Laboratorio de ideas

EL ESPAI Contrabandos es, probablemente, la librería más evolucionada de Barcelona. Sus clientes no buscan las novedades, no se dejan arrastrar por las modas, no compran entretenimiento. Hacen todo lo contrario. Porque ellos son la avanzadilla de las ideas que, dentro de cinco, diez o veinte años, todos asumiremos como indiscutibles. De ahí que no sea un local apto para todos los públicos. Ni siquiera para los que, debido a nuestra profesión, andamos todo el día buscando cosas nuevas.

El viernes pasado se presentó un ensayo, Masculinidades y feminismo (Virus), del sociólogo y activista Jokin Azpiazu Carballo, un vasco que anda enfrascado en el estudio del papel que deben asumir los hombres en el nuevo marco de la liberación de la mujer. La librería estaba tan llena de gente de estética alternativa que, cuando el acto empezó, no cabía ni un pendiente más. De hecho, sólo tuve que poner un pie dentro para sentirme fuera de lugar. Y tanto fue así que, lo reconozco, pensé en marcharme, de tan incómodo como me sentía. Pero de repente empezó la charla y quedé atrapado por las palabras que allí se dijeron.

Jokin Azpaiazu ha buscado la verdad oculta tras los hombres que se las dan de feministas y su ensayo apunta a los que encabezan manifestaciones en defensa de la mujer, levantan el puño más alto que sus compañeras y sueltan consignas que, en sus bocas, parecen a veces ridículas. Las presentadoras, Bárbara Biglia y Sara Barrientos, ambas también activistas, estuvieron de acuerdo con el discurso e incluso advirtieron del peligro inherente al hecho de que ellos quieran ser más feministas que ellas, ya que esto puede acabar provocando que los hombres se reapropien de los espacios ganados por la mujer.

Pero lo interesante del debate fue que no se llegó a ningún sitio. Y esto, por extraño que parezca, confirió a la presentación un aire de honestidad poco habitual en actos de este tipo, donde normalmente los autores se dedican a sentar cátedra y los asistentes a aplaudir satisfechos. Aquí la gente venía a discutir, a refutar, a crear paradojas tan enrevesadas -como, por ejemplo, que los hombres deben renunciar a sus privilegios, pero que el hecho de poder renunciar a un privilegio ya es un privilegio en sí, puesto que sólo pueden hacerlo quienes lo tienen- que impidieran que el debate acabara en acuerdo.

El carácter asambleario de la presentación hizo que el acto se alargara más de la cuenta, y como yo tenía otros compromisos, me marché antes de tiempo. Con todo, me fui con la sensación de que había asistido, acaso por primera vez en mi vida, a un auténtico laboratorio de ideas, esto es, un lugar donde nadie trata de vender su moto, sino donde las bases del pensamiento político se reúnen para analizar el mundo en el que vivimos y donde luchan no por imponer sus ideas, sino por dar con ellas.

Tal vez el jueves pasado los asistentes a la presentación salieran igual que habían entrado, puede que incluso lo hicieran todavía más dubitativos, pero es seguro que, con el paso del tiempo, alguna de las ideas que se gestan en esta librería acabará germinando, creciendo y cambiando el pensamiento de todos nosotros. Y, cuando eso ocurra, la gente del Espai Contrabandos la rechazará. La considerará una idea dominante y le dará la espalda, creando una nueva paradoja de la que, sin duda, no podrá liberarse. Pero ese es su trabajo, pensar aquello que los demás ni siquiera intuimos, y desde aquí, desde la comodidad del pensamiento burgués, sólo podemos agradecer semejante esfuerzo.

(Artículo publicado en El Mundo Cataluña el 2 de mayo de 2017).

El último mecánico

Hubo un tiempo, allá por la década de los 50, en que, para comprar una máquina de escribir, se tenía que enviar una carta a la Olivetti y esperar cuatro, cinco o hasta seis meses para recogerla en las oficinas que la empresa italiana había abierto en la plaza de les Glòries. En realidad, el proceso era el mismo que habrían de soportar quienes, ya en los 60, aspiraron a un Seat 600. Y es que la fabricación de ambos objetos era, aun cuando pueda no parecerlo, igual de compleja. Incluso hay quien dice que más la del primero.

«Cada máquina de escribir tiene una media de cinco mil piezas diminutas que encajan entre sí con una perfección milimétrica», aclara Manel Brillas, uno de los últimos mecánicos de máquinas de escribir que queda en Barcelona. A principios de los 80, este hombre tenía un millar de clientes al mes; hoy, cuando los ordenadores lo inundan todo, apenas entran tres o cuatro nostálgicos en el taller de Hostafrancs que en la actualidad regenta su hijo: Adam Brillas.

De hecho, el día en que nos concede esta entrevista, hay una Remington Remette en la mesa giratoria sobre la que este hombre trabajó desde los 15 hasta los 65 años. La ha traído una escritora catalana afincada en Andorra de quien no nos da el nombre por respeto a su intimidad. El aparato se escacharró tras caer al suelo y el muelle real trae de cabeza a Adam. Su padre se ha escapado de casa para echar un vistazo a esta obra de ingeniería y su esposa le ha advertido de que no vuelva con los dedos llenos de tinta, la camisa manchada de grasa y, más importante, la obsesión metida en el cuerpo. Y es que son demasiados años trabajando en este taller y el cerebro de Manel Brillas parece seguir haciendo tac-tac-tac. La factura por la reparación de este vestigio del pasado rondará los 50 euros; en su época la máquina costó 1.500 pesetas; en aquel tiempo un trabajador cobraba 1.000 al mes. Así pues, lo que antaño fue una fortuna hoy es más barato que un billete de tren.

Situado en los bajos de la calle Moianès, 68, el Taller Brillas ha visto tres generaciones de mecánicos. El abuelo lo abrió en 1941, el padre lo regentó hasta 2010 y el nieto lo está reconvirtiendo en una tienda de informática. Es la transformación habitual. Los cientos de mecánicos que antes abarrotaban la ciudad se reciclaron a finales de los 80, cuando todo el mundo sustituyó la Olivetti Pluma 22 por un ordenador de apenas 64 kbs. En aquella época, los contenedores de los chatarreros se llenaron de tipografías y, antes de que llegara el nuevo milenio, ya no quedaba ninguna máquina en los hogares de esta ciudad.

«Cuando tenía quince años, mi padre me puso a trabajar -recuerda Manel Brillas-. Durante el día estaba aquí, en el taller, y por noches estudiaba en la Escuela Industrial». Lo primero que aprendió fue que sólo necesitaba cuatro herramientas para ganarse la vida: un juego de destornilladores, otro de alicates, un bote de aceite 3-en-uno y un frasco de Netol. Con tan solo esos instrumentos, es capaz de encajar carros, enderezar armazones, reparar timbres, recolocar fijadores y levantar varillas de sujeción. No necesita más. Aunque, eso sí, hay desperfectos que ya no tienen arreglo. Por ejemplo, la goma del rodillo y las piezas que necesitan soldaduras. «Para eso había otros artesanos que ya han desaparecido -comenta algo apesadumbrado-. Antes, aquí, en Hostafranc, había soldadores por todas partes y también torneros que reemplazaban las gomas. Pero ya desaparecieron. El único que aguanta es ése, el de la Peluquería Mingo, que abrió antes de la Guerra Civil y que continúa ahí. Porque, claro, la gente sigue teniendo pelo, pero no máquinas de escribir».

Para sustituir las piezas que antes arreglaban otros profesionales, Brillas tiene un desguace al fondo de su taller. En ese cuartucho guarda las máquinas destartaladas de las que va cogiendo las partes que necesita para reparar las que le traen los clientes. «El futuro está en las impresoras 3D -dice de pronto su hijo-. Permitirán construir las piezas que hoy ya no pueden encontrarse. Sólo de esa forma podremos seguir reparando las Remington, las Olivetti y las Facit que todavía usan los nostálgicos».

Hace algunos años, el escritor norteamericano Paul Auster publicó un libro ilustrado por Sam Messer, La historia de mi máquina de escribir (Booket, 2013), en el que rendía homenaje a la Olympia portátil con la que ha redactado sus novelas desde 1974. En dicho texto, el autor indicaba una de las ventajas de esos artilugios de hierro frente al ordenador: su indestructibilidad. «Lo mejor de todo era que parecía indestructible», escribía el neoyorquino. Manuel Brillas ratifica las palabras de Paul Auster con una simple afirmación: «Lo único que no soportan estas máquinas es una caída al suelo. Por lo demás, aguantan lo que les eches». Efectivamente, los clientes que han atravesado la puerta de su taller a lo largo de las décadas lo han hecho principalmente por dos motivos: o la máquina se había precipitado desde el escritorio o había llegado el momento de hacerle una limpieza a fondo. «En el pasado, los errores de escritura se corregían con goma de borrar y, claro, las virutas caían sobre el mecanismo y acababan atascándolo -recuerda mientras mira al techo y suspira-. Limpiarlas era un auténtico engorro. Por suerte, llegó el típex y todo cambió».

Efectivamente, la comercialización del líquido corrector creado por la empresa alemana Tipp-Ex (tipos fuera) transformó las oficinas de medio mundo, del mismo modo que un siglo antes lo hizo la invención de las máquinas de escribir. Christopher Latham Sholes, Carlos Glidden y Samuel W. Soulé fueron los responsables de lanzar al mercado un modelo muy similar al que hoy conocemos, así como de establecer la secuencia QWERTY que todavía se emplea en la informática moderna. Aquellos hombres dispusieron el teclado de ese modo para separar las letras que solían ir juntas en lengua inglesa, evitando con este truco que las palas chocaran entre sí durante el redactado de cualquier texto.

Nunca se ha demostrado que QWERTY sea la secuencia más eficaz, pero su implantación tuvo tanto éxito que nadie se ha planteado de un modo serio la redistribución de las letras. La siguiente revolución en la industria llegó en 1873, cuando la empresa Remington, preocupada por la caída en la venta de sus fusiles, enganchó una máquina de escribir a la mesa de una máquina de coser. Este simple añadido transformó una vez más la industria e introdujo al gigante armamentístico en el negocio de la escritura.

Con todo, no hace falta acudir a una biblioteca para descubrir la historia de las máquinas de escribir. Basta con echar un vistazo a las estanterías del Taller Brillas, donde descansan modelos de todas las épocas y países. Algunos fueron abandonados por los clientes, mientras que otros han sido adquiridos por Adam, que los compra por internet, los arregla sobre la mesa giratoria y los pone a la venta para deleite de coleccionistas, nostálgicos y, últimamente, algún que otro hipster. Ahora mismo tiene una Olivetti de los años 40 que escribe como el primer día, una Corona portátil usada por los corresponsales durante la I Guerra Mundial, una Remington con las teclas talladas en madera y otras tantas máquinas que esperan a alguien que se acerque a golpear sus teclas con frenesí.

Pero hay una joya de la corona que Manel esconde en un armario del taller. Se trata de la Smith-Corona que el escritor británico Tom Sharpe le llevó para reparar pocos meses antes de fallecer. El autor de 'Wilt' murió en Llafranc (Girona) hace ahora cuatro años, dejando su instrumento de trabajo en este taller de Hostafrancs. La secretaria del autor pidió al mecánico que no la tirara, ya que pretendía abrir un museo dedicado a Sharpe en la Costa Brava, pero, como suele ser habitual en estos asuntos, nunca volvió a contactar con él y hoy la máquina aguarda una llamada que probablemente nunca se producirá.

Pero Manuel Brillas no ha conocido sólo a Tom Sharpe. Otros nombres ilustres solicitaron sus servicios en el pasado. Por ejemplo, algunas cabezas ilustres del semanario Destino, entre las que cabría destacar al mismísimo Josep Vergés. «Yo llegué a conocer la redacción que Destino tuvo en la calle Tallers, pero principalmente trabajé en la de Consell de Cent -recuerda algo incómodo, como si temiera estar desvelando algún secreto-. Les arreglé tropecientas máquinas. Pero luego llegó Planeta y compró Destino, y nunca más volvieron a llamarme. Había llegado la época de las grandes corporaciones, de los ordenadores, de la reducción de plantillas. Y la gente como yo dejó de ser necesaria».

Realmente, antes de que los ordenadores transformaran la sociedad, las oficinas de medio mundo tenían el tableteo de las máquinas de escribir como sonido de fondo. Y quienes más lo escucharon fueron las mujeres, como se demuestra sabiendo que, en 1919, el 80 por ciento de las mecanógrafas estadounidenses pertenecían al sexo femenino. De ahí que empresas como Remington o Underwood decoraban sus productos con motivos florales. Es más: la imagen de la secretaria tecleando al dictado de su jefe llegó a ser tan icónica que los partidos conservadores acusaron a las máquinas de escribir de fomentar el adulterio. «Cuando yo empecé a trabajar -rememora Manel Brillas-, mi padre me llevaba a las grandes compañías aseguradoras y tengo grabada en la memoria la imagen de filas y filas de mujeres tecleando».

Aquel mundo de tamborileos, papeles de calco y timbres marginales se extinguió con la irrupción masiva de los procesadores de texto. Eran los 80 y Manel Brillas, intuyendo los cambios que se avecinaban, inscribió a su hijo en una academia de informática. «Su futuro ya no estaba en las máquinas de escribir, así que teníamos que actuar con rapidez», dice.

Terminaba una época y empezaba otra. Las Remington, las Olivetti y las Triumf que tantas novelas, guiones y artículos habían dado al mundo empezaban a quedar arrinconadas. Llegaba el emporio IBM y nada volvería a ser igual. El nuevo milenio dejaba atrás al homo scriptorus del que poco después hablaría Paul Auster en la biografía de su Olympia. Los pioneros de la máquina de escribir, como Nietzsche o Mark Twain, quedaban ya lejos. Las esposas abnegadas como Sophia, que transcribió siete veces Guerra y pazempezaban a caer en el olvido. Los autores obsesivos como Jack Kerouac, que según la leyenda escribió En el camino en un rollo de papel continuo, o como Henry James, que rechazó una Olivetti porque no sonaba igual que su antigua Remington, se extinguían. Todavía hoy quedan algunos escritores que se resisten al cambio, pero son elementos residuales. Javier Marías, que escribe cada novela con una nueva Olympia Carrera de Luxe, quizá sea el último mohicano de una época. De igual modo, todavía hay mecánicos en Barcelona. No muchos, acaso dos o tres ya jubilados, pero sus conocimientos aseguran la pervivencia de un modo de hacer las cosas que ya a nadie interesa.

Algunos sociólogos han apuntado que la máquina de escribir convirtió nuestras vidas en un acontecimiento apolíneo. Que cambió los renglones torcidos de la escritura a mano por una sucesión de líneas perfectas. Que homogeneizó algo tan personal como podía ser la caligrafía. Sin embargo, las impresoras actuales han conseguido que los tipos que tecleábamos en las viejas Olivetti o Remington tengan hoy una poesía especial. Porque en la actualidad vivimos en un mundo mucho más ordenado, más limpio, más uniformado que el que conocieron nuestros padres. Las máquinas de escribir fueron el limbo que existió entre la caligrafía y la impresión láser. Un limbo ante cuya puerta todavía se yerguen algunos guardianes. Tac, tac, tac.

(Publicado en El Mundo el 6 de abril de 2017)

Los nombres que nos pusieron

CUANDO YO era pequeño, mi abuela paterna me miraba ocasionalmente en silencio y decía: «El teu nom és Àlvar». Yo fruncía entonces el ceño, cruzaba los brazos con fuerza y respondía: «No, el meu nom és Álvaro». Eran diálogos así de breves, desde mi punto de vista carentes de contexto, pequeños paréntesis en la cotidianidad de los domingos en los que íbamos a comer a su casa. Después, cuando ya nos habíamos marchado, yo me acercaba a mi madre y protestaba: «La abuelita dice que me llamo Àlvar». Y ella contestaba: «Tú te llamas como te dé la gana llamarte». Y yo: «Pues Álvaro». Y ella: «Pues no se hable más».

Como tantos otros ciudadanos de este país, tengo raíces diversas. Mi madre llegó de Andalucía cuando ni siquiera era una adolescente, la familia de mi padre es enteramente catalana, mi apellido tiene origen valenciano. En muchos aspectos, soy un barcelonés típico: un poco de aquí, un poco de allá y el resto de la política. Y digo política porque también soy el resultado de la situación lingüística existente durante el franquismo y la transición. Nací en una ciudad castellanohablante, con un sistema educativo y unos usos sociales dominados por ese idioma, pero moriré en una ciudad catalanoparlante. De esto no tengo ninguna duda. El catalán ha recuperado felizmente el terreno perdido durante la dictadura y, aunque todavía quede mucho por hacer, no puede negarse que la normalización ha sido un éxito.

Cuando escucho a mis sobrinos y a sus amigos, comprendo que el futuro se expresará en catalán y que, aun cuando dudo que jamás desaparezca, el castellano pasará a un segundo plano. Y me alegro. Porque, en cierta forma, podremos decir que las cosas han vuelto a su sitio. La lengua propia de Cataluña es el catalán, y no hay más vueltas que darle. De hecho, quienes la manejan con más soltura no son sólo los niños, sino también los ancianos, lo cual demuestra que el pasado y el futuro están a punto de darse la mano.

Los que estamos en medio, los que no somos ni niños ni ancianos, los que recibimos una educación mayoritariamente en castellano, somos el último triunfo de una dictadura que impuso su propio idioma. A los nacidos a principios de los 70, la normalización lingüística nos pilló algo mayorcitos y, claro, la mente de muchos de nosotros sigue funcionando en castellano. Al menos la de quienes manejábamos ese idioma también en casa.

Fue el filólogo y político Jordi Carbonell quien dejó escrito, en un ejemplar de la revista Taula de Canvi publicado en 1976, que el castellano era una anomalía histórica en Cataluña. Es una afirmación difícil de asumir para quienes, siendo niños, nos enfurruñábamos cuando nos cambiaban el nombre, así como para quienes nos ganamos la vida escribiendo principalmente en castellano. Pero también es una afirmación indiscutible. Ser bilingües es un lujo, algo que debemos preservar como un tesoro, un regalo que nos ha caído del cielo, pero al mismo tiempo es una opción de la que no debemos olvidar que elegimos libremente.

He tardado mucho tiempo en darme cuenta, quizá demasiado, pero al fin he comprendido que mi abuela, cuando me miraba ocasionalmente en silencio, trataba de salvar toda una cultura con tan sólo cuatro palabras: «Tu et dius Àlvar». No voy a cambiar de nombre. Me gusta Álvaro. Estoy acostumbrado, su sonoridad me define, es parte de mis raíces. Pero no negaré que Àlvar es para mí un recuerdo maravilloso.

Publicado en El Mundo (4 de abril de 2017).

Los hombros de los gigantes

SE ATRIBUYE a Bernardo de Chartres la famosa afirmación según la cual los seres humanos no somos más que enanos subidos a hombros de gigantes. El filósofo escolástico lanzó esta metáfora para advertirnos de nuestra pequeñez y para agradecer a los autores clásicos que nos hubieran guiado en asuntos para los que no estamos capacitados. Sin embargo, han transcurrido muchos siglos desde que se pronunciara aquella frase y la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas no sólo ha alterado su significado, sino que lo ha cambiado por completo. Porque hoy no nos aupamos a los hombros de esos gigantes para disfrutar de las vistas, sino para golpear sus cabezas hasta matarlos.

Y digo esto porque todavía estoy estupefacto ante la oleada de ataques digitales que están sufriendo algunos gigantes de la cultura española. Hordas de personas que nadie sabe quiénes son -y que, la verdad, a nadie importa su identidad- lanzan dardos de un modo enfurecido contra Arturo Pérez Reverte por sus opiniones sobre la existencia de un feminismo de baja estofa que perjudica seriamente al movimiento de liberación femenina, contra Jordi Évole por criticar la actitud de los políticos catalanes ante el drama de los refugiados, contra Javier Marías por reflexionar (con mayor o menor acierto, pero reflexionar al fin y al cabo) sobre las adaptaciones de las obras de William Shakespeare, contra Fernando Trueba por ironizar sobre su relación con ese país culturalmente en ruinas llamado España, e incluso contra Joaquín Sabina por componer canciones que, según la crítica musical Laura Viñuela, emanan un «machismo inconsciente», afirmación ésta que contiene tres errores fundamentales: tomar la parte por el todo (el cantautor también ha escrito contra el machismo), no reparar en que esas letras pertenecen al género de la ficción y no recordar que un crítico no debe emitir juicios morales, sino técnicos.

Es evidente que los creadores antes citados no han de perder ni un segundo sacudiéndose a los enanos que se les han subido a los hombros, porque ya demuestran su valía a través de su trabajo. Pero no está de más sacar a colación la última novela de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo (Seix Barral), en la que el barcelonés reflexiona sobre la gente que pretende equipararse a los artistas mediante el ejercicio de la crítica. Esa clase de individuos ya fue ridiculizado por Denis Diderot en El sobrino de Rameau, obra satírica en la que se mostraba a un hombre sin ningún atributo que, pese a dicha carencia, creía estar a la altura del compositor Jean-Philippe Rameau por el mero hecho de criticarlo y que jamás se detuvo a pensar que él sólo era un destructor, mientras que el otro era un creador.

En 1929, José Ortega y Gasset advirtió, en su ensayo La rebelión de las masas, sobre los peligros de construir una sociedad cuyos miembros, por su mera condición de seres humanos, se creyeran ya capaces de opinar sobre cualquier asunto, sin plantearse la necesidad de formarse antes de emitir un juicio de valor. El filósofo incidía en la necesidad de educar a las masas para impedir que su «posverdad» inundara todos los campos del conocimiento, pero salta a la vista que su pretensión cayó en saco roto. La sociedad de la que trataba de protegernos ya está aquí y las redes sociales han conseguido que las opiniones sin fundamento de algunos de sus integrantes tengan más repercusión que nunca. Ha llegado la época de los censores; ha llegado el tiempo de la tiranía sin dictadores.

(Publicado en El Mundo Cataluña el 1 de marzo de 2017).

La sangre que riega los campos

La primera novela de Jesús Carrasco, ‘Intemperie’ (Seix Barral, 2013), cautivó a una crítica especializada que quiso ver en este autor extremeño al sucesor de Miguel Delibes, una idea que se repitió hasta la saciedad sin duda por el hecho de que la obra estaba ambientada en un entorno rural, algo que, en aquel entonces, no era habitual en nuestro universo literario. Inmediatamente después aparecieron otros títulos de características similares, como ‘Lobisón’ de Ginés Sánchez, ‘El niño que robó el caballo de Atila’ de Iván Repila, ‘El bosque es grande y profundo’ de Manuel Darriba, ‘Es un decir’ de Jenn Díaz y ‘Por si se va la luz’ de Lara Moreno, pareciendo que se alumbraba un fenómeno editorial, el de la ‘literatura neorrural’, que a la postre no llegó a cuajar pero que, en cierto modo, interrumpió la deriva estética que la narrativa española tenía hasta ese momento.

Con todo, algunos críticos señalaron ya en aquel momento que, pese al impacto que causó la aparición de ‘Intemperie’, la novela delataba la inexperiencia de su autor, opinión que, debo reconocer, yo mismo compartía. Aquel libro no llegó a interesarme como artefacto literario, aunque sí como fenómeno editorial, y antes de emitir una opinión pública, preferí aguardar a la aparición de un segundo libro que confirmara o denostara a su autor. Y ahora, cuando dicha publicación ya ha tenido lugar, no tengo ningún reparo en reconocer que mis reticencias han desaparecido y que, detrás del ‘fenómeno Carrasco’, hay un pedazo de escritor. Porque ‘La tierra que pisamos’ es un novelón de padre y muy señor mío.

Anclado igualmente en ese realismo de ambientación rural que parece estar convirtiéndose en marca de la casa, ‘La tierra que pisamos’ plantea una ucronía situada en los amaneceres del siglo XX. España ha sido anexionada a un Imperio cuya capital queda desdibujada –aun cuando no resulte difícil situarla en Alemania- y sus habitantes se han convertido en una suerte de parias que viven dominados por unos colonos que han transformado nuestro país en su lugar de retiro. En este contexto posbélico encontramos a un coronel ya decrépito que se ha instalado en un pueblo extremeño con su mujer, la cual, acostumbrada a vivir entre oropeles e ignorancias, se enfrentará a una cruda realidad cuando descubra que su tranquilidad está construida sobre el dolor de los pueblos aplastados por el Imperio. La aparición del antiguo propietario del caserón donde ahora vive el matrimonio, así como el descubrimiento de la suerte que corrieron los habitantes de ese mismo pueblo, abrirán los ojos de la señoritinga y le harán comprender que su mundo de porcelana se alza sobre una charca de sangre.

Pese a los evidentes vínculos con la literatura sobre el Holocausto judío, ‘La tierra que pisamos’ merece también ser leída atendiendo a esa Ley de Memoria Histórica que tantos quebraderos de cabeza está trayendo a los descendientes de los represaliados por el franquismo, aun cuando su anclaje en el universo ucrónico permita al autor enmascarar dicha temática. Carrasco es lo suficientemente inteligente como para lanzar su mensaje sin siquiera mencionarlo y con esta estrategia convierte su novela en un artefacto tan local como universal. Por último, indicar que, aun cuando la historia esté ambientada en el campo, no debemos señalar a Delibes como padre espiritual de Carrasco, y en todo caso, si tuviéramos que buscar algún vínculo literario, sería mejor mencionar a Gonçalo Tavares (el hombre desorientado en un mundo que ya no le pertenece) y a Ricardo Menéndez Salmón (novela sobre el horror).

‘La tierra que pisamos’

Jesús Carrasco

Seix Barral, 2016

272 páginas, 18 euros

 

(Reseña publicada en Mercurio).

Balada de Nueva York

En la mítica serie de televisión ‘Canción triste de Hill Street’ (NBC, 1981-1987), el sargento Philip Freemason (Michael Conrad) siempre terminaba el briefing con sus chicos de la misma manera: les señalaba con el dedo índice, arqueaba una ceja y decía ‘¡Tengan cuidado ahí fuera!’. Después, los agentes salían a la calle y se enfrentaban a una ciudad copada de proxenetas, toxicómanos, prostitutas, negratas, taxidrivers y demás indeseables que convertían las calles de Nueva Yorken un auténtico infierno donde la muerte flotaba en el ambiente con la misma densidad que los vapores emanados por el alcantarillado. La serie dibujaba una capital del mundo derrotada por la crisis económica y por la especulación inmobiliaria, y el resto de occidentales –o al menos yo- veíamos cada capítulo con una sola idea en la cabeza: ‘No viajo a Nueva York ni por todo el oro del mundo’.

Pues bien, esa metrópolis peligrosa, y al mismo tiempo creativa, vuelve a estar de moda, porque, si la HBO estrenó recientemente la serie de televisión ‘Vinyl’, en la que recrea el mundo de la música en el Nueva York de la década de los 70, ahora Garth Risk Hallberg (Lousiana, 1976) irrumpe en el mundo literario con su monumental opera prima ‘Ciudad en llamas’, un tour de force de un millar de páginas en el que retrata tanto las miserias de los barrios marginales como los oropeles de las zonas de alto standing de aquella urbe. Hasta el momento, el autor sólo había publicado relatos y ensayos breves en medios como The New York Times Magazine, New York Magazine, The Millions y otros de carácter similar, pero ha sido la aparición de esta novela lo que ha puesto su nombre en boca de todos, habiendo llegado a ser colocada entre los mejores libros del año por The New York Times, The Washington Post, National Public’s Radio y Barnes & Noble.

En apariencia, ‘Ciudad en llamas’ es una novela coral sobre el amor, la traición y el perdón que tiene como telón de fondo la escena punk –con Patti Smith a la cabeza- que despuntaba en aquel momento, pero en realidad se trata de un homenaje a ese Nueva York de 70 en el que podían verse ‘páginas de sucesos revoloteando desde las alcantarillas’. El hilo argumental es el asesinato de una jovencita en Central Park durante la Nochevieja de 1976. Este crimen implica, de un modo u otro –y en ocasiones de una forma un tanto inverosímil-, a una caterva de personajes que abarca todos los estratos sociales y que permite al autor mostrar la ciudad desde distintos puntos de vista. Así, hay un niño de papá que monta un grupo de música punk, un afroamericano que sueña con escribir la gran novela americana, un especulador inmobiliario que no tiene reparos a la hora de incendiar edificios, un cantante nihilista que está lleno de inseguridades, un adolescente que quiere conocer el lado salvaje de la vida y, en definitiva, una docena de individuos cuyo destino confluirá de nuevo en una de las noches más famosas de la Gran Manzana: el apagón del 13 de julio de 1977. Y, entre medio, una ingente cantidad de subtramas, incluyendo la reconstrucción del pasado de los protagonistas, y seis interludios que simulan ser documentos reales –incluyendo manuscritos- y que aportan verosimilitud a la historia.

‘Ciudad en llamas’ se suma a no pocas tradiciones narrativas. Desde un primer momento, son evidentes los ecos del Charles Dickens más crítico con la pobreza y de la Donna Tartt de ‘El jilguero’, cuya trama en torno al mundo del arte, de la marginalidad y de la rebeldía en los barrios altos parece sobrevolar esta novela de un modo francamente molesto. Pero la presencia de Nueva York como personaje principal apunta hacia otros autores que han convertido esa misma ciudad en la protagonistas de sus obras más importantes, como Francis Scott Fitzgerald, J.D.Salinger, Martin Amis y, sobre todo, ese Tom Wolfe que tan majestuosamente describió las bajas pasiones de la metrópolis en ‘La hoguera de las vanidades’. Así pues, una novela para nostálgicos de una ciudad que hoy, atestada de turistas y de controles de seguridad, simplemente no existe.

 

LAS CLAVES

-Nochevieja de 1976: La novela arranca el 31 de diciembre de 1976, cuando se produce el asesinato de una joven que decide no asistir a un concierto de música punk. Con esta excusa, Gary Risk Hallberg describe la escena artística del momento: ‘El punk era un dios celoso, que no soportaba la existencia de otras músicas además de él (…). En privado, pensaba que Horses quizá fuera el mejor álbum de la historia; debía de haber escuchado mil veces la canción Birdland’.

-Hell’s Kitchen: Aunque la novela describe diversos ambientes de la ciudad, Hell’s Kitchen es el posee la carga más simbólica de cuantos aparecen: ‘Gradualmente, las manzanas fueron despoblándose. A esa hora Hell’s Kitchen se componía mayoritariamente de solares de escombros, chasis quemados de coches y algún que otro mendigo en los semáforos. Parecía que hubiera explotado una bomba y sólo quedaran los parias (…)’.

-Gran Apagón del 13 de julio de 1977: Del 13 al 14 de julio de 1977, la ciudad de Nueva York sufrió un corte de suministro eléctrico que, a diferencia de los ocurridos en 1965 y en 2003, provocó innumerables desórdenes públicos. En ‘Ciudad en llamas’, este apagón se describe durante 150 páginas: ‘El propietario del colmado, mientras, entra en la tienda, cierra la puerta tras de él y se sienta en un taburete, a oscuras. Se aferra a la escopeta como a un perro faldero… Demasiado tarde, pero ¿quién sabe? Pueden atacar otros vándalos’.

 

 

‘Ciudad en llamas’

Garth Risk Hallberg

Traducción de Cruz Rodríguez Juiz

Literatura Random House, 2016

1040 páginas, 24,90 euros

 

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia).

Atender a la llamada de las armas

La protagonista de la última novela de Laird Hunt no cabalga por el Valle de la Muerte, pero nos remite igualmente a la época en la que los forajidos recorrían las llanuras con una pistola en cada mano. Las novelas del Oeste tienen como característica principal la exploración del territorio occidental de Estados Unidos por parte de algún personaje solitario que habrá de enfrentarse a alguien con un sistema de valores distinto a los suyos. Sin embargo, si nos atenemos a la escenografía de los grandes clásicos del wéstern, no cabe duda de que también podríamos incluir en este género las ficciones históricas ambientadas en la Guerra de Secesión (1861-1865), dado que el decorado en el que se desarrollan y las vicisitudes a las que se enfrentan sus héroes coinciden en muchas ocasiones con las de las novelas de vaqueros.

‘Neverhome. (Ella era más fuerte)’ es la segunda entrega de una tetralogía que Laird Hunt pretende completar sobre el tema de la esclavitud en la historia estadounidense. El primer título fue ‘La benévola’ (Blackie Books, 2013), novela en la que relataba las desventuras de dos mujeres negras sometidas a la crueldad de los estados sureños; y ahora nos llega el segundo, en el que nos cuenta las andanzas de una mujer, Constance, que abandona a su marido para alistarse, disfrazada de hombre, en el ejército de la Unión. Para construir esta narración, Hurt se basó en la historia real de Sarah Rosetta Wakeman y en los más de cuatrocientos casos documentados de mujeres que cambiaron las faldas por una casaca azul.

La protagonista de ‘Neverhome’ atraviesa el país para luchar contra el ejército Confederado –y, por tanto, contra un sistema económico basado en la esclavitud y la agricultura- y para demostrarse a sí misma que el miedo no rige su vida. Así, realiza un viaje por Estados Unidos semejante al que arrancó don Quijote por España, descendiendo en cada etapa un escalón hacia el infierno. La novela forma parte de ese revisionismo histórico al que se está siendo sometiendo el pasado de Estados Unidos, puesto que Laird Hunt nos muestra el reverso literario de Scarlett O’Hara. Para conseguirlo, lleva a su personaje al campo de batalla, a un manicomio y de nuevo a casa, recordándonos en esta última etapa algo que la literatura bélica siempre se ha esforzado por destacar: que, después de haber conocido la guerra, no se puede recuperar el pasado.

‘Neverhome. (Ella era más fuerte)’

Laird Hunt

Traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla.

Blackie Books, 2015

 

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia)

 

Los hombres que no aman la vida

Es un error acercarse a ‘Semper dolens’ buscando respuestas a los motivos por los que las personas levantan la mano sobre sí mismas. Porque Ramón Andrés no ha escrito un tratado de psicología o de sociología sobre el suicidio, sino una historia cultural sobre eso que él mismo considera una pulsión inherente al ser humano. Como su propio subtítulo indica, ‘Semper dolens’ recorre la ‘Historia del suicidio en Occidente’ a través de toda suerte de fuentes documentales y, siendo la muerte voluntaria tan antigua como nuestra especie, el autor se remonta al Paleolítico para explicarnos, en primera instancia, el despertar de la consciencia, esto es, del momento en que descubrimos de que podemos abandonar el mundo cuando nos plazca. A partir de ahí, Andrés avanza a paso reunido por los distintos estadios de la cultura occidental, mostrándonos el modo en que el suicidio ha sido concebido –y perdonen por el resumen- en la antigüedad (traición a la comunidad), en la Edad Media (ultraje a Dios), en el Renacimiento (asunción de que nuestra propia autonomía) y, entre otras épocas, en la actualidad (irrupción de la psiquiatría y la sociología).

Ya en las primeras páginas, Ramón Andrés se impone a sí mismo no ‘simplificar’ el tema, motivo por el cual no tiene reparos a la hora de lanzar unas teorías que después él mismo rebate, y asume desde un principio que el ser humano es demasiado complejo como para tratar de abarcarlo en un solo libro. En este sentido, es importante reseñar que ‘Semper dolens’ es una actualización de aquella ‘Historia del suicidio en Occidente’ (Península) ya publicada en 2003. De hecho, la estructura es prácticamente la misma, aun cuando en esta nueva edición encontremos reflexiones y anécdotas de las que carecía la anterior. En la ‘Nota previa’, el autor justifica esta revisión alegando que ‘el paso del tiempo, por lo que supone de acopio de conocimientos, pero también de sedimentación en la mirada, ha ido tejiendo un libro más amplio y matizado, más objetivo, incómodo a los asertos’. Ciertamente, ‘Semper dolens’ es menos categórico que su predecesor e incluso más reflexivo, lo cual no debe hacernos pensar que el otro trabajo fuera precipitado, sino que nos encontramos ante un autor tan concienzudo que, igual que hiciera Robert Burton con su ‘Anatomía de la melancolía’, regresa sobre su propia obra para mejorarla. Admirable.

‘Semper dolens’

Ramón Andrés

Acantilado, 2015

512 páginas, 24,90 euros

 

(Artículo publicado en Cultura/s de La Vanguardia).

El alma de Australia

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Desde hace ya algún tiempo, la literatura escrita en inglés abunda en autores ansiosos por atrapar el alma de sus países o territorios. Y lo más sorprendente de todo es que, en algunos casos, lo están consiguiendo. David Vann ha capturado en numerosas ocasiones el espíritu de Alaska, Cormac McCarthy ha sintetizado la esencia de la frontera norteamericana en no pocas novelas, Dennis Johnson resumió el mito fundacional de Estados Unidos en su reciente ‘Sueño de trenes’ y Richard Flanagan (Tasmania, 1961) se ha convertido, en apenas diez años, en el gran narrador de la forja australiana. No en vano la revista ‘The Economist’ apuntó que se trata del escritor más interesante de su generación y tampoco es baladí que las seis novelas publicadas hasta el momento hayan merecido premios tan prestigiosos como el Man Booker, el Queensland Premier o el Commonwealth Writer, entre otros.

Publicada originariamente en 1994, ‘Mort d’un guia de riu’ –cuya versión castellana salió bajo el paraguas de Debolsillo en 2003- fue la opera prima de Flanagan y, desde entonces, el autor no ha cejado en su empeño por rendir un hermoso homenaje a su tierra natal, Tasmania, y a su país de origen, Australia. Junto a sus dos siguientes títulos, ‘The Sound of One Hard Clapping’ (1997) y ‘Gould’s Book of Fish’ (2001), esta novela se engloba en lo que el autor ha bautizado como ‘soul histories’, esto es, historias que se caracterizan por una búsqueda de aquello que auténticamente define a las personas y, también, a las sociedades.

Merecedora del National Fiction Award, ‘Mort d’un guia de riu’ –ahora rescatada por Raig Verd, editorial que ya anunciado que, a lo largo de los dos siguientes años, también publicará ‘L’estret camí al nord profund’ y ‘Desig’- cuenta la historia de un hombre que, mientras se ahoga en las aguas del río Franklin, sufre una serie de alucinaciones que no sólo le permiten reconstruir su propio pasado, sino también el de sus familiares, el de sus antepasados y, en última instancia, el de su propio país. Durante este trance de muerte, el protagonista consigue eliminar todos los detalles superficiales que envuelven la Vida y logra llegar, en un rapto de lucidez que tiene mucho de onírico, hasta el tuétano no sólo del alma humana, sino también del alma de la sociedad en la que se ha criado. Así pues, una novela hermosa que nos invita a conocer los bastidores de Australia.

 

‘Mort d’un guia de riu’

Richard Flanagan

Traducció de Josefina Caball

Raig Verd, 2015

19 euros, 334 páginas.

 

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia).

 

Yo soy el soldado de Alá

Cuando tenía quince años, Muamar Gadafi se enamoró de la hija del director de su colegio. Él procedía de una familia de beduinos del desierto y no podía aspirar a una niña de origen burgués. Así que se esforzó para mejorar su condición social. Se apuntó a la Academia Militar, ascendió rápidamente y, cuando ya era oficial, se personó en casa de la amada dispuesto a pedir su mano. El padre lo miró con desprecio y lo despachó con tan sólo una frase: ‘En nuestra sociedad, como en el ejército, hay una jerarquía’. Años después, cuando Gadafi ya hubo derrocado a Idris I de Libia y se hubo convertido en el Hermano Guía, ordenó matar al padre de su amor de juventud, arrestó a su marido y la secuestró a ella. Durante tres semanas, la violó y golpeó sin cesar, y cuando se hubo cansado, la relegó a los calabozos sine die.

Durante muchos años, Gadafi fue amigo de los gobiernos occidentales. Le apoyaron, le armaron, le aplaudieron. La prensa internacional incluso lo bautizó como ‘el Che Guevara árabe’. Pero su crueldad –y sus apoyos al terrorismo contra Occidente- le granjeó poderosos enemigos. Al final, cuando el Rais contaba 69 años, se le abrieron tres frentes: su pueblo alzado en armas, las fuerzas islamistas entrando en su territorio y la OTAN –con Francia y Estados Unidos a la cabeza- bombardeando sus palacios. Hasta que el 20 de octubre de 2011, los insurrectos atacaron el convoy con el que trataba de huir de Sirte y, según pudo verse en los videos difundidos por las redes sociales, lo lincharon con tanta crueldad que incluso lo sodomizaron con bayonetas. Esas imágenes, junto con las de la captura de Sadam Husein, se convirtieron en icónicas para la historia del fin de las dictaduras árabes.

Hasta el momento presente, cuando se hablaba de ‘novela de dictadores’, siempre se pensaba en la larga tradición del género existente en Latinoamérica: Juan Manuel de Rosas, Ramón María del Valle-Inclán (pese a su nacionalidad, ‘Tirano Banderas’ entra en el cupo), Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez y, entre otros, Mario Vargas Llosa. Por eso, habiéndose implantado la democracia en Latinoamérica, ha llegado el momento de mirar hacia otro lado y Yasmina Khadra –seudónimo del ex coronel del ejército argelino Mohammed Moulessehoul- ha dado el pistoletazo de salida escribiendo una novela –por tanto, ficción- sobre las última horas (la madrugada del 19 al 20 de octubre de 2011) de Muamar Gadafi.

‘La última noche del Rais’ es una novela de corte shakespiriano (tres escenarios, cuatro personajes principales –uno de ellos, el tirano-, abundancia de diálogos, reflexiones sobre el poder, la locura y la crueldad, etc.) que imagina el estado anímico de un Gadafi toxicómano y enajenado durante las horas previas a su linchamiento. La obra es simplemente fascinante y, en su brevedad y economía, describe con maestría la mente de un megalómano que, en cierto momento, incapaz de comprender por qué su pueblo le odia –y por qué la OTAN y los islamistas le atacan-, llega a proclamar: ‘Me pasa lo que a Dios, el mundo que ha creado se rebela contra mí’.

Hasta el momento, Yasmina Khadra había tenido que soportar las críticas que afirmaban que, de no haberse hecho pasar por una escritora de origen argelino que se atrevía a denunciar la falta de libertades en su país, nunca habría alcanzado la fama de la que hoy goza. Debo reconocer que yo también era de esta opinión y que, de alguna forma, la mayoría de sus novelas me parecían más bien simplonas. Sin embargo, ‘La última noche del Rais’ demuestra que, ya sea por acumulación de experiencia, ya por talento innato, Khadrase ha convertido en un escritor capaz de sondear el alma humana como pocos pueden o saben hacerlo.

‘La última noche del Rais’

Yasmina Khadra

Alianza, 2015.

176 páginas, 16 euros

 

(Artículo publicado en el suplemento 'Cultura/s' de La Vanguardia el 3 de octubre de 2015)

Artur Mas: las heridas mal curadas

Cuando tenía cinco años, Artur Mas derramó una sartén con aceite hirviendo sobre su propia cabeza. El médico le curó las heridas visibles en el rostro, pero no reparó en que el cuero cabelludo también estaba dañado y, en consecuencia, no trató las ampollas ocultas bajo el pelo. Hoy, cuando el 129º President de la Generalitat de Catalunya ha alcanzado los cincuenta y nueve años, se atusa constantemente el flequillo para asegurarse de que nadie puede ver las cicatrices que pueblan su coronilla. Pero no fue aquella la única vez en que ese chaval sufrió abrasiones. En cierta ocasión, durante un experimento en clase de química, ingirió accidentalmente el ácido de una pipeta y sólo la pericia del profesor, que supo contrarrestar los efectos nocivos de aquel producto aplicando algunas sales, le salvó de morir intoxicado.

Artur Mas es un hombre lleno de cicatrices. Unas son visibles; otras, no. Y han sido precisamente las invisibles las que lo han convertido en un político capaz de mantener en jaque al gobierno central. Porque ya se sabe lo que ocurre con la gente herida: que se endurece, que se insensibiliza, que se inmuniza. De hecho, sólo hay que abrir los periódicos, escuchar las emisoras de radio o encender la televisión para comprobar que Artur Mas es ahora mismo el Enemigo Público Número Uno, el malo malísimo de la película, la diana de todas las balas. Y, pese al odio que despierta en mucha gente, él se mantiene incólume en su decisión de llevar al pueblo catalán hacia la independencia.

Artur Mas es hijo de la burguesía barcelonesa. Su bisabuelo materno fue concejal en el ayuntamiento de Mataró y el paterno, capitán de la marina mercante. De ahí que la imagen del líder de CDC haya ido siempre ligada al mar y de ahí también que nadie se extrañara el día en que, habiendo alcanzado la presidencia, colgó en una de las paredes de su despacho un timón con la siguiente inscripción: ‘Cap fred, cor calent, punys ferms, peus a terra’ (‘Cabeza fría, corazón caliente, puños firmes, pies en tierra’). Y tal vez fue ese lema lo que, no hace mucho y en plena lucha por la presidencia, le ayudó a afrontar la muerte de una hermana víctima de una esclerodermia (esclerosis de la piel) y, pocos meses después, la de su padre, un hombre que vivió marcado por una insuficiencia pulmonar derivada de una tuberculosis mal curada.

Artur Mas estudió en el Liceo Francés y en la prestigiosa escuela Aula –caracterizada por insuflar a sus alumnos la ética del esfuerzo, de la curiosidad y de la disciplina-, y se licenció en Ciencias Económicas y Empresariales, entrando a trabajar de inmediato en la empresa de su padre, una metalúrgica especializada en la construcción de ascensores que hizo suspensión de pagos pocos años después. ‘La quiebra del negocio familiar afectó terriblemente a Artur Mas –recuerda el escritor y periodista Arturo San Agustín- y él siempre atribuyó el cierre de la fábrica a la ferocidad de los sindicatos. Desde su punto de vista, la clase trabajadora arruinó a su padre y, en mi opinión, eso le generó una alergia hacia todo lo que oliera a proletariado. Paradójicamente, cuando años después inició su andadura hacia la independencia, tuvo que adueñarse de algo que, en verdad, pertenece al pueblo: el sentimiento nacionalista. Esa es la gran contradicción de Mas: odiar como empresario aquello que le ha salvado como político’.

Poco tiempo después, Artur Mas entró a trabajar en la administración pública, donde desempeñó diversos cargos, y a los treinta y un años se afilió a Convergència Democràtica de Catalunya, pasando a formar parte de la lista de CiU a las municipales. Desde la oposición, se convirtió en el azote del alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, quien años después se vengaría denunciando las mordidas del 3 por ciento de CDC en la adjudicación de obras públicas. ‘En la época de las municipales, todos le veíamos antes como un tecnócrata que como un político –recuerda Alberto Fernández Díaz, regidor del PP y, en aquel tiempo, opositor de Mas-, pero también demostraba ser un hombre de gran rigor y solvencia en materia económica’.

La biografía política de Artur Mas es una de las más injustas de cuantas quepa imaginar, así como un elemento imprescindible para intuir las cicatrices ocultas bajo su chaqueta. Su deseo de convertirse en alcalde de Barcelona se vio truncado por la elección de Miquel Roca como número uno de la lista de CiU y, cuando poco después Jordi Pujol lo señaló como sucesor, sus ganas de alcanzar la presidencia de la Generalitat toparon con el muro de los gobiernos tripartitos (PSC-ERC-ICV) que, durante dos legislaturas seguidas, pactaron para evitar su investidura. Pocas veces en la historia de la democracia española ha habido un líder que, habiendo ganado dos veces seguidas las elecciones, no se hiciera con el poder, y los siete años que Artur Mas pasó como vencedor vencido lo marcaron de un modo tan extraordinario que la prensa catalana bautizó aquel periodo como ‘la travesía del desierto’. Y es que, realmente, fue entonces cuando nació la épica en torno a su figura, cuando el político se convirtió en el héroe trágico al que arrebatan aquello que le pertenece, cuando las heridas dejan de imprimirse en la piel para hacerlo directamente en el espíritu. ‘Recuerdo que se le podía ver caminando por los pasillos del Parlament como un alma en pena –recuerda Montse Nebrera, en aquel entonces diputada del PP y hoy miembro de CDC-. De alguna manera, era un heredero sin trono y siempre andaba meditabundo, encogido, callado. Aquellos siete años le convirtieron en un hombre austero, sobrio, reflexivo. Antes todos le veíamos como un político soberbio que se creía el rey del mundo, pero después nos dimos cuenta de que se había convertido en un hombre íntegro’.

Cuando Artur Mas ganó por tercera vez las elecciones y, esta vez sí, fue investido President de la Generalitat, el tecnócrata con aspecto de niño pijo ya no existía y, pese a los casos de corrupción que salpicaban a su partido, el hombre renacido se vio con la suficiente fuerza como para hacer aquello que sus antecesores habían eludido: plantear seriamente la posibilidad de una independencia unilateral. ‘De repente, mucha gente empezó a verlo como una persona honesta –opina el periodista y escritor Rafel Nadal-. Incluso los que estaban en contra de Convergència, aceptaron que aquel hombre hablaba de un modo directo y honesto y, de alguna forma, surgió la idea de que él no era un corrupto, aunque pudiera estar rodeado de otros que sí lo eran’. Y a partir de entonces, y en gran medida de una forma inopinada, Artur Mas empezó a recabar apoyos entre la población y, sobre todo, entre la intelectualidad catalana. De hecho, si los lectores castellanoparlantes pudieran leer la enorme cantidad de libros –casi hagiografías- publicados en Cataluña en torno al líder de CDC, se echarían las manos a la cabeza y, tras leer las comparaciones que sus autores crean, sentirían el mismo bochorno que debe de sentir el propio Artur Mas cuando las lee: David luchando contra Goliat, Moisés liberando al pueblo judío, Ulises posmoderno navegando hacia el hogar y tantas otras que, créanme, a menudo causan rubor.

Fuera como fuese, el President de la Generalitat convenció a la mitad de los catalanes para que le siguieran en su viaje hacia la independencia y dio la espalda a esa otra mitad que antepone su españolidad –o, mejor, su europeísmo- a cualquier otra consideración. Desde entonces, los ataques a Artur Mas han sido de una dureza extraordinaria y la única forma de entender el aguante que muestra ante los insultos que recibe es sabiendo que este hombre tiene un as en la manga o, mejor dicho, un bálsamo de Fierabrás capaz de curar todas sus heridas: su esposa Helena Rakosnik. Realmente, resulta difícil encontrar otro político español tan aferrado al matrimonio como el President de la Generalitat. El fotógrafo Eddy Kelele conoce bien la intimidad del líder de CDC, ya que, durante dos meses y junto a su socio Jordi Ribot, estuvo retratándolo en toda clase de situaciones para publicar después ‘Artur Mas, retrat de l’home i el president’ (RBA, 2011), un trabajo que hace con el líder independentista lo mismo que hiciera Pete Souza con Barak Obama, esto es, desnudar su alma a través de la cámara: ‘Compartí muchos momentos privados con él y lo que más me sorprendió fue la unión con su esposa –recuerda el fotoperiodista-. Un domingo me pidieron que me quedara a comer con ellos y, mientras toda la familia recogía la mesa, fui testigo de la complicidad que tenía con Helena y sus hijos. Tras verlos charlando, riendo y limpiando los platos, comprendí que aquel hombre gozaba de una vida íntima de una intensidad extraordinaria. Y no me importa reconocer que sentí envidia, mucha envidia’. Es sabido que Artur Mas ha prometido a su esposa que dentro de poco, cuando el Procés se haya estancado definitivamente o cuando se haya convertido en una realidad sobre la que construir un nuevo país, él abandonará la política y juntos se embarcarán en un velero para surcar el Atlántico. Será entonces cuando el poema épico que algunos periodistas y escritores catalanes están escribiendo en torno a la figura del actual President de la Generalitat alcance su último verso. Y no se puede negar que, nos guste o no la historia recogida en sus estrofas, nada como un hombre y una mujer haciéndose a la mar para cerrar un poema.

Los otros hombres que lucharon

En el relato ‘Cómo contar una auténtica historia de guerra’, incluido en el clásico de la literatura bélica ‘Las cosas que llevaban los hombres que lucharon’, el escritor y veterano de Vietnam Tim O’Brien daba algunos consejos para narrar una batalla de un modo creíble, y entre esas recomendaciones se encontraba una que decía: ‘Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correcto, ni impide que los hombres hagan las cosas que los hombres siempre han hecho’. Y ahora, cuando aparece el libro de relatos ‘Nuevo destino’, del veterano de Irak, además de ex alumno de la escuela de Escritura Creativa del Hunter College (NYU), Phil Kay, encontramos una afirmación del mismo talante aunque mayor brevedad: ‘No hay ninguna película antibelicista. No existe tal cosa’.

Realmente, la moraleja que pueda desprenderse de cualquier manifestación estética dedica a la guerra depende antes de la ética del espectador que de las intenciones del autor. Incluso en las novelas claramente antibelicistas (Gabriel Chevallier, Erich Maria Remarque, Joseph Heller) siempre hay en el lector un punto de fascinación, por no hablar de voyeurismo, ante el hecho en sí de la destrucción, y a nadie extraña que, frente a una película como ‘La chaqueta metálica’ de Stanley Kubrick (1987), unos espectadores sientan un subidón de adrenalina y otros simplemente se horroricen. Y es que, en el fondo, todo depende de los ojos que miran.

Phil Klay ha sabido entender esto y su colección de relatos ‘Nuevo destino’, antes de ser moralista, se limita a reflejar la Verdad sobre la guerra de Irak. Y la Verdad, ya se sabe, siempre contiene una ética. Tras su publicación, el libro obtuvo el National Book Award a la mejor obra de ficción y su autor fue inmediatamente incluido en la lista de los cinco mejores escritores menores de treinta y cinco años de la National Book Foundation, además de merecer una recomendación del mismísimo Barak Obama en el Día Internacional del Libro. Y el motivo de tanto reconocimiento no depende tanto de la reconstrucción de las experiencias bélicas vividas o conocidas por el autor como de la combinación de éstas con las consecuencias psíquicas que luego habrían de tener sobre quienes los protagonizaron, así como de la exposición de las dificultades que los marines retornados de Irak encuentran a la hora de reintegrarse en una vida civil cuyos integrantes se comportan, simplemente, como si Estados Unidos no estuviera en guerra. ‘La sensación de volver a casa es como la de dar la primera bocanada de aire después de haber estado a punto de ahogarte. Duele, pero está bien’, dice uno de los personajes. Así pues, ‘Nuevo destino’ es, hasta el momento, la mejor ficción escrita sobre los soldados que participaron en la II Guerra del Golfo y, con uno solo de sus relatos, el lector aprende más sobre las consecuencias de un conflicto armado sobre la psique de un ser humano que con cualquier ensayo.

 

‘Nuevo destino’

Phil Klay

Traducción de Inga Pellisa

Literatura Random House, 2015

304 páginas, 20,90 euros

 

(Reseña publicada en el suplemento 'Cultura/s', de La Vanguardia, el 16 de mayo de 2015).

La belleza del impostor

El espíritu de los tiempos es éste: no hace falta que usted escriba un libro, porque, con el mero hecho de decir que tiene pensado hacerlo, la gente le admirará. En el transcurso de los últimos cuatro meses, he asistido a tres conferencias en las que los ponentes hablaban de unos ensayos que, supuestamente, publicarían en breve. Al término de las respectivas charlas, la gente aplaudió a rabiar y en una ocasión hubo quien se acercó al probable escritor para que le estampara una dedicatoria en un pedazo de papel. Es de suponer que, si hubiera tenido el libro publicado, el desconocido le habría pedido que se lo firmara en la portadilla, pero, a falta de un volumen, bien estuvo aquella suerte de servilleta. Yo le habría pedido que rubricara una tira de papel higiénico.

La época en que vivimos se caracteriza por buscar la fama antes que el esfuerzo, como se demuestra visionando esos programas de televisión a los que la gente acude para demostrar que sabe cantar. No quieren ser compositores, no pretenden convertirse en letrista, no soportan la idea de la creación. Se conforman con entonar las canciones de otros y pretenden el premio sin haber conocido el sacrificio. En otras palabras, quieren el oro sin dedicar un segundo a la alquimia. En el mundo de la literatura ocurre exactamente lo mismo. La posibilidad de una novela tiene ya tanto valor como la novela en sí y nos hartamos de conocer a probables escritores que parecen tan atormentados como aquellos que realmente se pasaron años creando una ficción. La estética delante de la ética; así también en la cultura. Lógicamente, siempre ha habido personas que venden la piel del oso antes de cazarlo, pero nunca se había prestado tanta atención a estos impostores como en los tiempos que corren. Y es que la im-postura, ya se sabe, es hija del postureo.

Javier Cercas ha reflexionado sobre este asunto en su magnífica no-ficción ‘El impostor’ (Literatura Random House), donde nos presenta a Enric Marco, el hombre que traicionó la memoria de cuantos murieron en los campos de concentración alemanes; Antonio Muñoz Molina también le ha dado vueltas al asunto en ‘Como la sombra que se va’ (Seix Barral), otro monumento a la literatura de no-ficción en el que nos habla del deseo de ser otro; y Tim Burton ha estrenado su desaprovechadísima película ‘Big Eyes’, en la que nos recuerda el caso de la pintora kitsch Margaret Keane y de su marido Walter, alias el mentiroso. Ah, y no podemos olvidar al Pequeño Nicolás, ejemplo extremo no sólo del mindundi con aires de grandeza, sino de la fascinación que ejerce sobre la sociedad e incluso de la admiración que despierta en cierto tipo de españoles más próximos a los personajes de Esteso y Pajares que al modelo de ciudadano que todos aspiramos a construir. Y es que, ¿quién no tiene un amigo que considera que el chaval es un ‘crack’?

Pero hay una faceta en la personalidad del impostor que no podemos obviar: es alguien que, aun no habiendo conseguido la vida que pretende o precisamente por eso, demuestra más pasión por aquello que dice ser que quienes realmente han conseguido serlo. En las tres conferencias a las que he asistido a lo largo de los últimos meses, he visto más entusiasmo a la hora de hablar sobre el probable libro que en muchas de las presentaciones en las que realmente se hablaba de un libro tangible, y he detectado más interés por parte de los espectadores que en las otras ocasiones. Y esto ha hecho que empiece a plantearme si no existirá más belleza en la fantasía del impostor que en la veracidad del hombre honrado. Porque, ¿acaso no es más hermoso lo que podríamos llegar a ser que lo que realmente somos? La impostura es el último recurso de los fracasados y, por el modo en que se agarran a ese clavo, muestran más pasión por la vida deseada que los demás por la ya lograda.

(Artículo publicado en el suplemento 'Tendències' de El Mundo en enero de 2015).

Apocalípticos y esperanzados

Acudo a la entrega del premio Biblioteca Breve, que este año recae sobre Fernando Marías, y charlo con los escritores y periodistas culturales que acuden al acto. Han venido de todos los rincones del país y, poniendo la oreja en los distintos corrillos que se forman alrededor de los canapés, recopilo opiniones sobre el sector editorial. Y así es como descubro que, a este respecto, reina cierta unanimidad: la cultura está herida de muerte. No hay dinero, no hay esperanza, no hay ilusión. De hecho, prestando atención a los comentarios de los presentes, parece que la catástrofe no acaba ahí: la industria editorial está fatal, de acuerdo, pero también lo está el país, el continente, el planeta, el Sistema Solar e incluso la Vía Láctea, siempre amenazada por ese agujero negro que devora los cuerpos celestes desde el centro de la galaxia. Ay, el Universo se extingue y en el Biblioteca Breve la gente se consuela devorando croquetas y pidiendo una cerveza más.

El mundo cultural es apocalíptico. Lo era cuando el sector editorial nadaba en la abundancia y lo sigue siendo cuando el caudal del río desciende. Y es que a los intelectuales les gusta mostrar su pesimismo, creen que les hace parecer más interesantes, hay cierto postureo en eso de lucir la depresión. Ahora se ha muerto José Manuel Lara Bosch y los cenizos vaticinan la disolución del Grupo Planeta. Se mira a los herederos con desconfianza y se encuentra un nuevo motivo para la desilusión. Paralelamente, se ha anunciado un cambio en la dirección de la revista ‘Qué Leer’, y en uno de los corrillos del Biblioteca Breve se despotrica contra el nuevo director, David Zurdo, sin que nadie, absolutamente nadie, sepa siquiera quién es. Dicen que lo hará mal, que la publicación perderá calidad, que se avecina un nuevo diluvio universal. Lo mismo ocurre con el anuncio del nacimiento de una nueva revista cultural en la red. Se llama ‘Librújula’, la ha montado el ex director de ‘Qué Leer’, Antonio Iturbe, y los pesimistas ya saben lo que el destino le depara. La gente desea que la empresa llegue a buen puerto, pero todos miran al suelo y mueven la cabeza en señal de resignación. Son escritores y ya se sabe.

Los intelectuales son negativos por naturaleza. No ven más allá de sus narices y prefieren llorar antes de saber por qué. En vez de ilusionarse por las posibilidades que el futuro ofrece, se flagelan públicamente cruzando los dedos para que les caiga otro canapé. La incorporación de un nuevo consejo directivo en el Grupo Planeta puede abrir nuevos horizontes en el negocio editorial y los herederos de José Manuel Lara tal vez incluso lo hagan mejor que su antecesor. En realidad, cuando murió Fernando Lara, nadie daba un duro por su hermano y, sin embargo, José Manuel no sólo mantuvo el barco a flote, sino que lo convirtió en un portaaviones fenomenal. Tampoco parece que nadie vea la suerte que tenemos al contar ahora con dos revistas culturales, ‘Qué Leer’ y ‘Librújula’, en vez de una sola. Las posibilidades de escribir y leer buenos reportajes se duplican, y aun así los (malos) escritores y los (peores) periodistas se echan las manos a la cabeza mientras reclaman al camarero una de esas cervezas que no han de pagar.

Pero en cierto momento, cuando ya parece que todo es depresión, aparece el escritor y periodista Sergio Vila-Sanjuán y, cuando le pregunto por la situación del mundillo cultural, dice algo que no puedo olvidar: ‘Bueno, estamos viviendo el típico retraimiento previo a la expansión’. Un optimista entre nosotros, pienso, y me entran ganas de llorar. Abandono el acto con el corazón más alegre y, mientras camino hacia mi casa, no puedo más que desear a Toni Iturbe, a David Zurdo y a los herederos de Lara toda la suerte del mundo. La van a necesitar. Porque, a tenor del tipo de gente que pulula por el sector editorial, nadie les va a ayudar.

(Artículo publicado en el suplemento 'Tendències' de El Mundo (Cataluña) en febrero de 2015).

Catorce mujeres y un escritor

 

Rafael Gumucio dice que Chile ha cambiado la poesía por la narrativa porque, en su opinión, los chilenos han dejado de vivir en la Luna para poner, de una vez por todas, los pies en el suelo. Realmente, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Vicente Huidobro cedieron el cetro a Roberto Bolaño, Alberto Fuguet y Pedro Lemebel, y una horda de nuevos novelistas se ha visto legitimada para demostrar que la buena literatura chilena no pasa únicamente por la lírica. El último ejemplo de este asalto al olimpo lo encontramos en Diego Zúñiga, un autor que, no habiendo alcanzado la treintena, se ha situado a la cabeza de la generación posterior a Alejandro Zambra o Álvaro Bisama.

Zúñiga se dio a conocer en España con Camanchaca (Mondadori, 2012), una novela familiar de corte intimista que lo situó de un plumazo en el mapa narrativo latinoamericano. El libro narraba el viaje en coche de un chico que quería atravesar la frontera para visitar a un dentista peruano y que, mientras contemplaba el paisaje que se iba abriendo ante sus ojos, recordaba su propia infancia. Dos años después, Diego Zúñiga publica su segunda novela, Racimo, en la que regresa al mismo escenario –el desierto norteño, las barriadas de Iquique, los prostíbulos de Tacna- para contarnos, eso sí, una historia bien distinta.

Racimo es una novela inspirada –que no basada- en hechos reales. El autor se alimenta de uno de los sucesos más tristes de la reciente crónica social chilena, esto es, los crímenes de Alto Hospicio, para construir su propia ficción, demostrando con este salto del hecho histórico al relato inventado que, según ha confirmado en alguna entrevista, le interesa más la ficción que la realidad, opinión que lo sitúa en las antípodas de la literatura de moda y, quizá por eso, que hace resaltar su obra por encima de la de los demás. Los hechos que inspiraron la narración se resumen diciendo que, entre 1998 y 2001, un hombre secuestró, violó y asesinó a catorce mujeres de Alto Hospicio (Iquique, norte del Chile), crimen tan deleznable que, sumado a inoperancia –o indiferencia- de las autoridades del país, provocó una oleada de indignación.

A partir de estos sucesos, Diego Zúñiga construye su propia ficción, creando al personaje de un fotógrafo que, el 11 de septiembre de 2001 y por tanto el día más importante para la historia reciente del planeta, recoge de la carretera a una adolescente malherida que resulta ser una de las niñas que fueron secuestradas hace ya algunos años. La reaparición de esta chiquilla pone en pie de guerra a los habitantes de Alto Hospicio, quienes exigen a los carabineros que lleguen hasta el fondo del asunto, y permite que el narrador reflexione de un modo indirecto sobre la realidad social que domina Chile. Pero Racimo no es únicamente una novela de denuncia o un thriller de investigación. Antes bien, es un relato que, pese a su brevedad o precisamente gracias a ella, encapsula el alma de un país.

Se ha dicho en varias ocasiones que todavía falta por escribir la gran novela sobre la dictadura de Pinochet. Racimo no es esa gran novela –tampoco lo pretende-, pero sí que puede leerse como una ficción que muestra las consecuencias de aquella de época: miseria, corrupción, resignación… Con su estilo intimista, su precisión sintáctica y su economía de lenguaje, el autor nos transporta a un paisaje que, aun cuando pueda recordarnos a la Santa Teresa/Ciudad Juárez de Roberto Bolaño, apunta directamente hacia aquella Comala que Juan Rulfo llenó de muertos que parecían vivos. Porque es precisamente eso, muertos que parecen vivos, lo que Zúñiga muestra cuando convierte su literatura en un espejo de la sociedad chilena contemporánea.

 

‘Racimo’

Diego Zúñiga

Literatura Random House, 2014

256 páginas, 16,90 euros

(Reseña publicada en la revista Mercurio en febrero de 2015).

Dubrovnik: el peso de la ficción.

Hace más de cinco siglos, cuando la estabilidad europea se veía amenazada por el avance del Imperio Otomano, los habitantes de la desaparecida República de Ragusa (Dalmacia), desprovistos por aquel entonces de un ejército propio, decidieron ofrecer un tributo al sultán turco a cambio de que no les invadiera. Aquella estratagema dejó boquiabiertos a los estados vecinos y otorgó a los ragusinos la fama de buenos negociadores y mejores diplomáticos. Pero la astucia de aquellos hombres iba más allá, porque también crearon una ley por la que se prohibían a sí mismos vestir lujosamente, con la intención de que los otomanos creyeran que los 12.500 ducados que pagaban a cambio de evitar la guerra suponían un esfuerzo mayúsculo para la economía local. Y, aunque estas dos argucias fueron cayendo en el olvido a medida que avanzaban los siglos, en la actualidad se han convertido en uno de los argumentos más esgrimidos por los habitantes de Dubrovnik –antigua Ragusa- para justificar que la productora HBO eligiera su ciudad como localización para el rodaje de las escenas de Desembarco del Rey (capital de los Siete Reinos) en la fantasía medieval ‘Juego de Tronos’. Y es que, a día de hoy, no existe un solo ragusino que, cuando ve un capítulo de esta ficción televisiva, no piense que él mismo es tan astuto, además de diplomático, como cualquier miembro de la familia Lannister o, mejor, Stark.

Evidentemente, el motivo real por el que la HBO eligió Dubrovnik es el aspecto medieval de su ciudadela, cuya belleza quedó reconocida por la UNESCO cuando la nombró, en 1979, Patrimonio de la Humanidad. Pero el hecho de que su casco antiguo se convirtiera en la localización idónea para dicho rodaje ha servido también de excusa para que los nativos escarben en la Historia a la búsqueda de similitudes entre su propio pasado y el argumento de la saga. Realmente, el impacto que esta serie ha tenido sobre Dubrovnik es tan potente que la Historia real de la ciudad ha quedado soterrada bajo la historia inventada por George R.R.Martin, y hoy resulta difícil caminar por sus calles sin detectar a algún turista más interesado en reconocer los escenarios de la saga que en descubrir el auténtico pasado de la ciudad. Así, la Fortaleza Lovrijenac, la Puerta de Pile, la Calle Santo Domingo, la Iglesia de San Sebastián, la Torre Minceta y tantos otros monumentos han perdido su esencia para adoptar la de la serie, algo que también ha ocurrido –aunque en menor medida- en las otras localizaciones croatas (Split, Klis, Zrnovnica, Baska Voda…) y en los demás países donde se ha rodado algún capítulo: Irlanda del Norte, Escocia, Malta, Marruecos, Islandia y, ahora, España.

De alguna manera, la relación que antaño tuvo Dubrovnik con Venecia, con Hungría, con Austria y con tantos otros estados se entremezcla con la relación que tiene Desembarco del Rey con las Islas del Hierro, con el Muro y, en general, con las regiones imaginarias de ‘Canción de hielo y fuego’, llegando al punto de que la historia de la urbe se ve constantemente reinterpretada a partir de la historia televisada. Por ejemplo, cuando se emitió la 3ª Temporada de ‘Juego de Tronos’, en la que Daenerys Targaryen encabeza la liberación de los esclavos en varias ciudades de la ficción, los ragusinos recordaron que Dubrovnik también fue el primer estado del mundo en liberar a los esclavos. Y fueron más allá al señalar que la leyenda sobre la creación de Croacia, según la cual fue fundada por uno de los Siete Hermanos que abandonaron Centroeuropa a la búsqueda de su tierra prometida, guarda no pocas similitudes con la constitución de los Siete Reinos que conforman el mapa de ‘Juego de Tronos’. Y así podríamos seguir mostrando ejemplos del modo en que la ficción se ha impuesto sobre la realidad, habiendo incluso quien asegura que George R.R. Martin se basó en la historia de la República de Ragusa para inventar su ficción, cuando en verdad el propio autor ha aclarado que se inspiró en la Guerra de las Dos Rosas acaecida en Inglaterra en el siglo XV.

Lógicamente, todas estas traslaciones de la ficción televisiva a la realidad histórica se han convertido en un reclamo para el floreciente ‘turismo de series’. Así, igual que ya existen tours para visitar el Albuquerque de ‘Breaking Bad’, el Hawai de ‘Perdidos’, la Inglaterra de ‘Downton Abbey’ o la Nueva Jersey de ‘Los Soprano’, también están apareciendo –aunque todavía tímidamente- recorridos por el Dubrovnik de los Lannister. Y el gobierno croata, queriendo explotar este repentino filón, ha anunciado que suprimirá los impuestos a todas las productoras que vengan a rodar a su país. Es de suponer que Sevilla –y acaso también Osuna- experimentará una transformación similar a raíz del rodaje de la 5ª Temporada de ‘Juego de tronos’. Los Reales Alcázares y el Palacio Mudéjar, ahora transformados en enclaves del Reino de Dorne, atraerán a los forofos de la serie, algunos de los cuales ya han escarbado en los libros de George R.R. Martin para detectar similitudes entre la orografía, la climatología y la historia sevillanas y la de dicho reinado, creyendo encontrar coincidencias (el calor, las naranjas, las fuentes…) donde acaso no haya más que el deseo de hallarlas. Por otra parte, el alcalde de la ciudad, Juan Ignacio Zoido, afirmó hace poco que la emisión de ‘Juego de tronos’ incrementaría el turismo hasta un 30 por ciento, tal y como supuestamente había ocurrido en Irlanda del Norte y en Croacia. Pero, en realidad, ninguno de esos países ha elaborado estadísticas sobre el impacto turístico de dicha serie, y si no lo han hecho es porque, pese a la existencia de algunos tours temáticos, su repercusión económica es todavía minúscula. Por otra parte, España no es el Reino de Dorne, lugar donde las cosas se arreglan con diplomacia y espadas, porque aquí no hay arreglo posible para nuestro carácter. La prueba de esto se encuentra en el hecho de que la HBO ya ha anunciado que no rodará ni un solo capítulo más en Sevilla. ¿Los motivos? Imagínenselos: grabar en España es demasiado caro y, además, todas las administraciones han tratado de sacar tajada del proyecto. Y no lo digo yo, sino los propios productores de la HBO, David Benioff y Dan Weiss, y de Fresno Film, Peter Welten, quienes han asegurado a los medios que, visto el funcionamiento de este país, a partir de ahora se irán a Marruecos, donde hay localizaciones igual de hermosas y, encima, muchísimo más baratas Lo dicho: España se parecerá a algún reino de ‘Juegos de Tronos’, pero desde luego no a uno donde impere la honradez.

(Artículo publicado en el suplemento 'Cultura/s' (La Vanguardia) en febrero de 2015).

La gente que anda por ahí

 
 

 

En una entrevista concedida a una revista digital con motivo de la publicación de su primera novela, ‘Siete maneras de matar un gato’ (Los Libros del Lince, 2009), Matías Néspolo comentaba que lo que realmente le interesaba como narrador era  hablar de ‘la gente que anda por ahí’, es decir, de los ciudadanos normales y corrientes a quienes, por cualquier circunstancia, les ocurre algo digno de ser contado. Pero, cuidado, porque aquella declaración tenía su trampa el adverbio ‘ahí’, ya que este escritor y periodista argentino afincado en Barcelona desde 2001 se refería a la gente que anda por Buenos Aires, y no por aquí. Efectivamente, Néspolo es el más porteño de los escritores venidos del Río de la Plata y sus personajes se expresan con un lenguaje tan bonaerense, en el sentido callejero de la palabra, que el lector se siente inmediatamente transportado a la ciudad de Borges. Con la publicación de su nueva novela, ‘Con el sol en la boca’, se ratifica la enorme capacidad del autor para reproducir los dejes, giros y modismos de aquella urbe, haciéndolo con tanta precisión que, de alguna manera, nos remite a la capacidad de Rafael Sánchez Ferlosio para reflejar el habla de los madrileños en ‘El Jarama’ o, si se prefiere, la de Richard Ford para hacer lo propio con la voz de un adolescente norteamericano en ‘Canadá’.

 La hiperargentinidad de Matías Néspolo ya aparecía en ‘Siete maneras de matar un gato’, novela neopicaresca sobre dos jóvenes buscavidas radicados en el conurbano bonaerense, y ahora vuelve a hacer acto de presencia en ‘Con el sol en la boca’, un relato polifónico que nos presenta a unos universitarios que, simplemente, se han cansado de la ciudad. Quieren largarse de ‘ahí’ lo antes posible, ya sea para montar un chiringuito en Salvador de Bahía, ya para viajar por el continente americano, pero no podrán hacerlo hasta conseguir dinero. Y es por eso que uno de ellos, el Tano, decide robar a su padre un cuadro de Antonio Berni que esconde en su casa y que, de hecho, vertebrará la segunda parte de la novela. La investigación sobre los anteriores propietarios de esa pintura servirá a los distintos narradores para reconstruir, casi de sopetón, la historia reciente de aquella Argentina sometida al yugo de la dictadura: la Junta Militar, las guerrillas armadas, la oposición de los intelectuales de izquierdas, la desaparición de los disidentes, la especulación urbanística con las casas de los asesinados… Toda esta información caerá sobre el protagonista como una losa y, si antes conocía el pasado de su país –y de sus propios padres- de un modo abstracto, ahora descubrirá los rescoldos de aquella época que todavía queman la ciudad.

Con este argumento reconstruye Matías Néspolo la parte más oscura de una Argentina todavía presente, logrando que el lector sienta el mismo horror que experimenta el protagonista a medida que descubre el pasado de su propia familia. Pero ‘Con el sol en la boca’ no sólo rescata la memoria de un país, sino que también habla de algo que parece interesar mucho más al autor: la lealtad. En ‘Siete maneras..’, los dos protagonistas se enfrentaban al eterno problema del fin de la amistad, y ahora Néspolo reincide sobre el asunto ampliándolo mucho más, dado que habla sobre la traición entre iguales, es decir, sobre las puñaladas que se asestan los compañeros cuando el gobierno les incita a temer constantemente por sus vidas. No en vano uno de los personajes dirá que ‘entre pares la lealtad es sagrada y cuando se vulnera ya no hay vuelta atrás’. En definitiva, una novela sin flecos de un autor que, lento pero seguro, está construyendo una obra con carga de profundidad.

(Artículo publicado en el suplemento 'Cultura/s', de 'La Vanguardia', el 18 de abril de 2015).

El farsante, el desarraigado y el artista

A lo largo del último año, la literatura española ha consolidado su posición en el mercado. Tal vez las editoriales hayan reducido el número de novelas que acostumbraban a publicar, pero al mismo tiempo han reafirmado su defensa de la narrativa más cercana. Así, durante los últimos meses se han publicado algunos títulos de autores ya consagrados (Javier Marías o Almudena Grandes, por ejemplo), se ha ratificado la solvencia de los que arrancaron hace ya algún tiempo (Javier Cercas o Rafael Reig, entre otros) y se ha continuado apostando por los narradores más recientes (Alberto Olmos o Sergio del Molino, por citar algunos). Con todos estos nombres, se puede afirmar sin temor a equívoco que la literatura española ha sobrevivido a la crisis y que, si realmente ha empezado la recuperación económica, seremos pronto testigos del nacimiento de una nueva generación de escritores llamados a convertir en literatura los durísimos años que hemos tenido que soportar. Hasta entonces, nada como sentarse en el sofá de casa y olvidarnos de los malos tiempos con una novela de calidad. Aquí van tres sugerencias.

 

-JAVIER CERCAS

Los libros de no-ficción raramente alcanzan la categoría de narrativa de alta calidad. Es más, los lectores suelen comprarlos atendiendo al contenido, y no al continente, y el gran acicate para su venta tiende a ser la temática, y no el nombre del autor. Javier Cercas es de los pocos escritores que ha roto esa barrera, consiguiendo que sus investigaciones sobre la Guerra Civil –‘Soldados de Salamina’ (Tusquets, 2001)- o sobre la Transición –‘Anatomía de un instante’ (Mondadori, 2009)- sean también leídas por el placer estético que su redactado produce. A finales del  año pasado, el autor volvió a ganarse el aplauso de la crítica con ‘El impostor’ (Literatura Random House, 2014), una crónica sobre la investigación emprendida por Cercas en torno a la vida del falsario Enric Marco Batlle, el hombre que engañó a todo el mundo haciéndose pasar por un superviviente de los campos de concentración nazis. Así, ‘El impostor’ se convierte en una profunda reflexión sobre los límites morales de la ficción que, además, puede ser leída como la más fascinante de las novelas.

 

-JULIO LLAMAZARES

Pocos escritores vierten tanta poesía sobre sus escritos como Julio Llamazares. El escritor leonés obtuvo su consagración hace más de veinticinco años, cuando publicó ‘La lluvia amarilla’ (Seix Barral, 1988), una novela ambientada en la aldea deshabitada de Ainielle (Huesca), y ahora, cuando parecía que ya había abandonado su interés por los desterrados, regresa sobre el tema al ubicar el argumento de ‘Distintas formas de mirar el agua’ (Alfaguara, 2015) en su propio pueblo natal, Vegamián, el cual desapareció de la faz de la Tierra cuando Juan Benet, ingeniero además de escritor, construyó el embalse del Porma. La casa donde nació Llamazares descansa hoy bajo las aguas de aquel pantano, y el autor ha querido rendir homenaje a sus gentes en una novela cargada de emotividad en la que nos cuenta la historia de una familia que acude al pantano para dispersar las cenizas del patriarca. Llamazares vierte toda la poesía que su corazón almacena en los párrafos de ‘Distintas formas…’ y demuestra una vez más que es uno de los mejores escritores del panorama narrativo español.

 

-CELSO CASTRO

Hasta hace poco, Celso Castro era un escritor secreto del que sólo hablaban los letraheridos. Algunos de sus títulos anteriores, sobre todo ‘el afinador de habitaciones’ (Libros del Silencio, 2010) y ‘astillas’ (Libros del Silencio, 2011), lo habían convertido en un autor de culto no sólo por la profundidad de sus textos –que exploraban la existencia de una nueva sentimentalidad masculina-, sino también por la laboriosidad con la que habían sido escritos –prosa alambicada, ausencia de mayúsculas, estilo torrencial-, y la reciente la publicación de un tercero, ‘entre culebras y extraños’ (Destino, 2015), en una editorial de amplio espectro permite ahora que su narrativa llegue a todos los públicos. La historia habla de un adolescente demasiado frágil para soportar la muerte de sus seres queridos y demasiado intenso para aguantar las embestida del amor, y la forma en que Castro la ha escrito –y aun no siendo el mejor de sus libros- nos recuerda que la literatura, igual que la poesía y la pintura, también es un arte. Por si alguien lo había olvidado.

(Artículo publicado en el suplemento 'Cultura/s' de La Vanguardia el 23 de abril de 2015).

El mejor libro para este Sant Jordi

Un año más, el Día Internacional del Libro inundará las calles de las principales ciudades catalanas con parejas que alimentarán sus corazones regalándose rosas y con lectores que engrandecerán sus espíritus comprando libros. Es una jornada fundamental para la industria editorial. Se venden casi tantos ejemplares en un solo día que en todo el resto del año, y por eso, desde la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña/Associació Col.legial d’Escriptors de Catalunya –que el 23 de abril tendrá su propio stand en la Plaza Villa de Madrid, 6 (esquina Calle Canuda), en el que se firmarán sus libros hasta una cuarentena de autores repartidos a lo largo del día-, queremos recomendaros algunos títulos. Pero, ¡atención!, aquí vamos a hablar de literatura, de literatura de calidad, y no dedicaremos ni un solo renglón a los llamados ‘autores oportunistas’, esto es, a quienes aprovechan estas fechas para hacer su agosto publicando un libro carente de interés. Aquí respetamos la literatura y sólo prestamos atención a los títulos de primera categoría.

-Panorama internacional

De todas las novelas venidas desde otros territorios, quizá valdría la pena destacar, por su calidad y por su profundidad, la del estadounidense Denis Johnson, ‘Sueño de Trenes’ (Literatura Random House), una hermosísima mirada a la gestación del gran imperio americano a través de la vida de un jornalero en los albores del siglo XX, y la del israelí David Grossman, ‘Gran Cabaret’ (Lumen/Edicions 62), una historia que salta del humor a la seriedad al narrarnos la historia de un cómico que se ve obligado a recordar su propio pasado. También merecen  nuestra atención la novela ‘Número Cero/Número Zero’ (Lumen/Rosa dels Vents), en la que el semiólogo Umberto Eco reflexiona sobre la decrepitud de la prensa, y ‘El barrio’ (Seix Barral), la última entrega del que quizá sea el mejor escritor, o al menos uno de los mejores, surgido en la Europa de los últimos años: el portugués Gonçalo Tavares.

En el panorama hispanoamericano, convendría dedicar unas líneas a dos libros muy distintos en la temática, pero muy similares en la calidad. Uno es la no-ficción ‘El hambre’ (Anagrama), en la que el argentino afincado en Barcelona Martín Caparrós nos cuenta sus investigaciones sobre el drama más importante de cuantos está atravesando la Humanidad: la desigualdad en el acceso a los alimentos. En la otra mano, destacar la novela ‘Racimo’ (Literatura Random House), en la que el chileno Diego Zúñiga recupera un antiguo caso de secuestros y asesinatos de menores en su país natal.

 

-Panorama español

La escritora navarra Dolores Redondo cerró hace poco su exitosa ‘Trilogía del Baztán’ con la novela  ‘Ofrenda a la tormenta/Ofrena a la tempesta’ (Destino/Columna), ocasión fenomenal para quienes, no habiéndolo hecho todavía, quieran adentrarse en una de las sagas negrocriminales más importantes de los últimos años. También continúa con su serie la escritora madrileña Almudena Grandes, que a finales del año pasado entregó la tercera parte de sus ‘Episodios de una guerra interminable’, en los que hace un repaso a los años del franquismo desde la perspectiva de la resistencia político-militar. En esta ocasión, la novela se titula ‘Las tres bodas de Manolita’ (Tusquets) y, como ocurre siempre con Grandes, el disfrute está asegurado.

Ahora bien, si somos de esos lectores que buscamos una narrativa de corte poético, tendremos que acercarnos a ‘Distintas formas de mirar el agua’ (Alfaguara), un hermosísimo relato de Julio Llamazares en el que nos habla, casi de un modo autobiográfico, de los desarraigados que regresan a sus antiguos hogares. Asimismo, convendría echar un vistazo a ‘Lo que a nadie le importa’ (Literatura Random House), del joven escritor madrileño Sergio del Molino, novela en la que se habla del vacío que sigue causando en las familias el ‘pacto de silencio’ realizado en este país tras el franquismo.

 

-Panorama catalán:

Lógicamente, tenemos que empezar esta sección rindiendo un homenaje a la escritora y periodista Margarita Rivière, cuya muerte nos golpeó a todos hace escaso tiempo. Su testamento literario es ‘Clave K’ (Icaria), una novela escrita hace quince años en la que denunciaba los escarceos económicos de la clase dirigente catalana. En aquel momento, las editoriales no se atrevieron a publicarla, pero ahora, cuando el latrocinio de nuestros políticos es ya una evidencia, la novela adquiere más relevancia que nunca. Otros libros cercanos a la realidad que pueden ayudarnos a comprender nuestra sociedad, y que han sido escritos por autores catalanes –o, cuando menos, residentes en Cataluña-, son ‘El impostor’ (Literatura Random House), en la que Javier Cercas cuenta su investigación sobre el falsario Enric Marco, el hombre que aseguró haber estado en Mauthausen cuando, en verdad, sólo estuvo en Alemania para trabajar en la industria bélica de aquel país; ‘También esto pasará/També això pasarà’ (Anagrama/Amsterdam) de la escritora Milena Busquets, novela que no puede ser leída sin pensar constantemente en el fallecimiento de su propia madre, la editora Esther Tusquets; y ‘Malas palabras’ (Lumen), de Cristina Morales, unas falsas memorias escritas por Santa Teresa de Jesús, religiosa de quien celebramos este año los quinientos años de su nacimiento.

En un ámbito de ficción más pura, cabría destacar la novela del argentino residente en Barcelona Matías Néspolo, ‘Con el Sol en la boca’ (Libros del Lince), en la que se nos cuenta una historia sobre un grupo de chicos que descubren el pasado dictatorial de su país al adentrarse en la historia de sus propias familias. Por otra parte, tras varios años de silencio, la cuentista Cristina Fernández Cubas publica la compilación de relatos ‘La habitación de Nona’ (Tusquets), en el que una vez más nos demuestra que sigue siendo, probablemente, la mejor representante viva del género breve. También son destacables ‘Alguien como tú/Algú como tú’ (Planeta), novela con la que Xavier Bosch se alzó con el Premio Ramon Llull y en el que se narra la historia de amor entre un galerista parisino y una joven barcelonesa; y ‘La voz de la sirena/La veu de la sirena’ (Lumen/Edicions 62), en la que nuestra gran escritora Carme Riera inventa una nueva versión del mítico cuento de Andersen.

Por último, y cómo no, un poco de poesía: Joan Margarit publica ‘Des d’on tornar a estimar’ (Proa), un ejercicio de inteligencia emocional que contiene una belleza deslumbrante, y Pere Gimferrer hace lo propio con ‘El castillo de la pureza/El castell de la puresa’ (Tusquets/Proa), su vuelta a los versos tras trece años sin publicar un libro de poesía en catalán.

(Artículo publicado en la página de la ACEC el 20 de abril de 2015)

 

El gran Denis Johnson

 

A Denis Johnson no le gusta codearse con otros escritores porque, según ha declarado, le parecen personas aburridas. Y lo curioso de esta opinión es que, a tenor de los artículos publicados en torno a su persona, se diría que el aburrido es él. Porque la prensa está construyendo una imagen de este autor basada en el ya cansino –y hasta cómico- concepto de ‘escritor secreto’. De Johnson se dice que vive apartado del mundanal ruido como J. D. Salinger, que su pasado alcohólico y toxicómano lo emparenta con Charles Bukowski, que su prosa es tan árida y viril como la de Ernest Hemingway, y que su narrativa rebosa tanta calidad –y minuciosidad- como la de Robert Walser. Pero lo cierto es que esta cantinela, además de monótona, es falsa. Denis Johnson vive perdido en algún lugar de la América Profunda, de acuerdo, y no concede demasiadas entrevistas porque ‘evito toda posibilidad de hacer el ridículo’, pero lo cierto es que también disfruta reuniéndose con sus seguidores y dando charlas en talleres de escritura. Y son estos oyentes los que, saltándose los tópicos de la prensa tradicional, retratan en sus blogs a un Johnson que podríamos catalogar de auténtico cachondo mental. En esas charlas, el escritor habla del gusano de las botellas de mestal y del sabor de las hamburguesas de McDonald’s; dice que la única diferencia entre su poesía y su prosa es que la primera es un conjunto de líneas discontinuas y la segunda, pues de continuas, y bromea asegurando que sólo ha leído un libro en su vida, ‘Bajo el volcán’, y que encima no lo entendió.

Así pues, Denis Johnson no cuadra con la imagen de ‘autor secreto’ que tanto gusta a los letraheridos, pero sí que encaja con la de escritor minucioso que entrega a sus editores unos libros de una belleza extraordinaria. Sus novelas han cautivado a Philip Roth, Raymond Carver, Richard Ford, Robert Stone y otros literatos de la misma talla, y aunque sus poemarios continúan inéditos en nuestro país, también lo sitúan en la cima de la cadena lírica norteamericana. Hasta la fecha, aquí se han publicado su libro de relatos ‘Hijo de Jesús’ (Debolsillo, 2003), que fue llevado al cine por Alison Maclean en una cinta en la que Johnson hacía un cameo encarnando a un hombre que llega a un hospital con un cuchillo clavado en el ojo -otra prueba de su sentido del humor-, y sus novelas ‘Ángeles derrotados’ (Anagrama, 2009), protagonizada por una madre soltera que viaja por los márgenes Estados Unidos junto a un delincuente; ‘Que nadie se mueva’ (Mondadori, 2012), una noir de corte pulp sobre un hombre acosado por las deudas; ‘El nombre del mundo’ (Mondadori, 2003), el descenso a los infiernos de un profesor que ha perdido a su mujer y a su hija; y  ‘Árbol de humo’ (Mondadori, 2008), seiscientas páginas sobre la Guerra de Vietnam en las que el autor se centra antes en el destino individual de quienes conocieron el horror que en el alegato político o antibelicista.

Ahora Johnson reaparece con ‘Sueños de trenes’, una nouvelle publicada originariamente en 2002 en ‘The Paris Review’, merecedora de los premios O’Henry y Aga Khan y finalista del Pulitzer. La historia reconstruye el mito americano a partir de un pionero que ni siquiera tiene conciencia de serlo. El protagonista, Robert Grainier, es un jornalero anodino que recorre la primera mitad del siglo XX trabajando en compañías ferroviarias y en aserraderos, y que consigue comprar media hectárea de tierra donde levanta una cabaña y una familia. Un incendio termina con su felicidad, matando a su esposa y apartando a su hija de su lado, y convierte a este hombre en un ser solitario que ve pasar ante sus ojos el despertar industrial de Estados Unidos. Atrás queda la época de las grandes llanuras y las leyendas del Lejano Oeste, y delante se abre un mundo dominado por las máquinas que Grainier, empeñado en seguir viviendo en su cabaña, conocerá de refilón. La historia no tiene más, es así de simple: un hombre ante un mundo cambiante, ante un imperio que florece, ante una nueva civilización que ya no lo necesita. Por tanto, una novela sobre el Far West que carece de la épica del Far West –género que resurge en nuestros días, con libros como ‘Justicia poética’ de Elliott Murphy (Tropo), ‘El monstruo de Hawkline’ de Richard Brautigan (Blackie Books) o ‘Un mal día para nacer’ de Courtney Collins (Lumen)-, o si se prefiere, una elegía sobre la desaparición de un estilo de vida comparable en temática y calidad a las de Flannery O’Connor o Cormac McCarthy. En definitiva, un libro llamado a convertirse en un clásico del siglo XXI.

 

‘Sueños de trenes’

Denis Johnson

Traducción de Javier Calvo

Literatura Random House

144 páginas, 14,90 euros

 

(Artículo publicado en el suplemento 'Cultura/s' de La Vanguardia el 21 de febrero de 2015).