es el de encender la luz y ponerme a leer’.

Al margen de haber nacido en Gwanju y de haber perdido a muchos amigos durante la masacre perpetrada por el dictador Chun Doo-hwan, hubo otros acontecimientos que incitaron a Han Kang a escribir ‘Actos humanos’. El primero ocurrió cuando tenía doce años y encontró, escondido en una estantería, un libro con imágenes de la revuelta, quedando hondamente impresionada con las fotografías de los cadáveres y de los supervivientes haciendo cola para donar sangre. El segundo se produjo en 2009, durante una manifestación vecinal acaecida en el distrito de Yongsan (Seúl). Los inquilinos de un inmueble afectado por los planes urbanísticos del ayuntamiento se atrincheraron en la azotea del edificio para protestar por la mísera compensación económica que les ofrecían, y el gobierno reaccionó empleando una fuerza desproporcionada. El resultado fue un incendio en el que murieron cinco propietarios y un agente de policía.

Han Kang pudo ver el humo desde la ventana de su casa y, mientras rememoraba la masacre de Gwanju, pensó que su país no había cambiado, que la violencia estatal seguía siendo la misma, que la sociedad no había evolucionado. Y se sentó frente al ordenador.  ‘Mientras escribía esta novela, sufrí una transformación. Entendí que mi obra no abordaba un momento político o histórico de Corea, sino todas las situaciones en las que la violencia y la dignidad humanas han coexistido. Por esta razón, no restringí mi investigación a Gwanju, sino también a lo que ocurrió en las Guerras Mundiales, en Bosnia, en la conquista del Nuevo Mundo…’.

Con todo, en la bibliografía de Han Kang hay un título que, según afirma ella misma, no contiene elementos autobiográficos. Se trata de ‘La vegetariana’ (Rata, 2017), una novela que ha sido interpretada como una oda al feminismo, como un alegato político o incluso como un grito contra cualquier forma de violencia, y que convirtió a su autora en una escritora de proyección internacional. De hecho, cuando el libro salió publicado en su país, la crítica le dio la espalda. Eran tiempos de una literatura más realista, más anclada a los hechos históricos (la guerra civil coreana, principalmente), más comprometida con la memoria. Sin embargo, en 2016 Han Kang recibió el Man Booker International Prize por ‘La vegetariana’ y, de la noche a la mañana, se convirtió en la autora más importante de Corea del Sur.

‘La vegetariana’ es una novela muy distinta a ‘Actos humanos’, aun cuando ambas compartan la misma temática: la violencia y la dignidad humanas. En la primera, la autora nos mostraba a una mujer que decidía dejar de comer carne, provocando con este gesto una auténtica tormenta a su alrededor. Su marido y sus propios padres se irritaban tanto ante su tozudez que incluso llegaban a internarla en un manicomio, mientras que su cuñado experimentaba una repentina atracción sexual hacia ella, siendo su hermana la única que parecía comprender el simbolismo oculto tras ese rechazo a la carne.

Con este argumento tan sencillo, Han Kang reflexionaba sobre el dominio que la sociedad tiene sobre el cuerpo femenino, al tiempo que lanzaba un grito de hastío contra la violencia que configura nuestro mundo. ‘Aunque las dos novelas son muy distintas, conforman una dupla: ambas hablan de la violencia del ser humano. Pero me gustaría aclarar que ‘La vegetariana’ no trata únicamente sobre la violencia que se ejerce contra la mujer, sino también sobre el intento de una persona de rechazar cualquier tipo de violencia. La protagonista deja de comer carne porque no quiere seguir perteneciendo al género humano, porque necesita alejarse del modo en que los humanos nos comportamos. Y ‘Actos humanos’ no habla solamente de la resistencia contra la dictadura, sino que además aborda una pregunta que me hice hace treinta años: ¿Qué es  el ser humano? Fue la pregunta que vertebró toda mi infancia’.

(Publicado en Cultura/s, La Vanguardia, el 31 de marzo de 2018).

Barcelona intranscendente

EL PRÓXIMO mes de mayo, J.M.Coetzee visitará España. El Premio Nobel de Literatura impartirá charlas en Madrid, Bilbao y Granada, y no pasará por Barcelona. Seguramente su agenda no se lo permite, pero eso no quita que su ausencia se sumará a la de otros autores de prestigio internacional que tampoco están aterrizando en nuestro aeropuerto. Y es que hay una tendencia creciente de la que conviene hablar: las editoriales ya no quieren traer a ciertos escritores a la ciudad que antaño fuera el epicentro de la literatura. En otras palabras: Barcelona ha dejado de interesar.

Llevo tres años cubriendo los acontecimientos culturales más importantes de nuestra ciudad. Cada semana escribo una crónica en el suplemento Tendències de este mismo periódico en la que, entre otras cosas, resumo cuanto ocurre en los saraos literarios que por aquí se celebran. Las editoriales me envían correos electrónicos advirtiéndome sobre la visita de Fulanito y Menganito, y yo acudo a los actos ansioso por ver el rostro de los máximos exponentes de la cultura internacional. Sin embargo, aunque sólo me ocupo de los acontecimientos que tienen lugar en esta ciudad, también recibo comunicados sobre los que se preparan en otras capitales, y desde hace algún tiempo vengo notando algo que no había ocurrido jamás: muchos primeras espadas de la literatura nacional e internacional prefieren visitar Madrid, Bilbao, Sevilla y Valencia antes que Barcelona.

Algunos responsables de prensa de ciertas editoriales me han comentado que ya no vale la pena organizar presentaciones en nuestra ciudad. La gente ha dejado de acudir a ese tipo de actos, y más de un escritor de prestigio se ha encontrado la sala medio vacía cuando ha decidido venir a hablar de su libro. Y eso es algo que, según me dicen, no ocurre en el resto de grandes capitales de España.

Existen muchas teorías sobre los motivos que nos están llevando al abandono de los actos de naturaleza cultural, la más recurrente de las cuales apunta hacia la idea de que la hiperactividad política nos tiene tan absorbidos que ya no acudimos a los teatros, a los museos, a los cines e incluso a las tiendas. Otra teoría afirma que, en la medida en que la cultura ha sido siempre un motivo de cohesión social, y en la medida en que ahora mismo hay cohesión de ésa en Barcelona, la gente prefiere quedarse en casa y evitar actos de carácter colectivo. Y hay una tercera teoría que asegura que, cuando no hay alegría, la gente no consume. Y aquí, de alegría, poca.

Desde que Barcelona se abrió al mundo tras las Olimpiadas, los esfuerzos de las instituciones locales han ido siempre encaminados a consolidar nuestra posición en eso que la socióloga Saskia Sassen bautizó como red de ciudades globales, es decir, urbes cuya actividad tiene un impacto directo sobre el devenir del mundo. Durante mucho tiempo, estuvimos situados en los puestos más elevados de dicha categoría y lo hicimos gracias a la capacidad que tuvimos para concebir nuestro municipio como una suerte de ciudad-estado que, como tal, estaba por encima de las políticas que malograban la región, el país e incluso el continente en el que se encontraba. Pero todo eso ha terminado. Ha llegado la hora de que asumamos que nuestra posición en el ranking de las capitales influyentes se ha desplomado. Ya no somos ni la primera ni la segunda ni la tercera ciudad que los escritores eligen cuando vienen a promocionar sus novelas. Imaginen la opinión que tienen en el exterior de nosotros.

(Publicado en El Mundo, el 4 de abril de 2017).

El asesino, la mantis y el niño que comía fósforos

 

Cuando era pequeño, Daniel Vázquez Sallés se comía las cabezas de las cerillas. Quería ser fosforescente, así que, junto a un amigo de la infancia, se encaramaba al tejado, alzaba la vista a las estrellas y engullía en silencio. «Nuestra intención era que los extraterrestres vieran nuestros cuerpos luminiscentes y bajaran a rescatarnos», recuerda ahora. «Deseábamos que nos llevaran con ellos, que nos alejaran de nuestras realidades, que nos ayudaran a desaparecer».

El tema de la fuga -o de la doble vida, que es otro tipo de evasión- asoma en casi todas las novelas de Vázquez Sallés. En Flores negras para Roddick (Plaza & Janés, 2003), un ex espía se reinsertaba en la sociedad bajo la identidad de un chef; en La fiesta ha terminado (RBA, 2009), una mujer abandonaba a su familia para empezar de cero; y en su nuevo título, Lena (Alrevés), un hombre oculta que, cuando sale por la puerta de casa, se transforma en asesino a sueldo de prestigio internacional. «En todos mis libros hay un personaje con una vida secreta. Supongo que esa obsesión proviene del deseo inherente a la condición humana de romper con la rutina, de conocer otras realidades, de evadirnos con la ficción».

Para construir a su protagonista (cuyo nombre es Martín y cuyo alias es Knopfler), Vázquez Sallés se documentó sobre la personalidad y metodología de los asesinos a sueldo contemporáneos, pero también se apoyó en casos reales como el de Richard Kuklinski, un profesional a quien las familias del crimen neoyorquino encargaban sus trabajitos y a quien la policía le calculaba 200 o 300 asesinatos, algunos de los cuales correspondieron a personas elegidas al azar, para perfeccionar su técnica.

En la novela de Vázquez Sallés, el personaje principal sólo menciona 30 muertes, pero no es que no necesita más para convertirse en el principal ejecutor de una organización de la que nadie sabe nada (y mejor así).

Pero Lena es nombre de mujer y, en este caso, de femme fatale. Daniel Vázquez Sallés asegura que ha escrito una novela de amor, aun cuando asume sin problemas que la prensa especializada la encuadrará en el género negro. Elena Cohen (Lena) es una escritora que tiene como norma vital no relacionarse con quienes carezcan de una vida susceptible de ser transformada en literatura, motivo por el cual sólo se acercará al protagonista cuando descubra su trabajo e intuya una buena historia. «El lector no llega a saber nada sobre Lena. Intuye que es una mujer obsesionada con el mundillo literario, con la figura del padre, con la imposibilidad de amar... Pero lo único que importa es su condición de mantis religiosa, capaz de hacer lo que sea para sobrevivir».

Así pues, Daniel Vázquez Sallés regresa a las librerías con una novela que continúa reflexionando sobre el deseo de ser otro, sobre la necesidad de ocultar la auténtica personalidad y sobre la importancia de escapar de nuestra rutina. En otras palabras, una novela que habla de quienes comen cerillas. «Cuando era pequeño, vivía obsesionado con la idea de que volvieran a encerrar a mi padre [Manuel Vázquez Montalbán]. Ya había estado en la cárcel una vez y en casa temíamos que un golpe de Estado lo mandara de nuevo a prisión. Por eso, cuando cogíamos las maletas y salíamos de vacaciones, yo era feliz. En el extranjero nadie podía detenerle ni llevárselo a ningún sitio. En el extranjero nadie podía hacernos daño». La huida, a veces, es la salvación.

(Publicado en El Mundo, el 11 de marzo de 2018).

 

Escritores corruptos

EN 1945, cuando César González-Ruano se enteró de que habían concedido el premio Nadal a una joven desconocida llamada Carmen Laforet, reprochó a Ignacio Agustí que no se lo hubieran dado a él con estas palabras: «¿Es que no sabéis que en España los premios se han dado siempre a los amigos? ¡Dónde se ha visto que un premio sea para el libro que nos parezca mejor!». Han pasado más de setenta años desde entonces, pero la protesta del escritor continúa resonando en la cabeza de demasiados autores que, mientras echan pestes de la corrupción política, hacen sus tejemanejes para colgarse medallas que no se merecen. Y sé de lo que hablo.

En el transcurso del último año he tenido ocasión de ejercer como jurado de dos galardones de no poca relevancia: el Premio Nacional de Periodismo Cultural y el Premio Ciutat de Barcelona a la mejor novela escrita en castellano. En ambos casos fui lo más imparcial posible y otorgué mi voto a quien consideré el mejor de los candidatos, teniendo ocasión de comprobar que el funcionamiento de ambos reconocimientos es transparente y que no se percibe atisbo de manipulación en ninguno de ellos. El jurado lanza sus propuestas sin injerencia alguna por parte de los organizadores (el Ministerio de Cultura y el Ayuntamiento de Barcelona, respectivamente) y los galardonados pueden jactarse de haber obtenido dos de los escasísimos premios honrados de este país.

Sin embargo, la falta de corrupción por parte de dichas instituciones no quita que existan presiones externas de lo más deleznables. En mi caso concreto, poco después de que se hiciera público el nombre de los miembros del jurado, recibí varios correos electrónicos de ciertos escritores de no poco prestigio -y de quienes no pienso desvelar la identidad- que me instaban a que o bien los colara en la lista de finalistas o bien los hiciera directamente ganadores. Huelga decir que no presté la menor atención a estas peticiones -ni siquiera cuando una de ellas venía acompañada de una advertencia en la que se aseguraba que, de no hacer lo que se me pedía, me ganaría un enemigo de lo más poderoso- y que sus nombres ni siquiera entraron en consideración durante las deliberaciones. También sobra decir que ninguno de los dos tenía una obra lo suficientemente sólida -aunque sí aplaudida, que no es lo mismo- como para aspirar a dichos premios. Si la hubieran tenido, sobrarían las trampas.

Lo más divertido -a la par que lamentable- es que, en más de una ocasión, he podido escuchar a los dos escritores despotricar de los premios amañados que se entregan en este país (sobre todo en el sector privado) y defender a ultranza la importancia de la honradez en la literatura. Pero, en fin, ya nadie se sorprende al comprobar que el mundo está lleno de hipócritas...

Es cierto que los dos autores que me presionaron para que los votara son hombres de edad avanzada y que, por tanto, provienen de una época en la que esta práctica tal vez fuera habitual. No en vano Constantino Bértolo dijo en cierta ocasión que los actuales premios literarios son corruptos porque nacieron durante el franquismo, una etapa de nuestra historia en la que no se reconocía lo realmente valioso, sino lo culturalmente adecuado. Tal vez ocurra lo mismo con ciertos intelectuales que empezaron a trabajar en aquel entonces, los cuales no conciben que ahora, cuando el mundo ya pertenece a los nacidos en democracia, la literatura esté en manos de gente honrada.

(Publicado en El Mundo, 2 de marzo de 2018).

El año de la tropa

SETENTA MIL soldados del ejército español se encuentran librando la batalla más importante de sus vidas: la defensa de sus puestos de trabajo. La Ley de Tropa y Marinería de 2006 les obliga a prejubilarse al alcanzar los 45 años, pero ellos no están dispuestos a aceptar esta situación sin, al menos, alzar la voz. Por eso han constituido la asociación #45sindespidos, desde la que reclaman, a través de las redes sociales y de sus abogados, el derecho a seguir defendiendo al país que tanto aman. El ruido de sus botas es cada vez mayor; no depondrán sus armas con facilidad.

Hace ya más de una década, durante los tiempos de bonanza económica, el Gobierno incentivó el alistamiento ofreciendo a los jóvenes un contrato de larga duración (máximo, 25 años) en el Ejército. En aquella época, todo el mundo ataba a los perros con longanizas y, como los chavales andaban más preocupados por la diversión que por el futuro, las tasas de reclutamiento cayeron en picado. Para evitar que la tropa se despoblara, el Ministerio de Defensa se inventó aquel contrato y prometió a los aspirantes no sólo una vida de misiones en el exterior, sino también una formación profesional.

Pero había una condición: cuando alcanzaran los 45 años, tendrían que prejubilarse. El año pasado llegó a dicha edad un contingente pequeño, pero este 2018 el número de afectados rondará el millar, y a lo largo de los siguientes ocho años, la cantidad aumentará hasta los setenta mil. Pocos sectores laborales van a sufrir una merma tan importante en tan corto espacio de tiempo.

El Gobierno alega que los afectados ya sabían lo que ocurriría cuando alcanzaran los 45 años y, además, argumenta que estos prejubilados cobrarán 600 euros (menos del salario mínimo interprofesional) de por vida, cantidad compatible con cualquier otro sueldo que puedan conseguir al reciclarse en el mercado laboral. Pero la asociación #45sindespidos responde que, durante los años dedicados al Ejército, no se les ha facilitado el acceso a los cursillos de reintegración al mercado de trabajo que el Ministerio de Defensa ofrece, y que ahora ni siquiera se les entrega un certificado en el que se reconozca la experiencia laboral obtenida durante su vida castrense. En otras palabras: que si te has pasado veinte años ejerciendo como mecánico de camiones en el Ejército de Tierra, ahora no tienes un documento donde se acredite que eres mecánico de camiones. Y así no hay quien encuentre trabajo.

Quienes llevamos años estudiando el comportamiento del Ministerio de Defensa sabemos que nuestro Gobierno tiende a maltratar a los soldados que juraron defender este país con su sangre. Sin embargo, hasta la fecha no habíamos presenciado un movimiento tan grande por parte de la tropa en la defensa de sus derechos. Normalmente, los soldados silencian los atropellos a los que se ven sometidos -les va la carrera en ello-, pero a veces se plantan y alzan el grito. Esta es una de esas ocasiones.

El 2018 arranca con una nueva muestra de desprecio que siente el Ministerio de Defensa hacia las capas más bajas del ejército, pero en esta ocasión el Gobierno ha encontrado un hueso duro de roer. María Dolores de Cospedal no va a ser capaz de acallar a setenta mil soldados enfadados y, por lo que parece, estamos a punto de asistir a una auténtica revuelta en el seno de la tropa. Obedecer y callar ha pasado a la historia; ahora toca alzar el puño y dejarlo caer sobre la mesa.

(Artículo publicado en El Mundo el 3 de enero de 2018).

Recuperar a los amigos

No recuerdo en qué fecha empecé a usar el servicio de mensajería instantánea Whatsapp, pero tengo plena conciencia de que, desde que lo instalé en mi móvil por primera vez, siempre he formado parte de tres grupos: el de la familia, el de los amigos de infancia y el de los colegas de la vida adulta. Los dos primeros se han mantenido inalterados desde su creación, pero el tercero sufrió hace poco una crisis de la que, por suerte, los integrantes hemos salido indemnes. Esa crisis, como pueden ustedes imaginar, se originó por las discrepancias ideológicas que la sociedad catalana ha vivido durante los últimos meses.

El pasado cinco de octubre, cuatro días después del referéndum ficticio y de la represión auténtica, uno de esos amigos envió un mensaje al resto del grupo anunciando que no soportaba más el bombardeo informativo al que todos estábamos siendo sometidos, que andaba muy agobiado por las circunstancias políticas que nos rodeaban, que los tropecientos mil mensajes con los que estábamos saturando el chat le tenían agotado y que necesitaba aislarse del mundo durante una temporada. Y entonces abandonó el grupo. Inmediatamente después, otro miembro se dio de baja y un tercero les imitó. Algunas horas más tarde, y tras darle muchas vueltas, yo también me desconecté.

Nunca hubiera podido imaginar que la política me alejara de mis amigos. Pero así fue. El chat con el que tantas risas habíamos compartido en el pasado se había convertido en una tertulia de cuñados en la que unos censuraban a otros, en la que se atacaba la diversidad de opiniones, en la que se negaba la libertad de pensamiento. Por suerte, nadie llegó al insulto, pero hubo ocasiones en las que faltó poco. Y todo gracias al lavado de cerebro al que se nos está sometiendo desde los dos extremos del arco parlamentario.

Con todo, la amistad imperó. Los políticos no consiguieron separar a quienes habían estado unidos durante décadas y, cuando quedábamos en un bar, nadie se mostraba tan agresivo como cuando hablábamos a través de la mensajería instantánea. En cierta manera, parecía que el grupo de Whatsapp no estaba formado por los mismos individuos que ahora cenaban en un restaurante. Vernos cara a cara hacía que el fanatismo desapareciera.

Hace apenas tres días, durante nuestro último encuentro en un bar, uno de nosotros propuso reactivar el grupo con la condición de que estuviera prohibido hablar de política. Todos estuvimos de acuerdo, pero en el último momento alguien sugirió que tal vez sería conveniente esperar a las elecciones del 21-D para reiniciar nuestra actividad digital. "Por si acaso -añadió-. Que esos cabrones son capaces de volvernos a joder la vida". Al resto nos pareció buena idea. En los tiempos que corren, toda prudencia es poca.

No conozco a nadie que, en el transcurso de los últimos meses, no haya silenciado o abandonado algún grupo de Whatsapp. Es algo que le ha ocurrido a casi todo el mundo y, por más que nuestros dirigentes lo nieguen, revela el daño que el procés, por un lado, y la respuesta de Madrid por el otro, están haciendo a la sociedad catalana.

Sé que en breve volveré a reunirme digitalmente con mis amigos y también sé que ninguna bandera alterará jamás el amor que les tengo. Pero, durante este periodo histórico, he aprendido otra cosa: que hay políticos tan obsesionados con las ideas que han olvidado la importancia de los corazones. Peor para ellos. La soledad les espera a la vuelta de la esquina.

(Artículo publicado en El Mundo del 4 de diciembre de 2017)

Empujar al suicida

La comparecencia de Carles Puigdemont en el Press Club Brussels del pasado 31 de octubre fue una nueva demostración de la capacidad de los políticos catalanes para construir relatos extraordinarios. Esto hay que reconocerlo. El ex president de la Generalitat ratificó por trillonésima vez que la literatura escrita en Cataluña está por encima de la media nacional y que no hay nada como una buena historia para encandilar a públicos de todas las edades y, en este caso, nacionalidades. Porque, oigan, en esto de crear folletines que enganchen, los miembros de Junts Pel Sí son los mejores. Y no lo digo con sorna.

No estoy valorando la veracidad o falsedad del discurso pronunciado en Bruselas, sino analizando la pericia de unos hombres que, habiendo montado un pifostio de mil pares de narices, han sabido dotarlo de estilo, ritmo y acción. Si fuera una novela, no necesitarían nada más. Se nota que estos individuos se sientan a pensar y, qué quieren que les diga, esto ya es todo un acontecimiento en el marco de la política nacional. Porque, ¿acaso cree alguien que las jugarretas que están haciendo al gobierno de Mariano Rajoy son fruto de la casualidad?, ¿o que los adornos con los que engalanan la realidad no están fascinando a la prensa internacional?, ¿o que, frente al desierto en el que ruedan las bolas de polvo de la ejecutiva del PP, no está triunfando el vergel de palabras que maneja el antiguo Govern?

Para demostrar el éxito del relato construido por JxSí, basta leer el artículo El fantasma de Franco, ese oscuro objeto de deseo que este mismo diario publicó -y colgó- el pasado domingo. La periodista Berta González de Vega se burlaba, no sin poco acierto, de los corresponsales extranjeros que, faltos de auténticos conocimientos sobre la Historia de España y de Cataluña, andan por nuestras tierras repitiendo fil per randa el discurso creado por el bloque independentista. Comparar la democracia actual con la dictadura franquista o desenterrar a Lorca para ponerlo delante de los policías que aporrearon -innecesariamente, por supuesto- a los votantes del 1-O, y al mismo tiempo olvidar la libertad de la que gozan los homosexuales en este país o la convivencia ejemplar entre la población autóctona y los inmigrantes llegados desde todos los rincones del mundo es, simple y claramente, cosa de cafres. Ahora bien, si algo hemos aprendido de todo este asunto, es que el hecho de trabajar para la CNN, la BBC o incluso Al-Yazira, o de haber estudiado en Harvard, Yale o Cambridge, no es aval de nada.

Sin embargo, hay cierta lógica en la facilidad con la que algunos periodistas extranjeros han comprado el relato diseñado desde el independentismo. Y esa lógica se basa, principalmente, en la inexistencia de un relato que explique la otra visión del asunto. Todas las acciones emprendidas por Puigdemont -las muestras de su dominio de varios idiomas, las puertas medio abiertas a sus espaldas, los viajes inesperados al corazón de Europa...- han sido meditadas cuidadosamente, mientras que todas las inacciones de Rajoy responden a lo que podríamos llamar la estrategia de la ameba: no moverse, no hablar, no hacerse visible. Y, pese a lo irritante de esta metodología, no puede negarse que funciona. El presidente del Gobierno sabe que, para ver morir a un suicida, tan sólo hay que sentarse cerca de un precipicio y esperar a que salte. No es necesario empujarlo, ya se lanza él solito.

El suicida tiene más épica, más romanticismo, más literatura. Pero el que sobrevive es el otro.

(Publicado en El Mundo el 2 de noviembre de 2017).

Los sueños del Procés

La víspera de la declaración y suspensión de la independencia de Cataluña, tuve un sueño: estaba cenando en casa de los Puigdemont. Alrededor de la mesa, el president, su esposa y una adolescente. El ambiente se cortaba con un cuchillo, sólo se abría la boca para comer, nadie sabía por qué me habían invitado. En la siguiente escena, me encontraba solo en el comedor. Mis anfitriones habían abandonado el domicilio y, aprovechando la circunstancia, yo entraba en el dormitorio del matrimonio, buscaba la caja fuerte y trataba de abrirla con una palanca. Quería saber qué había dentro, ansiaba leer los documentos secretos del político más trascendente del momento, necesitaba acabar con la incertidumbre que tenía en vilo a toda Cataluña. Pero no lo conseguí. El despertador sonó y regresé a la realidad. Lo primero que hice al levantarme fue encender el televisor. Esos días todos vivíamos enganchados a las noticias.

Esa misma tarde relaté mi experiencia onírica a algunos amigos y cuál fue mi sorpresa al descubrir que muchos de ellos también habían trasladado sus preocupaciones al horario de descanso. Y entonces, como si yo fuera el protagonista de El Palacio de los Sueños de Ismail Kadare -novela en la que un funcionario de un gobierno totalitario anota, analiza y clasifica las fantasías nocturnas de la población-, contacté con otros escritores, periodistas y editores para conocer los temblores que les sacuden cuando entran en la fase REM.

Los primeros relatos correspondían a pesadillas. Por ejemplo, el crítico literario Ernesto Ayala-Dipp soñó que levantaba la persiana de su dormitorio y descubría el morro de un helicóptero de la Policía Nacional a pocos centímetros del cristal, y la agente literaria Mònica Martín imaginó que paseaba a su perro rodeada por una unidad de guardias civiles. Otra persona que prefiere no identificarse se vio a sí misma sentada en la cabina de un avión que caía en picado mientras el resto del pasaje comía pipas tranquilamente, y un escritor y traductor barcelonés soñó que paseaba con su hijo por el Park Güell cuando detectaba una columna de humo que se elevaba desde el centro de la ciudad. Segundos después, varios edificios estallaban y él se despertaba. En este sentido, el crítico literario y escritor Diego Gándara fantaseó con que llevaba a su hijo al consulado argentino y reclamaba un pasaporte para sacarlo del país tan pronto como fuera necesario.

Menos tremendistas y más resolutivas fueron las ensoñaciones del periodista y escritor Jordi Corominas, en cierta noche trató de convencer a Pablo Iglesias y a Xavier Domènech de que Íñigo Errejón era la única persona capaz de templar gaitas entre la Moncloa y la Generalitat. Care Santos, sin embargo, encontró a una mediadora más efectiva: su madre. Su corteza cerebral imaginó que dicha mujer le anunciaba que había invitado a merendar al mismísimo Carles Puigdemont y que no le dejaría salir de casa hasta que no tomara una decisión. Asombrados ante la situación, los hijos plantaban la tienda de campaña ante el domicilio familiar y esperaban a que su progenitora abriera la puerta, diera una palmada y soltara: «Bueno, ya lo he solucionado». Y es que no hay nada como una madre para arreglar los asuntos que intranquilizan a sus hijos, oigan.

El poeta romántico Colerige dejó escrito que las imágenes que vemos durante la vigilia se transforman en sentimiento que, al anochecer, se convierten de nuevo en imágenes. Y probablemente eso le ocurrió a cuantos presenciaron los disturbios del 1-0 o el encarcelamiento de los Jordis. La editora Pilar Beltran se desvela a menudo pensando en el sufrimiento que los dos cabecillas del independentismo deben de estar padeciendo en Soto del Real, y una agente literaria que mantiene el anonimato soñó con Carles Puigdemont entrando en la cárcel y compartiendo celda con Oriol Pujol Ferrusola. Mientras tanto, una escritora relata que, en cierta ocasión, se imaginó a sí misma ayudando a Artur Mas y a Oriol Junqueras a huir de la policía por los pasadizos secretos del Parlament, edificio que también sirvió de escenario para una pesadilla de Santiago Roncagliolo: «Toda mi vida he tenido el sueño recurrente de que estaba desnudo en el colegio, pero el otro día lo estaba en el Parlament, con un montón de políticos catalanes, españoles, europeos e incluso peruanos mirándome». Ahí es nada.

Más poéticos resultan los sueños de quienes aspiran de un modo fervoroso a la independencia. Un escritor y periodista de cincuenta años cuenta que una noche se vio a sí mismo «caminando hacia la luz» con la misma actitud que los protagonistas del cuadro El Cuarto Estado de Giuseppe Pelliza. Y también tiene cierto encanto el hecho de que Eloi Fernández Porta sueñe últimamente con su madre, que falleció hace algunos años y que, en la última etapa de su vida, había dado el salto del catalanismo comunista al soberanismo: «Aunque no empatizo con la dimensión política del asunto, ya que no soy independentista, el lado afectivo y comunal de dicho movimiento hace posible, aunque sea en sueños, que tenga breves reencuentros con la alegría de mi madre».

Un párrafo aparte se merecen los periodistas catalanes que están al pie del cañón. De hecho, en la redacción de esta misma casa ha habido sueños para todos los gustos: a un compañero le telefoneaba Jordi Sánchez desde la cárcel, otro veía su apartamento convertido en la redacción y un tercero soportaba una conferencia de Raül Romeva sobre las similitudes entre Israel y Cataluña. Un redactor de otro rotativo se despertó entre sudores tras soñar que Corea del Norte planeaba bombardear Cataluña y tras reparar en que, por más que tratara de avisar a la población, nadie le hacía caso porque todo el mundo andaba obcecado con el procés; y otro plumilla barcelonés se pasó toda una noche tratando de escribir un reportaje que incluyera todos los matices necesarios como para entender la realidad política catalana: «Al final, parecía que estaba llenando de folios la Biblioteca de Babel». Pero todas estas angustias parecen poca cosa si las comparamos con la pesadilla que sufrió no ha mucho el poeta y periodista David Castillo, que últimamente anda tan agobiado con todo el asunto de la DUI que, desde hace algunos meses, sufre soriasis y dishidrosis. En su ensoñación, se rascaba todo el cuerpo sin cesar y, de tanto arrancarse las costras, descubría que, bajo su piel, habitaba un cocodrilo.

Cristina Fallarás está más anclada a la realidad y, tras pasarse días y días enganchada al programa Al rojo vivo (La Sexta), ha acabado soñando con Antonio García Ferreras, junto a quien aparece yendo a la caza de un notición. Y quien también parece buscar algo es Llucia Ramis, que en un sueño descubrió que el artículo 155 tenía un apartado en el que se especificaba que la intervención de Cataluña implicaba la clausura de todos los bares de la ciudad, algo que, sin embargo, no afectaba al escritor y crítico de arte Iván de la Nuez, que un día soñó que salía al escenario a cantar, junto a Santiago Auserón, el villancico Lo Desembre congelat y que, cuando cogía el micrófono, estaba tan borracho que no podía entonar ni un verso. Ahora bien, para fantasías divertidas -y freudianas, ojo- ninguna como la un escritor catalán -e independentista- que soñó con Miquel Iceta cambiándose sus viejos calcetines por unos de perlé.

Ahora mismo, en Cataluña hay sueños para todos los gustos. Unos son dramáticos, otros angustiosos y los que menos divertidos. Pero hay una verdad que los atraviesa desde el primero hasta el último: denotan una preocupación mayúscula por el futuro colectivo. En cuanto a las interpretaciones, que cada cual haga la suya.

(Publicado en El Mundo el 29 de octubre de 2017)

La Diada de Napoleón

En 1982, el escritor polaco Stanislaw Lem promulgó su famosa Ley de Lem: «Nadie lee nada; los pocos que leen, no comprenden nada; y los poquísimos que entienden lo que leen, se olvidan enseguida». La cita se ha convertido en un clásico de la literatura universal, pero resume a la perfección el ambiente que se respiraba en la primera Diada celebrada por el partido de nuevo cuño Catalunya En Comú, cuya cara más visible, al menos en estos días, es la de Ada Colau, una mujer que apoya la celebración de un referéndum pero que, al mismo tiempo, no apoya la celebración de este referéndum.

Entre el millar de personas que se reunieron en el Parque de Can Zam había tantas opiniones que daba la impresión de que, tal y como sentenció Lem, nadie entendía nada o de que, cuando menos, nadie sabía qué debía entender. De hecho, el asunto del 1-O se ha convertido en un embrollo tan grande que ayer no extrañó ver a los congregados protegiéndose del Sol con las páginas de los periódicos que convertían en sombreros de papel estilo Napoleón. La imagen de todas esas personas con aspecto de Bonaparte definía perfectamente el manicomio en que se ha convertido Cataluña.

Para empezar, pocos eran los que comprendían por qué Catalunya En Comú había elegido Santa Coloma de Gramenet para la celebración de su Diada, algo realmente extraño habida cuenta de que Ada Colau es la alcaldesa de Barcelona. Los organizadores habían alegado que ese municipio representa la lucha obrera, la defensa de la inmersión lingüística y el triunfo del comunismo en España, pero algunos presentes en el acto no opinaban igual. «Yo creo que no se ha atrevido a hacerlo en su ciudad», decía no sin malicia un hombre que portaba una bandera del PSUC. «Con la que le está cayendo encima por el tema de las urnas y con los escraches que le están haciendo los de la CUP, Colau ha preferido venir a Santako».

De igual forma, entre la concurrencia también se notaba el desconcierto ante la fractura existente entre la directiva nacional de Podemos y su filial catalana Podem, cuyo líder, Albano Dante Fachín, había organizado otro acto frente a la Bolsa de Barcelona para apoyar el referéndum del 1-O, mientras que su secretario general, Pablo Iglesias, había optado por defender en Can Zam que no se pusieran las urnas de un modo ilegal. «Yo he dudado sobre si ir a un mitin u otro», aseguraba una mujer que portaba una bandera de Podem, «pero al final he venido a éste porque creo que no estoy a favor de saltarse la legalidad».
El mismo galimatías mental tenía el basurero que paseaba entre la multitud recogiendo las colillas de los asistentes. No estaba allí por voluntad propia, sino por obligación laboral, pero se notaba que disfrutaba escuchando a Colau, Iglesias y Xavi Domènech. «Yo antes era socialista», explicaba este hombre de Guinea-Bissau que, aun teniendo nacionalidad portuguesa, vive en Barcelona desde hace 25 años, «pero ahora soy de Podemos». Y a la pregunta sobre su participación en el 1-O, respondía: «Es que no sé si me dejarán votar, pero, si es así, me inclinaré por el sí». Cuando este cronista le explicó la división de opiniones entre los líderes de Podemos y de Podem, el hombre se encogió de hombros y dijo: «Joder, sí que es complicado todo esto». Amén.
El popurrí de banderas también fue una de las notas del evento. Las había de Podemos, de Podem, del PSUC, de la Red de Socialistas Unificados de Catalunya, de la República y senyeras, pero no se veían más de dos o tres esteladas. Una de ellas la llevaba anudada al cuello una veinteañera que había acudido sola al evento. «Sí, ya me he dado cuenta de que no hay más esteladas», explicó, «pero aquí estoy yo con la mía». Preguntada por su filiación política: «No soy de Catalunya En Comú, pero he venido para escuchar a Colau. Quiero acabar de entender su postura respecto al referéndum».

Este interés por comprender a Ada Colau se reiteraba entre otros asistentes, como por ejemplo en una mujer alemana que, tras vivir 20 años en Barcelona, se ha hecho independentista. «Pero independentista legal, ojo», añadía. «Quiero un referéndum, pero que sea pactado con el Estado». Y para demostrarlo, mostró una bandera con el lema pro-consulta «SÍ» que ella había transformado, gracias a un rotulador, en la frase: «aSÍ no».

El acto terminó sobre sobre las dos de la tarde, hora en que la Ronda Litoral estaba atestada de autocares fletados por la Assemblea Nacional Catalana para la celebración de la Diada en el centro de Barcelona. En los túneles, los coches pitaban mientras enseñaban las esteladas. Entre los que hacían sonar la bocina, también estaban los que venían de Santa Coloma de Gramenet. Algunos no se habían quitado el bicornio de Bonaparte.

(Crónica publicada en El Mundo, 12 de septiembre de 2017).

Aznar contra la literatura (o la muerte de la novela bélica)

El 1 de enero de 2002, teniendo este país a José María Aznar como presidente del Gobierno y a Federico Trillo-Figueroa como ministro de Defensa, el ejército español pasó a ser enteramente profesional. El Servicio Militar Obligatorio desapareció tras más de doscientos años de existencia y se llevó consigo toda posibilidad de una literatura bélica de calidad. Hoy los escritores españoles menores de cuarenta años desconocen los rudimentos básicos del universo castrense, lo que dificulta enormemente que alguno de ellos se plantee levantar una ficción que reconstruya, al menos con cierto grado de verosimilitud, cualquiera de las guerras que azotan el mundo.

José María Aznar hizo feliz a miles de jóvenes suprimiendo la mili —y, de paso, dio la razón a Miguel de Unamuno, quien ya vaticinó que los españoles dejarían de ser patriotas el día en que se profesionalizara el ejército, del mismo modo que dejaron de ser católicos el día en que la Iglesia se profesionalizó a través de la Inquisición—, pero también defenestró uno de los géneros con más tradición dentro de la Historia de la Literatura. Porque no se puede obviar que la guerra ha sido el motor de arranque de casi todas las narrativas. No en vano los libros fundacionales de muchas culturas —la Epopeya de Gilgamesh, la Iliada o el Antiguo Testamento, por poner sólo tres ejemplos tienen el conflicto armado como eje central de sus argumentos.

En el caso español, la cosa es todavía más evidente, ya que gran parte de nuestra tradición no sólo literaria, sino artística, procede de esa misma temática. De hecho, se ha repetido hasta la saciedad que la primera pelea de la que la Humanidad tiene constancia acaeció en Atapuerca, donde hace ya algunos años se localizó el cráneo de un homínido a quien golpearon a posta en algún momento comprendido entre el Paleolítico superior y el Neolítico. Además, las primeras pinturas rupestres de acciones bélicas aparecidas en todo el planeta se encuentran en nuestro Levante (Barranco de la Valltorta y Ares del Maestre, ambas en Castellón). En el plano estrictamente literario, qué duda cabe de que algunas de nuestras obras fundacionales son el Cantar de mio Cid, los libros de caballería (entre los que habría que destacar el Tirant lo Blanc y el Amadís de Gaula) y el Quijote, que, aun siendo una parodia, también habla de un hombre que coge sus armas y sale a repartir mandobles.

Si continuáramos adelante con el repaso de la Historia de la Literatura Española, encontraríamos muchos otros ejemplos de novelas bélicas, pero la mayoría de ellas presentaría un denominador común: sus autores conocieron la guerra de primera mano. Ramon Muntaner, Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, los cronistas de Indias (la Conquista de América generó más sangre que oro), el capitán Alonso de Contreras —que no fue un escritor stricto sensu, pero que dejó un libro de incalculable valor para la comprensión militar de la época—, Lope de Vega, Calderón de la Barca… Son sólo algunos nombres que ponen sobre la mesa la figura de ese escritor-soldado cuya presencia empezó a declinar entrado el siglo XIX, pero que todavía daría algunos bandazos a lo largo del XX, cuando el Desastre del 98, la Guerra del Rif y, sobre todo, la Guerra Civil mandó al frente a algunos muchachos que, con el paso de los años, devendrían en grandes escritores, como ocurrió con aquel Ramón J. Sender que, tras servir en Marruecos, escribió la mejor novela antibelicista de toda nuestra historia: Imán.

La Guerra Civil española marcó un punto de inflexión en nuestras letras. Hasta entonces, la literatura bélica se había caracterizado por el enaltecimiento de conceptos hoy en desuso como puedan ser los de virilidad, honor y gallardía. Es más, si repasamos la bibliografía de nuestro escritor realista de referencia, Benito Pérez-Galdós, descubrimos que las recreaciones de las batallas presentes en sus Episodios nacionales guardan más relación con la elegancia de las novelas bélicas de Fiódor Dostoievski o León Tolstoi —siempre interesados en destacar la nobleza de los combatientes— que con la escatología presente en los autores que vivieron la I Guerra Mundial, como Gabriel Chevallier o Dalton Trumbo —siempre dispuestos a demostrar que el campo de batalla no sólo no ennoblece al hombre, sino que lo degrada hasta cotas inimaginables—.

Sin embargo, este cambio de paradigma en la literatura bélica del siglo XX —del honor a la perdición— no afectó del mismo modo a la narrativa española. Aquí, tras el estallido de la Guerra Civil, los escritores prefirieron reflejar no tanto las experiencias vividas por los combatientes como el sufrimiento soportado por la sociedad civil durante y después del fraticidio. Así, los grandes autores que abordaron la guerra (Mercè Rodoreda, Max Aub, Joan Sales, Arturo Barea, Max Aub, Manuel Chaves Nogales y tantísimos otros) lo hicieron antes desde una perspectiva social o política que desde una puramente bélica, marcando un camino que ya nunca se habría de abandonar. Y tanto fue así que, si atendemos a los narradores que han escrito sobre ese mismo conflicto ya con la perspectiva del tiempo (desde Juan Iturralde o Juan Benet hasta Almudena Grandes, Javier Cercas o Ignacio Martínez de Pisón), reparamos en que se han fijado antes en las consecuencias morales de la Guerra Civil que en el enfrentamiento armado en sí.

Este alejamiento de la literatura estrictamente bélica o, mejor dicho, este desplazamiento de la guerra hacia el terreno de lo social o lo político ha marcado la línea desde entonces. De ahí que se pueda afirmar que, salvo excepciones como las de Arturo Pérez-Reverte o Lorenzo Silva, ya no haya nadie que defienda el género en su sentido más purista. Y todavía lo habrá menos en el futuro, dado que los conocimientos militares de las nuevas generaciones son, cuando no nulos, sumamente escasos. Si nos fijamos en las guerras en las que ha intervenido últimamente el ejército español, como puedan ser la de Irak y Afganistán, descubrimos una repercusión mínima en nuestra literatura, y sólo se pueden citar cuatro o cinco títulos que se salven de la quema.

Así pues, José María Aznar mató todo un género literario y, aunque resulta evidente que nadie le afeará haber terminado con el Servicio Militar Obligatorio, sí que podemos culparle del silencio narrativo que rodea a las guerras del siglo XXI. Con todo, este problema no atañe únicamente a nuestra literatura. Antes bien, se trata de un fenómeno mundial. Hace un par de años, Phil Klay, merecedor del National Book Award por su libro de relatos Nuevo destino (Literatura Random House, 2015), comentó que, con la profesionalización del ejército estadounidense, apenas quedaba un 1 por ciento de norteamericanos que hubiera pisado un campo de batalla y, por ende, que pudiera comprender de qué estamos hablando cuando mencionamos la palabra ‘guerra’. Esta incapacidad para entender las auténticas implicaciones de un conflicto armado también afecta a nuestro país, cuyos habitantes no sólo no están capacitados para convertir en imágenes los relatos de los periódicos, sino que además no encuentran a escritores que lo hagan por ellos. Y así es como la gente acaba viviendo al margen de la realidad. De hecho, no hay un solo soldado español que no haya manifestado, en público o en privado, su pasmo ante la actitud de indiferencia que se percibe en la sociedad respecto a las guerras en las que ha participado nuestro ejército. Esa indiferencia, por más que quiera disfrazarse de pacifismo, no refleja más que ignorancia.

Pero el problema va más allá. La escasa producción de literatura bélica en España no responde únicamente a las carencias intelectuales de los escritores, sino también al desdén manifestado por la población hacia todo lo que huela a épica. No se equivocaba Borges cuando aseguraba que la novela del siglo XX había apartado lo heroico de su epicentro y que la industria del cine, percatándose de este abandono, se lo había apropiado. Hollywood convirtió la épica del western en el mito fundacional de Estados Unidos -convenciendo de este modo a los espectadores norteamericanos de que la valentía era algo inherente a su carácter-, mientras que los artistas europeos, todavía afectados por las guerras mundiales, dirigían sus esfuerzos a resaltar las consecuencias nefastas que traen de la mano las gestas iniciadas por otros. Mostrar el reverso de la guerra es, qué duda cabe, algo que ennoblece a la literatura europea en general y a la española en particular, pero no se puede olvidar que también tiene sus inconvenientes, el más importante de los cuales es la invisibilización del conflicto armado. Porque el hecho de que la guerra esté en manos de profesionales no significa que no exista.

(Artículo publicado en Zenda el 23 de julio de 2017).

Elogio del quiosco

 En la esquina de la Travessera de les Corts con la Gran Via de Carles III había, hace ya muchos años, un quiosco regentado por un hombre malcarado, grosero y evidentemente alcohólico al que, pese a todo, yo tenía gran afecto. Fue él quien me introdujo en el mundo de los cómics alternativos y todavía conservo las colecciones de Creepy, CIMOC y 1984 que construí gracias a sus consejos. Guardo un estupendo recuerdo de aquel individuo, aún cuando soy consciente de que se aprovechaba de mi inocencia. Y es que algunas tardes, al verme regresar del colegio, me pedía que me quedara a cargo de su quiosco mientras él se bebía no sé cuántos cubatas en el bar de enfrente. Lo hacía en muchas ocasiones, en demasiadas, en tantas que mi madre andaban con la mosca detrás de la oreja. Pero reconozco que, durante aquellas horas al mando de su quiosco, me sentía el rey del mundo. Porque yo era el chico que repartía la cultura en el barrio.

Años después, cuando ya vivía emancipado en el barrio de Gràcia, trabé una buena amistad con la quiosquera de la Plaça de Rovira i Trias. A ella le extrañaba que yo comprara un periódico distinto cada día y, en cierta ocasión, me preguntó a qué se debía mi frecuente cambio de ideología. Le expliqué que yo adquiría la prensa dependiendo de los suplementos culturales que cada diario regalaba a lo largo de la semana, y a partir de aquel momento, cuando aquella mujer me veía aproximarme, cogía el ejemplar de turno, me lo entregaba y me comentaba los artículos que más le habían interesado. A veces, estas conversaciones se prolongaban durante toda la tarde.

Actualmente, en el Eixample izquierdo, vuelvo a tener un quiosquero de referencia. Su establecimiento no luce ni la mitad de cabeceras que las vendidas por sus colegas de antaño, pero presenta unos souvenirs que hacen las delicias de los turistas. A veces lo miro apesadumbrado, pensando que me encuentro ante un profesional en vías de extinción, e intercambio opiniones sobre las noticias con el convencimiento de que quedan pocos hombres que lean tanta prensa como quienes la venden. Por desgracia, nuestras charlas siempre se ven interrumpidas por algún foráneo que quiere comprar un refresco de cola, una reproducción de la Sagrada Familia o incluso un paraguas con los colores del Barça.

En los últimos cinco años, tres de cada diez quioscos españoles han echado el cierre. En Barcelona, han pasado de 399 a 289 en ese mismo periodo de tiempo. En las ciudades pequeñas, estos puntos de venta sobreviven gracias a la prensa provincial, que suele traer un tipo de información a la que internet todavía no llega, pero en las capitales importantes la caída de la prensa en papel ha sido tan espectacular que los periódicos apenas distribuyen el 50 por ciento de los ejemplares que repartían hace una década.

Los quioscos de Barcelona se han convertido en bazares porque vivimos en una ciudad de servicios y porque la sociedad avanza feliz hacia la incultura. Hace algún tiempo, el Ayuntamiento les permitía vender un 80 por ciento de productos editoriales y un 20 por ciento de atípicos, pero hoy, ante la caída de la prensa tradicional y el aumento del turismo, la proporción ha variado hasta el 60-40. Es evidente que llegará el día en que los quioscos desaparezcan y lo más triste es que, seguramente, nosotros seremos testigos. Entonces recordaremos a los hombres y mujeres que nos vendían los periódicos y diremos: «Ay, qué tiempos aquellos».

(Publicado en El Mundo Cataluña, el 4 de julio de 2017)

Catalán-Castellano, diálogo discontinuo

El pasado 2 de diciembre de 2016, con motivo de la concesión del premio Cervantes a Eduardo Mendoza, el columnista de La Vanguardia Francesc-Marc Álvaro publicó un artículo de opinión, titulado Un Mendoza desconocido, en el que rememoraba ciertas tertulias de escritores organizadas hace ahora “quince o veinte años” por Xavier Bru de Sala. En dichos encuentros se daban cita autores barceloneses que ejercían su labor tanto en lengua catalana como castellana (“para hacernos una idea de lo que fue, diré que asistían elementos tan diferentes como Félix de Azúa y Miquel de Palol”) y que entretenían las veladas debatiendo sobre todo tipo de asuntos y, por qué no decirlo, divirtiéndose de lo lindo. O al menos así lo recordaba el periodista en un artículo que, de repente, cambiaba bruscamente de tono para acoger una afirmación que acaso requiera de un análisis más profundo: “Supongo que un encuentro de estas características sería inimaginable hoy”.

¿Tiene razón Francesc-Marc Álvaro cuando asegura que actualmente no podría darse un encuentro de carácter distendido en el que participaran escritores barceloneses que desarrollan su trabajo en cualquiera de las dos lenguas presentes en la ciudad? ¿Tanto ha degenerado la relación entre las dos tradiciones narrativas como para que sus representantes ni siquiera puedan sentarse a una misma mesa? ¿Acierta el periodista cuando, en ese mismo artículo, dice que ahora “hay personajes que parecen felices cultivando el insulto y la bilis contra los colegas”? Todos los autores, editores y agentes culturales consultados para este reportaje se muestran tajantes en su respuesta: no. Sin embargo, el tema tiene la suficiente enjundia como para que hoy, cuando la política parece haber infectado todos los sectores de la sociedad, nos detengamos a escrutar el modo en que se relacionan los escritores que, compartiendo un mismo marco geográfico, desarrollan su trabajo en un ambiente lingüístico diferente.

Si se habla detenidamente con los autores que residen en esta ciudad, encontramos dos quejas recurrentes: los que escriben en castellano aseguran estar viviendo una situación de desamparo institucional inédita hasta el momento, es decir, consideran que la Generalitat no sólo no les presta atención, sino que los relega a un segundo plano; mientras que los que escriben en catalán lamentan que sus colegas de la otra lengua no los lean con la misma fruición con la que lo hacen ellos, o sea, se sienten ninguneados por los escritores en castellano. Pero hay un apartado en el que los representantes de ambas tradiciones coinciden: los dos mundillos, el catalán y el castellano, no se mezclan, no interactúan, no intercambian opiniones. Por decirlo en pocas palabras: Barcelona está intelectualmente partida en dos y, pese a que todas las personas consultadas se muestran interesadas en revertir esta situación, nadie hace absolutamente nada para unir dos universos que, en realidad, comparten una misma pasión: la literatura.

Ha pasado más de medio siglo desde que Jordi Rubió i Balaguer dejara para la posteridad aquella frase según la cual “no es lo mismo la literatura catalana que la historia de la literatura en Catalunya”. La afirmación contiene una verdad tan evidente que sería tedioso tratar de demostrarla desplegando aquí la lista de escritores locales que han desempeñado su trabajo en uno u otro idioma, pero tampoco está de más dedicar unas líneas a la reciente evolución de dichas lenguas en nuestras letras.

Es evidente que la irrupción del franquismo abrió una brecha descomunal dentro del mundillo literario, dividiéndolo entre quienes nunca dejaron de defender el catalán como lengua de expresión escrita, aun cuando fuera desde el exilio, y quienes aceptaron el español como única vía para seguir publicando. De hecho, desaparecida la dictadura e iniciada la transición, no fueron pocos los autores que reprocharon a sus colegas que hubieran aceptado las reglas del juego impuestas por el caudillo, como por ejemplo hizo Montserrat Roig en el artículo Escriure en castellà a Catalunya , publicado en la revista Taula de canvi en 1977. En dicho texto la literata reflexionaba sobre los problemas de identidad que continuaban teniendo los escritores catalanes incluso en tiempos de libertad, y aseguraba que seguía existiendo “un divorcio” entre quienes empleaban el castellano –“una lengua identificada con la de los opresores”- y quienes usaban el catalán en el marco literario. Pero Roig no se detenía aquí, ya que a continuación dividía a los escritores nativos en tres categorías: los “botiflers” (que se subieron “al carro vencedor [y] renunciaron a su identidad por razones exclusivamente político-coyunturales”), los nacidos en Catalunya o “venidos de pequeños” (que no tuvieron acceso a la cultura catalana, como Paco Candel o Manuel Vázquez Montalbán, y que usaban el castellano por ser su lengua materna, aun cuando “pertenecen a la cultura catalana porque tienen voluntad de pertenecer a ella”) y los hijos de las élites culturales surgidas durante la década de los 50 en el seno de la burguesía catalana (que empleaban el castellano sin dilema alguno y que “desprecian la cultura catalana o bien ignorándola o bien tildándola de localista o provinciana”). Con todo, Montserrat Roig era consciente de que los tiempos estaban cambiando, de que el país se encontraba en una “época de transición” y de que “hasta que no alcancemos la normalidad, no podemos decir que sólo son escritores catalanes los que escriben en catalán”.

La “época de transición” de la que Roig hablaba se materializó en el colegueo que, durante las décadas de los 80 y 90, se dio entre los autores de ambas tradiciones. Según recuerda Miquel de Palol, “todos nos leíamos entre nosotros, sin importar el idioma, y los lazos de amistad contribuyeron de un modo evidente a que los dos universos se juntaran”. Y es en este contexto donde hay que enmarcar las tertulias organizadas por Xavier Bru de Sala, a las que asistieron autores en apariencia tan dispares como Enrique Vila-Matas, Ana María Moix, Emili Teixidor, Sergi Pàmies, Quim Monzó, Màrius Serra, Valentí Puig, Nuria Amat… A nivel nacional, también se promovieron algunas reuniones entre representantes de todas las lenguas del Estado, siendo algunas de las más importantes la Trobada d’Intel·lectuals celebrada en Sitges en 1981 y los Encuentros de Escritores y Críticos de las Lenguas de España instaurados en la Casona de Verines (Pendueles, Asturias) desde 1985.

Pero no podemos olvidar que todas estas aproximaciones entre las distintas lenguas de expresión existentes en Catalunya han sido siempre posibles gracias a la intervención de algunos intelectuales que se han esforzado por tender puentes entre las dos tradiciones. Así, si en los años 50 Paco Farreras abrió las páginas de la revista Laye a colaboraciones en ambas lenguas, en los 60 fue Josep Maria Castellet quien, tras asumir la dirección de Edicions 62 y tras haber ejercido como crítico especializado en poesía castellana, fomentó el trasvase de información entre una lengua y otra. Igual de importante fue la labor emprendida por otros intelectuales a lo largo de los años, entre los que cabría destacar –y siempre disculpando las omisiones– a José Agustín Goytisolo, cuyas antologías recogían poemas escritos en sendos idiomas; José Luis Giménez Frontín, que presidió la Asociación Colegial de Escritores de Catalunya (entidad que no atiende a la lengua de expresión, prefiriendo hacerlo únicamente al hecho creador); Carme Riera, que preside el Centro Español de Derechos Reprográficos (Cedro) y que es miembro de la Real Academia Española, siendo ahora mismo la gran representante de las letras catalanas en Madrid; y, entre muchos otros, Àlex Broch, que no titubeó a la hora de añadir a autores como José Corredor Matheos, Enrique Badosa, Joaquim Marco o Eduardo Mendoza en su Diccionari de la li­teratura catalana (Enciclopèdia Catalana, 2008). No obstante, algunos entrevistados apuntan que actualmente se añora la figura de alguien que tienda auténticos puentes entre dos mundos que, aun conviviendo en armonía, siguen separados.

Y es que, al margen de las amistades personales (que, de hecho, son el mayor estímulo para la unión entre ambas realidades), la literatura en catalán y la literatura en castellano continúan transitando por caminos paralelos que, como tales, nunca consiguen encontrarse. A este respecto, el escritor Jordi Puntí echa en falta en el presente un clima de compadreo similar al que observó en 1998, cuando asistió a la presentación a cargo de Ignacio Vidal-Folch de la novela La vida normal (Proa) de Màrius Serra: “Entre el público había autores de ambas lenguas, algo que tendría que ser mucho más habitual en la actualidad que en aquel entonces, pero que no lo es. Los años duros de José María Aznar enrarecieron el ambiente hasta el punto de afectar al mundillo literario. De algún modo, todo se rompió de nuevo y hoy, cuando vas a la presentación de una novela escrita en catalán, sólo encuentras a un público que lee exclusivamente en catalán, y lo mismo ocurre cuando acudes a un acto en castellano”.

Evidentemente, las opiniones respecto al conflicto político circulan en ambas direcciones: unos acusan a la Moncloa de ser la causante del problema y otros apuntan a la plaza Sant Jaume con el mismo argumento. Y así, mientras todos perdemos el tiempo mirando hacia uno u otro lado, la literatura continúa caminando en silencio. Isabel Sucunza, copropietaria de la librería La Calders, resume la situación actual del siguiente modo: “De vez en cuando, nosotros programamos actos que buscan juntar a autores y lectores de ambas lenguas, pero rara vez salen como esperamos. Porque es evidente que el público está sectorizado: si presentamos un libro en lengua catalana, sólo viene gente que lee en catalán, y si lo contrario, pues en castellano. Es como si hubiera dos realidades totalmente separadas que, paradójicamente, habitan la misma ciudad”.

Realmente, da la sensación de que la relación entre ambas literaturas no sólo no ha mejorado, sino que incluso ha empeorado. En opinión de Eugènia Broggi, responsable de L’Altra Editorial, “cuando aparecieron Quim Monzó y Sergi Pàmies sí que existía una interacción entre ambos mundos. Los autores se apoyaban sin importar el idioma en el que escribieran, pero ahora eso no ocurre. Salvo honrosas excepciones, cada grupo hace su camino sin prestar atención a sus colegas en la otra lengua. No sé qué ha ocurrido, pero es evidente que hemos ido para atrás”.

La prueba de esta indiferencia con la que los representantes de ambas tradiciones se manejan la encontramos en una denuncia que también es recurrente en el sector: muchos autores barceloneses ni siquiera leen a sus coterráneos de la otra lengua, “y esto sí que me parece inmoral –dice Isabel Sucunza–. Desde mi punto de vista, es una ­negligencia que alguien que se dedica profesionalmente a la escritura elija no leer un idioma que entiende perfectamente. Pero aña­diré un dato: este defecto es más frecuente en los escritores en castellano que en sus colegas en catalán. Porque no se puede olvidar que todos los escritores en lengua catalana conocen el canon español, pero no ocurre lo mismo a la inversa, es decir, muchos escritores en lengua castellana no sólo no conocen el canon catalán, sino que no están interesados en conocerlo”. Carme Riera coincide en este punto: “Los escritores en catalán leemos mucho más en castellano que a la inversa. Somos más respe­tuosos con ese idioma, lo aceptamos con más facilidad, lo apreciamos mucho más. Pero los escritores catalanes que desarrollan su trabajo en castellano no leen con la misma intensidad a sus colegas en catalán. Desconozco el motivo, aunque imagino que consideran que la literatura catalana es minoritaria y prefieren leer a los norteamericanos antes que a sus coterráneos”.

Evidentemente, los autores en castellano también tienen reproches hacia sus colegas en catalán, la mayoría de los cuales apuntan hacia la idea de que estos no protestan cuando las instituciones catalanas silencian a sus colegas de la otra lengua. A este respecto, no está de más recordar el artículo escrito por Ignacio Martínez de Pisón en La Vanguardia del 20 de noviembre del 2015. Bajo el título Los nuestros, el autor denunciaba el menosprecio que la Generalitat manifestaba hacia los intelectuales que se expresaban en castellano, poniendo algunos ejemplos realmente es­candalosos: el debate sobre el tipo de literatos que debían ser invitados a la Feria de Frankfurt del 2007 (año en que Catalunya fue el país invitado), la ausencia de autoridades catalanas durante la concesión del premio Cervantes a Ana María Matute en abril del 2011 y, si me permiten el añadido, la falta de una triste llamada telefónica para fe­licitar a Enrique Vila-Matas tras la obtención del premio FIL en el 2015 y del Rómulo Gallegos en el 2001. Estos y otros ejemplos hacen sospechar que el apoyo de la Generalitat a los escritores catalanes en lengua castellana ha sido simple y llanamente borrado del mapa.

Por fortuna, el trabajo de algunos escritores demuestra que los hedores de la política todavía no lo han infectado todo y que se puede seguir trabajando en ambos idiomas sin que nadie se eche las manos a la cabeza. No en vano escribió Joan Margarit aquellos versos: “El castellà m’ofega i no l’odio. / No en té la culpa de la seva força: / de la meva feblesa, encara menys”. Por poner sólo tres ejemplos de escritores que saltan de una lengua a otra, valdría la pena recordar que Albert Sánchez-Piñol ha escrito sus últimos libros en castellano, que después se traducen al catalán; que Flavia Company maneja una u otra indistintamente; y que Jenn Díaz abandonó no hace mucho el castellano para expresarse laboralmente en catalán. Díaz reconoce que “la transición fue de lo más normal, ya que en Barcelona el bilingüismo está totalmente normalizado. Pero es cierto que, al hacer el cambio, descubrí algo interesante: los nuevos lectores que aparecieron en la órbita catalana desconocían la existencia de mi obra escrita castellano, y muchos de los lectores que acostumbraban a leerme en castellano, me abandonaron al descubrir que me había pasado al otro idioma. Eso me ha hecho llegar a una conclusión sobre los tipos de lectores que actualmente hay en Catalunya: los que sólo leen en catalán, los que sólo leen en castellano y los buenos lectores, que son los que leen en ambas lenguas, pero que también son los más escasos”. En este sentido, es interesante destacar que Xavi Vidal, responsable de la librería Nollegiu, ha tenido que aguantar a algún que otro cliente desairado por el hecho de que no tuviera la traducción catalana de alguna novela española: “No entiendo que, pudiendo hacerlo, un lector se niegue a leer una novela en versión original. Simplemente no entra en mi cabeza”.

Así pues, salta a la vista que todavía queda bastante camino por recorrer para normalizar la relación entre las dos tradiciones literarias existentes en Catalunya. Y no estaría de más que las instituciones, en este caso las catalanas, se esforzaran en tender puentes entre ambos mundos. A este respecto, no es baladí recordar que, durante el Año del Libro y la Lectura 2005, se programaron de manera deliberada actos en los que participaban autores de las dos lenguas con la intención de mostrar la diversidad lingüística de la capital catalana. Con todo, algunas de las personas entrevistadas redundan en la necesidad de organizar algún tipo de congreso o incluso de jornadas que promueva de un modo directo el diálogo entre los escritores de ambas orillas. De hecho, Miquel de Palol, Àlex Broch y Jordi Puntí confiesan que, en algún momento de sus carreras, han intentado montar algún sarao de esa naturaleza, pero que, bien por dejadez personal, bien por desinterés institucional, nunca han llegado a conseguirlo. “El mundo académico podría facilitar la interacción entre los dos mundillos –comenta Broch–. Organizar unas jornadas sobre literatura catalana y castellana en Catalunya sería bastante sencillo y, si todo el mundo consigue abstraerse de la realidad política, también sumamente interesante”. Por su parte, Jordi Puntí señala que, junto con la coordinadora de Barcelona Ciudad de la Literatura de la Unesco, Marina Espasa, está planeando un ciclo de conferencias sobre literatura barcelonesa “en el que los autores en catalán serían invitados a hablar sobre la obra escrita por sus colegas en castellano, y a la inversa”.

Para concluir, tal vez sería útil recordar que, en su ensayo Burgesos imperfectes (La Magrana, 2012/Fórcola, 2015), el escritor Jordi Gracia especulaba sobre la posi­bilidad de que algún día todos los españoles fueran capaces de leer en catalán, algo que ya imaginó Juan Valera en una carta que envió a Narcís Oller en 1887. En dicha ­misiva, el primero decía al segundo: “A la larga, o tal vez pronto, si siguen escribiendo ustedes mucho y en catalán, se venderán y leerán en catalán por toda España, sin necesidad de traducciones, como sin duda ustedes nos leen en Cata­lunya, sin traducirnos”. Salta a la vista que queda mucho para que los españoles lean a los catalanes tanto como los catalanes leen a los españoles, pero también es evidente que, para lograrlo, primero hemos de empezar por nosotros mismos.

(Reportaje publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia el 02 de junio de 2017).

 

Las personas que nos ayudaron

SE VA muriendo la gente y nada podemos hacer para evitarlo. A mediados de mayo le llegó la hora al escritor, editor, crítico, actor y traductor Mihály Dés, y el mundillo cultural barcelonés lamentó su desaparición de un modo sincero. Se había marchado uno de los últimos defensores de un tipo de periodismo que ya no existe, un hombre que lo arriesgó todo para fundar una revista que hablara de la otra literatura, una persona que dio la primera oportunidad a algunas de las voces más contundentes de las nuevas narrativas española y catalana. Se murió el húngaro que creó la revista Lateral y todos nos hemos quedado un poco huérfanos.

Los escritores guardamos en nuestro corazón el nombre de quienes confiaron en nosotros cuando nadie nos prestaba atención. En mi caso, hubo cuatro personas fundamentales en mis años de formación: Pepe Ribas, José Luis Morante, Sergio Gaspar y Mihály Dés. Recuerdo el día que conocí a este húngaro afincado en Barcelona desde 1986. Yo había enviado un relato a la redacción de Lateral para que valoraran su posible publicación en el medio, y su director no tardó ni una semana en contestarme. Me telefoneó para decirme que el cuento le había encantado y me invitó a pasar «en cualquier momento» por su despacho. Lo hice al día siguiente.

Mihály Dés era un hombre atractivo que siempre sonreía, que siempre te daba ánimos, que siempre te instaba a apuntar alto. Se interesó por mis aspiraciones literarias como nunca antes lo había hecho nadie, e incluso llegó a decirme que mis relatos le recordaban a los que él mismo escribía cuando tenía mis veinticinco años. Después me tendió la mano, me dijo que Lateral siempre estaría abierta a mis textos y me acompañó hasta la puerta, dejándome con la sensación de que había conocido a alguien que no sólo me respetaba como persona y como periodista, sino también como escritor. Era la primera vez que algo así me ocurría. Era un sueño hecho realidad.

No es habitual encontrar a un hombre de letras que trate a los noveles con la misma cortesía que a los veteranos. Es algo que no suele ocurrir en este mundillo donde la arrogancia, la pedantería y el desprecio a menudo lo ensucian todo. Pero Mihály Dés estaba por encima de esos vicios y atendía a los aspirantes como si fueran personalidades ya consagradas. Y tanta atención les prestaba que acabó dando su primera oportunidad a muchos de los escritores que hoy levantan a la crítica. Fue él quien puso el foco sobre el talento de Mathias Enard, quien entrevistó a Roberto Bolaño cuando casi nadie le leía, quien hizo un hueco en los medios a personajes hoy fundamentales en la cultura española como Claudio López de Lamadrid, Ignacio Echevarría o Guillem Martínez, quien dio su primer trabajo serio a algunos de los chavales que luego serían grandes autores, como Robert Juan-Cantavella, Eloy Fernández-Porta, Jorge Carrión, Use Lahoz, Gabriela Wiener y Jaime Rodríguez Z., entre otros.

Pero un día Mihály Dés decidió prestarse atención a sí mismo. Regresó a Hungría para convertirse en escritor y, superados los sesenta años, reapareció con una novela bajo el brazo. Se titulaba Barroco en Budapest y se me ocurre que tardó tanto tiempo en ponerse a escribirla porque no encontró a nadie que le apoyara cuando tenía veinte años. Aquel húngaro hizo con todos nosotros lo que nadie había hecho con él, apoyarnos, y ahora sólo nos queda mirar al cielo y darle de nuevo las gracias.

(Artículo publicado en El Mundo Catalunya el 02 de junio de 2017).

Laboratorio de ideas

EL ESPAI Contrabandos es, probablemente, la librería más evolucionada de Barcelona. Sus clientes no buscan las novedades, no se dejan arrastrar por las modas, no compran entretenimiento. Hacen todo lo contrario. Porque ellos son la avanzadilla de las ideas que, dentro de cinco, diez o veinte años, todos asumiremos como indiscutibles. De ahí que no sea un local apto para todos los públicos. Ni siquiera para los que, debido a nuestra profesión, andamos todo el día buscando cosas nuevas.

El viernes pasado se presentó un ensayo, Masculinidades y feminismo (Virus), del sociólogo y activista Jokin Azpiazu Carballo, un vasco que anda enfrascado en el estudio del papel que deben asumir los hombres en el nuevo marco de la liberación de la mujer. La librería estaba tan llena de gente de estética alternativa que, cuando el acto empezó, no cabía ni un pendiente más. De hecho, sólo tuve que poner un pie dentro para sentirme fuera de lugar. Y tanto fue así que, lo reconozco, pensé en marcharme, de tan incómodo como me sentía. Pero de repente empezó la charla y quedé atrapado por las palabras que allí se dijeron.

Jokin Azpaiazu ha buscado la verdad oculta tras los hombres que se las dan de feministas y su ensayo apunta a los que encabezan manifestaciones en defensa de la mujer, levantan el puño más alto que sus compañeras y sueltan consignas que, en sus bocas, parecen a veces ridículas. Las presentadoras, Bárbara Biglia y Sara Barrientos, ambas también activistas, estuvieron de acuerdo con el discurso e incluso advirtieron del peligro inherente al hecho de que ellos quieran ser más feministas que ellas, ya que esto puede acabar provocando que los hombres se reapropien de los espacios ganados por la mujer.

Pero lo interesante del debate fue que no se llegó a ningún sitio. Y esto, por extraño que parezca, confirió a la presentación un aire de honestidad poco habitual en actos de este tipo, donde normalmente los autores se dedican a sentar cátedra y los asistentes a aplaudir satisfechos. Aquí la gente venía a discutir, a refutar, a crear paradojas tan enrevesadas -como, por ejemplo, que los hombres deben renunciar a sus privilegios, pero que el hecho de poder renunciar a un privilegio ya es un privilegio en sí, puesto que sólo pueden hacerlo quienes lo tienen- que impidieran que el debate acabara en acuerdo.

El carácter asambleario de la presentación hizo que el acto se alargara más de la cuenta, y como yo tenía otros compromisos, me marché antes de tiempo. Con todo, me fui con la sensación de que había asistido, acaso por primera vez en mi vida, a un auténtico laboratorio de ideas, esto es, un lugar donde nadie trata de vender su moto, sino donde las bases del pensamiento político se reúnen para analizar el mundo en el que vivimos y donde luchan no por imponer sus ideas, sino por dar con ellas.

Tal vez el jueves pasado los asistentes a la presentación salieran igual que habían entrado, puede que incluso lo hicieran todavía más dubitativos, pero es seguro que, con el paso del tiempo, alguna de las ideas que se gestan en esta librería acabará germinando, creciendo y cambiando el pensamiento de todos nosotros. Y, cuando eso ocurra, la gente del Espai Contrabandos la rechazará. La considerará una idea dominante y le dará la espalda, creando una nueva paradoja de la que, sin duda, no podrá liberarse. Pero ese es su trabajo, pensar aquello que los demás ni siquiera intuimos, y desde aquí, desde la comodidad del pensamiento burgués, sólo podemos agradecer semejante esfuerzo.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña el 2 de mayo de 2017).

El último mecánico

Hubo un tiempo, allá por la década de los 50, en que, para comprar una máquina de escribir, se tenía que enviar una carta a la Olivetti y esperar cuatro, cinco o hasta seis meses para recogerla en las oficinas que la empresa italiana había abierto en la plaza de les Glòries. En realidad, el proceso era el mismo que habrían de soportar quienes, ya en los 60, aspiraron a un Seat 600. Y es que la fabricación de ambos objetos era, aun cuando pueda no parecerlo, igual de compleja. Incluso hay quien dice que más la del primero.

«Cada máquina de escribir tiene una media de cinco mil piezas diminutas que encajan entre sí con una perfección milimétrica», aclara Manel Brillas, uno de los últimos mecánicos de máquinas de escribir que queda en Barcelona. A principios de los 80, este hombre tenía un millar de clientes al mes; hoy, cuando los ordenadores lo inundan todo, apenas entran tres o cuatro nostálgicos en el taller de Hostafrancs que en la actualidad regenta su hijo: Adam Brillas.

De hecho, el día en que nos concede esta entrevista, hay una Remington Remette en la mesa giratoria sobre la que este hombre trabajó desde los 15 hasta los 65 años. La ha traído una escritora catalana afincada en Andorra de quien no nos da el nombre por respeto a su intimidad. El aparato se escacharró tras caer al suelo y el muelle real trae de cabeza a Adam. Su padre se ha escapado de casa para echar un vistazo a esta obra de ingeniería y su esposa le ha advertido de que no vuelva con los dedos llenos de tinta, la camisa manchada de grasa y, más importante, la obsesión metida en el cuerpo. Y es que son demasiados años trabajando en este taller y el cerebro de Manel Brillas parece seguir haciendo tac-tac-tac. La factura por la reparación de este vestigio del pasado rondará los 50 euros; en su época la máquina costó 1.500 pesetas; en aquel tiempo un trabajador cobraba 1.000 al mes. Así pues, lo que antaño fue una fortuna hoy es más barato que un billete de tren.

Situado en los bajos de la calle Moianès, 68, el Taller Brillas ha visto tres generaciones de mecánicos. El abuelo lo abrió en 1941, el padre lo regentó hasta 2010 y el nieto lo está reconvirtiendo en una tienda de informática. Es la transformación habitual. Los cientos de mecánicos que antes abarrotaban la ciudad se reciclaron a finales de los 80, cuando todo el mundo sustituyó la Olivetti Pluma 22 por un ordenador de apenas 64 kbs. En aquella época, los contenedores de los chatarreros se llenaron de tipografías y, antes de que llegara el nuevo milenio, ya no quedaba ninguna máquina en los hogares de esta ciudad.

«Cuando tenía quince años, mi padre me puso a trabajar -recuerda Manel Brillas-. Durante el día estaba aquí, en el taller, y por noches estudiaba en la Escuela Industrial». Lo primero que aprendió fue que sólo necesitaba cuatro herramientas para ganarse la vida: un juego de destornilladores, otro de alicates, un bote de aceite 3-en-uno y un frasco de Netol. Con tan solo esos instrumentos, es capaz de encajar carros, enderezar armazones, reparar timbres, recolocar fijadores y levantar varillas de sujeción. No necesita más. Aunque, eso sí, hay desperfectos que ya no tienen arreglo. Por ejemplo, la goma del rodillo y las piezas que necesitan soldaduras. «Para eso había otros artesanos que ya han desaparecido -comenta algo apesadumbrado-. Antes, aquí, en Hostafranc, había soldadores por todas partes y también torneros que reemplazaban las gomas. Pero ya desaparecieron. El único que aguanta es ése, el de la Peluquería Mingo, que abrió antes de la Guerra Civil y que continúa ahí. Porque, claro, la gente sigue teniendo pelo, pero no máquinas de escribir».

Para sustituir las piezas que antes arreglaban otros profesionales, Brillas tiene un desguace al fondo de su taller. En ese cuartucho guarda las máquinas destartaladas de las que va cogiendo las partes que necesita para reparar las que le traen los clientes. «El futuro está en las impresoras 3D -dice de pronto su hijo-. Permitirán construir las piezas que hoy ya no pueden encontrarse. Sólo de esa forma podremos seguir reparando las Remington, las Olivetti y las Facit que todavía usan los nostálgicos».

Hace algunos años, el escritor norteamericano Paul Auster publicó un libro ilustrado por Sam Messer, La historia de mi máquina de escribir (Booket, 2013), en el que rendía homenaje a la Olympia portátil con la que ha redactado sus novelas desde 1974. En dicho texto, el autor indicaba una de las ventajas de esos artilugios de hierro frente al ordenador: su indestructibilidad. «Lo mejor de todo era que parecía indestructible», escribía el neoyorquino. Manuel Brillas ratifica las palabras de Paul Auster con una simple afirmación: «Lo único que no soportan estas máquinas es una caída al suelo. Por lo demás, aguantan lo que les eches». Efectivamente, los clientes que han atravesado la puerta de su taller a lo largo de las décadas lo han hecho principalmente por dos motivos: o la máquina se había precipitado desde el escritorio o había llegado el momento de hacerle una limpieza a fondo. «En el pasado, los errores de escritura se corregían con goma de borrar y, claro, las virutas caían sobre el mecanismo y acababan atascándolo -recuerda mientras mira al techo y suspira-. Limpiarlas era un auténtico engorro. Por suerte, llegó el típex y todo cambió».

Efectivamente, la comercialización del líquido corrector creado por la empresa alemana Tipp-Ex (tipos fuera) transformó las oficinas de medio mundo, del mismo modo que un siglo antes lo hizo la invención de las máquinas de escribir. Christopher Latham Sholes, Carlos Glidden y Samuel W. Soulé fueron los responsables de lanzar al mercado un modelo muy similar al que hoy conocemos, así como de establecer la secuencia QWERTY que todavía se emplea en la informática moderna. Aquellos hombres dispusieron el teclado de ese modo para separar las letras que solían ir juntas en lengua inglesa, evitando con este truco que las palas chocaran entre sí durante el redactado de cualquier texto.

Nunca se ha demostrado que QWERTY sea la secuencia más eficaz, pero su implantación tuvo tanto éxito que nadie se ha planteado de un modo serio la redistribución de las letras. La siguiente revolución en la industria llegó en 1873, cuando la empresa Remington, preocupada por la caída en la venta de sus fusiles, enganchó una máquina de escribir a la mesa de una máquina de coser. Este simple añadido transformó una vez más la industria e introdujo al gigante armamentístico en el negocio de la escritura.

Con todo, no hace falta acudir a una biblioteca para descubrir la historia de las máquinas de escribir. Basta con echar un vistazo a las estanterías del Taller Brillas, donde descansan modelos de todas las épocas y países. Algunos fueron abandonados por los clientes, mientras que otros han sido adquiridos por Adam, que los compra por internet, los arregla sobre la mesa giratoria y los pone a la venta para deleite de coleccionistas, nostálgicos y, últimamente, algún que otro hipster. Ahora mismo tiene una Olivetti de los años 40 que escribe como el primer día, una Corona portátil usada por los corresponsales durante la I Guerra Mundial, una Remington con las teclas talladas en madera y otras tantas máquinas que esperan a alguien que se acerque a golpear sus teclas con frenesí.

Pero hay una joya de la corona que Manel esconde en un armario del taller. Se trata de la Smith-Corona que el escritor británico Tom Sharpe le llevó para reparar pocos meses antes de fallecer. El autor de 'Wilt' murió en Llafranc (Girona) hace ahora cuatro años, dejando su instrumento de trabajo en este taller de Hostafrancs. La secretaria del autor pidió al mecánico que no la tirara, ya que pretendía abrir un museo dedicado a Sharpe en la Costa Brava, pero, como suele ser habitual en estos asuntos, nunca volvió a contactar con él y hoy la máquina aguarda una llamada que probablemente nunca se producirá.

Pero Manuel Brillas no ha conocido sólo a Tom Sharpe. Otros nombres ilustres solicitaron sus servicios en el pasado. Por ejemplo, algunas cabezas ilustres del semanario Destino, entre las que cabría destacar al mismísimo Josep Vergés. «Yo llegué a conocer la redacción que Destino tuvo en la calle Tallers, pero principalmente trabajé en la de Consell de Cent -recuerda algo incómodo, como si temiera estar desvelando algún secreto-. Les arreglé tropecientas máquinas. Pero luego llegó Planeta y compró Destino, y nunca más volvieron a llamarme. Había llegado la época de las grandes corporaciones, de los ordenadores, de la reducción de plantillas. Y la gente como yo dejó de ser necesaria».

Realmente, antes de que los ordenadores transformaran la sociedad, las oficinas de medio mundo tenían el tableteo de las máquinas de escribir como sonido de fondo. Y quienes más lo escucharon fueron las mujeres, como se demuestra sabiendo que, en 1919, el 80 por ciento de las mecanógrafas estadounidenses pertenecían al sexo femenino. De ahí que empresas como Remington o Underwood decoraban sus productos con motivos florales. Es más: la imagen de la secretaria tecleando al dictado de su jefe llegó a ser tan icónica que los partidos conservadores acusaron a las máquinas de escribir de fomentar el adulterio. «Cuando yo empecé a trabajar -rememora Manel Brillas-, mi padre me llevaba a las grandes compañías aseguradoras y tengo grabada en la memoria la imagen de filas y filas de mujeres tecleando».

Aquel mundo de tamborileos, papeles de calco y timbres marginales se extinguió con la irrupción masiva de los procesadores de texto. Eran los 80 y Manel Brillas, intuyendo los cambios que se avecinaban, inscribió a su hijo en una academia de informática. «Su futuro ya no estaba en las máquinas de escribir, así que teníamos que actuar con rapidez», dice.

Terminaba una época y empezaba otra. Las Remington, las Olivetti y las Triumf que tantas novelas, guiones y artículos habían dado al mundo empezaban a quedar arrinconadas. Llegaba el emporio IBM y nada volvería a ser igual. El nuevo milenio dejaba atrás al homo scriptorus del que poco después hablaría Paul Auster en la biografía de su Olympia. Los pioneros de la máquina de escribir, como Nietzsche o Mark Twain, quedaban ya lejos. Las esposas abnegadas como Sophia, que transcribió siete veces Guerra y pazempezaban a caer en el olvido. Los autores obsesivos como Jack Kerouac, que según la leyenda escribió En el camino en un rollo de papel continuo, o como Henry James, que rechazó una Olivetti porque no sonaba igual que su antigua Remington, se extinguían. Todavía hoy quedan algunos escritores que se resisten al cambio, pero son elementos residuales. Javier Marías, que escribe cada novela con una nueva Olympia Carrera de Luxe, quizá sea el último mohicano de una época. De igual modo, todavía hay mecánicos en Barcelona. No muchos, acaso dos o tres ya jubilados, pero sus conocimientos aseguran la pervivencia de un modo de hacer las cosas que ya a nadie interesa.

Algunos sociólogos han apuntado que la máquina de escribir convirtió nuestras vidas en un acontecimiento apolíneo. Que cambió los renglones torcidos de la escritura a mano por una sucesión de líneas perfectas. Que homogeneizó algo tan personal como podía ser la caligrafía. Sin embargo, las impresoras actuales han conseguido que los tipos que tecleábamos en las viejas Olivetti o Remington tengan hoy una poesía especial. Porque en la actualidad vivimos en un mundo mucho más ordenado, más limpio, más uniformado que el que conocieron nuestros padres. Las máquinas de escribir fueron el limbo que existió entre la caligrafía y la impresión láser. Un limbo ante cuya puerta todavía se yerguen algunos guardianes. Tac, tac, tac.

(Publicado en El Mundo el 6 de abril de 2017)

Los nombres que nos pusieron

CUANDO YO era pequeño, mi abuela paterna me miraba ocasionalmente en silencio y decía: «El teu nom és Àlvar». Yo fruncía entonces el ceño, cruzaba los brazos con fuerza y respondía: «No, el meu nom és Álvaro». Eran diálogos así de breves, desde mi punto de vista carentes de contexto, pequeños paréntesis en la cotidianidad de los domingos en los que íbamos a comer a su casa. Después, cuando ya nos habíamos marchado, yo me acercaba a mi madre y protestaba: «La abuelita dice que me llamo Àlvar». Y ella contestaba: «Tú te llamas como te dé la gana llamarte». Y yo: «Pues Álvaro». Y ella: «Pues no se hable más».

Como tantos otros ciudadanos de este país, tengo raíces diversas. Mi madre llegó de Andalucía cuando ni siquiera era una adolescente, la familia de mi padre es enteramente catalana, mi apellido tiene origen valenciano. En muchos aspectos, soy un barcelonés típico: un poco de aquí, un poco de allá y el resto de la política. Y digo política porque también soy el resultado de la situación lingüística existente durante el franquismo y la transición. Nací en una ciudad castellanohablante, con un sistema educativo y unos usos sociales dominados por ese idioma, pero moriré en una ciudad catalanoparlante. De esto no tengo ninguna duda. El catalán ha recuperado felizmente el terreno perdido durante la dictadura y, aunque todavía quede mucho por hacer, no puede negarse que la normalización ha sido un éxito.

Cuando escucho a mis sobrinos y a sus amigos, comprendo que el futuro se expresará en catalán y que, aun cuando dudo que jamás desaparezca, el castellano pasará a un segundo plano. Y me alegro. Porque, en cierta forma, podremos decir que las cosas han vuelto a su sitio. La lengua propia de Cataluña es el catalán, y no hay más vueltas que darle. De hecho, quienes la manejan con más soltura no son sólo los niños, sino también los ancianos, lo cual demuestra que el pasado y el futuro están a punto de darse la mano.

Los que estamos en medio, los que no somos ni niños ni ancianos, los que recibimos una educación mayoritariamente en castellano, somos el último triunfo de una dictadura que impuso su propio idioma. A los nacidos a principios de los 70, la normalización lingüística nos pilló algo mayorcitos y, claro, la mente de muchos de nosotros sigue funcionando en castellano. Al menos la de quienes manejábamos ese idioma también en casa.

Fue el filólogo y político Jordi Carbonell quien dejó escrito, en un ejemplar de la revista Taula de Canvi publicado en 1976, que el castellano era una anomalía histórica en Cataluña. Es una afirmación difícil de asumir para quienes, siendo niños, nos enfurruñábamos cuando nos cambiaban el nombre, así como para quienes nos ganamos la vida escribiendo principalmente en castellano. Pero también es una afirmación indiscutible. Ser bilingües es un lujo, algo que debemos preservar como un tesoro, un regalo que nos ha caído del cielo, pero al mismo tiempo es una opción de la que no debemos olvidar que elegimos libremente.

He tardado mucho tiempo en darme cuenta, quizá demasiado, pero al fin he comprendido que mi abuela, cuando me miraba ocasionalmente en silencio, trataba de salvar toda una cultura con tan sólo cuatro palabras: «Tu et dius Àlvar». No voy a cambiar de nombre. Me gusta Álvaro. Estoy acostumbrado, su sonoridad me define, es parte de mis raíces. Pero no negaré que Àlvar es para mí un recuerdo maravilloso.

Publicado en El Mundo (4 de abril de 2017).

Los hombros de los gigantes

SE ATRIBUYE a Bernardo de Chartres la famosa afirmación según la cual los seres humanos no somos más que enanos subidos a hombros de gigantes. El filósofo escolástico lanzó esta metáfora para advertirnos de nuestra pequeñez y para agradecer a los autores clásicos que nos hubieran guiado en asuntos para los que no estamos capacitados. Sin embargo, han transcurrido muchos siglos desde que se pronunciara aquella frase y la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas no sólo ha alterado su significado, sino que lo ha cambiado por completo. Porque hoy no nos aupamos a los hombros de esos gigantes para disfrutar de las vistas, sino para golpear sus cabezas hasta matarlos.

Y digo esto porque todavía estoy estupefacto ante la oleada de ataques digitales que están sufriendo algunos gigantes de la cultura española. Hordas de personas que nadie sabe quiénes son -y que, la verdad, a nadie importa su identidad- lanzan dardos de un modo enfurecido contra Arturo Pérez Reverte por sus opiniones sobre la existencia de un feminismo de baja estofa que perjudica seriamente al movimiento de liberación femenina, contra Jordi Évole por criticar la actitud de los políticos catalanes ante el drama de los refugiados, contra Javier Marías por reflexionar (con mayor o menor acierto, pero reflexionar al fin y al cabo) sobre las adaptaciones de las obras de William Shakespeare, contra Fernando Trueba por ironizar sobre su relación con ese país culturalmente en ruinas llamado España, e incluso contra Joaquín Sabina por componer canciones que, según la crítica musical Laura Viñuela, emanan un «machismo inconsciente», afirmación ésta que contiene tres errores fundamentales: tomar la parte por el todo (el cantautor también ha escrito contra el machismo), no reparar en que esas letras pertenecen al género de la ficción y no recordar que un crítico no debe emitir juicios morales, sino técnicos.

Es evidente que los creadores antes citados no han de perder ni un segundo sacudiéndose a los enanos que se les han subido a los hombros, porque ya demuestran su valía a través de su trabajo. Pero no está de más sacar a colación la última novela de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo (Seix Barral), en la que el barcelonés reflexiona sobre la gente que pretende equipararse a los artistas mediante el ejercicio de la crítica. Esa clase de individuos ya fue ridiculizado por Denis Diderot en El sobrino de Rameau, obra satírica en la que se mostraba a un hombre sin ningún atributo que, pese a dicha carencia, creía estar a la altura del compositor Jean-Philippe Rameau por el mero hecho de criticarlo y que jamás se detuvo a pensar que él sólo era un destructor, mientras que el otro era un creador.

En 1929, José Ortega y Gasset advirtió, en su ensayo La rebelión de las masas, sobre los peligros de construir una sociedad cuyos miembros, por su mera condición de seres humanos, se creyeran ya capaces de opinar sobre cualquier asunto, sin plantearse la necesidad de formarse antes de emitir un juicio de valor. El filósofo incidía en la necesidad de educar a las masas para impedir que su «posverdad» inundara todos los campos del conocimiento, pero salta a la vista que su pretensión cayó en saco roto. La sociedad de la que trataba de protegernos ya está aquí y las redes sociales han conseguido que las opiniones sin fundamento de algunos de sus integrantes tengan más repercusión que nunca. Ha llegado la época de los censores; ha llegado el tiempo de la tiranía sin dictadores.

(Publicado en El Mundo Cataluña el 1 de marzo de 2017).

La sangre que riega los campos

La primera novela de Jesús Carrasco, ‘Intemperie’ (Seix Barral, 2013), cautivó a una crítica especializada que quiso ver en este autor extremeño al sucesor de Miguel Delibes, una idea que se repitió hasta la saciedad sin duda por el hecho de que la obra estaba ambientada en un entorno rural, algo que, en aquel entonces, no era habitual en nuestro universo literario. Inmediatamente después aparecieron otros títulos de características similares, como ‘Lobisón’ de Ginés Sánchez, ‘El niño que robó el caballo de Atila’ de Iván Repila, ‘El bosque es grande y profundo’ de Manuel Darriba, ‘Es un decir’ de Jenn Díaz y ‘Por si se va la luz’ de Lara Moreno, pareciendo que se alumbraba un fenómeno editorial, el de la ‘literatura neorrural’, que a la postre no llegó a cuajar pero que, en cierto modo, interrumpió la deriva estética que la narrativa española tenía hasta ese momento.

Con todo, algunos críticos señalaron ya en aquel momento que, pese al impacto que causó la aparición de ‘Intemperie’, la novela delataba la inexperiencia de su autor, opinión que, debo reconocer, yo mismo compartía. Aquel libro no llegó a interesarme como artefacto literario, aunque sí como fenómeno editorial, y antes de emitir una opinión pública, preferí aguardar a la aparición de un segundo libro que confirmara o denostara a su autor. Y ahora, cuando dicha publicación ya ha tenido lugar, no tengo ningún reparo en reconocer que mis reticencias han desaparecido y que, detrás del ‘fenómeno Carrasco’, hay un pedazo de escritor. Porque ‘La tierra que pisamos’ es un novelón de padre y muy señor mío.

Anclado igualmente en ese realismo de ambientación rural que parece estar convirtiéndose en marca de la casa, ‘La tierra que pisamos’ plantea una ucronía situada en los amaneceres del siglo XX. España ha sido anexionada a un Imperio cuya capital queda desdibujada –aun cuando no resulte difícil situarla en Alemania- y sus habitantes se han convertido en una suerte de parias que viven dominados por unos colonos que han transformado nuestro país en su lugar de retiro. En este contexto posbélico encontramos a un coronel ya decrépito que se ha instalado en un pueblo extremeño con su mujer, la cual, acostumbrada a vivir entre oropeles e ignorancias, se enfrentará a una cruda realidad cuando descubra que su tranquilidad está construida sobre el dolor de los pueblos aplastados por el Imperio. La aparición del antiguo propietario del caserón donde ahora vive el matrimonio, así como el descubrimiento de la suerte que corrieron los habitantes de ese mismo pueblo, abrirán los ojos de la señoritinga y le harán comprender que su mundo de porcelana se alza sobre una charca de sangre.

Pese a los evidentes vínculos con la literatura sobre el Holocausto judío, ‘La tierra que pisamos’ merece también ser leída atendiendo a esa Ley de Memoria Histórica que tantos quebraderos de cabeza está trayendo a los descendientes de los represaliados por el franquismo, aun cuando su anclaje en el universo ucrónico permita al autor enmascarar dicha temática. Carrasco es lo suficientemente inteligente como para lanzar su mensaje sin siquiera mencionarlo y con esta estrategia convierte su novela en un artefacto tan local como universal. Por último, indicar que, aun cuando la historia esté ambientada en el campo, no debemos señalar a Delibes como padre espiritual de Carrasco, y en todo caso, si tuviéramos que buscar algún vínculo literario, sería mejor mencionar a Gonçalo Tavares (el hombre desorientado en un mundo que ya no le pertenece) y a Ricardo Menéndez Salmón (novela sobre el horror).

‘La tierra que pisamos’

Jesús Carrasco

Seix Barral, 2016

272 páginas, 18 euros

 

(Reseña publicada en Mercurio).

Balada de Nueva York

En la mítica serie de televisión ‘Canción triste de Hill Street’ (NBC, 1981-1987), el sargento Philip Freemason (Michael Conrad) siempre terminaba el briefing con sus chicos de la misma manera: les señalaba con el dedo índice, arqueaba una ceja y decía ‘¡Tengan cuidado ahí fuera!’. Después, los agentes salían a la calle y se enfrentaban a una ciudad copada de proxenetas, toxicómanos, prostitutas, negratas, taxidrivers y demás indeseables que convertían las calles de Nueva Yorken un auténtico infierno donde la muerte flotaba en el ambiente con la misma densidad que los vapores emanados por el alcantarillado. La serie dibujaba una capital del mundo derrotada por la crisis económica y por la especulación inmobiliaria, y el resto de occidentales –o al menos yo- veíamos cada capítulo con una sola idea en la cabeza: ‘No viajo a Nueva York ni por todo el oro del mundo’.

Pues bien, esa metrópolis peligrosa, y al mismo tiempo creativa, vuelve a estar de moda, porque, si la HBO estrenó recientemente la serie de televisión ‘Vinyl’, en la que recrea el mundo de la música en el Nueva York de la década de los 70, ahora Garth Risk Hallberg (Lousiana, 1976) irrumpe en el mundo literario con su monumental opera prima ‘Ciudad en llamas’, un tour de force de un millar de páginas en el que retrata tanto las miserias de los barrios marginales como los oropeles de las zonas de alto standing de aquella urbe. Hasta el momento, el autor sólo había publicado relatos y ensayos breves en medios como The New York Times Magazine, New York Magazine, The Millions y otros de carácter similar, pero ha sido la aparición de esta novela lo que ha puesto su nombre en boca de todos, habiendo llegado a ser colocada entre los mejores libros del año por The New York Times, The Washington Post, National Public’s Radio y Barnes & Noble.

En apariencia, ‘Ciudad en llamas’ es una novela coral sobre el amor, la traición y el perdón que tiene como telón de fondo la escena punk –con Patti Smith a la cabeza- que despuntaba en aquel momento, pero en realidad se trata de un homenaje a ese Nueva York de 70 en el que podían verse ‘páginas de sucesos revoloteando desde las alcantarillas’. El hilo argumental es el asesinato de una jovencita en Central Park durante la Nochevieja de 1976. Este crimen implica, de un modo u otro –y en ocasiones de una forma un tanto inverosímil-, a una caterva de personajes que abarca todos los estratos sociales y que permite al autor mostrar la ciudad desde distintos puntos de vista. Así, hay un niño de papá que monta un grupo de música punk, un afroamericano que sueña con escribir la gran novela americana, un especulador inmobiliario que no tiene reparos a la hora de incendiar edificios, un cantante nihilista que está lleno de inseguridades, un adolescente que quiere conocer el lado salvaje de la vida y, en definitiva, una docena de individuos cuyo destino confluirá de nuevo en una de las noches más famosas de la Gran Manzana: el apagón del 13 de julio de 1977. Y, entre medio, una ingente cantidad de subtramas, incluyendo la reconstrucción del pasado de los protagonistas, y seis interludios que simulan ser documentos reales –incluyendo manuscritos- y que aportan verosimilitud a la historia.

‘Ciudad en llamas’ se suma a no pocas tradiciones narrativas. Desde un primer momento, son evidentes los ecos del Charles Dickens más crítico con la pobreza y de la Donna Tartt de ‘El jilguero’, cuya trama en torno al mundo del arte, de la marginalidad y de la rebeldía en los barrios altos parece sobrevolar esta novela de un modo francamente molesto. Pero la presencia de Nueva York como personaje principal apunta hacia otros autores que han convertido esa misma ciudad en la protagonistas de sus obras más importantes, como Francis Scott Fitzgerald, J.D.Salinger, Martin Amis y, sobre todo, ese Tom Wolfe que tan majestuosamente describió las bajas pasiones de la metrópolis en ‘La hoguera de las vanidades’. Así pues, una novela para nostálgicos de una ciudad que hoy, atestada de turistas y de controles de seguridad, simplemente no existe.

 

LAS CLAVES

-Nochevieja de 1976: La novela arranca el 31 de diciembre de 1976, cuando se produce el asesinato de una joven que decide no asistir a un concierto de música punk. Con esta excusa, Gary Risk Hallberg describe la escena artística del momento: ‘El punk era un dios celoso, que no soportaba la existencia de otras músicas además de él (…). En privado, pensaba que Horses quizá fuera el mejor álbum de la historia; debía de haber escuchado mil veces la canción Birdland’.

-Hell’s Kitchen: Aunque la novela describe diversos ambientes de la ciudad, Hell’s Kitchen es el posee la carga más simbólica de cuantos aparecen: ‘Gradualmente, las manzanas fueron despoblándose. A esa hora Hell’s Kitchen se componía mayoritariamente de solares de escombros, chasis quemados de coches y algún que otro mendigo en los semáforos. Parecía que hubiera explotado una bomba y sólo quedaran los parias (…)’.

-Gran Apagón del 13 de julio de 1977: Del 13 al 14 de julio de 1977, la ciudad de Nueva York sufrió un corte de suministro eléctrico que, a diferencia de los ocurridos en 1965 y en 2003, provocó innumerables desórdenes públicos. En ‘Ciudad en llamas’, este apagón se describe durante 150 páginas: ‘El propietario del colmado, mientras, entra en la tienda, cierra la puerta tras de él y se sienta en un taburete, a oscuras. Se aferra a la escopeta como a un perro faldero… Demasiado tarde, pero ¿quién sabe? Pueden atacar otros vándalos’.

 

 

‘Ciudad en llamas’

Garth Risk Hallberg

Traducción de Cruz Rodríguez Juiz

Literatura Random House, 2016

1040 páginas, 24,90 euros

 

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia).

Atender a la llamada de las armas

La protagonista de la última novela de Laird Hunt no cabalga por el Valle de la Muerte, pero nos remite igualmente a la época en la que los forajidos recorrían las llanuras con una pistola en cada mano. Las novelas del Oeste tienen como característica principal la exploración del territorio occidental de Estados Unidos por parte de algún personaje solitario que habrá de enfrentarse a alguien con un sistema de valores distinto a los suyos. Sin embargo, si nos atenemos a la escenografía de los grandes clásicos del wéstern, no cabe duda de que también podríamos incluir en este género las ficciones históricas ambientadas en la Guerra de Secesión (1861-1865), dado que el decorado en el que se desarrollan y las vicisitudes a las que se enfrentan sus héroes coinciden en muchas ocasiones con las de las novelas de vaqueros.

‘Neverhome. (Ella era más fuerte)’ es la segunda entrega de una tetralogía que Laird Hunt pretende completar sobre el tema de la esclavitud en la historia estadounidense. El primer título fue ‘La benévola’ (Blackie Books, 2013), novela en la que relataba las desventuras de dos mujeres negras sometidas a la crueldad de los estados sureños; y ahora nos llega el segundo, en el que nos cuenta las andanzas de una mujer, Constance, que abandona a su marido para alistarse, disfrazada de hombre, en el ejército de la Unión. Para construir esta narración, Hurt se basó en la historia real de Sarah Rosetta Wakeman y en los más de cuatrocientos casos documentados de mujeres que cambiaron las faldas por una casaca azul.

La protagonista de ‘Neverhome’ atraviesa el país para luchar contra el ejército Confederado –y, por tanto, contra un sistema económico basado en la esclavitud y la agricultura- y para demostrarse a sí misma que el miedo no rige su vida. Así, realiza un viaje por Estados Unidos semejante al que arrancó don Quijote por España, descendiendo en cada etapa un escalón hacia el infierno. La novela forma parte de ese revisionismo histórico al que se está siendo sometiendo el pasado de Estados Unidos, puesto que Laird Hunt nos muestra el reverso literario de Scarlett O’Hara. Para conseguirlo, lleva a su personaje al campo de batalla, a un manicomio y de nuevo a casa, recordándonos en esta última etapa algo que la literatura bélica siempre se ha esforzado por destacar: que, después de haber conocido la guerra, no se puede recuperar el pasado.

‘Neverhome. (Ella era más fuerte)’

Laird Hunt

Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla.

Blackie Books, 2015

 

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia)